ENTRE NOTAS DE TANGO LA MORDIDA
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LA MORDIDA

Mario y Silvia Ferrari arriban al estudio de baile donde él, después del seminario, hizo una pose de tango con Jennifer, la fotografía salió en la página principal de un diario local. Ahora, después de hacer estiramiento, practica con Silvia.

—¡Nena, no podés seguirme! La concha de tu madre pero ¡a quién se le ocurre venir a practicar con tenis!

—¡Dejaté de joder, pelotudo! Igual puedo bailar en una pista de maple que en una vereda.

—Escucháme, con esos tamangos de mierda no podés hacer los giros.

—Si tuviera un buen maestro frente a mí podría hacer maravillas.

—¿Uno mejor que yo? Hagamos una vez más el paso, y si no sale bien me largo a casa, estoy podrido de practicar con una simple principiante.

—Tranquilo, che, en el auto tengo zapatos de taco.

En Buenos Aires Mario y Silvia pasaban inadvertidos durante el día.

Él en las mañanas era asistente de plomero y pintor de casas, y en las tardes cocinero en un hotel del centro; ella pintaba uñas y cortaba cabello, y limpiaba pisos en un gimnasio.

Pero en las noches, después de las diez, se les veía en las milongas.

Mario ha bailado tango desde los cinco años y adolescente dio seminarios en Europa, Asia y Norteamérica, Silvia es nueva en el tango y para viajar a Estados Unidos tuvo que dormir, es un decir, con él.

Odia a Mario con toda el alma, pero su deseo de triunfar como bailarina es supremo y sueña con presentarse en los mejores escenarios en pareja de los mejores bailarines.

Mario es perfeccionista, entrena seis horas diarias. Ella raramente practica 20 minutos; su historial con Julio Alcocer, su novio, no va más allá de algunas exhibiciones en las aceras de Buenos Aires.

Silvia regresa a la pista, a la presión de Mario. Aun con zapatillas de baile, no lo puede seguir, corre frustrada a buscar refugio en el baño.

«Mario, te odio con toda el alma, si acepté dormir con vos es porque algún día bailaré con Forever Tango.»

Enciende un cigarrillo y entre el llanto revive la charla que tuvo con él en el avión que los trajo a Norteamérica.

—Con mi novio Julio di algunas exhibiciones de día y otras de noche, algunas veces en mi juicio y otras bajo los efectos del vino tinto, ah!

, eso sí con mucha pasión. Cómo recuerdo la vez que bailé con Julio en aquel escenario cerca de Abasto, todo salía tan bien y al final del tango nos arrimamos tanto a la orilla que caímos al vacío.

Menos mal que un enorme parlante frenó la caída, y esa noche no habíamos tomado una sola gota de vino, ¡jajaja!

¡Lo que los bailarines tenemos que hacer para no cagarnos de hambre!

Detiene su plática mientras las azafatas sirven la cena.

—Hace poco con Julio recogí algunos dólares que los turistas arrojaban al capelo que colocamos sobre un viejo bandoneón, unas veces por la calle Florida y otras por El Obelisco, o donde fuera, ¿verdad que está muy bueno el vino? ¡Pero qué estoy diciendo si vos no tomás vino, canyenguero!

Mario, que tiene la cabeza contra la ventanilla y sobre una almohada, ha pretendido estar escuchando atentamente. En realidad piensa en Luisa Moretti, el amor del pasado con el que había intentado conquistar Estados Unidos. Arquea las cejas y responde en voz alta:

—¡La puta que la parió! Callá griseta y dejá hacer nonino. Ya desde ahora me arrepiento por haberte traído, no sé cómo voy a aguantar este viaje de más de doce horas con vos a mi lado, Dios quiera que el avión no se estrelle en Los Andes porque odiaría viajar con vos al infierno, jajaja.

—Dame el vino, boludo, que yo sí se morfar como la gente decente. Ahora que vuelva a pasar la moza le voy a decir que nos dé dos botellas más de vino y más empanadas porque una vez fuera del avión nos vamos a cagar de hambre, che.

—Moza le decís a las minas que laburan en los cafés de la calle Corrientes, las nenas de los aviones se llaman azafatas.

—La misma mierda. Moza es toda aquella que me sirve la comida no importa que después se case con un idiota o se haga reina de algún país.

De reojo Silvia nota que él retira la charola de los alimentos y le reclama dándole un pellizco:

—¿Qué hacés boludo? ¿No me digás que no vas a tocar el pollo? Esa taza de café no te va servir para las doce horas que vamos a estar secuestrados en este avión. No sabés morfar en los aviones… no sé cómo no te has muerto de hambre cuando has viajado por el mundo.

—¡La puta que la parió! ¡Callá griseta y dejá hacer nonino!

—¡Con esa costumbre que tenés de morfar solamente lo que cocina tu vieja nunca vas a estar satisfecho con la comida de ninguna otra mujer!

—¡Ninguna mina podrá tener el sazón de mi vieja!

—Sos un pelotudo, por eso vos no tenés una mina, dejamé darte un consejo, che, a las minas nos gusta morfar en los mejores restaurantes y tomar del mejor vino, y después podés tener lo que vos quieras.

Mario gira los ojos al cielo y se cubre las orejas con una almohada.

—Che, aprendé que aun cuando las mujeres no tengamos ganas de morfar nos gusta que nos digan “nena, encontré un cafetín donde hacen las mejores milanesas y quiero que allí vayamos a morfar esta noche”.

—¡A mí ninguna mina me da órdenes!

—Callá, las minas por fuera somos más fuertes que los rosales. Aún así nos gusta que nos traten como reinas, nos escriban cartas de amor y nos digan que somos bellas, esbeltas y sexuales.

—¿Sabés que vos sos una mina muy insegura?

—Callá pelotudo, los chocolates y las flores no son para una conquista o para cuando vos hacés una boludez; no importa que seamos madres, abuelas o en la vida hayamos tenido docenas de amantes, ¡a todas las minas nos gusta que nos traten como doncellas!

—Lo que vos querés es tenerla adentro.

—Pero primero queremos oír que nuestro amante se muere por abrirnos las piernas y besarnos las partes más íntimas…

Mario, que ya perdió el sueño y la paciencia, se endereza y le suelta a la cara:

—Callá pebeta, no sabés de lo que vos chamuyás, los chocolates son para los pibes y las flores para adornar cementerios porque los muertos no las pueden ver ni oler, y en los restaurantes no existe la higiene y vos morfás las sobras que los demás no quieren, ¡decímelo a mí que soy cocinero y que tuve un restaurante de cinco estrellas!

—Vos estás piantao, che, eso nunca pasa en los restaurantes elegantes. Además, vos tuviste un cafetín en La Boca que era de tres mesas y la única estrella eras vos, jajaja.

Él recarga la cabeza contra la ventanilla, entrecierra los ojos y contesta sonriendo:

—Callá y dejá dormir… Los restaurantes más finos son los que sirven más porquerías porque ahí la gente no va a morfar sino a parlar de negocios.

—¿Cómo sabes vos eso si no conoces un restaurante fino?

—Algunos vagos llevan ahí a las minas que quieren en la cama, y las minas van para impresionar a sus amigas. De la basura he visto que sacan un pollo y después de meterlo a la freidora lo envían al comedor.

Ella, durante este tiempo, ha ingerido dos copas de vino, y ha pedido dos más. No parece haber puesto atención, aún así responde:

—Vos sos un cabecita negra, la plata es para gastarla, ¿cómo querés que te recordé la gente cuando mueras? ¿Como el hijo de puta que no morfaba por no cagar, o como el chico que sabía cómo complacer a las minas?

—A vos te van a recordar como la mina que daba el culo por una empanada, ¡mangiare per vivere e non vivere per mangiare!

Silvia está de regreso en la pista del estudio de baile, y del recuerdo del viaje que días antes hizo.

Mario y ella practican secuencias de los pasos que incorporarán a la coreografía de sus próximas actuaciones.

De pronto Miguel Linares entra al estudio con una docenas de donas y tres capuchinos.

Mario, como saludo, se separa de Silvia, lo abraza y lo besa en la mejilla.

—Qué gusto verte, che, ¿cuándo regresaste a la ciudad?

—Hace tres días.

—Gracias por el café, hermano, últimamente he tomado tanto que me he olvidado del mate.

—Espero no estar interrumpiendo.

—Vos siempre sos bienvenido; no podría decir lo mismo de esta mina que ya me tiene podrido de tanto golpe. En mi casa ensayaba en un pasillo de baldosa y no tenía espacio para los giros, mirá los raspones que me dejaron las paredes, y otros más que ahora tengo por ella.

—Al entrar me pareció que le dabas un puntapié a Silvia.

—Fue un accidente, ella es quien me ha estado pateando toda la mañana; los planeos y los ganchos no los hace bien y cuando la levanto se tira para atrás sin esperar a que yo la baje. Un día me va a quebrar la espalda y la mal parida se va a romper la cabeza.

Al escuchar que hablan de ella, Silvia grita desde el otro lado de la pista.

—¿Romper la cabeza? ¡Vos sos un boludo y un hijo de mil puta!

Mario no presta atención y continúa sus quejas entre sorbos de capuchino y mordidas de dona.

—Después de que la despierto y le hago el mate, la mina viene al estudio sin ganas de practicar. Vos sabés que mi vieja cocina y asea mi dormitorio, y aquí a esta mal parida yo le he tenido que lavar hasta los platos.

—Para mí es gran placer servir a las mujeres.

—¡A las mujeres bellas sí che Miguel!

—Silvia es muy linda.

—Sí, pero todo el tiempo tengo que estar detrás de ella; si de su cuenta fuera, la pocilga donde vivimos estaría llena de basura, ¿vos crees que incluso he lavado y planchado ropa? Últimamente he hecho tantos quehaceres domésticos que me he soñado un trolo, ¡jajaja!

—El trabajo del hogar no tiene sexo. Los varones debemos hacer las cosas pesadas, como cortar el césped.

Mario no presta atención y continúa —Geraldine ha conseguido que nos den las llaves del estudio. Yo podría estar aquí las veinticuatro horas del día pero Silvia nunca se levanta antes de las once de la mañana.

La aludida llega a donde se encuentran los dos, se arroja a los brazos de Miguel Linares y después se dirige a Mario con voz recriminante.