EL GIRO #3
Minutos después pierde el apetito cuando ve en la muñeca de Geraldine el reloj y la pulsera de esmeraldas que años antes vio en su alcoba, además recuerda que Geraldine ni las gracias le dio por encontrar su bolso.
Eructando nostalgias, res, vino y chimichurri, todos se preparan para disfrutar de un café argentino y una porción de flan.
—¡Ojalá algún día puedas probar el flan que yo hago en casa! —Geraldine dice en voz alta a Jennifer, quien aún no se repone de la traición.
Ella la ignora y continúa hablando del excelente pesto y el arroz con pollo, las milanesas y el pastel de tres leches y todo lo demás que hace en casa mejor que nadie.
En ese momento se unen a la mesa seis jóvenes que dentro de dos horas darán el seminario de tango y se comportan como adolescentes, al arrojarse comida unos a otros.
—Julio, sos un monstruo para morfar —a carcajadas dice a uno de los jóvenes Cecilia, una chica de piel blanca y escasos dieciocho años de edad pero quince bailando tango.
Con toda esta energía de juventud en la mesa Giovanni recuerda aún más a su hijo perdido. Mientras todos ríen ¡él llora amargamente!
Jennifer días después está de regreso en su estado. La tarde, húmeda y caliente, transcurre monótonamente en el hospital donde labora. A las cuatro de la tarde lleva más de treinta horas despierta y toma un descanso de pie, junto a una colega y varias enfermeras.
—Nunca voy a comprender la estúpida idea de mantenernos despiertas por tantas horas —comenta Jennifer detrás de un bostezo a Tina Wallman, su amiga y colega, quien responde con sarcasmo:
—No exageres, eso de no dormir sólo pasa con los pasantes, además para todo hay mañas, Jenn, yo aprendí a dormir con los ojos abiertos hace muchos años, jajaja.
Jennifer da un sorbo a su taza de café: —Cuando no existían las computadoras sí era necesario seguir la historia clínica del paciente por setenta y dos horas, con la revolución electrónica y la invención del coche, todo esto y caminar a la sinagoga los sábados, es obsoleto.
Yo por medio de mi iPhone puedo revisar y recetar a mis pacientes.
—Eso de seguir a los pacientes no es cierto, tú te vas a bailar tango fuera del estado y apagas el teléfono.
—Con esta vida de hospital no tenemos tiempo ni para las relaciones amorosas. —Si tú no tienes tiempo para el sexo yo quiero a ese muñeco que viene caminando por el pasillo.
—¿Es el doctor Brown? Ese vejete ya me tiene harta con sus invitaciones a cenar, Brown es un cadáver y hace muchos años debería vivir en el cementerio.
—Ese muñeco en nada se parece al doctor Brown.
—Quien quiera que sea, un manjar como yo no fue hecho para el hocico de los burros. Yo necesito un galán de cine italiano que me haga transpirar y gritar en la cama.
—Buenas tardes señoritas, ¿por favor me dicen dónde puedo encontrar a la Doctora Washington?
Las cuatro enfermeras que hacen compañía a las dos doctoras también pelean con Morfeo. La lucha desaparece con la presencia del visitante. Jennifer, al reconocer la voz a sus espaldas, gira y se lleva ambas manos a la cara, deja caer la taza de café al piso.
—¿Usted? Perdón, ¿tú, Linares? —hace un gesto de desprecio y aprieta los puños, lo escudriña de arriba abajo.
—¡Estoy muy enojada contigo! ¿Por qué me dejaste plantada en el seminario de tango en Chicago? Una semana completa no he tenido noticias tuyas y no he podido dormir pensando que algo malo pudo haberte ocurrido. Los hospitales tenemos docenas de desaparecidos en el sótano.
Antes de obtener contestación, Jennifer se le cuelga del cuello y le mancha de colorete el collar de la camisa.
—Jenn, por favor perdóname, no me fue posible llegar a tiempo, más tarde te explico en detalle.
Linares le ofrece una docena de rosas que llevaba ocultas detrás suyo.
—Ay!, las flores siempre han sido mi punto débil, además estas rosas blancas me traen recuerdos… Permíteme presentarte a mis enfermeras favoritas.
—Buenas tardes —dicen las enfermeras a coro.
—Y esta es mi amiga la doctora Wallman, por si alguna vez se te ofrece una ginecóloga. La puedes abrazar pero no por mucho tiempo, está desesperada por un hombre y puede tener contracciones, jajaja.
—Qué rápido se te quitó el sueño, querida. Encantada, señor Linares.
—El gusto es mío —responde Miguel Linares al estrechar su mano.
—Después nos vemos, Jenn —dice la doctora Wallman al despedirse.
Miguel Linares extrae del saco un estuche con una cadena de plata, el metal favorito de Jennifer, y se la pone en el cuello.
—Luces divina, como siempre. ¿Tienes planes para esta noche?
—Sí, voy a correr un maratón.
—¿Hablas en serio?
—¡Claro que no! ¿No sabes que llevo días secuestrada en esta prisión sin poder dormir? Por favor rescátame y llévame lejos de aquí antes de que me vuelva loca.
—Vamos a donde tú quieras, mi amor.
Jennifer se quita la bata que le quedó manchada con café y agrega con un suspiro:
—En unos minutos más termina este calvario; si me esperas te invito a desayunar, a almorzar, a cenar o a lo que estén sirviendo allá afuera —lo besa en la boca y advierte con una sonrisa —¿verdad que sí me vas a esperar, Miguel? Visito a tres pacientes más y regreso a buscarte.
—Entendido, cariño.