ENTRE NOTAS DE TANGO LA SACADA
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LA SACADA

—No la vamos a hacer, Jenn. Vamos a perder el vuelo.

Jennifer ha debatido el viaje noches enteras, una visita a La Argentina le trae recuerdos de Gabriel Díaz. Por cuestiones de la medicina viajará a un seminario en nutrición.

—Despreocúpate, Logan. Cuando el piloto sé de cuenta que le faltan las dos nenas que Dios te dio sin pensarlo regresará por nosotras desde el otro lado del mundo, jajaja.

—También hay mujeres pilotos…

—Igual regresan, jajaja, y qué importa si perdemos el vuelo, para Atlanta salen constantemente. En unas dos horas estaremos por allá. El avión que no debemos perder es el que sale a Buenos Aires a las diez de la noche.

—Entonces disminuye la velocidad, no quiero viajar en ambulancia.

—Qué ocurrencias de programar un seminario en pleno invierno argentino. Aquí tenemos escasas dos semanas de días soleados y mañana vamos a amanecer otra vez entre la nieve.

El vuelo al sur del continente despega a la hora programada.

Las más de diez horas de viaje dan tiempo a las doctoras de hacer apuntes e ingerir un par de copas de vino.

A las cuatro de la mañana Jennifer toma café y camina por el pasillo.

Cuando el avión aterriza en Buenos Aires, aunque ella es de sueño pesado, no ha logrado dormir ni un minuto y entre sonrisas le dice a Ann:

—Recuérdame nunca volar más de dos horas.

—Sabías que íbamos a cruzar la mayor parte del continente americano…

—Estos vuelos tan largos son para carga y animales; la gente se nos queda viendo, parecemos brujas con la desvelada que nos dimos en ese avión.

—Imagínate lo que han de sentir los astronautas…

—A esos los duermen y despiertan con drogas.

—Jajaja, por eso caminan raro cuando bajan de la nave.

Entre bromas pasan Inmigración, y sin dejar de reír salen del aeropuerto. Abordan un taxi.

—Buen día, me llamo Daniel, ¿a dónde las llevo?

—Al centro de Buenos Aires —responden las dos a coro.

—¿Primera vez en el lugar más bello del mundo?

—El país más bello se llama Francia —dice Jennifer.

—Japón es lo más hermoso y limpio del planeta —interviene Ann al sentarse en el taxi.

—¿Cómo estuvo el viaje?

—Ni nos lo recuerdes, ahora lo que urge es llegar al hotel. Tenemos reserva en uno de cinco estrellas, aquí está la dirección —indica Jennifer.

—La calle Corrientes es un kilombo y ahí no van a poder descansar. Conozco un conventillo de lujo en Belgrano con habitaciones limpias, ascensor, desayuno y clases de tango.

Los taxistas en Buenos Aires operan como guías turísticos.

Ofrecen boletos para exhibiciones de tango, carreras de caballos, eventos culturales, paseos por la ciudad; recomiendan restaurantes, hoteles y lugares donde comprar calzado y artículos de cuero, incluso viajes a estancias o ranchos.

La hora del puerto aéreo al centro de la ciudad pasa en un suspiro.

Al llegar al hotel se enteran de que las reservaciones de Jenniffer y Ann no existen, y no hay lugar disponible.

—Ya hice dos rastreos y en el sistema no aparecen sus nombres —escuchan de un empleado en la administración.

—Desde el año pasado hicimos las reservas y exijo que nos den hospedaje —soñolienta y molesta, reclama Jennifer.

—Aquí laboro desde hace 20 años y nunca hemos tenido una sola queja.

—Jenn, mándalos al diablo y vamos a ver si no se ha ido el taxista.

—Tienes razón, venir de tan lejos para que “el sistema” nos eche a perder el viaje.

—Tranquila, si Daniel aún está afuera todo está solucionado.

Salen enfurecidas del hotel y encuentran al taxista, quien lee un diario afuera de su vehículo.

—¡No lo puedo creer, el Boca anoche le ganó al River!

—Deja el diario y por favor llévanos al conventillo que mencionaste, los bobos de este hotel dieron nuestro cuarto a alguien más —le dice Jennifer al taxista.

—Esos chorros querían plata, aquí en La Argentina todo se consigue con guita, ahora mismo llamo al conventillo.

—No nos lleves a un barrio donde asalten, he leído que los conventillos son pocilgas.

—Nada que ver, esos lugares ya no existen. Mi amiga es muy romántica y añora el pasado, por eso le puso Buenos Aires del 1800 a su pequeño hotel.

—Con que no esté lleno de pulgas… jajaja —bromea Ann.

—Una noche hasta en el infierno. Mañana regresamos a la calle Corrientes.

—Ahora que vean el conventillo van a querer vivir ahí para siempre.

—Si los vecinos están de buen ver nos quedamos toda la vida —Ann responde mientras, juguetona, codea a Jennifer.

—Primero nos metemos a la ducha porque así parecemos brujas del 1800, jajaja.

El taxista llega al conventillo. Es pequeño y les dará la oportunidad de conocer a los porteños de cerca.

—Damas, hemos llegado a Buenos Aires del 1800, aquí la van a pasar bárbaro; he traído a muchos turistas y me han dicho que el servicio es excelente.

Buenos Aires del 1800 se encuentra en el área de Belgrano que años antes fue de abolengo y con perfiles cosmopolitas, como otras zonas de la ciudad.

El taxista abre la cajuela y baja las maletas, sin dejar de observar ambos traseros y las nenas que Dios le dio a Ann.

Después de viajar más de doce horas y permanecer despiertas más de veinticuatro, las doctoras desean meterse a la ducha y tomar una siesta, pero pierden el sueño ante la belleza de Buenos Aires, que en nada envidia a una ciudad europea.

Jennifer y Ann entran al conventillo y son acorraladas por un sinnúmero de flores tropicales y el calor de la sonrisa espontánea de Olga Moretti, la propietaria.

—Bienvenidas, ¿cómo están? Daniel recién llamó y por suerte tuve una cancelación, puedo ofrecerles una habitación en el segundo piso.

Olga las abraza y las besa en la mejilla.

—Qué bonito está su hotel, las plantas me recuerdan el jardín que tiene mi mamá en Michigan.

—Gracias, pasen, están en su casa.

—Yo opino lo mismo que mi amiga.

—¿Cómo estuvo el vuelo? Largo, seguramente, como el olvido, decímelo a mí que he hecho el mismo viaje cientos de veces.

Pilar, mi hermana, les va a llevar el equipaje a la habitación, ustedes vení-vení y acompáñenme a almorzar, ¿les gusta el matambre?

, lo hizo Pilar, ella prepara el mejor matambre de todo Buenos Aires, y también tengo café, jugo de naranja y factura.

Las doctoras se miran la una a la otra; la atención personal de la propietaria es algo que no habrían obtenido en ningún hotel.

—Jenn, ¿qué cosa es matambre?

—Carne. Aquí la comen a todas horas.

—Al pan dulce le decimos factura —interrumpe Pilar y con un movimiento del brazo llama a una mujer que asea el piso; entre las dos suben el equipaje.

Olga deja la recepción y junto con las doctoras cruzan el patio central, llegan a la cocina comedor; Jennifer y Ann se sirven café y pan tostado con mantequilla.

—¿Están de paseo?

—Mi amiga Jenn viene a un seminario en nutrición.

—¿Cuánto tiempo estarán en Buenos Aires?

—Diez días —coinciden en responder ambas.

—Es bien poco para que puedan ver todo lo que tenemos en la ciudad.

Olga hace su comentario mientras rebana matambre.

—Los seminarios siempre son un par de horas por la mañana, después pueden venir al hotel a tomar una clase de tango. Voy por mi libreta para llamar a Marco Moretti, mi sobrino, él da clases de tango aquí y es buenísimo.

—Qué rico está el pan de dulce.

—Factura, Ann, aquí le dicen factura.

—Más tarde les voy a hacer reservaciones para una exhibición de tango en La Boca, ¿las dos son doctoras?

—Yo tengo un posgrado en nutrición y Ann en psiquiatría.

—¡Qué grandioso! Mis viejos también fueron médicos y su especialidad fue el corazón… quizá por eso soy tan romántica, jajaja.

Sólo han pasado unos minutos y las tres mujeres ríen como buenas amigas. Entre rebanadas de matambre, factura y café fuerte planean la conquista de la ciudad.

Jennifer y Ann duermen un par de horas después del almuerzo.

Esa noche Olga las lleva a la Confitería La Ideal, en el corazón de la ciudad, que ha cumplido más de cien años deleitando a los porteños con su fina repostería.

Su edifício es barroco y de grandes salones con pisos de mármol, ventanales con vidrios emplomados, y al pisar la pista de la planta baja Jennifer siente haber llegado al cielo.

En el lugar han estado bailarines, compositores, cantantes y líderes de orquestas de tango, además de políticos y luminarias del mundo del cine.

El estudio donde Jennifer toma clases de tango en Estados Unidos es un establo comparado con lo que acaba de conocer; sus columnas de cinco o seis metros decoradas al igual que los techos le recuerdan a los castillos españoles.

Ahora bailan 200 tangueros y 200 más arriba en el primer piso.

Las milongas de su ciudad apenas son concurridas por una docena de bailarines.

—Este no es uno de mis lugares favoritos porque vienen muchos turistas.

—¿Y qué somos nosotras? —pregunta Ann con picardía.

—Me refería a los gringos, así llamamos a todo extranjero. Vos son mis amigas, vengan de donde vengan.

—Qué linda, gracias por considerarnos amigas —dice Jennifer sin dejar de observar a los bailarines.

—Quise que conocieran el centro de noche, ¿verdad que es lindo? Otro día las llevo al Marabú, un lugar de mucha tradición y menos turistas —Olga le dice al oído a Jenniffer para ser escuchada entre la música de tango, que ha aumentado su volumen.

— ¡Yo nunca había estado en una milonga con tanta gente! Al parecer aquí sólo voy a bailar los ojos, seguro nadie va a querer tanguear con una principiante.

—Miren, allá bailan Milena Nuez y Carlos el Inglés, ese chico va a llegar muy lejos; vení que por aquí nos está guardando mesa una amiga.

—Todos estos chicos me recuerdan a Gabriel, ¿también a ti, Jenn?

—No me recuerdes a ese idiota, ¡me echas a perder la noche!

—Hola, Ivon, estas son mis amigas, llegaron hoy de Michigan.

Ivon, una mujer rubia de sesenta y cinco años, aparenta treinta. Aun en la tenue luz es fácil notar varias operaciones faciales y debajo de la delgada blusa de seda firmes senos de silicón. Al enterarse que Jennifer y Ann son del mundo de la medicina, de inmediato las adopta como mejores amigas.