EL GANCHO #3
A más de doce semanas del primer encuentro Jennifer y Miguel Linares finalmente están solos frente a frente.
Ella ya no quiere escuchar lo negativo de los hombres que le dicta el subconsciente.
Todo lo que está sucediendo es tan diferente a los amoríos anteriores, lejos están los días del sillón viejo del sótano de la casa de sus padres, algún hotel de paso y la recámara de Frank Hall.
Jennifer en este momento se siente una doncella seducida en una mina de diamantes y se une en un abrazo eterno a Miguel Linares mientras sus carnosos labios susurran.
—Miguel, ¿qué me haces?
Ahora se aparta súbitamente y corre hacia las puertas de cristal. Con un dedo cuenta estrellas. Después se acerca con pasos lentos y se restriega contra Linares y lo besa con pasión; se vuelve a apartar y, como una cabra loca, corre de regreso a las puertas de cristal.
—Espero que no me tomes a mal ni me confundas por haberte besado, el tequila me pone loca.
Él responde con una sonrisa y ella camina hacia el librero donde dejó su copa, da un trago y se vuelve a acercar.
—¿Estás enojado conmigo? Me gustas mucho, sólo que los hombres bien parecidos me han roto el corazón muchas veces.
—A mí me parece que eres tú quien ha dejado a muchos hombres llorando.
—Necesito conocerte más para entregarte mi confianza, quiero estar segura de que tú eres el amor de mi vida.
Él la abraza y dibuja una sonrisa.
—Te advierto que los hombres se llegan a perder por mí y hasta la ayuda de un psiquiatra requieren para olvidarme jajaja, ¿estás seguro que quieres involucrarte conmigo, Miguel? Yo puedo llegar a ser el amor o el terror de tu vida.
Miguel Linares la acerca a su pecho y la besa en la frente. Ella se aparta y después se le arroja al cuello, lo besa en la boca apasionadamente.
—¿Salimos al balcón?
—Jenn, nos vamos a resfriar con esta temperatura de veinte grados bajo cero.
—¿Y quién le teme a un simple resfriado? ¿Un hombre tan intrépido como tú, que ha caminado sobre La Gran Muralla China o el Desierto del Sahara?
Ambos se encuentran descalzos y en ropa ligera. Ante los ruegos, él sale después de ella, la alcanza en el telescopio. Jennifrer pretende ver a través del lente.
—¿No serías capaz de pasar media hora aquí conmigo con tal de hacerme el amor toda la noche? Si tú me muestras los anillos de Júpiter yo te revelo todo lo que esconde Venus detrás de sus nubes.
Lo abraza y lo besa con pasión, enseguida se aparta y entra a la alcoba; se arroja a la cama, cubierta con pétalos de rosas blancas. Al notar la ofrenda floral que él puso ahí antes del salir al balcón, gruesas lágrimas resbalan por sus mejillas.
Jennifer está sentada a la orilla de la cama. Desabotona despacio su vestido.
—¿Verdad que mis senos son muy pequeños?
Él como respuesta la besa con ternura; ella se vuelve a apartar y toma el último trago de tequila.
Jennifer está acostumbrada a tomar ríos de este licor y esta noche, después de la tercera copa, siente que la respiración se le acelera, la cabeza le da vueltas, las piernas no la obedecen y el sexo le da comezón.
Deja el vaso, se acerca a Linares y sin proponérselo le frota el pene con una rodilla.
Él comienza a quitarle el vestido y ella siente que en un suspiro se van todos los problemas.
—No tengo medias, en el consultorio me atoré en una caja y se me corrió un hilo.
Él termina de desvestirse y le besa el cuello y los senos, la toma entre sus brazos con la suavidad con que se maneja a los bebés, la deposita sobre el cobertor de plumas de ganso y entre los pétalos de rosa, donde su cuerpo desnudo es una ola de pasión para ahogarse en lujuria bajo la luz de las estrellas.
Después de años de sexo monótono, con dolores inventados de cabeza y sueños de aburrimiento Jennifer ahora siente que besan su cuerpo milímetro a milímetro. Conforme las emociones se van acumulando para estallar desaparece el efecto del tequila y sus gemidos se escuchan en toda la mansión.
—Jenn, eres lo más dulce que he probado en mi vida.
—Miguel, con tus palabras, besos y caricias me has hecho tener tres orgasmos, eso jamás me había pasado.
Has despertado algo en mí que yo misma desconocía.
El día que me llegue la hora de pisar un asilo de ancianos voy a recordar estos momentos tan bellos, ¡ay Dios mío!
, ¿es tu lengua lo que siento entre las piernas?
Las olas de la pasión agitan la cama y entre pétalos de rosas da comienzo un tango al desnudo.
Aunque Jennifer ha visto exhibiciones y videos del baile, desconoce el nombre de muchos de los pasos, sin embargo, en las posiciones que entre murmullos participa se imagina en un escenario haciendo giros, sentadas, colgadas, ganchos, enrosques, volcadas, poses, paradas y sacadas.
Más tarde y cuando Jennifer está contra los barrotes de la cabecera a gatas, come pétalos de rosa y da gracias por lo que el mundo del tango ha traído a su vida; susurros y besos continúan hasta que por el tragaluz y la puerta de cristal entran los primeros rayos del sol, entonces se cierran los labios intimos de Jennifer y los dos se quedan dormidos.