ENTRE NOTAS DE TANGO EL MOLINETE
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EL MOLINETE

—¿El hospital no los obliga a vender productos sanos? Papas fritas y refrescos es lo peor que le pueden dar a los pacientes, sólo falta que también vendan cigarrillos y cerveza. Yo con las prisas de mi hermana olvidé mi termo, por favor muéstreme aquellas barras de proteína.

Jennifer gira y un hormigueo le recorre el cuerpo, ¡Miguel Linares está frente a ella! Catorce días han pasado de su accidente automovilístico y aún lleva un collar ortopédico en el cuello.

—Qué sorpresa Jenn, luces tan bella como siempre.

Jennifer está paralizada y ha perdido el habla.

—Pasé a buscarte a tu condominio antes de venir al hospital, no sabía que tenías pacientes en esta ciudad.

Todo mientras le planta un beso en las mejillas en forma de saludo. Jennifer se lleva ambas manos al cuello.

—Pero si luzco tan poco atractiva con este horrible collar, ¿cuándo regresaste y qué haces tú en este hospital?

—Aterricé hace unas horas y llevo días con un mal presentimiento… no contestaste mis llamadas.

—¿Y qué haces en este hospital? ¿No me digas que buscas desaparecidos en el sótano?

—Un amigo se encuentra aquí hospitalizado.

—Ha de ser otro de los percances del mismo tornado que me atacó a mí.

—¿Qué es lo que te pasó y por qué el collar y el bastón?

—Tuve un accidente automovilístico.

—Ahora entiendo por qué me sentía mal.

—No fue nada serio, los médicos nos echamos puños de medicamentos a la boca por cualquier cosa.

—Has perdido peso y eso quiere decir que algo grave te ocurrió.

—Ya estoy bien, mira, puedo caminar sin el bastón y ya no necesito este espantoso collar, ¡oh!, esta es Martha, mi hermana.

—Encantada, señor Linares.

—El gusto es mío.

Jennifer se quita el collar y se lo da a su hermana junto con el bastón. Con un largo suspiro y sollozos se arroja a los brazos de Miguel Linares.

—Mi mamá murió hace un mes y me he sentido tan sola… quise llamarte, sólo que perdí la cabeza y mi teléfono, además no creo que hubieses dejado tu trabajo para asistir al sepelio de una anciana.

—Nunca más me vuelvo a separar de ti. Conocí muy poco a tu mamá, me hubiera gustado decirle que se fuera tranquila porque siempre estaré a tu lado.

—¿Sabes una cosa, Miguel? —Jennifer habla y lo mira con la chispa habitual de sus ojos —La muerte de cáncer pulmonar de mi mamá me impresionó tanto que llevo semanas sin tocar un cigarrillo.

—Me da gusto saber que dejaste la nicotina.

—¿Quieres saber otra cosa? Desde que te ausentaste de las clases de tango no he regresado a El Abrazo…

—Es porque ha estado muy débil, señor Linares —dice Martha.

—No es por eso, ya olvidé los pasos de tango que él me enseñó.

—Débil sí has estado, Jenn, por tantas vitaminas que has tomado.

—¿Es cierto que vas a estar siempre a mi lado, Miguel?

Él la abraza y le dice al oído:

—Toda la vida, Jenn, tú y yo vamos a estar siempre juntos.

El corazón de Jennifer vuelve a latir con lo que escucha, su rostro recupera el color y siente que su ego restablece su tamaño normal.

—Cuando estés mejor vamos a trotar sobre alguna playa, y por los pasos de tango no te preocupes, hoy mismo invitamos a la casa a Mario y a Silvia para que te den clases privadas.

—Mejor primero tú y yo practicamos, creo que ya olvidé hasta el paso básico.

—Está bien, ensayaremos las veinticuatro horas del día para que cuando regresemos a las milongas dejemos atónito hasta a Carlos el Bello, jajaja.

Mario y Cristine están en el mismo puerto aéreo donde horas antes arribó Miguel Linares.

Mario ha vuelto a discutir con Silvia y Geraldine, viaja sin ellas al puerto de Acapulco para dar una exhibición de tango.

Cristine sabe que no está preparada para el escenario y en el avión los nervios hacen que se coma las uñas.

—Tranquila, nena, tranquila, sé que vos no estás lista para dar una exhibición, Silvia estaba igual el día que la conocí y ahora gana buena plata, hasta maestra le dicen a la hija de puta, tranquila, si vos me dejás llevarte todo saldrá bien.

—Silvia is going to be pissed when she hears about the exhibition.

—Me da en el quinto forro, yo soy su maestro y hago lo que me da la gana.

—Geraldine también se va a poner furiosa porque es muy exigente con todas las mujeres que no bailan bien.

—¡Que Geraldine se cague mil veces!

—Ella también dice que hay muchas que tienen currículo inventado e imprimen tarjetas de presentación como super divas y viajan por el país estafando gente que es nueva en el tango.

—Que se caguen todas las divas que mencionáis y las que dejé en Buenos Aires.

—What?

—Las divas no aprendieron a bailar solas, terminan pasadas de peso y bailando en cualquier vereda, ¡la Academia del Tango no otorga doctorados! Bueno, en mi país con plata vos podés tener lo que quieras.

—What?

—Cualquier mina puede hacer bizcos y pucheros, los pasos y los adornos con el tiempo se aprenden. Cierto que el tango nació en mi patria pero, al igual que la poesía, florece en cualquier parte del mundo.

—Yo voy a otro estudio donde traen supermaestros como tú y cobran $80 dólares por clase de grupo, Geraldine sólo cobra $20 dólares, también dan clases privadas de una hora por $150 dólares, ¿no crees que eso es un robo?

—Jajaja, no todo es culpa de ellos o de los pelotudos locales que se dicen maestros.

Como no saben, traen gente de fuera para que den seminarios.

Lucran con los estudiantes nuevos, no porque tomen una privada de $150 dólares van a despertar al día siguiente como milongueros con 40 años de experiencia.

—Conozco a varios que se dicen avanzados y no saben nada de tango.

—Lo importante es practicar para avanzar, y vos además de ser excelente en la cama sos una chica muy linda y pronto vas a bailar mejor que todas las minas que nacieron en La Argentina.

—What? No he aprendido mucho y no estoy lista para dar una demostración, que más bien va a ser exhibición, pero de mis muchos errores, jajaja.

Cristine entendió menos de diez palabras de la charla. aun así la determinación del discurso le inspira confianza y la hace quedarse dormida hasta que el avión aterriza en Acapulco.

Esa misma noche Mario vive su sueño de conocer Acapulco.

Sentado junto a la ventana de un restaurante de La Quebrada, observa turistas que caminan lentamente por estar quemados por el sol.

Al lado de Mario otros visitantes bajo los efectos del alcohol se imaginan escalando la ladera por donde ascienden jóvenes en traje de baño dispuestos a dar un impresionante espectáculo nocturno.

Al llegar a la parte donde esta la Virgen de Guadalupe los clavadistas se persignan y ascienden aún más, después esperan la ola más grande para lanzarse a los brazos de la muerte con una antorcha en cada mano.

A Cristine la escena le recuerda su adolescencia, cuando subió una colina que había sido basurero municipal y hoy es un parque cerca de Detroit; su ascenso terminó detrás de unos matorrales donde conoció el sexo por primera vez.

La mente de Mario sigue en conflicto con la escena que está viviendo, idéntica a la fotografía del periódico que cuelga en la alcoba de su departamento de Buenos Aires; sufre con la velocidad a la que descienden los clavadistas, le recuerdan la vida relámpago de Mónica, su hermana mayor que años antes falleció en aparatoso accidente.

Mario también sufre al recordar que días antes su padre fue internado con fuertes dolores de pecho en un hospital de Buenos Aires y murió al día siguiente, no obstante, la dulce sonrisa de Cristine y el bullicio de la gente a su alrededor le vuelven la alegría al rostro. Mañana actuará en un hotel de lujo.

Mario y Cristine, a bordo de un barco que recorre la bahía de Acapulco, dan una electrizante exhibición de tango; un laberinto de pasiones que sigue paso a paso el cuerpo de ella cubierto en un minúsculo vestido.

Esta misma madrugada y bajo la luz de la luna Cristine se desnuda a la orilla de la cama, su cuerpo luce aún más bello con dos días de sol y su larga cabellera parece cobrar vida cuando la deja caer hacia enfrente al quitarse las zapatillas.

—Mario, ¿en serio les dijiste que yo era argentina? Qué bueno que no me pidieron que hablara porque me corren por impostora, jajaja.

—¡Que se caguen esos boludos! Nunca habían visto mujer tan bella como vos y con tu presencia hiciste soñar a hombres y mujeres, ¿qué acaso no sentiste miradas, besos y manos sobre todo el cuerpo?

—What?

—Cuando Geraldine habló de las exhibiciones nunca dijo que, además de bailar en un hotel de lujo, también actuaríamos en un barco viejo y frente a turistas de salario mínimo. Eso no es lo peor, la hija de puta tampoco mencionó nada de esta pocilga llena de pulgas donde vamos a dormir.

—What?

—Vos bailaste estupendamente bien, nena. La milonga es tan alegre y rápida que cualquiera la puede bailar, los tangos son más dramáticos. La gente que aplaudió no sabe que los pasos que hicimos tienen más de cien años repitiéndose.

—What?

—La gente sueña con ver a una pareja como nosotros bailar. Pone mucha atención al tango Por una cabeza, recuerdan con simpatía a Al Pacino que no se vio mal cuando la hizo de tanguero ciego.

—Eso es lo que me atrae de ti, Mario. No te dejas de nadie. A todas mis amigas les he contado lo que te pasó la primera vez que recorriste Estados Unidos; si hacía mucho frio y estaba junto al lago Michigan, estoy segura que fue en Chicago.

—Ni me recordés ese lugar lleno de morochos. Luisa Moretti y yo laburamos en un restaurante de mierda, Marcos Humberto, uno de los mozos, estaba casado con una de la gerencia y se creía el amo.

—Seguro era mexicano.

—Era argentino, y cuando su esposa no estaba se pasaba el tiempo acechando sexualmente a Luisa.

—Qué grandes tetas y qué piernas tan blancas tenés, necesito saber si Mario y vos se meten a la cama; vos sabés cómo son los gringos de puritanos y, como los ven bailar con tanta pasión, me preguntan si son casados —le decía el hijo de puta con sus ojos saltones.