EL GANCHO #2
En una noche en que la ciudad de Detroit es estrellada, airosa y fría, el auto donde viajan Miguel Linares y Jennifer deja atrás el barrio de Mario y Silvia. Llegan a la avenida Telegraph, monótona a todas horas excepto cuando el amor cambia la realidad en una fantasía.
—Miguel, por favor súbele a la calefacción, todavía tengo frío.
Recorren la avenida y a las tétricas chimeneas de Allison, antes Detroit Diesel, las ven como las torres de un castillo encantado. Pasa lo mismo con hoteles de paso, restaurantes de comida chatarra y otros negocios que han ido a la quiebra.
Jennifer tiene antojo de comida árabe y en el móvil se entera que el restaurante está cerrado.
Regresan al norte por la misma avenida Telegraph.
No ven a las patrullas de la ciudad de Redford, cuyos racistas policías se divierten deteniendo coches conducidos por personas negras, y tal vez ahora mismo se sueñan cien años atrás cuando sus abuelos por diversión las ahorcaban en Alabama y Texas.
—Perdóname por haberte hecho conducir de más, tenía ganas de visitar el restaurante de nuestra primera cita, ¿recuerdas que ahí pasamos horas hablando de muchas tonterías?
—Esta ciudad se va a la cama muy temprano.
—Despreocúpate, quedé satisfecha con el emparedado de jamón que nos dio
Mario… Es bueno que estés consciente de que a una mujer se le deben cumplir todos sus antojos.
—¿Quieres conocer mi casa?
—Sólo si me prometes que me vas a invitar una copa de tequila.
Es media noche. Una parte de la ciudad de obreros duerme y la otra se prepara para salir del segundo turno, pelea por las líneas de la autopista. Una hora después el Jaguar de Miguel Linares está llegando a casa.
Jennifer sale del auto y da unos pasos hacia atrás para observar la mansión.
—Finalmente conozco la madriguera del león. Confieso que estoy impresionada. Miguel, tu casa además de enorme, es bellísima, me muero por ver cómo es por dentro.
El Jaguar desaparece detrás de la puerta de una cochera.
—Esta cocina es más parecida al lugar donde controlan los vuelos de la NASA. La sala de dos niveles, con esas enormes ventanas, parece un museo. Te juro que en un lugar tan grande me pierdo.
—Jenn, ya que estamos junto a la puerta del jardín, te quiero mostrar algo de lo que hago en mi tiempo libre.
Salen al jardín y Jennifer se coloca detrás de un telescopio.
—¡Dios mío! Nunca había visto las lunas de Júpiter, cuatro, sí, yo cuento cuatro, tres a la izquierda y una a la derecha.
—Dicen que tiene cuarenta y seis, las más chicas no se pueden ver con este telescopio.
Jennifer no ha quitado los ojos del reflector.
—Miguel, ¿quieres saber una cosa? Mi papá quería ser astronauta —con voz entrecortada y cubriéndose la boca, se aparta del tripié.
—Por eso ahora lo podemos ver entre las estrellas —él responde para alejar la tristeza. Agrega:
—¿Quieres mirar los anillos de Saturno? Vas a ver qué grande es y qué colores tiene.
—Quizá otro día, ¿no tienes frío? Me estoy congelando, debajo del abrigo sólo tengo un vestido de seda. ¿Qué tal eres en la cocina? Tengo antojo de comida árabe y de que me bailen con el rostro cubierto y el ombligo de fuera.
Entran a la casa. En la sala del televisor se aprecian algunas estrellas en el tragaluz.
Jennifer arroja el abrigo sobre un sillón y se quita las zapatillas; se sacude el frío de los brazos frente a la chimenea.
Miguel Linares sube al primer piso y después va a la cocina, pone una bolsa de maíz de palomitas en el horno.
En un par de minutos explota como la pasión que los embarga.
Luego va a la sala y agrega leña a la chimenea.
—Tengo algunos alimentos italianos en el congelador, nada de comida árabe excepto por el tabuli que compré ayer en Dearborn —dice Linares al llegar con la bolsa de palomitas.
—Sabes que nunca ceno tan tarde, ni tú tampoco. Con las palomitas y el tequila que me vas a invitar está más que bien.
Él va por una botella de tequila y sirve dos copas, atiende la fogata.
—Ven y siéntate junto a mí, no se me ha quitado el frío y necesito que me abraces, ¿tienes alguna película francesa que podamos ver? Imagino que para algo así usas esta sala cinematográfica.
Él pone la película y va a la cocina, regresa con un platón con quesos.
—Avísame cuando estés lista para el helado de chocolate.
—No me gusta el helado de chocolate —Jennifer responde, arrojándole cariñosamente una palomita, que cae sobre la cabellera de Linares.
—A todas las mujeres les fascina el chocolate.
—Es obvio, mi querido Romeo, que con todas tus conquistas aún tenemos mucho que enseñarte —le arroja otra palomita más sin perder detalle de la película.
—Las mujeres que dicen que el chocolate es mejor que el sexo no saben lo que es un orgasmo. Pero si tienes helado de vainilla me puedes invitar un poco. Y no porque no me gusta el helado de chocolate pienses que no me gustan los buenos chocolates.
Jennifer comienza a sentir cansancio y los efectos del tequila, se recuesta sobre las piernas de Miguel Linares.
—¡Dios mío!, ¡no me digas que me quedé dormida!, ¡qué pena! ¿Acaso ronqué y me escurrió la baba?
—¿Sabes que dormida eres aún más bella?
—Lo que sé es que nunca dejas de decir mentiras, ¿me invitas una taza de café? Tengo que conducir y se me cierran los ojos… ¡Qué tonta soy! ¡Mi coche se quedó en el estudio de baile!
—Quédate a dormir aquí, Jenn, son casi las dos de la mañana y vamos a llegar a tu casa como a las cuatro.
—¿Quedarme a dormir? Miguel, no nací ayer, tú tienes otros planes en mente.
—Mentiría si niego no desearte desde el día en que nos conocimos, pero la invitacion es para descansar.
—Jessica va a estar con pendiente.
—Tu gatita se podría sentir peor si te ocurre algún percance.
—Tienes razón, ya es muy tarde. Allá afuera está tan frío. Olvida el café e invítame otro tequila.
El viaje por la escalera al primer piso es como ascender al cielo; susurros, besos y caricias van quedando regadas en cada uno de los escalones, acompañados por una melodía romántica que se escucha en el estéreo.
Al terminar el ascenso Jennifer nota que llegan a la alcoba principal, no cuestiona nada.
La luz de las estrellas se filtra por el tragaluz de la alcoba matrimonial.
Ilumina una ancha cama de bronce cubierta por un blanco cobertor de plumas de ganso.
En ambos lados de la cama hacen guardia dos estatuas de facciones africanas.
La cabecera apunta a una puerta de cristal donde hay un balcón, un telescopio, una mesa y cuatro sillas.
—Con todas estas luces en el piso, paredes y techo, tu alcoba parece una mina de diamantes —expresa Jennifer al ver las estrellas reflejarse en todo el ambiente de la alcoba, que es enorme y con un cielo de más de cinco metros de altura.