LA PARADA #2
Él escucha su respiración agitada al oído y la abraza con más fuerza. Le enseña parte del paso de la lección que incluyó una parada y un arrastre. Después de repetir los pasos varias veces, una sonrisa de confianza ilumina el rostro de Jennifer.
—Es mi segunda lección de tango y veo que no estaba lista para algo tan avanzado. Me había tocado el burro de la clase, no sólo me dio de patadas sino que me culpó de todos sus errores. Tú me has abierto bien las piernas y hemos hecho cosas que nunca imaginé.
—En el tango la mujer nunca comete errores si el hombre sabe bailar y le marca bien los pasos.
—¿Te divertiste en el mar? Apuesto que ni siquiera te acordaste de mí.
—Claro que a todas horas me acordé de ti. Confieso que ni en Cuba pude sacarte de mis pensamientos.
—Mentiras… he oído que las cubanas son algo serio.
—Jajaja, eso dicen… No sé si entiendes lo que dice el tango que se escucha, pero al parecer fue escrito para nosotros dos…
El seminario ha terminado y varias parejas permanecen en la pista intentando descifrar el complicado acertijo donde los metió Mario.
—Qué difícil es el tango.
—El tango en ocasiones nos humilla y hace sentir torpes. Aquí hay profesionales y muchos que se autollaman avanzados, pero con la combinación que enseñó Mario quedaron anonadados.
—¿Cuándo regresaste a la ciudad?
—El miércoles. Fui a buscarte a Sueños de una Noche.
—No he regresado ahí, la pista es muy pequeña y siempre salgo con pisotones. Pensaba ir la semana entrante… tampoco he dejado de escuchar tu voz.
—¿En serio? En cualquier lugar hay muchos galanes.
—Soy una mujer que se involucra profundamente con su hombre y no tengo ojos para madie más.
Mario camina hacia ellos y toma de la mano a Jennifer. Le enseña los pasos de la lección y baila con ella dos tangos.
—Che, qué lindas piernas tiene esta pelirroja, si yo supiera hablar inglés le pediría que saliera a cenar y dormir conmigo esta misma noche.
—Pero como estás mudo te vas a quedar con las ganas, pelotudo, además Jenn ocupa mi pensamiento desde hace algún tiempo.
Jennifer, que no habla español, sólo sonríe con cierto nerviosismo por haber bailado con un artista de la talla de Mario.
Más de una hora ha pasado del reencuentro de Jennifer Washington y Miguel Linares. Bailan, a ella le falta mucho por aprender del tango, pero a su lado luce como una persona que lo ha bailado toda una vida.
—¿Te gustaría una taza de café?
—La semana entrante mejor, ahora me marcho, estoy agotada y mi condominio queda a más de una hora de aquí. También tengo más de doce horas de no ver a Jessica, mi gatita, y la pobre ya debe estar cansada de tanto arañar su poste.
Jennifer construye barreras y destruye puentes antes de entregar su libertad.
Los desatinos sentimentales siguen frescos en su memoria y aun cuando encuentra atractivo a Miguel Linares y lee en sus ojos honestidad, no aceptará salir con él en la primera, segunda o tercera invitación, y por otra parte, hoy no lleva pintadas las uñas de las manos ni de los pies, se siente poco atractiva.
«Quizá algún día tú y yo lleguemos a hacer buenos amigos, ¡nunca amantes! Eso únicamente trae problemas.»
Es el pensamiento de Jennifer al darle un abrazo y rechazar con palabras gentiles y la coquetería que le brota del alma, que la encamine al coche, al que llega y se sienta detrás del volante. Ya encendido el motor, habla consigo misma.
—No porque te presentes como un caballero significa que en un futuro vayas a dejar de ser celoso, posesivo y manipulador como todos los latinos.
La confianza de su profesión y el buen sueldo que percibe le brindan seguridad. Lejos están los días de adolescencia cuando aceptó una invitación a comer por lástima al pretendiente; la libertad le costó llanto y no está dispuesta a perder la recién adquirida independencia por un rostro atractivo.
—¿Quién diablos quiere escapar de una prisión y meterse a otra?
Sólo una mujer insegura puede hacer semejante estupidez.
Yo nunca más vuelvo a estar bajo las órdenes de ningún hombre, estoy cansada de satisfacerlos y pasar las noches escuchando sus ronquidos de puerco en mi propia cama.
¿Qué les gusta tomar y comer? ¿Quieren ver únicamente deportes en la televisión?
¿De qué lado de la cama les gusta dormir?
¿Cómo prefieren hacer el sexo? ¿Ellos encima o yo sentada sobre ellos galopando, o con las piernas arriba de sus hombros?
¿Serán limpios y ordenados o dejarán los calzones tirados en el piso del baño?
¿Van a compararme con su mamá o su última amante?
¡No más dramas de novela de televisión! Gano lo suficiente para pagar la hipoteca de mi condominio y el coche que más me guste, tengo dinero en la bolsa de valores y compro mis propios diamantes…
dos veces al año salgo de vacaciones a cualquier parte del mundo.
Jennifer avanza el coche y se traga la primera bocanada de humo del cigarrillo que prendió.
De reojo voltea hacia la puerta por donde ha desaparecido Miguel Linares y acelera sin mirar el retrovisor.
En sus dos incursiones al mundo del tango ha descubierto que las trescientas parejas que lo componen en el área metropolitana son parte de un club y, consciente o inconscientemente, intercambian amantes.
—¡Dios mío qué simples son los hombres! A nosotras nos encanta bailar para olvidar los problemas del trabajo y la ansiedad, y ellos en lo único que piensan es en la mejor forma de hacernos abrir las piernas.
Reconoce que es difícil dormir lejos de ellos. Sonríe: en menos de seis meses ha tenido tres amantes en el mundo del baile.
Entra a la autopista y se escabulle de una línea a otra. Enciende un segundo cigarrillo y después el radio a todo volumen, intenta callar con rock and roll recuerdos del pasado y el mismo presente al pensar en Miguel Linares.
Giovanni comienza a guardar la música que usó para el seminario. La mayoría de los estudiantes se han marchado excepto las dos mujeres que se codeaban mientras desnudaban con la mirada a Mario Maldonado.
—Decilés que yo les doy clases de tango en mi dormitorio cuando ellas quieran —responde Mario detrás de una sonrisa a la pregunta que le traduce Miguel Linares.
—Vamos a invitarlas a cenar, se nota que le gustas a la rubia, no te quita los ojos de encima.
Giovanni termina de guardar la música y la computadora y se despide de Mario. Con discreción ha observado todos los movimientos de Miguel Linares, quien tampoco lo ha perdido de vista desde que entró al estudio.
Más tarde, en un restaurante, Miguel Linares traduce las preguntas que le vienen a la mente a Cristine y Mario.
—Mario, me encantan tu cabello y tu sonrisa.
—¡Y yo que me quito el mechón de cabello de la cara cada vez que bailo!
—¿Qué cosa tiene el corazón que te cuelga del pecho?
—Una foto de mi hermana que murió en un accidente.
—¿Desean algo del bar? —se escucha la voz de un mesero.
—Malbec para todos por favor y una copa grande para Mario y Cristine porque van a compartir. —Miguel Linares responde mientras escribe un texto a Jennifer.
—¿Uno o dos popotes? —contesta el mesero con sarcástica sonrisa.
—Lo de la copa es broma.
—También lo del popote… enseguida regreso con su orden.
Entre las bromas Miguel Linares apunta la dirección de Giovanni y Geraldine, sólo necesita esperar a que Mario le dé la lista de los más de seiscientos miembros del club de tango que en su mayoría son personas de la tercera edad.