ENTRE NOTAS DE TANGO LA MORDIDA #2
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LA MORDIDA #2

—¡Hijo de puta, has estado a punto de tirarme tres veces al piso! Vos crees ser toda una estrella pero sos un gil, no tenés idea de los hombres que quisieran tenerme en los brazos ¡y vos tratás de tirarme al piso, boludo de mierda!

Coge un vaso de capuchino y arquea las cejas, comienza a sorberlo y agrega con su risa espontánea:

—¿Cómo estás Miguel? ¿A dónde me vas a llevar a morfar después de la práctica? Te estoy jodiendo, che, yo sé que vos únicamente pensás en la pelirroja.

A más de una hora de distancia del estudio de baile, Jennifer pretende dormir en su amplia alcoba. Jessica le lame la cara y maúlla, ronronea y le jala las cobijas.

—Jessica, por favor, déjame dormir. Ya te pareces a los amantes; me quitaban las cobijas y me hacían cosas entre las piernas, no me dejaban descansar. ¿Ya se te olvidó que hoy es mi día de descanso? Deja de molestar y ve a la cocina a hacer el desayuno.

Ante las insistencias de la gata, que corre por la alcoba y salta a la cama, al sillón y al tocador, la escultural mujer bosteza y se incorpora con sensualidad.

—Espero que hayas preparado algo en la cocina, ¡sin una taza de café bien cargado no puedo dar un paso ni pensar razonablemente!

La gata la observa detenida en el sillón, ella desde la cama le arroja una almohada y se deja caer hacia atrás lentamente. Ve de reojo el reloj y se incorpora de nuevo.

«¡Dios mío, quedé de almorzar en la casa de mamá! En una hora no tendré tiempo de hacer café, dar de comer a Jessica, ducharme y conducir dos horas.»

Se pasa las manos entre las piernas, las siente ásperas… recuerda que el día anterior tenía una cita en el salón de belleza para su depilación con cera.

«Cómo cuesta mantener la belleza, pero sin duda en las piernas las mujeres recibimos los besos más apasionados.»

Jennifer se vuelve a dejar caer lentamente hacia atrás, se estira cuan larga es y se mete entre las sábanas. Después da un giro y deja al descubierto todo su cuerpo; se vuelve a quedar dormida y su madre la despierta una hora más tarde con una llamada de teléfono.

—Mamá, ¡me asustaste! En cuanto termine de ducharme estaré por allá, ¿qué? ¡Nooo, no quedamos a las doce! Dijimos que entre las tres y las cuatro. La edad te hace olvidar las cosas… ¿has estado tomando tus medicamentos? Sí te escucho. ¿Qué necesitas de la calle? Sí, prometo no conducir muy rápido.

Cuelga el teléfono, se dirige al baño y grita:

—Jessicaaaa, otra vez has jugado con el rollo de papel, ¡mira qué destrozo dejaste! ¡Ven para que veas lo que has hecho!

Con una voz suave, después de hincarse a recoger el papel, vuelve a expresar:

—Ven, Jessica, vamos, no temas, tú sabes muy bien que nunca podría enojarme contigo, tú eres la única razón por la que me levanto de la cama todos los días.

Ven, te juro que no importa, es un simple rollo de papel, mira, aquí en este armario tengo más de doce rollos para que juegues con ellos, así está mejor, ahora dame un minuto y te doy de comer.

Jennifer sale a sentarse al balcón con un cigarrillo y una taza de café.

Entre sorbos y profundas inhaladas comienza a despertar, el sol está en lo más alto y su luz se filtra entre los grandes árboles del bosque enfrente.

A lo lejos se ven los senderos por donde trotan algunas personas, ella lo hace antes o después del hospital, esta mañana como durmió de más reserva el ejercicio para después de visitar a su madre.

Deja caer la cabeza hacia atrás y ve un avión cruzar el azul cielo; un suspiro escapa de su alma al recordar a su padre.

Jessica ha terminado de almorzar minicroquetas y se encuentra a su lado intrigada por las aves que vuelan.

—¡Qué mañana tan linda! ¿Verdad, Jessica? Con este sol se me antoja quitarme la bata y tirarme al piso boca arriba, ¡no puedo porque mi mamá me está esperando! Este fin de semana sí lo voy a hacer unas dos horas porque este color de parafina que Dios me dio me hace sentir vieja.

Jennifer se incorpora y va a la cocina por otra taza de café, regresa y se sienta con la taza entre las manos, cuando suena su móvil. Hace un gesto al pensar que el hospital la está llamando por alguna urgencia. El teléfono suena dos veces más y piensa que puede ser su madre.

—¡Mamá! ¿Tú, otra vez? Acabamos de hablar hace dos minutos y te dije que ya voy para allá… oh!, eres tú.

Miguel Linares está al teléfono.

—En verdad me ha sorprendido tu llamada, ¿salir a comer esta tarde? Me temo que no va a ser posible, hoy quedé de ir a casa de mi mamá, ¿que si voy a ir a la clase de tango? Depende de la hora en que me desocupe. Pero si no me ves por allá me puedes llamar más tarde. Hasta luego y cuídate mucho.

Se incorpora y hace gestos de satisfacción.

Recuerda que durante el invierno prometió hacer té con la ayuda del sol; va a la cocina, llena un gran frasco con agua filtrada y le agrega unas bolsas de té negro.

Lo lleva al balcón. Más tarde va a su alcoba y, simulando bailar tango, se mete al baño.

En la regadera deja que la candente agua le espante alguna pesadilla de la noche anterior.

Después de cruzar el área metropolitana Jennifer llega al barrio que la vio nacer, la parte norte de Detroit.

Cien años antes fue una de las zonas exclusivas de la ciudad y hoy es un barrio más.

La casa de su madre es de tipo colonial, con paredes de ladrillo rojo; la planta baja tiene cuatro grandes ventanas y hay cinco más en el primer piso.

A la entrada cuelga una bandera con las barras y las estrellas y en el jardín un gran árbol de maple muestra cicatrices infringidas cuando Jennifer comenzaba a conducir.

La cochera se ubica en la parte trasera y ahí hay otro jardín con arbustos de cerezo, durazno y manzana, además de rosales.

Lo que más resalta es un pórtico gris con cuatro sillas y una hamaca.

Jennifer suspira al subir los cinco escalones del pórtico porque le trae recuerdos de la adolescencia: al llegar la noche y entre el tibio aire del verano ahí sintió manos y besos debajo del vestido.

Hasta la noche anterior el área metropolitana estuvo surcada por copos de nieve. Esta tarde el cielo es azul y el aire tibio. La primavera que vivió su niñez, juventud y vejez bajo la sombra del invierno maduró durante la noche.

—Jenn, esta es tu casa, no tienes por qué tocar el timbre o usar la puerta de atrás. Apuesto que has perdido la llave. Por favor pasa, hija, y dame un abrazo, ahora dime ¿has estado comiendo bien? Te noto un tanto delgada, ¿estás enamorada?

Ella, como respuesta, gira los ojos al cielo y responde:

—¿Mamá, tú has estado comiendo bien? Te noto muy delgada, ¿estás enamorada?

—Jajaja, la pregunta la hice yo primero.

—Sí, mamá, me alimento, y muy bien. Te recuerdo que además de ser especialista en nutrición también soy una mujer de 24 años.

—Tú nunca tienes comida en tu condominio, apuesto que has estado comiendo papas fritas y sopa de bote.

—Mamá, eso de que las solteras comen cochinadas sólo pasa en las películas.

—¿Aún sigues recorriendo esos lugares de baile? Ahí únicamente vas a encontrar hombres que quieren meterse debajo de tus pantaletas.

—Eso también sólo pasa en las películas, de directores frustrados.

—¿Y este vestido blanco y tan corto de dónde lo sacaste? Déjame verte bien a los ojos, has conocido a un nuevo hombre ¿no es así? Qué bueno, me hace tan feliz saber que tienes alguien que te protege; espero que sea cristiano y que pronto sea tu marido, para que yo pueda morir en paz.

—Esa es otra estúpida idea de Hollywood porque las mujeres ya no somos como hace cien años.

—Por muy fuerte que sea, la mujer siempre necesita la mano de un buen hombre para no tener pesadillas, mírame a mí, en los juegos de canasta digo miles de cosas contra los hombres pero la realidad es que necesito a tu papá a mi lado.

En los ojos de Jennifer aparecen lágrimas con la confesión y abraza a Heather Washington, su madre.

Mide 155 centímetros y, aunque tiene 66 años, el enfisema pulmonar la hace aparentar más edad.

Jennifer heredó lo alto de su padre y la belleza de su madre, a quien años antes la osteoporosis le robó la buena postura y camina encorvada con ayuda de un bastón.

Ella ama a su madre y al mismo tiempo la resiente que la haya tenido a los cuarenta y dos años.

A su lado, más parece su nieta. Aún así es feliz en la casa a donde corre si se siente herida, o cuando un nuevo romance llega a su vida.

—Después hablamos más de tu papá. Dame tu bolso y ponte cómoda.

En la sala donde Jennifer es recibida se observan un piano y una gran chimenea. Una escalera lleva al segundo piso. Al lado hay un comedor y en la parte de atrás está la cocina. Otra escalera lleva al sótano. Un gran espacio al frente es el invernadero.

Jennifer frunce la nariz reprobando el aroma a viejo de la casa y sube al baño, donde percibe el profundo silencio que recuerda. Entra y camina despacio para evitar los rechinidos del piso. Al sentir que viaja al pasado, se detiene ante un gran espejo y dice sonriendo:

—Hola, espejito mágico, ¿verdad que sigo siendo bella?

Voltea a la ventana donde se pueden tocar las ramas de un robusto árbol de maple que sirven de cortina con el mundo exterior.

Este lugar ha sido y aún lo es su confidente.

Frente al gran espejo llegó a verse como el ser más horrible y en otras ocasiones el más dichoso del mundo.

Deseó en su adolecencia tener más manos debajo del vestido que una marioneta y con el tiempo aprendió que las caricias venían con dolores de cabeza.