ENTRE NOTAS DE TANGO LA MORDIDA #4
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LA MORDIDA #4

—No perdamos más tiempo hablando de esos dos estúpidos… oye, creo que Israel fue tanguero en otra vida, le encanta la música y es mejor parecido que muchos de los que he conocido en las clases de tango, jajaja.

Heather observa a su hija que, entre carcajadas, no deja de bailar, y la recorre el sentimiento de felicidad al ver que no ha perdido la inocencia ni las ganas de amar.

—Jenn, deberías invitar a almorzar a tu amigo; si es bueno contigo, desde ahora puede contar conmigo para lo que quiera. ¿Tienes su teléfono? Lo podemos llamar para que nos acompañe a tomar el té, sabes que a mí nunca me ha gustado el café.

—Su teléfono lo tengo pero ni creas que lo vamos a llamar, me muero por verlo pero déjalo que sufra un poco más, ya lo conocerás otro día.

—¿Qué me pediste que buscara?

—Los estados de cuenta y los fármacos.

Mientras su madre regresa Jennifer recorre la sala, observa de cerca los muebles antiguos y se detiene frente a la pared en la que cuelgan fotografías familiares.

—Mamá, ¿cómo se te ocurría ponerme esos vestidos tan largos y no combinabas los colores? ¡Parezco un payaso!

Voltea y se encuentra frente a frente con fotografías de Israel Washington, su padre, quien aparece en uniforme de la fuerza aérea y posa frente a un avión.

Le arrancan un profundo suspiro, y cierto recelo porque al morir le dejó la idea de que todos los hombres de su vida la iban a abandonar.

Aún así, con suavidad pasa las manos sobre las fotografías.

—Ay, papá, cómo te extraño. No hay momento en que no piense en ti, ¿sabes que tengo un llavero con tu fotografía? Es mi talismán, me da paz en el alma.

Ella muchas noches soñó que al salir de la escuela su padre estaría ahí para defenderla de mujeres que la amenazaban con golpearla, con el tiempo el sueño se convirtió en horrenda pesadilla.

El capitán Washington murió a los cuarenta y tres años, truncando su vida y la de su familia, al dejarla como rompecabezas incompleto.

Cuando los hombres le destrozaron el corazón, Jennifer quiso gritarles ¡Cómo se atreven a lastimarme! ¿No saben que mi papá es un alto oficial de la fuerza aérea más poderosa del mundo?

Los muchos recuerdos del uniformado hacen que se ahogue con un nudo en la garganta.

Un oportuno tosido hace que resbale al estómago, donde se une a cientos de los nudos que ahí esconde.

Vuelve a acariciar la fotografía y aprieta los labios, suspira profundamente, y ve venir a su madre; se siente egoísta y piensa que ella debe extrañar mucho más a su padre al grado de que sus propios nudos en el estómago la hacen caminar encorvada.

—Jenn, acompáñame a comprar un ventilador, el verano está por llegar y… ¿qué pasa? ¿Has estado llorando?

Jennifer se pasa la mano por el rostro. Responde detrás de una sonrisa en la que se aprecia compasión por la soledad de su madre:

—Michigan nunca es caliente, además la casa tiene sistema de aire acondicionado. Lo que a ti te hace falta es mudarte a mi condominio hoy mismo.

—¡Yo soy una mujer independiente!

—¿Entonces por qué me llamas en la madrugada cuando te dan ataques de pánico?

—Sí, pero se pasan con un té de manzanilla.

—Yo también despierto con ataques de temor… es porque tú me haces mucha falta en mi vida.

—Tú tienes una vida muy diferente a la de una anciana.

—La edad es lo único diferente.

—A tu lado pierdo mi independencia.

—Mi condomínio tiene tres alcobas, tres baños y es tan grande que si no quieres no me tienes que ver en varios días.

—Jenn, también yo te extraño, pero mi vida está hecha en esta casa. Además, Meli quedaría sin empleo y sin nadie que vea por ella.

—Meli también es bienvenida, y si no quieres vivir conmigo al menos deberíamos vivir más cerca. Esta casa es tan grande y tan llena de recuerdos…

—Eso es lo que me hace vivir, hija: las remembranzas.

—A unas calles de donde vivo hay un hermoso centro habitacional para personas de la tercera edad. Está ubicado en una colina y tiene grandes jardines, también hay un lago con cisnes. Todas las mañanas cuando salgo a correr veo a gente de tu edad salir de ahí a caminar.

—Ha de ser gente que no le gusta estar en su propia casa. Ahí solamente voy a encontrar extraños con sólo Dios sabe qué mañas.

—Tu barrio es muy bello pero ya no es lo que fue hace cien años, ¿cuántas veces te han robado en la calle a ti y a Meli? Más de doce, ¿no es así? Hoy esta casa vale unos $800,000 dólares, pero con la gente que se ha cambiado por aquí muy pronto no va a valer ni la mitad.

—Te prometo que voy a pensarlo.

Jennifer la coge de las manos y mira hacia la fotografía de Israel. Dice con un profundo suspiro:

—Las lágrimas eran por mi papá; si supieras cuánto lo extraño.

Su madre, con ojos lacrimosos, la abraza y le dice:

—Lo sé, Jenn. También extraño a Israel. Algún día lo volveremos a ver en el cielo.

—¡Ay! No sé de qué estúpido fue la idea de dar banderas a las familias que pierden un familiar en la guerra. Los comerciantes las usan no por patriotismo sino para señalar sus negocios y, como las ves en todos lados, la herida nunca cierra.

—Lo sé, Jenn, pienso lo mismo… ¿ya te di los fármacos?

—No, mamá, aún los tienes en las manos.

—Tengo que arreglar la casa para poder venderla. Mira, estos son mis medicamentos pero los estados de cuenta no los tengo, tú sabes que a mí no me gusta guardar papeles sin importancia.

Jennifer sabe que su madre no cree en el cielo y la casa no necesita reparaciones, en realidad quiere estar cerca de los recuerdos y morirá entre ellos, además se siente más segura en ella de los ataques de los jóvenes del movimiento contra los ancianos.

Ha estado un tanto distanciada de su madre y ahora que la ve envejecer y perder la memoria se acerca más a ella.

Las visitas de Jennifer son para llevar a su madre a comer y de compras, y suele regresar alrededor de las cuatro de la tarde a su condominio.

Este martes presiente que su madre no estará mucho tiempo más con ella, decide prolongar su visita hasta las ocho de la noche.

La lleva al centro comercial de compras y al regreso inventa arreglos a la casa y al jardín, hace galletas y merienda con ella.

Sube a darse un baño para aminorar la tensión.

Después de secarse, sin vestirse se planta frente al gran espejo y gira mirando de espaldas su trasero, posa ambas manos sobre las caderas y, con una sonrisa burlona hacia sus examantes, exclama —Miren todo lo que se perdieron, ¡estúpidos!

Nunca más acariciarán a esta diosa ni mucho menos se ahogarán en su más íntimo néctar.

Minutos después, con la sonrisa todavía en el rostro, se dirige a la planta baja y le da un abrazo y un beso a su madre; sale de la casa suspirando como lo hizo al llegar.

Camina a su coche tarareando un tango, le da un abrazo y un beso a Meli que le ayuda a cargar y acomodar paquetes.

Después corre de regreso a darle otro abrazo a su madre.

—Te amo mamá, la próxima vez sí traigo a Miguel Linares, ¡vas a ver que te va a encantar!

—Por favor saluda al señor Linares de mi parte.

—Claro que sí, y hasta un beso le daré… de parte mía.

Se vuelve a echar a caminar y antes de entrar al coche exclama:

—¡No he olvidado los estados de cuenta! ¡El domingo después de salir del hospital te traeré algo de comer y una película! ¡Después pasaremos la tarde estudiando tus libretas bancarias!

—Adiós, hija, no conduzcas muy rápido, te cuidas mucho.

—No tengas pendiente, haré esperar un poco a Linares.