ENTRE NOTAS DE TANGO LA MORDIDA #3
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LA MORDIDA #3

Aun cuando en su mirada se han acumulado años de intentos fallidos y océanos de lágrimas, hoy tiene un nuevo amor; se siente deseada una vez más y le provoca dibujar una sonrisa ahora que da un paso atrás y se mira de perfil como siempre lo hace; suspira al notar que sus senos siguen siendo pequeños; se acerca y escudriña su rostro, que ya no es el de una delgada adolescente porque ha madurado y bien podría pasar como la más bella modelo del mundo, no como una doctora con posgrado en nutrición.

Jennifer desde niña ha usado lentes; de adulto y en público, lo son de contacto; una vez más se acerca al espejo, se retoca los labios, se pasa la yema de los dedos sobre las mejillas.

Cada vez que termina con un amante se siente fea, infeliz, burlada y usada, y al examinarse confirma que sigue siendo bella, no se notan las caricias que le hurtaron, y en lo más profundo de su mirada se alcanza a distinguir una débil chispa de amor.

Este día no se ha arreglado para satisfacer a nadie sino a sí misma, viste un sencillo vestido de algodón blanco y sandalias de cuero, el cabello lo lleva en trenza y con una rosa blanca en un temporal.

Luce como una reina. Da un paso hacia atrás y analiza gran parte de su cuerpo, gira y le parece escuchar.

—Jennifer, eres lo más bello que hizo Dios.

Y eso la hace dibujar una enorme sonrisa.

—Gracias, espejito mágico.

Vuelve a girar y sale del baño.

Heather ha preparado un almuerzo como para alimentar a toda la congregación de su iglesia.

La mesa de la segunda sala está servida para tres personas porque su madre siempre pone un plato extra para su difunto esposo.

Hay platones con queso en trocitos, nueces, almendras, rebanadas de jamón y salmón ahumado, y galletas.

Los acompañan un pavo, un platón de ensaladas, un pastel de chocolate, bagels, botellas de vino y otra grande de jugo de arándanos, el favorito de Jennifer, que no hace ningún comentario hasta el invernadero, donde su madre poda plantas y ella comienza a pintarse las uñas.

—Imagino que has invitado a comer a los vecinos… tú y yo no vamos a terminar todo lo que has preparado.

—Hija, no sabes cómo me da gusto satisfacer tus gustos, ¿recuerdas que siempre te quejabas porque el pavo únicamente lo comíamos en Acción de Gracias y Navidad?

—Mamá, sólo somos tú y yo, además mi papá nunca te habría permitido tener jamón y salmón ahumado en el mismo platón; es más, el jamón y la Navidad nunca entraron a nuestro hogar porque ¡somos judíos!

—¿Somos judíos? Yo soy cristiana, hija mia. Jesús es la paz y la luz del mundo, y si queremos entrar al cielo primero debemos ser bautizados, ¿quieres irte al infierno, Jenn?

—Mamá, por favor, ya ni Meli se cree de sustos inventados. Una mujer como tú, con un título en geología y otro en física, sabe perfectamente que la religión es una gran mentira para vivir de los arrepentidos y manipular a los ignorantes.

—Jenn, eres igual de incrédula que tu papá; sé que es mucha comida, pero tú te vas a llevar la mitad y otro poco Meli. El resto lo puedo guardar en la nevera y usarlo durante la semana. Anda, termina de pintarte las uñas, mientras comemos tenemos mucho que charlar.

—Pavo sí llevo un poco, ¡el jamón se lo das al perro del vecino!

—Como quieras pero termina de pintarte.

Con música clásica de fondo y la ayuda de Meli, una mujer negra de 65 años que más de la mitad de su vida ha estado al servicio de Heather, madre e hija se sientan a la mesa sin ser perturbadas excepto por Israel, un enorme gato negro que salta algunas veces a la mesa, y la oficina del doctor de Heather, que llama para recordarle sobre su cita de mañana.

Meli comienza a servir alimentos e insiste en que Jennifer necesita comer de todo.

—Muchacha, estás muy delgada y para que pesques a un buen hombre primero necesitas poner carne en esos huesitos.

Jennifer la observa con una sonrisa.

—Hija, Meli también se dio cuenta de que bajaste de peso.

Jennifer no dice nada.

—No te escucha, ¿no ves que está enamorada?

—Meli, así como estoy delgada me sobran los hombres.

Meli es quien ahora no escucha y le sirve pavo con mermelada de arándanos y una ración doble de pudín de papas y relleno de pavo.

—Meli, después me preparas un platillo para llevar con ese pudín de papas que haces con mantequilla para que suba de peso y del cielo me caigan miles de galanes, jajaja.

—Jenn, sé que lo dices de broma, pero las mujeres flacas se quedan solteras.

—Meli, ¿recuerdas cuando me cargabas como a una muñeca de trapo y me llevabas por toda la casa?

—Doctora, aunque no se me note, has hecho que me sonroje.

—Ya te he dicho que no me digas doctora porque a ti siempre te veré como a una hermana mayor.

—Pues eres una doctora y no sabes lo orgullosa que me siento cuando le cuento a mis amigas de ti.

Jennifer se incorpora y la abraza.

—Cómo me describas con tus amistades es cosa tuya, pero para mí eres mi hermana mayor y por favor siéntate para que comas con nosotras.

Después de concluir el almuerzo y mientras Meli sirve café en la sala principal, Jennifer descubre que en un mes su madre ha hecho tres pagos del automóvil.

—¡Me voy a llevar tus chequeras y tus tarjetas de crédito! ¿Me has oído, mamá?

Mirándola seriamente, le apunta con el índice.

—El pago del automóvil solamente se hace una vez al mes, bueno, te voy a dejar una tarjeta, pero no olvides que por medio de mi iPhone me entero de lo que haces con ella.

—Yo puedo pedir más tarjetas por teléfono.

—No te las darán porque yo soy tu representante legal y espero que ya no les estés enviando dinero a todos esos haraganes religiosos que te lo solicitan por teléfono y por televisión.

—Sólo envío algo de ayuda para curar niños.

—Los menores si acaso reciben el 5% de lo que envías y el resto va a las cuentas de banco de esos rateros.

—Por Dios, Jenn, no hables así, y de ser cierto tendrán que responder en el cielo.

—Ellos saben que no hay cielo. Ahora por favor muéstrame los fármacos que tomas, son cinco ¿no es así?

—Cinco o seis y hay veces que me confundo; qué feo es llegar a vieja.

—¿Sabías que la medicina de este frasco está caducada? Es la de la presión arterial… enseguida llamo a tu médico para que te envíe una receta nueva.

Dirigiéndose a Meli, quien sirve té a su madre, le pregunta:

—Únicamente está viendo al doctor Malonowski ¿no es así, Meli?

—Siempre le recuerdo a la señora su medicina.

—Meli por favor siéntate con nosotras a tomar café y después te ayudo con la limpieza de la mesa y la cocina.

Meli no sabe leer y desconoce la expiración de los medicamentos, o cómo llevar a Heather Washington al médico, nunca aprendió a conducir, y para llegar a la casa toma tres autobuses. Cuando Meli está a solas con ella, sí se sienta a la mesa, pero no se atreve si su hija está en casa.

—Quiero que me muestres los estados de tus cuentas bancarias y los de las tarjetas de crédito.

—Está bien, hija, pero toma tu café que se va a enfriar.

—Y quiero ver los medicamentos que tienes en casa incluyendo medicinas alternas, aspirinas y vitaminas.

Heather sube a buscar lo ordenado y su hija baja al sótano seguida por Israel.

Al llegar al fondo de la escalera ve la sala donde hizo el amor en su adolescencia, y más adelante una mesa de billar cubierta por una bandera con las barras y las estrellas que su madre recibió al morir su padre.

Debajo de la mesa de billar están las cuatro cajas de cartón que trajo de la casa de Frank Hall.

Jennifer las abre y separa una, la que contiene un cráneo humano que algún día adornará su oficina. Da media vuelta y sube a la cocina.

—Meli, ¿me das dos de las bolsas que usas para recoger hojarasca?

—¿Te puedo ayudar en algo?

—Sólo junto la ropa que nunca más pienso usar.

Regresa al sótano y vierte el contenido de tres cajas en las dos bolsas y las lleva a la cochera, las etiqueta para donarlas y permanece en el jardín, disfrutando del sol.

Entra a la casa y, seguida por Israel, baja de nuevo al sótano.

Cuando se dispone a abrir la caja de cartón que contiene el cráneo humano, su madre la llama y sube corriendo con el gato entre las piernas.

Aun con las enormes zancadas que da, llega después que el gato, y antes de que su madre pronuncie palabra alguna, ella le dice detrás de un fuerte abrazo, un beso y una sonrisa del tamaño de la felicidad.

—¡Mamá, el hombre que conocí hace tres meses ha regresado a la ciudad! Presiento que va estar en mi vida mucho tiempo, no puedo dejar de pensar en él.

—¿Qué me pediste que buscara?

—Los estados de cuenta de tu banco.

Jennifer no ha perdido en ningún momento la sonrisa y agrega, todavía con la respiración agitada:

—¿Recuerdas que hace algún tiempo te hablé de Miguel Linares? Ya sé que muchas veces he dicho que no me volvería a enamorar ni de Dios, pero tú sabes que las mujeres hacemos drama… él parece sincero y tan paciente…

Israel se le embarra entre las piernas, Jennifer lo recoge y se lo arrima al rostro, baila con él.

Heather dice con una sonrisa apenas dibujada:

—Ya sabía que estabas enamorada, ¿en verdad te gusta ese hombre? Recuerda que hace poco tuviste muchos problemas, Antonio Pardo creo que así se llamaba uno, y el otro Gabriel Díaz.

—Ni menciones a esos dos cobardes, no sé quién era peor, Gabriel mil veces me juró amor eterno y cuando se enteró que yo nunca podría darle hijos, me cambió por otra, ¡lo odio con toda mi alma!

—Perdón, no debí mencionar nada.

—¿Recuerdas que me hizo comprar boletos de avión para llevarme a conocer La Argentina? Y el muy poco hombre me dejó sentada sobre de mis maletas en el aeropuerto. Antonio Pardo resultó más traidor que una diarrea africana, ¿sabes que el muy sinvergüenza me llamó al condominio hace unos días?

—Estás mejor sola que mal acompañada.

—¡Qué cínico! Ha de ser cierto que los hombres piensan con el pene.

—Hija ¿qué me pediste que buscara?