LA CAMINATA
El área metropolitana de Detroit está conformada por fábricas que, además de ruido y contaminación, producen acero, tornillos, automóviles y las temibles armas para las fuerzas armadas.
Algunas de estas industrias fueron abandonadas hace años, hoteles de paso y restaurantes se han ido a la quiebra, hay antros de vicio, gasolinerías, edificios y áreas donde se respira miedo.
Pero en los alrededores del lago de metal y sueños perdidos crecieron pequeñas ciudades.
En una de ellas vive Jennifer, y es a donde regresa después del seminario de tango.
La avenida por donde arriba está decorada por coloridas granjas y plantíos de maíz, iglesias y casas antiguas convertidas en oficinas de médicos o bufetes jurídicos; se inhala tranquilidad y aire cristalino.
Todo es tan amplio e impecable que el cielo parece más distante, extenderse en el horizonte, pero este paraíso es un purgatorio para ella al pasar frente a La Begonia, vivero de donde le llegaron flores de Antonio Pardo, su último amante.
Jennifer llega al Centro y busca un lugar dónde estacionarse.
Camina hacia su restaurante favorito mientras el viento juega con su larga cabellera y su vestido.
Aun cuando hace frío dejó el abrigo en el coche, sabe que no perderá el calor de su cuerpo en los cuarenta metros que debe recorrer.
Mientras espera a que termine de pasar un coche, ve de reojo el edificio de ladrillo rojo de una vieja iglesia que vendía milagros y se transformó en El Gato Gris, una boutique de regalos.
En sentido opuesto un par de hombres comienzan a cruzar la calle y se codean al notar la estupenda figura de Jennifer, que con ondulantes y sensuales pasos cruza la calle y entra al restaurante de pescados y mariscos donde con frecuencia cena acompañada de sus recuerdos recientes.
El interior lo decoran pinturas de pescadores y del techo cuelga un velero a escala, donde ella llegó a soñarse viajando con Pardo.
Al lado del bar está la entrada a la cocina y ahí cuelga un pizarrón que con letra de mano anuncia los platillos del día.
Ann Logan charla con uno de los cantineros cuando ve a Jennifer entrar al restaurante; se incorpora, la abraza y la besa en ambas mejillas.
—¿No te hice esperar mucho tiempo, Logan? Me quedé a conversar con un amigo después de la clase de tango y el tráfico estaba peor que nunca —escucha mientras Jennifer se sacude de los brazos el frío.
—Despreocúpate, Jenn, llegué hace cinco minutos y Peter me ha hecho compañía. Mientras sirve copas, también me reparte consejos.
Ann tiene un fuerte acento ruso. Ella es psiquiatra, alta, rubia, ojos azules y su cabello largo lo lleva en forma de trenza.
—¿Pedimos algo de tomar, Jenn? —pregunta mientras se quita la gabardina y se arregla la blusa para sentarse.
—Peter sabe que tomo Cuervo Gold. Tú eres la que siempre pide algo diferente, ¡ay, cómo envidio esas nenas que Dios te dio para hacer sufrir a los hombres, jajaja!
Jennifer mira los senos de Ann al sentarse y cruza las piernas.
Levanta los ojos luego de reír y suspira al ver un par de flamingos pintados en uno de los comedores; al segundo suspiro lo ahoga con un trago de tequila, mira a su alrededor y nota que las mesas están ocupadas en su mayor parte por parejas —entre-dientes maldice a Antonio—, y hacia la entrada detiene la mirada en un cuadro con una escena de pescadores, mientras un hombre al lado ofrece invitar una copa a Ann.
Jennifer le palmea la espalda y le dice: —esas nenas que Dios te dio hacen que cualquier hombre olvide hasta su nombre. Después le pide a Peter una mesa bajo el pez vela.
—No sé por qué te quejas tanto Jenn, ya quisiera yo tener las piernas y el trasero que Dios te dio, ¡te juro que no tengo dónde sentarme!
Están llegando a la mesa y suena el móvil de Ann.
—Me vas a disculpar Jenn, voy a tener que ir al hospital, ¡odio mi trabajo!
Uno de mis pacientes estuvo a punto de suicidarse y su esposa quiere que le quite esa idea, como si fuera tan fácil cambiarle las manchas a un leopardo.
Ese manipulador no tiene remedio y tampoco ella por seguir pensando que lo va a mejorar con oraciones.
—No te preocupes, a mí también me llaman a todas horas, ¿estás bien para conducir?
—No exageres, Jenn, sólo me tomé dos copas de vino.
Las dos mujeres se despiden con besos y abrazos y Jennifer se sienta a la mesa, lee el menú por formulismo, antes de entrar al restorán sabe que va a ordenar una hamburguesa, y del mar sólo escoge camarones porque son prohibidos en la religión de su padre.
Ordena la hamburguesa y una cerveza, desecha el pepinillo agrio y ahoga en mantequilla las papas a la francesa.
Más tarde, mientras saborea una taza de café, observa en detalle al pez vela que cuelga sobre su cabeza, imagina que ella y Miguel Linares pelean contra ese pez en alta mar, luego de abandonar el velero a escala en el que llegó a soñarse viajando con Pardo.
«Me gustas mucho, Linares, pero nunca lo sabrás porque no te lo diré.» Deja de mirar al pez, frunce el cejo y pide la cuenta.
Jennifer entra a El Gato Gris y compra algunas veladoras aromáticas.
Va a su auto y cruza una pequeña presa que arrulla a la ciudad, líquido indiferente a la solitaria lágrima que escurre de sus ojos.
Esta noche la oscuridad le da miedo. Ya se encuentra cerca de su condominio y percibe que el ánimo de la soledad la acecha, teme que las páginas del tiempo dejen escapar recuerdos de su pasado.
Por suerte, también la espera la ropa sucia de la semana que la mantendrá ocupada y su amigo José Cuervo la acompañará con sus abrazos de calor en todo momento.
Claro, cada vez que se destapa una botella de tequila cuando hay nostalgia, escapan demonios que pueden hacer llorar hasta al más valiente.
Jennifer vive una vida rutinaria y al regresar del hospital se pone ropa y calzado cómodo, da de comer a Jessica y riega las plantas.
Enciende el tocadiscos, de donde emana la misma melodía melancólica que ha escuchado hace días.
Revisa las llamadas del contestador y habla por teléfono con su madre y una amiga que vive en Alaska.
En su ordenador, lee correos electrónicos y alguna novedad del mundo médico.
Cuando no pasa al restaurante o trae comida preparada, cena alguna sopa de lata con un pedazo de queso parmesano, un bagel y jugo de arándanos.
Después se deja caer en su sillón favorito y prende el televisor.
Esta vez escoge una película romántica, e inmersa en el sentimiento que la encapsula ya hojea un grueso álbum de fotografías con recuerdos y sueños deshechos.
El violín aparece en los instantes más intensos, sus vibraciones resquebrajan problemas, sólo que esta noche los recuerdos son tan invasivos que la ponen en confrontación con el pasado y el presente, la más mínima posibilidad de un futuro romance con Miguel Linares le abre heridas anteriores.
Giovanni regresa a casa después del seminario de Mario.
—Buenas noches, Din, ¿te sentís mejor?
—Parece que la fiebre bajó un poco.
—Qué bueno, ¿y Silvia?
—Hace rato se fue a dormir, espero no haberle pasado el virus.
—Lo de ella es nostalgia por su país.
—¿Cómo estuvo el seminario?
—Bárbaro, la gente quedó muy contenta y por eso llego tarde.
—¿Dónde dejaste a Mario?
—Se fue a cenar con unas chicas y un tal Linares.
—¿Miguel Linares vino al seminario?
—¿Sabes algo de ese hombre?
—Hace poco tiempo vino a la milonga de la escuela, ¿no lo recuerdas?
—Un poco. En el seminario bailó con una peliroja guapa y…
—¡No me digas más! ¡Mario no entiende, pierde clases privadas por no llegar a tiempo!
—Mario es joven, dejá que disfrute la vida. Anda ve a acostarte, yo tomo un mate…
—Hay ensalada en la nevera.
—Veo algunas cosas en el ordenador y más tarde estoy en el dormitorio.
—No olvides apagar las luces.
El día que Geraldine conoció a Miguel Linares soñó con él dos veces y esta noche, al ser informada que estuvo en la clase de tango, quizá lo sueñe.
Sólo que a la mañana siguiente, antes de despertar, regresa a la pesadilla donde ve a Frank llegar a Nueva York, hay edificios destruidos y miles de personas desaparecidas.
Las mañanas de verano en Michigan comienzan con ruidos de cortadoras de césped y gente que trota en la calle. Geraldine aún duerme y se encuentra en la pesadilla crónica. Frank rescata gente en Nueva York cuando su helicóptero se impacta contra un edificio y explota! Geraldine despierta gritando.
—¡Frank y la mujer con la que volaba en aquel helicóptero se acaban de matar, mirá allá detrás de aquel edificio!
—Tranquila Din, tranquila, ¿otra vez la pesadilla de los meteoritos?
Ella escucha un horrendo ruido que le impide escuchar la voz de Giovanni que trata de calmarla.
—Despertá, Din, despertá. —la zarandea de los hombros.
—¡Frank y la mujer con la que viajaba en aquel helicóptero se acaban de matar contra de aquel edificio!
—Tranquila, es el mal sueño que me has contado, te aseguro que el cielo no se está cayendo.
—¡Frank y la mujer con la que volaba en aquel helicóptero se acaban de matar, mirá allá detrás de aquel edificio!
—Despertá, Din, despertá. Detrás de aquella casa lo que hacen es cortar el césped. Seguro el ruido de las cortadoras fue lo que te produjo la pesadilla.
Ella incorpora la mitad de su cuerpo despacio aún con angustia, observa a su alrededor y entiende que se encuentra en su alcoba, respira más despacio, sale de la cama y camina hacia la ventana. Mira hacia el cielo, él se acerca a ella y la toma entre sus brazos. Le dice al oído:
—Un mal sueño, únicamente fue un mal sueño.