EL GIRO #2
Minutos antes de arribar a Chicago Geraldine descubre que olvidó su bolso en alguna estación de gasolina.
Jennifer, que también viaja al mismo seminario con unas amigas, encuentra el bolso en un baño y su primera intención es entregarlo en la oficina, pero la curiosidad la hace ver a quién pertenece y descubre que es de Geraldine, y en él hay una fotografía de Frank Hall, el hombre con quien ella vivió siete largos años.
Giovanni y Geraldine cruzan la ciudad y avanzan hacia el noroeste, al salón de baile El Virulazo, se hospedan cerca de ahí y descansan; después se dirigen a El Choclo, un restaurante que no ofrece licor, por eso Giovanni sale a comprar vino.
Jennifer y sus amigas arriban al restaurante y chocan en la puerta con Giovanni, que las abraza y continúa su camino a la tienda de licores.
Geraldine estuvo casada veinticinco años con Frank Hall, en los que no bailó; es de descendencia inglesa y olvidó su propia cultura sudamericana.
Ahora en la mesa no cesa de hablar de La Argentina, Jennifer está a su lado y conoce el país del asado; ella con la euforia del momento lo olvida y le dice:
—Giovanni y yo tenemos casa en Buenos Aires y en La Plata.
Ojalá alguna vez puedas venir para que conozcás Caminito y La Boca, tenemos la mejor carne, las mejores empanadas, el mejor flan y el mejor dulce de leche, ¡ay!
, no sé cómo los mexicanos le llaman cajeta al dulce de leche, esa palabra sólo se usa entre hombres con poca educación en La Argentina, le llaman cajeta a la parte privada de la mujer porque dicen que es muy dulce, ¡jajaja!
El vino tinto y el restaurante traen recuerdos a Geraldine. Entre risas y el efecto del alcohol viaja al pasado con el apellido de su niñez, que es Ferrer.
Geraldine Ferrer aprendió música, técnica y cadencia de tango en el vientre de su madre; sus padres eran frecuentes asistentes a las milongas de la ciudad y desde que ella tuvo uso de razón quiso ser bailarina de tango.
A los tres años bailaba en las milongas familiares, sobre los zapatos de su padre; a los ocho ganó varios concursos que la llevaron, además de la televisión, a Brasil, Uruguay y Chile; a los dieciséis años era común verla en todas las milongas de Buenos Aires, y a los diecinueve el tango la olvidó después de su aparatosa caída de un caballo que casi le quita la vida.
El destino en un segundo se llevó sus sueños y le rompió el alma, la espalda y las piernas.
Quedó paralítica, dentro de un profundo océano de depresión que la alejó del tango y del sinnúmero de pretendientes que por ella se peleaban.
En su cama del hospital y mientras estaba en coma sintió de nuevo el sol de la mañana del accidente, cuando rodó por la montaña con Tormenta, su caballo, que se asustó con una víbora y perdió el equilibrio, Tormenta se rompió las piernas y tuvo que ser sacrificado, Geraldine no lo supo hasta meses después del accidente y le partió el corazón.
Regalo de cumpleaños de su padre, el caballo no únicamente había sido su confidente también era como un hermano mayor que la protegía en todo momento.
Gracias a la perseverancia de sus padres, varias intervenciones quirúrgicas y sus propios deseos Geraldine, cinco años después y sin que nadie la viera, se levantó de la silla de ruedas y dio sus primeros pasos, ¡volvió a caminar!
Geraldine le informó a su madre, quien la llevó a una clínica de fisioterapia.
Con meses de rehabilitación que incluyó natación, deporte que practicará toda la vida, obtuvo el control de sus extremidades inferiores y le pidió a su madre que la acompañara a Luján, quiso dar gracias a la Virgen por el milagro.
El accidente truncó para siempre su sueño de ser la mejor bailarina del mundo, pues a los veinticuatro años las bailarinas ya están consagradas; sintió que nunca volvería a bailar tango a nivel profesional.
En un arranque de ansiedad se inscribió en la universidad y cruzó dos semestres de medicina, sólo para descubrir que no era su vocación, así que olvidó los libros y decidió seguir caminando de la mano del tango.
Aceptó sus limitaciones y se olvidó de exhibiciones, juró que sería maestra de los mejores bailarines.
Volvió a bailar, primero a solas, en su dormitorio, y después con Fernando Castellanos, el único de sus pretendientes que nunca la olvidó. Otros bailarines no se sentían cómodos con ella al ejecutar pasos como giros, planeos y colgadas.
Fernando la visitó con menos frecuencia: dos años antes se casó y la esposa y la carrera de medicina lo tenían secuestrado.
Durante su matrimonio Geraldine no viajó a La Argentina. Hoy al aterrizar en Buenos Aires se ofende cuando los agentes de Inmigración notan su acento y preguntan por su lugar de nacimiento.
El Choclo también le trae recuerdos a Giovanni Orfanelli. Nunca le ha contado a Geraldine de la desaparición de su hijo Giovanni. Con las pinturas del restaurante de Chicago y el vino argentino, decide soltar el alma secuestrada por la nostalgia y le confiesa desde su desgarrado corazón:
—Din, ¿nunca te conté que uno de mis pibes desapareció hace muchos años?
Geraldine tiene la mente ocupada con sus propios recuerdos y el barullo de la mesa tampoco le deja oír la confesión. Mientras todos comen, toman vino, cuentan anécdotas y sonríen, él con discreción se limpia un par de lágrimas y de pronto se incorpora. Con pasos torpes se dirige y saluda al cajero.
—¿Cómo estás, vos? Me dice el mozo que te llamás Giovanni, ¿sos porteño? Te me hacés muy parecido… —el cajero nota el aliento a vino y lo observa de arriba abajo.
—Mi vieja y yo somos porteños, y diez años antes de que yo naciera mi viejo emigró de Italia a La Argentina, él es el dueño de este boliche pero la semana pasada voló a Italia porque su vieja está muy enferma.
—¿Cuál es tu gracia? —Giovanni responde con el corazón latiéndole a gran velocidad.
—Orfanelli —dice el cajero mientras recibe la tarjeta de crédito de un cliente.
La emoción embarga a Giovanni, que por el apellido del cajero cree haber encontrado a su hijo perdido.
Abundantes lágrimas ruedan por sus mejillas cuando Geraldine rompe el encanto.
—¡Giovanni, la parrillada se va a enfriar! ¡Dejá laburar al mozo y vení a morfar que yo no he probado nada sólido desde que salimos de casa!
Giovanni, emocionado y sin dejar de ver al cajero, regresa a la mesa. Los alimentos tienen a todos con las miradas en el plato, y decide otra vez hablar con el cajero, que enfadado le responde.
—¡Yo no me perdí en ningún almacén de mascotas!
Giovanni regresa a la mesa con el corazón deshecho. Nadie se percató de su ausencia. La atención del grupo continúa en los braseros con la parrillada, queso, pan y botellas de vino.
—Esto me recuerda a la comida que me sirvieron en Puerto Madero —Jennifer repite entre susurros.