ENTRE NOTAS DE TANGO LA SACADA #3
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LA SACADA #3

—Toda esta gente me recuerda a mi papá, si aún viviera tendría ochenta y cinco años. Me parte el corazón pensar que ya habría sido atacado por M.L.A. —Jennifer lo dice en un tono de nostalgia.

—Con el avance de la ciencia ya no sabemos edades ni quién es quién —responde Bruno.

—Yo nací mujer y siempre me han gustado los hombres.

—Eso sólo se puede saber en un encuentro privado en mi departamento —bromea Bruno, para sacar de la nostalgia a Jennifer.

—¡Brincos dieras por ver debajo de mis prendas, jajaja!

—¿Deseas bailar?

—Tú sí has adivinado mis pensamientos, no como Ann; vamos a bailar y durante los nueve minutos que dura la tanda podrás decir que… soy toda tuya.

—¿Y Ann no baila?

—No, ella disfruta la música y me vino a cuidar, es mi freno de mano, jajaja.

A las dos de la mañana y antes de que termine la milonga Jennifer ya ha bailado con Bruno y algunos tangueros más antiguos que el propio tango.

La gente despierta de otra milonga y semidormida viaja al empleo en esta gris y fría mañana. La depresión argentina está en su momento cúspide y el aire húmedo lleva entre sus manos la melancólica voz de Carlos Gardel.

El seminario en nutrición está llegando a su fin. Jennifer y Ann en tres días regresarán a Estados Unidos y desde ahora sufren de melancolía. Jennifer ya no hace apuntes ni presta atención, su mente está en los tangueros con quienes bailó en El Viejo Correo. Ann le da un codazo y pregunta:

—¿Sigues pensando en el galán?

—Bruno no me importa, sabes que quiero mucho a Linares; sí pensaba en lo de anoche, cuando bailé con hombres que en su juventud fueron bailarines y profesores de tango y recorrieron el mundo dando cátedra y exhibiciones, y hoy algunos jóvenes que no los conocen tienen la audacia de querer venderles lecciones de tango.

—Yo sólo vi puros viejos.

—En tu profesión supuestamente puedes ver mas allá de las apariencias…

—Cuando estoy de vacaciones no pienso en el trabajo, terminaría loca si analizara a todo el mundo.

—¿Me acompañas mañana a Plaza Dorrego?

—¿Y qué hay ahí? Imagino que tango…

—Así es amiga. En tres días regresamos a Michigan y quiero aprender lo más que pueda.

—Está bien, vamos, por lo menos al aire libre no terminaré intoxicada con la nicotina.

El cielo es azul y el sol brilla intensamente esta mañana en el centro histórico.

Jennifer y Ann caminan una docena de calles de La Casa Rosada a La Plaza Dorrego por una vía llena de turistas que se toman fotografías frente a los grandes portones de residencias y comercios.

Este laberinto es como cruzar un bazar con tiendas que venden de todo, algunas parejas de tango bailan en la acera y recogen propinas.

Jennifer y Ann llegan a Plaza Dorrego, llena de puestos de mascadas de seda, zapatillas y sombreros de tango, fina joyería, partituras de tango y fotografías de famosos bailarines.

También hay puestos de alimentos y, claro, algunos rateros.

El Pastor da aquí una exhibición de tango los fines de semana e invita a una afortunada turista a bailar con él.

Jennifer lo hace y se toma fotos. Más tarde ella y Ann siguen su recorrido por la plaza que, vista desde lejos, es un jardín con puestos improvisados.

Mientras almuerzan en un restaurante junto al parque, Jennifer comenta excitada:

—No importa cuántos galardones obtenga en el mundo de la medicina, ¡nunca voy a olvidar el momento cuando bailé con El Pastor! —Ann pretende poner atención, y responde sorprendida.

—No entiendo la admiración por un hombre que tiene apariencia de arriero.

—Tú mejor que nadie sabe que la parte de afuera no cuenta.

—Entonces ¿por qué se te escurre la baba por Bruno?

—No inventes, en la milonga de esa noche bailé con muchas personas mayores.

—Pero después te cogiste a Bruno.

—Te recuerdo que Linares ocupa todos mis pensamientos, además ese Bruno es un mentiroso, ya ves que el tal tío nunca se presentó a la milonga.

—Y tan buena pinta que tiene.

—¿Quieres otra copa antes de retirarnos?

—Ahora sí estoy de acuerdo contigo. Hoy me toca pagar la cuenta.

Jennifer no quiere abandonar Buenos Aires sin una lección privada con alguno de los monstruos del tango. Ha tomado una docena con Marco Moretti y dos días atrás una con El Niño de Palermo. En el desayuno del domingo le habla a Olga Moretti sobre una lección con Carlos el Bello.

—Vos no necesitás tomar tango con ese viejo gruñón. No te dejés impresionar por la imagen que viste en el ordenador, su estudio es una vil pocilga, lo único bueno de esa área es el restaurante Las Glorias del Tango, donde una amiga mía da una exhibición todas las noches.

—Carlos el Bello ha hecho filmes y conocerlo es una ilusión mía.

—Seguí tomando lecciones con mi sobrino, que es joven y talentoso.

—He aprendido mucho con Marco, pero tal vez nunca vuelva a tener la oportunidad de estar cerca de un monstruo del tango como Carlos el Bello.

—Hay mejores … bien… si querés ahora mismo llamo un taxi para que te lleve con él.

Jennifer le da un largo y apretado abrazo a Olga.

—Gracias Olga, mi sueño se verá cumplido.

—Podés ir en el subte pero tené mucho cuidado, por ahí está lleno de delincuentes.

—Jennifer la otra noche se fue a bailar sola a un barrio de mala muerte y sobrevivió. A mí se me hace que durmió en un hotel, regresó a las cinco de la mañana toda desgreñada.

—Jajaja, dejá que disfrute de todo lo prohibido ahora que es joven, miramé a mí, el otro día la migraña me tiró en la cama.

—También a Jennifer la tiraron en la cama, jajaja.

—Deja de bromear y termina tu desayuno, me muero por conocer a Carlos el Bello en persona.

—Regresen pronto. Esta tarde las quiero llevar a una milonga y mañana iremos a Che Tango, un show con cena, para que se lleven una memorable impresión de nuestro folklore y nuestro tango.

La nostalgia sigue creciendo en Jennifer y Ann dentro de Che Tango, un lugar capaz de albergar a más de mil espectadores y que años antes por sus características debió ser un astillero.

Ahora es un robacorazones. Durante la cena y mientras llora el charango, Jennifer y Ann derraman lágrimas.

Mañana regresan al norte del continente.

Qué importa si en su estancia en la ciudad, en el subte además de manosearlas les robaron la cámara fotográfica y la computadora y en la calle Florida les arrebataron el bolso.

¡Eso y mil cosas más habrían soportado por el gusto de haber vivido unos días en la meca del tango!

Las tres terminales de Ministro Pistarini de Ezeiza son un hormiguero esta noche.

Llega ahí el taxi que transporta a Jennifer y Ann.

Después de varios atentados terroristas no se permiten a bordo de las aeronaves líquidos en grandes cantidades, y las dos llevan cuatro botellas de Malbec.

El abordaje está a más de tres horas y para no cometer el crimen de tirar un buen vino a la alcantarilla se toman tres botellas con una pareja de turistas holandeses que llegan para participar en una competencia de tango.

El líquido prohibido se convierte en una fiesta de despedida que acompañan con matambre, empanadas, queso y una barra de pan.

Antes de abordar regalan la cuarta botella a un barrendero.

Con pasos inseguros, emociones mezcladas y el corazón destrozado Jennifer busca su asiento en la aeronave que la alejará de Buenos Aires y la acercará al hombre que se ha metido muy dentro de su alma.

No puede evitar que copiosas lágrimas inunden sus azules ojos.

Ann también sufre y aun así le dice al oído:

—Vamos, Jenn, si quieres el año entrante regresamos y nos quedamos seis meses. También voy a extrañar a esta gente. Mis pacientes están tan lejos de ayuda psicológica que ni notarán mi ausencia.

—Qué felices deben ser aquellos que nunca salen del pueblo donde nacieron, esto de andar de trotamundos da dolores de corazón.

—Jenn, no te puedes quejar por haber conocido nuevas amistades. Tan lindo que es Bruno, te siguió a todas las milongas y hasta dejó de trabajar por llevarnos a conocer la ciudad.

—Bruno es todo un pingo, no conforme con las franeleadas que me dio en las milongas quería que nos metiéramos a la cama.

—Pues qué desperdicio fue el no aceptar su invitación.

—‘Hoy mismo me casaba con vos, pebeta’, me dijo besando la Virgen de Luján que traía colgada del pecho.

—Pues qué suerte tienes por tener un admirador en Norteamérica y otro en Sudamérica.

—Aun con los atrevimientos y mentiras de Bruno, lo voy a extrañar, era muy paciente y me ayudó mucho con mi tango, ¿recuerdas cuando nos llevó a conocer la calle Florida y a cenar esas carnes tan ricas en Puerto Madero?

—¿Qué tal el día que nos llevó a comer al Café Paraná en la Avenida Corrientes? Nunca había comido un espagueti con un estofado tan sabroso como el que nos dieron en ese modesto lugar —responde Ann mirando cómo la ciudad se aleja detrás de ellas.

—¿Por qué tiene que ser tan difícil la vida? Odio alejarme de Buenos Aires y al mismo tiempo me muero por volver a ver a Linares.

A escasos 40 minutos de que la aeronave se ha estabilizado, las azafatas comienzan a servir la cena.

Jennifer toma una copa de vino y prueba el flan.

Contra su costumbre se queda profundamente dormida hasta que el avión vuela sobre el Golfo de México.

Desde ese momento ya no puede dormir ni sacar de sus pensamientos a Miguel Linares.