ENTRE NOTAS DE TANGO EL MOLINETE #3
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EL MOLINETE #3

Desde el día que Pedro conoce a Delia no hace otra cosa más que pensar en ella.

Le escribe poemas de amor. En la casa de Macaria, su tía, nadie nota ningún cambio porque están acostumbrados a verlo escribir en su habitación, en el pequeño patio rodeado de macetas y mariposas y hasta en el espejo del baño.

En la escuela sus amigos saben de su facilidad para hacer versos y a él acuden cuando necesitan ayuda con alguna carta de amor.

En el estacionamiento donde trabaja, al pensar también en el tango, a los clientes les entrega el coche equivocado.

Pedro ve películas de baile y en un principio encuentra sus pasos y movimientos un tanto afeminados.

Decide poner a un lado su machismo, debe aprender de los mejores si quiere tener a Delia entre sus brazos.

Compra un libro de modismos argentinos para entender el lunfardo, Nostalgias, Adiós muchachos y Ladrillo los ha escuchado en la radio y los entiende, en otros tangos ha querido saber el significado de palabras como garufa, chorro, guita, tamango, etcétera.

En sesiones de lectura que llegan hasta la madrugada aprende el lunfardo.

Lee sobre compositores, músicos e intérpretes de tango; antes de tomar su primera lección y sentir la pasión de la que habla la gente, quiere meterse en la cabeza de los compositores.

Bailar tango argentino sin entender su drama o pisar duro y sin ritmo es como reaccionar con las órdenes de un sargento.

Abel Aznar cautiva a Pedro con la letra de Y todavía te quiero.

Años después junto con otro de sus tangos lo hará olvidar un gran amor.

Pedro pasa madrugadas enteras practicando secuencias de tango argentino, que más parecen pasos de astronauta bajo los efectos de algún enervante. Dentro del acertijo del tango Delia se mete aún en su alma. No la ha vuelto a ver desde el día que le puso la palma de sus manos en las narices.

A la quinta semana y más flaco que nunca decide romper el encierro de su habitación.

Escribió miles de poemas de amor para Delia y leyó libros, escuchó música, vio videos y practicó movimientos de tango; según él inventó complicadas secuencias de pasos.

Pedro se viste con su mejor atuendo y se rocía el perfume corriente de su tía Macaria, sale a la calle y va directo al almacén a buscar a Delia.

Quiere decirle que no piense más en voz alta porque escucha su voz a todas horas.

—Buenos días, ¿me recuerda? ¿Está muy ocupada? Perdone mi atrevimiento, no puedo soportar más el eco de su voz en mi cabeza, y como prometió salir conmigo… regreso otro día si… —dice con la voz entrecortada y el corazón en la garganta.

Lo miran tres mujeres de pie que, al centro ella, reciben consejos de belleza y de aromas. Con una mueca nerviosa, da un paso hacia atrás y gira sobre sus talones cuando escucha una voz que lo congela.

—Nunca olvido una promesa.

Pedro vuelve a girar sobre sus talones para tener de frente otra vez a Delia detrás de las blancas perlas que tiene por dientes.

—¿Dónde te habías metido, Pedro? No me digas que fuiste a Buenos Aires a aprender tango argentino ¡jajaja!

—He estado practicando de día y de noche en mi casa. En cinco semanas me acabé las suelas de tres pares de zapatos, ya soy experto en el ritmo del dos por cuatro.

—¡Qué simpático eres! El tango no se aprende ni en cinco años, menos en cinco semanas. En dos horas salgo a comer, regresa para que me cuentes lo que aprendiste del paso básico, jajaja.

La noche anterior Delia tuvo un pleito con su esposo. La invitación del pretendiente le recuerda que aun con sus arrebatos maniático-depresivos es bella. La cita le servirá para olvidar su llanto ahogado y ayuno de caricias, alimentará su vanidad de seguir sintiéndose deseada.

Pedro usa los coches del nuevo estacionamiento donde labora, todas las noches uno diferente y de modelo reciente.

Espera a Delia al salir del almacén. Ella controla la relación, ciego de amor, él no percibe humillaciones ni su explosivo temperamento, que en lugar de alejarlo lo cautiva, como las visitas a los cafés del centro y los viajes de fin de semana a Mazamitla, el pueblo donde ella nació.

Pasan noches enteras en la alcoba de Pedro, aposento con piso de madera ideal para practicar tango, que siempre culmina con chupetes y lamidas en la cama.

Delia tiempo atrás se reconcilió con su esposo y utiliza a Pedro cuando no queda satisfecha.

Los chocolates que él le obsequia son degustados por el marido, que sospecha de la relación sexual de su esposa y Pedro, hasta que ella lo arroja de su vida meses después.

Palabras de amor que él escuchó cambian a insultos de no te quiero ver más hijo de la chingada; van al olvido el tango, la poesía y las tardes de correr detrás de las coloridas mariposas de Mazamitla.

Pedro es un ángel caído del cielo que literalmente se lanza al suelo.

En un año gasta en Delia todo el dinero que le envía su madre de Estados Unidos.

Y como un incendio no se apaga con un soplido, la busca y deja con sus amigas poemas, chocolates y discos de tango, sin obtener respuesta.

Con el rechazo aprende que un adulto no le debe explicaciones a nadie.

Una tarde la sigue con la misma prudencia hasta que se acerca a la orilla de un alta plataforma para arrojarse al vacío.

Con dicha prueba sabrá si es aceptado por el grupo de paracaidismo de las fuerzas armadas.

El salto ocurrirá con tal velocidad que en segundos tocará el fondo de la piscina.

Lo mismo esta tarde, cuando en segundos cruza la avenida y entra a un parque.

—Delia, qué gusto verte, ¿no me reconoces?

Anoche amigos y hoy enemigos. Antes amantes y hoy distantes.

Anoche tu amante y hoy… ¿no recuerdas la parte que más me besaste porque te encantaba?

Necesito saber el nombre del crimen que he cometido; si mi pecado es haberte amado y al tango a mi vida incorporado, no me arrepiento.

A los dos los llevaré siempre en el alma.

Delia camina con la mirada en el piso, pretende no escuchar, luego dibuja una sonrisa, trota algunos metros y en el centro del parque se cuelga del cuello de un anciano.

—¿Te hice esperar mucho, cariño? —le dice con voz melosa al extraño.

Pedro identifica al dueño de un café donde muchas noches cenaron. La impresión es tan fuerte que lo paraliza, excepto por lágrimas que saltan a sus mejillas.

Pedro echa de menos más a Delia que a su propia madre.

En varias ocasiones intenta verla y le dicen que no trabaja más en el almacén porque se volvió a casar y anda en Europa.

Pedro pasa semanas recluido en su habitación, ya no quiere saber nada de la vida, tira a la basura zapatos de baile, discos de tango y fotos de Delia, pero le es imposible sacarla de su alma.

En la semana quince de su encierro le escribe dos poemas que con el tiempo escuchará convertidos en tangos.

Alborada

Tirado en esta cama donde hicimos el amor,

llorando espero la luz de la alborada.

Dios mío escucha mi clamor y dime si ese señor,

me borró de los sueños de su almohada.

Delia, ¿recuerdas que me dabas besos robados,

y te entregabas con susurros ahogados?

Esta cama aún conserva tu aroma,

y te sigo amando en sueños frustrados.

Una pesadilla es este oscuro aposento,

y al reloj con lágrimas he sobornado.

Pero no me deja regresar al pasado,

para cambiar lo que te apartó de mi lado.

En esta nueva alborada

la nostalgia me llega con melancolía,

y me pregunto: ¿cómo sería tu día?

Espero lleno de flores, sol, belleza y fantasía.

La luz de la alborada llega en grandes olas,

y es ahora cuando extraño más tu ausencia.

Delia, no sabes qué daría por estar contigo a solas,

para dejar de contar del alborada las horas.

Pedro Moreno del Valle

Un extraño

Veo que te pone un anillo ese extraño

pero mañana sabrá que haces daño

a los hombres que das besos de engaño,

y detrás de una sonrisa ocultas dolor.

Mucho daño me hizo el puñal de tu traición

pero siempre te guardaré cariño en el corazón

y ahora sé que con tus besos perdí la razón

y a otra debí haber entregado mi pasión.

Un anillo te hace olvidar tu traición,

y gritar quiero al cura que te da su bendición,

¡esa mujer mil veces juró que me adoraba!

y su cuerpo disfruté en la alborada.

Delia, te cubre un vestido sin amor

cuando la iglesia cruzas con fervor,

Pero al escuchar mi tango

con lágrimas recordarás mi amor.

Pedro Moreno del Valle

Varios años han pasado desde que Pedro lloró por una mujer. Aunque en alguna parte del alma aún lleva la herida, ya es un hombre y forma parte de las fuerzas armadas, y es cuando una mujer se le acerca en el baile de año nuevo con el que el ejército premia a sus oficiales.

—Buenas noches, capitán Moreno. Me dijeron que usted es el mejor bailarín de tango del ejército. ¿Me invita usted a bailar? Ese tango que tocan es uno de mis favoritos.

El capitán Moreno se disculpa con otra mujer con quien charla y accede sin realmente ver a la mujer que lo solicita, en parte por la penumbra y en parte porque cada vez que tocan una tanda de tango es asediado con peticiones similares por las esposas de los generales.

El capitán Moreno da el brazo y una sonrisa a la extraña mujer, van al centro de la pista y bailan como si fuesen viejos conocidos, sólo que al terminar el tango su mirada cambia al escuchar al oído:

—¿Me recuerdas? Espero que me hayas perdonado.

Los malos recuerdos son un gas venenoso que llevamos comprimido dentro del alma.

Emociones que el capitán Moreno no ha superado estallan y su alma se llena de ansiedad.

Pierde el compás y el aliento le sale amargo, siente ganas de gritar y correr lejos de Delia Ibarra.

Únicamente la satisfacción de escuchar una disculpa le da aliento para continuar bailando.