ENTRE NOTAS DE TANGO MILONGA TRASPIÉ #2
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MILONGA TRASPIÉ #2

—Ahora entiendo a los que aseguran ver apariciones de Dios, Jesús, la Virgen de Guadalupe y satanás, jajaja, entonces tenemos muy poco tiempo…

—Suficiente, general, suficiente —responde Miguel Linares. —No pierda su tiempo con su presidente y los industriales, que tienen los días contados; lo que ahora importa es la eliminación de Madison.

Cientos de kilómetros al norte Heather Washington fue ingresada la noche anterior en un hospital.

Jennifer y Meli, que no se ha separado de su patrona y amiga, están a su lado; se siente la presencia de la muerte por cáncer pulmonar.

Jennifer con lágrimas en los ojos lee el salmo favorito de su madre porque, según Heather, satanás hará hasta lo imposible por arrebatarle su alma a las fuerzas celestes.

Momentos antes de terminar la lectura Jennifer siente un fuerte empellón que la aleja de la cama y hace caer al piso, la Biblia escapa de sus manos.

Al recuperarse del susto y ponerse de pie nota el cambio en el semblante de su madre, y se arroja a su cuerpo sin vida.

—Mamá, ¡no me dejes por favor, sabes que me haces mucha falta! ¿Ahora con quién voy a compartir mis penas, alegrías y días de descanso?

Una enfermera llama al médico, que forma parte de M.L.A. La muerte de Heather ocurre de forma natural sin embargo en diez años de práctica este doctor ha eliminado a más de 50,000 ancianos con un fármaco que no deja huella.

Después de sepultar a su madre y noches sin dormir Jennifer, con Jessica entre los brazos, se deja caer en un sillón y se queda dormida.

Una semana después viaja al norte del estado donde busca llenar el gran vacío que dejan en su alma la muerte de su madre y la ausencia de Miguel Linares.

Traverse City, con su bahía, siempre le ha traído paz, ahí corrió después de su rompimiento con Frank Hall.

Esta vez antes de llegar a su destino Jennifer es sorprendida por una monstruosa tormenta, conduce su viejo coche deportivo amarillo casi a ciegas porque el parabrisas está cubierto de vapor.

—Ese mecánico piensa que las mujeres no sabemos nada de coches, bien claro le dije que tenía una fuga en el sistema de enfriamiento, voy a tener que detenerme antes de perder todo el anticongelante, ¡Dios mío, me muero si quemo la máquina de mi canario!

Cuando regrese a la ciudad le voy a enseñar a ese mecánico que nadie juega con nosotras las mujeres.

Instantes después aplica toda su fuerza al pedal del freno, cree ver entre la intensa lluvia las imágenes de dos ciervos, resulta ser una falsa alarma que le congela la sangre, más tarde aplica de nuevo el freno a fondo y vira a un lado, sin embargo atropella a un ciervo, se sale de la carretera y se estrella contra un árbol.

La tormenta es ahora más fuerte. El rechinar de los neumáticos y el impacto contra el árbol se pierden detrás de un rayo; se escucha el pitar del claxon y una columna de vapor emana del coche donde Jennifer está sin conocimiento y sangra del rostro.

El cinturón de seguridad le ha dislocado una clavícula, tiene doble fractura en la muñeca izquierda y le sangran las rodillas.

El ciervo que cruza su camino y pierde la vida al parecer es de origen divino: la salvó de una tragedia en Traverse City, azotada por la furia de un tornado.

David García, un joven asignado al área petrolera del norte del estado, salió hacia el mismo destino en que viajaba Jennifer.

Él y sus cuatro compañeros tienen ahí una cita con el amor, su camioneta de doble tracción se desliza sin ningún problema hasta que las ráfagas de viento los obligan a detener la marcha.

Los cinco jóvenes esperan a que pase el mal tiempo y continúan el viaje, llegan a Traverse City, donde encuentran edificios sumergidos bajo el agua que el tornado sacó de la bahía; con lágrimas de rabia toman turnos zambulléndose alrededor del edificio de la cita, sin localizar a nadie con vida.

Un débil rayo de esperanza ilumina a la ciudad al arribar un escuadrón de la guardia nacional.

A la mañana siguiente los cinco jóvenes amanecen ciento cincuenta kilómetros al sur.

Los hospitales del área reciben la llamada de auxilio del iphone de Jennifer.

Identifica carretera, condiciones climatológicas, hora del percance y signos de vida de la conductora, que permanece inmóvil.

Tiempo después es rescatada y llevada al tercer piso de un hospital.

Susan York, amiga y colega, está a su lado y comprueba que Jennifer sufrió luxación de tres costillas, fractura de una muñeca, varios golpes en la cabeza y heridas en las piernas.

—Susan, nunca más volveré a bailar tango.

—Vamos, no es para tanto Jenn, tienes sólo unos meses bailando tango y ya hablas como los argentinos, que de todo hacen una comedia dramática.

—Choqué contra un árbol por no atropellar a un ciervo.

—Esos tornados de anoche causaron muchas tragedias.

—Dicen que mi coche quedó hecho pedazos.

—Lo material no importa, son sólo fierros.

—¿Como que no importa? Cuando compré mi Corvette le prometí cuidarlo toda la vida.

—Tienes algunas heridas en las piernas y una fractura en la muñeca…

—Susan, ¿me estás escuchando?

—Sí, lo que más me preocupa son los golpes que recibiste en la cabeza, aunque la computadora indica que todo está bien. Estás totalmente alerta y en tus pupilas no veo ningún derrame. ¿Sigues fumando?

—No he tocado un cigarrillo desde el día que murió mi mamá.

—Qué bueno, así te vas a recuperar más rápido.

—¿Puedes pedir que me den de alta? Tú sabes que odio los hospitales.

—Me temo que tendrás que permanecer en observación 72 horas.

Jennifer es dada de alta tres días después, Ann Logan la recoge del hospital.

—Regrese en dos días para evaluarla y recoger su brazalete Busca Secuestrados.

Jennifer aparenta no escuchar lo que dice la administración, presta más atención al reporte que vía texto le da el taller con los daños de su Corvette.

—Vine porque me trajeron en una ambulancia e inconsciente, espero nunca más volver por aquí. Es cierto que esos brazaletes han salvado vidas al igual que los teléfonos inteligentes, pero no son la maravilla, somos antenas en movimiento y el gobierno los usa para espiar a la población.

Jennifer ahora le dicta órdenes a Ann, que con el cariño que le tiene comienza a caminar junto con una enfermera detrás de una silla de ruedas hasta salir del hospital. La silla de ruedas no es por cortesía, sino para que el paciente no tropiece o caiga dentro del inmueble y entable demanda.

Jennifer pasa días comiendo puños de vitaminas y medicina homeopática, su afán es recuperarse pronto para traer del taller a su querido Corvette, trotar por el parque y esperar a que regrese a su vida Miguel Linares.