ENTRE NOTAS DE TANGO EL GANCHO
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EL GANCHO

Jennifer está de regreso a la rutina de su trabajo de hospital y jugar tenis. Por la tarde asiste a la clase de tango, donde se reencuentra con Miguel Linares.

— Jenn, ¡qué sorpresa tan grande! —Linares la besa en la mejilla. —Precisamente pensaba en tu ausencia.

—Estuve dos semanas en Buenos Aires, una amiga y yo fuimos a un seminario médico.

—Te busqué en hospitales y estudios de baile…

Ella como respuesta lo mira de arriba abajo, detrás de una sonrisa.

—Imagino que tuviste tiempo para ir a las milongas.

—Fui a varias y tomé clases privadas con Carlos el Bello.

—Lo conozco, es muy bueno.

—¿No me vas a preguntar si me acordé de ti cuando estuve por allá?

—Jenn, no he dejado de pensar en ti un solo momento, ¿no me notas más delgado? Te juro que me volvió loco tu ausencia.

Jennifer abre su bolso, sin quitarle la mirada de encima.

—Mira, te traje esta corbata de seda y esta medalla de la Virgen de Luján para que te proteja.

Miguel Linares la toma de las manos y la mira fijamente a los ojos.

—Gracias, pero sería bueno avisar antes de dejar la ciudad…

—¿En serio me buscaste por todas partes? ¿Y para qué? Los estudios de baile están llenos de mujeres bonitas y buenas bailarinas.

—A mí sólo me interesas tú.

—Mi mamá y yo hablamos todos los días por teléfono. Podrías haber localizado su número y preguntar por mí.

—Con eso del conflicto entre jóvenes y ancianos los sótanos de los hospitales están llenos de gente no identificada.

—¿Dónde escuchaste esa mentira? Yo laboro en un hospital y te puedo asegurar que no hay desaparecidos.

—No me hagas caso. Ven, vamos a bailar, a ver qué me puedes enseñar de lo que aprendiste en La Argentina.

—Linares, tú eres avanzado y yo principiante, siempre que bailo contigo me pongo nerviosa.

—Soy yo quien pierde el ritmo cardiaco a tu lado.

—Linares, ¿de verdad me buscaste? ¿Me invitas una taza de café después de la clase?

—Jenn, contigo voy hasta el fin del mundo.

La tarde de primavera es un orgasmo celeste cuando Linares y Jennifer salen del estudio de baile y se meten al coche de él. Avanzan rumbo a Dearborn, ciudad que forma parte del área metropolitana de Detroit, conocida en el país por tener la población más grande de árabes.

Jennifer, que no ha perdido la dulce sonrisa debido al interés que en ella tiene Miguel Linares, siente que esta noche finalmente podrá dormir por estar en la misma ciudad que su pretendiente.

—Yo no conocía esta parte del área metropolitana.

—Hace muchos años fue de abolengo y de gente blanca.

—Esta avenida Michigan le da un aire de ciudad importante.

—La ciudad tiene historia porque aquí, en una granja, nació Henry Ford, y están las oficinas mundiales de su compañía. Tambien hay una avenida con su nombre que llega al centro de Detroit.

—Allá afuera veo muchos árabes y gente negra caminando por la acera.

—Jajaja! Orville Hubbard, el regente racista de la ciudad que estuvo en el poder desde los años cuarenta hasta finales de los setenta, debe estar parado de cabeza en el infierno junto con otros nazis como él.

Desafortunadamente su lema aún se puede ver en los límites de la ciudad en anuncios que dicen: “Keep Dearborn Clean”.

La limpieza a la que él se refería era un claro mensaje para que no dejaran vivir aquí a personas de color y demás minorías.

—Mira qué bonito restaurante árabe. Detente y entremos. Por favor pídeme un café turco y no les digas que soy mitad judía porque me corren, jajaja.

Llega a su mesa una bella mesera vestida con atuendo musulmán y Linares ordena el café.

—¿Hablaste en árabe a la mesera?

—Sólo sé saludar y algunas otras palabras.

—Este lugar me hace recordar a los buenos restaurantes de Buenos Aires.

—¿Qué te pareció la comida?

—Excelente… y extraño a toda esa gente que conocí.

—¿Te trataron bien los porteños o fueron rudos?

—A mí en ningún momento me parecieron déspotas como los describe el mundo. Los capitalinos sí son arrogantes.

—Seguro los dejaste con el corazón deshecho porque son muy dramáticos.

—Sólo encontré gente buena que quiso ayudarme en todo momento, Bruno Montero fue uno de ellos, ¡hasta dejó de laborar para llevarme a conocer su ciudad!

—Las mujeres bellas inspiran lo imposible en cualquier parte del mundo.

—No conozco el mundo como tú pero de niña visité Oaxaca, en México, y mi papá me iba a llevar a Europa, sólo que murió en la guerra.

Los recuerdos son cortados por un suspiro.

—¿Qué deseas comer, pollo, carne roja o pescado?

—Pollo… pero acepto lo que recomiendes.

—Yo voy a pedir una ensalada con salmón.

—Me quedo con el pollo. Oye, ¿te gustaría la semana entrante comer en casa de mi mamá?

—Claro que sí, me encantaría.

—Qué bueno, ella se muere por conocerte y con esa sonrisa que tienes le vas a caer muy bien… ahora cuéntame algo de ti.

—También perdí a mis padres —Linares la toma de las manos al notar que una solitaria lágrima escurre por las mejillas de ella. —Mi vida es muy aburrida, no quiero que nuestra primera cita sea una tragedia, mejor otro día te cuento más, ¿quieres otra copa de vino?

—Mejor la dejamos para otro día. He pasado un grato momento a tu lado pero quiero ir a descansar a mi casa.

Después de la primera cita Jennifer y Linares salen todos los días. Esta noche después de la clase de tango están en la casa de los maestros Mario Maldonado y Silvia Ferrari.

—Hermano, por favor traducilé a Jennifer y decilé que yo sé que este lugar es una pocilga —Mario le dice a Linares en el pórtico, antes de que la pareja de invitados entre a la pequeña casa.

El inmueble desde siempre fue humilde, en un barrio creado de prisa para dar hogar a los veteranos que regresaron de la Segunda Guerra Mundial.

Hoy el barrio es habitado por policías blancos que no quieren vivir entre gente negra, blancos y negros no viven en los mismos lugares.

El barrio también es refugio de prostitutas y drogadictos.

—También decilé que en Buenos Aires tengo una casa enorme con tres mucamas y un jardinero…

vos has estado allá y sabés que vivo en un departamento de mierda, ¡eso no se lo traduzcás, che!

Por favor pasen, en la cocina tenemos una mesa con dos sillas y arrimo ese sillón para que tengamos un asiento más.

La casucha aparenta estar limpia, pero tiene las puertas y ventanas cerradas. Las primaveras de Michigan son muy frías y en el aire reseco que la calefacción vomita se respira mugre que por años han atrapado alfombras, cortinas y hendiduras.

El día anterior fue barnizado el piso de la alcoba de Mario y su cama está en la sala.

La otra alcoba es de Silvia, tiene ropa tirada en el piso junto con algunos periódicos.

Al fondo se observa la cocina, que también es el comedor.

Con casi un siglo de uso el sistema de calefacción trabaja a la perfección.

—¡Che, esta mierda de calentador es lo único que sirve en esta pocilga! —le dice Silvia a Linares en un momentáneo gesto de seriedad mientras se frota las manos sobre las rejillas del piso, luego brota de lo más profundo de su alma una cascada de sonoras carcajadas.

—Mario anteayer se quemó la planta de los pies, jajaja, el boludo se paró descalzo sobre las rejillas de la calefacción, jajaja, ¡pegó un salto de más de cinco metros y dio chillidos como de sirena de barco, jajaja!

A Jennifer la casucha que acaba de conocer le parece tan grande como la que le hizo su padre en el jardín para jugar con sus amigas y guardar sus muñecas.

Cuando salió de la universidad hizo su labor social en África y vivió en una choza.

En Buenos Aires visitó el departamento de Bruno Montero, sumamente pequeño.

En su conventillo, Olga Moretti usaba las reuniones para venderle lecciones y entradas a eventos de tango.

Un mundo totalmente diferente es el de la casucha de los maestros de tango.

Aquí todo es espontáneo y sin fines de lucro, pasan inadvertidas las carencias o lo modesto.

Las veladas transcurren al calor de anécdotas y tazas de mate, Jennifer ya las había saboreado en Buenos Aires y ahora que vive la ceremonia completa cuestiona a través de Miguel Linares.

—¿Por qué después de tomar el primer trago de té Mario lo ha escupido en el lavabo?

¿Por qué todos debemos compartir la misma taza y el mismo popote o pajilla?

¿Por qué lo tomamos tan caliente y en tan pequeñas cantidades?

¿Por qué una cucharada de azúcar cada vez que le agregan agua a la taza? Etc, etc.

Aun con las incógnitas y lo que se convierte en rutina de casi todas las noches, Jennifer jura que son las mejores veladas de su vida. Entre risas toma mate y vino tinto acompañado de bocadillos, luego baila tango con Miguel Linares.

Entre charlas bobas y miradas intensas desaparece el grueso muro de desconfianza que rodeaba a Jennifer. Comienza a ver a Miguel Linares como amigo y posible amante. Una noche sin darse cuenta se sienta en sus piernas a tomar el mate porque sólo hay tres asientos y no puede ya estar lejos de él.

Mario sirve más mate y limpia la cocina mientras Silvia y Jennifer, envueltas en gruesos cobertores y nubes de nicotina, bajo el manto negro de la noche, hace rato se comunican a señas en el pórtico.

Más tarde las dos parejas bailan tango. Jennifer y Miguel Linares dentro de una nube pasional y pecho a pecho, o amurados, como dice Mario.

Él y Silvia bailan distanciados, recriminándose.

A las once de la noche dejan de bailar, salen al pórtico y con su voz acaramelada Silvia despide a Miguel Linares y Jennifer.

—¡Miguel, algún día tú y yo nos vamos a acostar y hacer el amor en todas sus posiciones y toda la noche!

Este hijo de puta de Mario es un trolo de mierda y llevo semanas de ayuno sexual, urgentemente necesito que me monte un macho, tal vez por eso me siento tan tiesa y fuera de ritmo en las milongas, jajaja.