EL MOLINETE #2
Aquella vez Luisa, cansada de sus insinuaciones de doble sentido, lo miró de arriba abajo con desprecio y le gritó frente a los cocineros.
—¡Andáte a la recontraputa que te parió!
Soy una mujer de 20 años, ¿qué acaso no tenés espejo en casa?
Vos sos un anciano de setenta años y no tocas el agua, eres un gordo de mierda con los dientes podridos, la mina que se casó con vos debe haber estado muy desesperada.
—Luisa lo mató, ¡jajaja! Marcos al día siguiente me llamó llorando y dijo: —Tengo dos títulos universitarios y como caballero que soy no respondí. —Después agregó con una ronda de suspiros: —Mi vieja era una santa.
—Pelotudo de mierda, yo no sabía que a una santa se le calentaba la concha, cogía y paría hijos en la cama, eso que se lo crea el bueno de San José, jajaja!
—What?
—Ese pelotudo se casó por interés, su esposa es diez años mayor y le arregló la residencia americana, pero mentalmente nunca salió de donde vendía llaveros en las calles de Buenos Aires.
Cristine no ha entendido nada y aun así contesta enfadada.
—¡Cabrón bastardo!, se nota que está lleno de frustraciones. ¿Y nunca más lo volviste a ver?
—No, nunca más.
—¿Y Moretti? ¿Qué pasó con Luisa Moretti?
—Qué sé yo, terminamos poco tiempo después, pero alguien me contó que vive con un anciano en Nueva York.
—Me alegro por ella.
—La mina tiene tantos conflictos que ni en mil años la podría curar un hospital de psiquiatría; un ser con varias personalidades se esconde detrás de su bello rostro.
—No puedes romper una copa donde tomaste un buen vino.
—Se llama Louise y quiere que le digan Luisa, a todo mundo culpa de sus errores y siempre se queja de que la plata no le alcanza. Está peleada con sus hermanas y su vieja, y a su viejo sólo lo llama cuando quiere sacarle plata.
—El tango no da para comer.
—Los tres años que vivimos juntos fue un kilombo, la mina me celaba hasta con la sombra de las mujeres que me miraban. Decimé si no le patina el tomate: el mismo día que terminamos anunció que se casaba con un anciano que conoció en una de nuestras exhibiciones.
—She must love him.
—¡Esa mina no se ama ni a sí misma! Ha sido de mil pelotudos y quiere que la tratés como doncella. Va a terminar como las minas que le cambian el pañal al marido, lo dejan dormido y se van a la milonga con el amante.
—Vos nunca te has querido comprometer, la semana pasada conocí a un hombre maravilloso pero no hemos hecho nada malo —respondió cuando le dije que la notaba distante.
—Tal vez la alejaron tus celos.
—¡Como si no fuera malo traicionar mi confianza y romper un pacto de amor!
—Tal vez la alejaron tus celos.
Mario no pone atención y continúa desahogándose.
—¿Desde cuándo es menos importante estar emocionalmente ligado a alguien que meterse a la cama? Las cogidas con una ducha caliente se borran pero una relación emocional se lleva en el fondo del alma toda la vida.
—El tono de tu voz me indica que aún estás herido.
Las mujeres queremos tener un papel que nos dé la seguridad de ser de alguien y presumir un diamante en el dedo.
Luisa Moretti no es tonta y buscó a un anciano para que siempre la vea como a una diosa y nunca la abandone, she can always get a dick anywhere.
—Recuerda que mi inglés no es muy bueno.
—Sorry, ella puede encontrar un pene en cualquier lugar, ¿conoces a su nuevo amor? En verdad ha de ser maravilloso para arrancarla de tu lado.
—¡Ese hijo de puta no es maravilloso! Jesús sí era asombroso porque dicen que caminaba sobre el agua y hacía ver a los ciegos.
—No hables de religión porque vamos a terminar en pleito.
—Su anciano tenía más de setenta años y era soltero, en las milongas se la pasaba viendo a qué incauta compraba con su plata, Luisa se casó con él por despecho porque sus últimas palabras en forma de reto fueron “Me vas a perder, pelotudo”.
—What?
—La mina tiene mierda en la cabeza. ¿Qué quería? ¿Que por ella tuviera un duelo con su decrépito anciano?
—Luisa Moretti quería que corrieras a su lado con un ramo de flores y de rodillas le dijeses que la adorabas.
—Ni loco, che, ¿después de que ella estuvo saliendo con ese anciano que debe vivir debajo de la superficie como las ratas?
—Mario, ¿sigues enamorado de Luisa Moretti?
—¿Qué decís? ¡No confundás amor con lástima! Con Luisa Moretti viví el síndrome Marilyn Monroe, ahora sé que fue una boludez pensar que yo sí podía hacerla feliz.
—¿Nunca le pusiste los cuernos a la Moretti?
—¡Muchas veces! Pero yo no voy a la iglesia a tomar comunión como lo hace ella todos los domingos.
—¡Y qué diablos importa la religión cuando se calienta la concha! Miles de personas se divorcian después de haber jurado amor eterno delante de Dios.
—Eso prueba que la concha y no la nafta es lo que mueve al mundo, jajaja, ¿sabés que después de su confesión seguíamos metiéndonos a la cama?
—Eso quiere decir que ella seguía amándote.
—Mira vos, ¿amor le dicen por aquí? De donde yo vengo le dicen puterías. Bien decía mi abuela: locas, religiosas y republicanas, ¡son las más putas!
—Mario, ¿también a mí me vas a poner los cuernos?
—A vos te voy a poner otra cosa, nena. Ya no hablemos más de minas sin importancia, ¿verdad que la bahía luce linda?
—Mario, ¿me prometes que soy la única mujer en tu vida? ¿O sólo me traes porque te hago berrear en la cama? Sé que los maestros de tango cambian de amantes como de zapatos, pero si me dices que me quieres todo esto es tuyo.
Cristine, con el puño cerrado, lo golpea suavemente en el abdomen y Mario, que es un barco sin timón, se hunde ante el remolino erótico.
Juan Márquez, en las entrañas de Ciudad de México, dialoga con Alina Fernández, su amante, una escultural cubana de cabellos dorados y ojos verdes que tiene la llave de su corazón.
—Hablaré con William cuando baje el general Moreno, solamente porque tú me lo pides, eso no quiere decir que le vamos a perdonar la vida.
Alina celebra su triunfo con un beso y su cautivadora sonrisa. William es traído ante Juan; la entrevista se aplaza porque el general Moreno no puede ingresar a las cañerías. Finalmente a las 2:00 de la mañana comienza a bajar al mundo de los topos y, conforme desciende, se transporta al pasado.
El general Moreno a los dieciséis años es un flacucho al que sus amigos apodan el Gringo por su tez blanca y ser nacido en Estados Unidos.
A ese lugar jamás regresó desde que su madre lo dejó en la mansion de Guadalajara donde su hermana Macaria trabaja de cocinera.
Hace unos días acompañó a su tía a un almacén de lujo y, sin imaginarlo, el amor lo cruzó en el camino de una bella demostradora de perfumes, siete años mayor que él.
Al verla el corazón de Pedro se le detuvo de un solo golpe, así lo sintió, aun cuando un joven atractivo como él sabe lo que es ser deseado.
Mujeres que le llevan veinte años ya lo han introducido al sexo, mas nunca ha estado enamorado.
Un par de días después de aquel encuentro fugaz, con sus mejores prendas, Pedro entra de nuevo al lujoso almacén, sin su tía, y espera a que la demostradora quede a solas. Temblando de miedo camina hacia ella.
—Deseo comprar un perfume… también estoy aquí porque me encantaría invitarla a comer esta tarde, me llamo Pedro Moreno.
Delia Ibarra, “mi apellido es como el chocolate que hacen aquí en Guadalajara”, la demostradora, está acostumbrada a ser blanco de los piropos de muchos hombres que por su belleza la confunden con una mujer que se vende.
No se impresiona con lo que escucha. Tiene veintitrés años y viste un uniforme azul que no logra esconder sus encantos.
Su tez acanelada, enormes ojos negros, cintura delgada, busto grande, labios carnosos, dientes blancos, aliento a rosas, manos delgadas y uñas de color lila, todo, es enmarcado por una cabellera larga y rubia que le cae a la espalda en forma de trenza.
—¿Qué te pasa muchachito? Aún estás muy chico para estas cosas, ¿sabe tu mamá que estás aquí? Apuesto que te fugaste de la guardería de niños que está a la vuelta de la esquina, jajaja.
Delia aprieta los labios para controlar la risa. Lo observa con una mirada que solamente da la seguridad.
—A mí me gustan los hombres maduros y de mundo. ¿Sabes bailar el tango argentino? ¿Sabes cómo se hace un enrosque, una sacada o una sentada?
Pedro pierde el habla, es buen bailarín de cumbia pero no sabe absolutamente nada de tango.
—¿Para quién es el perfume? Supongo que para tu mamá, ¿qué te parece esta fragancia? —la vendedora se rocía la palma de la mano y se la arrima al rostro junto con los senos. La sorpresa pone a Pedro en el cielo, su aroma de mujer le quedará en lo más profundo del alma para toda la vida.
—El perfume es para usted, señorita. Conozco varios estados de la Unión Americana y algún día recorreré todo el mundo… no sé bailar el tango argentino pero le juro que lo aprenderé.
—Tengo quién me compre perfumes y me lleve a comer, aunque confieso que me has dejado sorprendida con tu atrevimiento.
¿Cuántos años tienes? Imagino que unos quince, tu voz es de niño, mira, a mí me gusta este perfume Channel número cinco, bueno es eau de parfum, así le dicen al agua de colonia los franceses.
Una vez más, con una coquetería única, Delia le arrima la palma de la mano y los senos al rostro. Pedro alcanza a ver en sus ojos una expresión de lástima que ignora, y responde detrás de un ligero tosido:
—Si a usted le gusta el Channel, entonces deme la caja más grande que tenga —jajaja, ni tú ni yo juntos tenemos para la botella más grande.
Pedro siente que no ha sido rechazado del todo. Agrega con más confianza:
—Entonces esta botellita es para usted. ¿Me permite que la acompañe a tomar el autobús cuando salga del trabajo?
—Por favor no insistas, esta noche vienen por mí en coche, ay, no pongas esa cara que me partes el corazón.
Te prometo que saldré contigo. Ahora llévate el perfume y otro día me lo das.
Estas cuatro muestras son para ti, ya verás que cuando las uses todas las mujeres van a querer salir contigo, jajaja.