ENTRE NOTAS DE TANGO EL MOLINETE #4
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EL MOLINETE #4

—Sé que fue rudo ignorarte aquel día que caminamos por el parque, también sé que me buscaste.

Ahora comprendo lo mucho que me quisiste y me arrepiento por haber tirado tus cartas a la basura, ¡tus poemas aún los conservo!

Fui una loca que se dejó llevar por el dinero de un anciano. Pedrito, te hice sufrir tanto…

El capitán Moreno la ve con el rabillo del ojo.

Ya no es aquel adolescente de dieciséis años y ella tampoco la diosa que lo enloqueció.

A sus treinta y ocho años Delia ha sido casada cinco veces, es madre de seis hijas y está pasada de peso, el seno se le ha caído a la cintura y el trasero ha perdido su forma de uva.

Lleva recortado y teñido color zanahoria el cabello, sus uñas ya no son ni largas ni lilas, su aliento es de ajos y cebollas, sus ojos parecen más chicos y su rostro, que fue como el capullo de una rosa, ahora es cubierto con una gruesa capa de maquillaje.

Después de escuchar la confesión y terminar el tango, el capitán Moreno acompaña a Delia a su mesa.

Recuerda la pregunta que años antes escuchó de ella: ¿Sabes bailar tango?

El gas venenoso lo sigue asfixiando, nadie sana completamente de una herida amorosa, sólo su disciplina militar y la educación que le dio su madre lo obligan a ser cortés; sin perder la compostura, la mira fijamente a los ojos y le da un beso en la mano, le agradece su compañía.

Todo cambia cuando ella lo retiene fuertemente del brazo y le grita al oído.

—¡Pedro, la tanda de tango aún no termina! A mí no me vas a dejar aquí parada soldadito de plomo, ¡tú vas a bailar conmigo toda la noche!

En este momento comienza a sonar el tango Alborada, inspirado en un poema que él compuso para ella.

—¡Virgen santa! —exclama Delia al reconocer la letra. —Ese tango que tocan es el poema que escribiste para mí ¿verdad, Pedro?

Totalmente excitada, gira a la mesa donde están sus amigas.

—¡Chicas, chicas, escuchen! ¿Recuerdan el poema Alborada que leímos juntas y lo mucho que reímos porque nos parecía muy cursi? ¡Así se llama el tango que tocan!

Delia ahora gira hacia el capitán Moreno y lo toma de las dos manos.

—¡Todo el mundo debe saber que soy tu inspiración! ¡Anda Pedro, vamos a bailar nuestro tango! Después quiero que anuncies que lo compusiste para mí.

Al recuperarse de la impresión de escuchar su poema convertido en tango y la zarandeada que Delia le da, el capitán Moreno aprieta los labios y frunce el cejo, la mira fijamente a los ojos y sacude los brazos, librándose de ella, y se echa a caminar no sin antes decir con voz de militar:

—¡Puta! Las yeguas de cascos ligeros como tú, por más que les jalen la rienda, siempre jalan pa’ donde están los machos.

El capitán Moreno llega al otro lado de la pista.

De inmediato entabla conversación con unas mujeres, cuando la orquesta toca Y todavía te quiero, que le arranca un suspiro desde lo más profundo del alma.

Levanta la mirada y ve a Delia, que ha quedado sola y de pie al otro lado de la pista, le observa un par de lágrimas que escurren por su rostro.

Ahora se siente un canalla, su madre siempre le dijo “Pedrito, a las mujeres, sin hacer preguntas, se les perdona todo, ya bastantes problemas tienen por vivir en un mundo controlado por hombres”.

Cuando está a punto de regresar a disculparse comienza a sonar otro tango. Acepta la invitación a bailar de una mujer a su lado. Delia permanece de pie junto a la mesa que comparte con sus amigas e ignora la invitación a bailar que le hacen.

Con llanto en los ojos ve pasar bailando al capitán Moreno en brazos de una mujer. Ignora que cinco años antes él la seguía amando.

La cambió por indiferencia en una visita a la casa de su tía Macaria, donde fue informado de la muerte de su madre María.

Cuando vuelve a pisar su habitación, que se encuentra tal como la dejó después de ser aceptado por las fuerzas armadas, un largo suspiro escapa del capitán Moreno, siente lágrimas rodar por sus mejillas.

Cierra la puerta tras de sí y se tira a la cama a llorar por las muchas emociones de la infancia al lado de su madre.

En la hechizada habitación hay otros recuerdos: cajas llenas de poemas que nunca envió a Delia, los pasos de tango que según él inventó para impresionarla, el sonido de sus tacones sobre el piso de madera, su aroma y su voz, y sus sonrisas que aún puede escuchar atrapadas en paredes, techo, ventanas y debajo de las sábanas de la cama.

Después de dejar escapar sobre el colchón la tristeza por el recuerdo de su madre y Delia, el capitán Moreno se pone de pie.

Una fuerza misteriosa lo motiva a abrir el armario, donde lo espera un saco con la caja de Channel.

Inhala el aroma de Delia y emociones que creía haber superado llegan intensas al fondo de su alma.

Ahora comprende que el perfume fue una forma de mantenerlo unido a ella para toda la vida.

Una tarde que amenaza lluvia, dos días antes de terminar la visita a la casa de su tía Macaria, el capitán Moreno toma la camioneta de su tío Fernando y se dirige al almacén de perfumes donde trabaja Delia, va decidido a encontrarla para darle la caja de Channel y sacarla de su vida, pero le informan que se ha casado por cuarta vez y anda de luna de miel en Europa.

Con la imagen de la diosa que lo había embrujado, camina por las calles sin saber a dónde va.

Llega al parque donde Delia lo rechazó. Parado sobre una alcantarilla, saca de la bolsa la caja de perfume maldito y la estrella contra las rejillas.

—¡Puta! ¡Úsalo en el fondo del infierno, donde seguramente algún día estarás!

La lluvia comienza a caer y las primeras gotas de agua se confunden con las lágrimas que brotan de los ojos del capitán Moreno.

En ellas se diluyen los recuerdos de Delia, la diosa que lo embrujó y lo introdujo a la pasión del tango y al mismo tiempo marchitó su alma y se llevó sus sueños de juventud.

Al día siguiente, el capitán Moreno vierte más lágrimas al despedirse frente a la tumba de su madre, y de Delia, y se arrepiente por pensar mal de ella al recordar palabras que de niño escuchó de su madre —Pedrito, a las mujeres, sin hacer preguntas, se les perdona todo, ya bastantes problemas tienen por vivir en un mundo controlado por hombres.

—General Moreno, general Morenooooo, ¿va usted a bajar? —es la voz de Juan, que proviene del fondo de la alcantarilla.

El general Moreno al bajar habla con Juan, intenta detener la ejecución de William, un anciano e intocable en las cañerías, a quien la muerte de miles de ancianos lo sentencia a morir esa misma noche.

Al día siguiente la lluvia de la tarde deja un aroma a tierra mojada en La Zona Rosa, años antes inundada por antros con putas baratas y donde está La Berenjena, un restaurante que a la distancia parece un panal lleno de abejas ya que no tiene ninguna mesa libre.

Alina, la amante de Juan y una de las meseras, atiende una mesa con su inconfundible acento cubano.

—A ver mi muchachito, su pecaito acá está, su salsita también aquí está, su ensaladita por allá, su arrocito y su panecito por aquí, y su postrecito más tarde se lo voy a poner por aquí.

Juan y el general Moreno, en una mesa al lado, se alistan a disfrutar de una comida. Acompañada por el menú y con sensuales movimientos, llega a su mesa una mesera que toma su orden y se aleja.

Juan y el general Moreno terminaron de comer y disfrutan de una taza de café.

—¿Y por qué tan pensativo, mi general?

El general Moreno parece no haber escuchado, Juan le toca la mano.

—¿Por qué tan pensativo mi general, se encuentra usted bien?

—Estoy bien, Márquez, algunos recuerdos de viejas locas de mi pasado llegaron a mi mente, es todo, estoy bien.

—¿Gusta otro café?

—Acepto, pero no olvides que hoy me toca pagar la cuenta.

—Ya será en otra ocasión, la mesera ya se llevó mi tarjeta.

—Gracias, Márquez, ¿te parece si vamos a la milonga de esta noche?

—¡Claro que sí, mi general! No todo es perseguir copias de fantasmas genéticos y matar ancianos, jajaja.