ENTRE NOTAS DE TANGO LA SACADA #2
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LA SACADA #2

—¿Vos venís de Michigan y bailas tango? —Ivon pregunta a Jennifer detrás de un largo abrazo y besos en ambas mejillas.

—Soy principiante pero siento que el tango va a ser parte de mi vida.

—El tango es peligroso; como el amor, se mete dentro del alma.

—No me da tantos dolores de cabeza, algún día espero practicarlo más que a la medicina.

—Yo estudié psicología en Boston —afirma Ivon— pero nunca ejercí. En la universidad conocí a un mexicano que me llevó a vivir a Ciudad de México, nos casamos y le di dos hijos, después se cansó de mí y el muy pelotudo me cambió por otra más joven.

—¿Por qué serán tan traidores los hombres?

—¡Los mexicanos son unos hijos de mil puta! Tienen casa con esposa, dos o tres condominios con amantes y todavía así no están satisfechos, ¡también se la ponen a sus mucamas!

—¿Qué cosa son mucamas, Jenn?

—Así les dicen a las empleadas domésticas.

—Después de mi divorcio regresé a Boston y muchas veces visité Michigan, un lugar muy lindo y con mucha agua.

—Bueno, los inviernos son interminables…

—Hace seis años regresé a Buenos Aires, con la frente marchita, como dice un tango, vivo sola y no quiero saber ya nada de ningún hombre.

—Nosotras pensamos lo mismo, en particular de los latinos, que son los más traidores —Ann interrumpe. Ivon continúa hablando con Jennifer.

—Yo soy pintora. Le voy a decir a Olga que te lleve a mi departamento, quiero pintarte antes de que regresés a Michigan.

—Después charlamos. A Jennifer y a mí nos vienen a sacar esos dos chicos.

Olga y Jennifer se alejan a bailar tango.

Esta noche en la Confitería La Ideal Jennifer imagina a Gabriel en los porteños que la sacan a bailar y lo maldice por haberla dejado en el puerto aéreo.

En otros a Miguel Linares y pierde el temor por bailar con lo mejor del mundo, sabe que las bailarinas extranjeras que van a las milongas en Buenos Aires son ignoradas por los bailarines locales, lo cual no pasa con ella.

Ante su belleza ignoran la ética de no bailar con novatos y no la dejan sentar en toda la noche.

Con escasas tres horas de descanso Jennifer y Ann salen de la cama a las seis de la mañana. Van a los seminarios en nutrición y después regresan al Buenos Aires del 1800, donde Olga las espera con una sonrisa.

—Vi cuando salieron y ni café tomaron, vení y acompáñenme a desayunar.

—El seminario incluía alimentos y como el tema fue Nutrición inhalando aire, como hacen en Etiopía, seguro el buffete era de lo mismo —Ann dice después del saludo de beso en la mejilla.

—Los seminarios son para hacer contactos, hoy con el ordenador hasta los vagabundos hacen cirugías — responde Olga mientras les sirve café.

—Yo tuve un ginecólogo que nunca fue a la universidad.

—¿De qué hablas, Ann? Esos mañosos se llaman “amantes experimentados en bajar al pozo” —Jennifer le dice palmeándole la espalda y las tres ríen. Al recuperar la compostura Olga avisa sobre la clase privada.

—Marco está por llegar para que Jennifer tome su lección de tango.

Al terminar la lección, las doctoras salen a conocer la ciudad.

Una vez que en aceras y calles libran más de un centenar de excreciones de perro, llegan a la estación del tren subterráneo, viajan al centro y visitan la catedral donde descansa el libertador San Martín.

Más tarde almuerzan en la calle Corrientes y después abordan un taxi que las lleva a la torre de los ingleses, ahí abordan un autobús y recorren la ciudad.

El crepúsculo comienza a caer cuando Jennifer y Ann están de regreso en el Buenos Aires del 1800. Olga las recibe con empanadas y una botella de cabernet souvignon porque en La Argentina todo gira alrededor de mujeres, fútbol, tango, comida y una botella de vino.

Las tres salen del Buenos Aires del 1800 a las 23:00 horas rumbo a la milonga del Salón Canning a lustrar su excelente pista de madera, Jennifer tiene la sensación de que en otra vida vivió en Buenos Aires porque aquí se toma café y se fuma a todas horas.

Las milongas no son la excepción. De no ser por el show de tango, la boutique en la entrada y el techo alto Ann, que no fuma ni baila tango, no habría asistido.

Jennifer y Ann comienzan el día con tazas de café cortado, yogurt y factura.

—Esta gente parece que nunca duerme. Hace cuatro horas nos acostamos y ya estamos de pie —Jennifer hace el comentario después de una taza de café; al ver que su amiga se levanta de la mesa, le pide una segunda taza llena. Olga tiene jaqueca y no asiste al desayuno.

—Si nos pudieran ver nuestros pacientes ahora… Les decimos duerman ocho horas y eviten la cafeína, y en estos dos días nosotras hemos dormido cuatro horas e ingerido cafeína como para mantener despierto un mes a Nueva York.

—La vida es corta, no siempre vamos a tener estos cuerpos de tentación, jajaja.

—Yo pienso clonarme varias veces para ser siempre joven.

—Eso de clonarse es tener hijos y nietos… antes de que lleguen jajaja vamos a fumar y tomar el mejor vino. Tranquila, yo consumo la nicotina que te toca. Esta mañana no tenemos seminario ¿qué te parece si almorzamos en La Viela?

—¿No tienes clase privada con Marco?

—Que regrese mañana… a ver si él puede despertar a su tía.

Jennifer y Ann más tarde, en el barrio de La Recoleta, se toman fotos. Intentan abrazar, sin lograrlo, el enorme tronco del árbol afuera de La Viela y bajo cuya sombra deciden almorzar.

—Todo es tan emocionante y tan histórico… aquí comieron las personas más famosas.

—Sí, Ann, pero allá enfrente están enterradas.

—¿Estamos rodeadas de muertos?

—Pero importantes, como Evita Perón… ¿Ya te diste cuenta? Aquel chico no nos quita la mirada de encima.

—Y yo que me muero por un masaje profundo, jajaja.

El desconocido se incorpora y llega hasta la mesa donde ellas charlan.

—Buenos días, ¿me puedo sentar?

—¿Quién nos envía el postre? —Ann suelta, con una sonrisa.

—Me llamo Bruno Montero, ¿es su primera vez en Buenos Aires?

—La primera de muchas más; soy Ann y mi amiga es Jennifer.

—¿Vienen de Estados Unidos?

—Sí, y mi amiga Jenn se muere por besos argentinos…

—Tú eres la que quieres a los hijos de Gardel… —responde Jennifer.

—Gardel era trolo y no tuvo hijos.

—Simbólicos los tiene todo inmortal.

Bruno está más interesado en Jennifer que en Ann, y se dirige a la especialista en nutrición:

—¿Es cierto lo de los besos argentinos?

—Ann fue quien lo mencionó. Yo soy una mujer casada y mi esposo espera con ansias mi regreso.

—¡Eso no es cierto! ¡Las dos somos solteras y sin compromiso!

—También soy soltero. El anillo de casado es un recuerdo de mi viejo.

—Así dicen todos y después aparecen mujer e hijos.

—Me encantaría invitarlas a la milonga El Viejo Correo; un tío asiste ahí y él puede confirmar que soy soltero.

—Yo no bailo tango, mi amiga Jenn se muere por ir, ten la tarjeta de donde nos hospedamos.

—Este conventillo está muy cerca de mi departamento.

—Pues no dejes de pasar… Jennifer no tiene nada que hacer esta noche y quiere bailar tango con alguien como tú.

—Gracias, mamá, por hablar por mí y darme permiso de salir.

—Veo que terminaron de comer, ¿les gustaría un postre? No se pueden ir de La Argentina sin probar el dulce de leche que hacemos mejor que los uruguayos.

Después del postre y una taza de café, Bruno y Jennifer se miran y sonríen con deseo de volverse a ver.

Los tres se despiden entre besos y abrazos.

Después Jennifer y Ann visitan el cementerio La Chacarita, donde Carlos Gardel descansa; regresan al centro, van a lo que fue la casa del cantante y comen en la pizzería Banchero.

Una hora más tarde sienten manos en el trasero a bordo del tren subterráneo en su regreso al Buenos Aires del 1800, donde las espera Olga para salir a la milonga.

Lo que hace años fue una cancha de básquet es ahora El Club Sunderland, en cuya pista bailan más de 350 tangueros.

Como Olga es conocida en las milongas, a su mesa llegan personajes del tango y Jennifer baila horas con lo mejor de Buenos Aires.

A las tres de la madrugada Jennifer, Ann y Olga regresan al Buenos Aires del 1800 y cuatro horas después las doctoras se pelean por el baño para estar a tiempo en el seminario médico.

Jennifer y Ann descienden de un taxi. Caminan unos pasos en un barrio de poca reputación y entran a un edificio más viejo que el tiempo.

Años atrás fue oficina postal y hoy dan una milonga llamada El Viejo Correo; sentadas de un lado se encuentran abuelas que fueron deseadas doncellas, y del otro, antiguos apuestos galanes.

Como el tiempo ha robado parte de la vista, antes de hacer una invitación a bailar los hombres se colocan sus gafas: como las peticiones se hacen con un cabeceo, a la distancia y en la penumbra, no quieren acercarse a la mesa y ser humillados con una mirada de desprecio, o hacer señas a quien no desean sacar a bailar.

Un mundo diferente es el de las otras milongas, donde el ímpetu de los jóvenes desconoce tradiciones y, sin miradas o cabeceos, se paran frente a la mujer con quien desean bailar y tener en la cama esa misma noche.

—Jenn, ¿qué pasaría con tu galán? —pregunta Ann después de sentarse a la mesa y peinar el área.

—Tal vez está por llegar, este lugar queda lejos de donde él vive.

—O cambió de idea… al enterarse de que en esta milonga sólo encontraría ancianas fugadas del ataúd, ¡jajaja!

—No critiques, amiga, todos vamos por el mismo camino.

Jennifer es invitada a bailar y, al terminar la tanda, regresa a su mesa y encuentra a Bruno.

—Perdón por llegar tarde —Jennifer lo escucha al oído, detrás de un beso en la mejilla.

—No hay por qué disculparse, Ann y yo llegamos hace unos minutos.

—No es cierto, tenemos cuatro horas esperando y ya nos íbamos a ir. Jennifer nunca espera por ningún hombre, tú has de ser especial porque no ha dejado de pensar en ti.

—Amiga ¿desde cuándo puedes leer mis pensamientos?

—…Pero si la milonga empieza a las 10:00 ¡y son las 10:15! —Bruno indica mientras jala una silla y se sienta a la mesa.