ENTRE NOTAS DE TANGO LA PARADA
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LA PARADA

Giovanni Bugiardini y Mario Maldonado llegan a El Abrazo.

En ese estudio de baile Giovanni y Geraldine Hall imparten lecciones de tango a jóvenes y ancianos, por igual, sin importar las diferencias de edades.

Geraldine no se encuentra presente porque se lo impiden la gripe y la temperatura elevada de su cuerpo.

Mario, de veinticuatro años, dará la clase.

Alto, de tez morena clara y cabello negro y abundante, sus músculos están marcados por años de levantar mujeres sobre los escenarios.

En sus credenciales destaca el haber actuado en el Casa Blanca de San Telmo, en Buenos Aires, conocido como el lugar del nacimiento del tango, y su currículo incluye presentaciones en Japón, Europa y Estados Unidos, además de tres años de exhibiciones en buques que recorren el océano Pacífico y el Mar Atlántico.

Con sus facciones europeas y los ojos llenos de la melancolía que agobia a todos los argentinos, cautiva a las mujeres.

—¡Es un gran honor presentar a Mario Maldonado!

—dice Giovanni a los aprendices de baile mientras se pasa las manos entre el cabello que el aire de la calle le desacomodó.

—Geraldine y yo lo conocimos hace años en Buenos Aires pero sus actividades no le habían permitido aceptar nuestra invitación.

Ahora que está aquí no dejen de venir a la clase porque en seis meses estará de regreso en La Argentina o en alguna otra parte del mundo.

Mario mira a su alrededor y sonríe. No ha entendido una sola palabra, no habla inglés, pero recuerda cuando Geraldine lo contrató en Buenos Aires.

—Che Mario, te quiero llevar a dar lecciones de tango a Estados Unidos.

Él sabe que en ese país hay más maestros que estudiantes, años antes estuvo ahí con Luisa Moreti, su entonces pareja de baile.

—Esos gringos seguramente se robaron el ADN de nuestros bailarines y son vulgares reproducciones genéticas las que dan clases de tango, dejamé pensar un tiempo Geraldine porque también tengo ofertas en Europa y Asia —contesta con sarcasmo mientras se frota los nudillos.

Al sentirse retado, finalmente acepta la invitación.

Quiere demostrar su calidad. Estados Unidos podrá tener copias genéticas hasta de Cristo y sus apóstoles, pero él aprendió de los mejores y está confiado en hacer un gran papel.

No piensa lo mismo de sus compañeras de baile, a quienes considera buenas pero no para competir con las copias genéticas de sus maestras, sin embargo, busca a María Vargas, otra de sus ex parejas de baile, quien rehúsa acompañarlo sin tener un contrato firmado, exigencia de varias bailarinas, hasta que llega a Silvia Ferrari.

—Nena, sé que vos sos nueva en el tango pero te voy a llevar a Estados Unidos.

Además de la cadencia en la cama, practicaremos ocho horas diarias en la pista; si aquí en Buenos Aires nadie ha cuestionado tus credenciales allá las copias genéticas de mis maestros me van a preguntar de qué boliche de mierda te saqué.

Silvia Ferrari tiene novio pero no problema con meterse a la cama y fingir orgasmos.

Además tendrá la oportunidad de viajar y ganar dinero.

Al bailar con uno de los mejores, podrá dar un salto a los grandes escenarios.

Antes de emitir una respuesta se muerde los labios, siente el gran peso sobre los hombros porque no es lo mismo dar exhibiciones en las calles de Buenos Aires que cátedra y presentaciones en el extrajero, sin embargo, responde con su indomable carácter.

—¡Sos un pata dura, che! ¡Yo soy mejor bailarina que vos y todas esas putas reproducciones genéticas!

Tranquilo che, una copia nunca podrá ser mejor que el original; a mí no me gustan los gansos sintéticos que usan las mujeres menopáusicas, no hay nada como el pene caliente del hombre, jajaja, pero eso de practicar más de ocho horas al día me parece una boludez, con el tango que sabemos vamos a dejar con la boca abierta a todos esos pelotudos.

Mario estuvo en Nueva York cinco años antes.

En su afán de vivir el sueño americano fue asaltado en sus calles y en el departamento que compartía con dos amigos, pasó noches limpiando la cocina del restaurante donde había actuado y las mañanas trabajaba en compañía de puertorriqueños a bordo de un camión de mudanzas que muchas veces no le pagó.

Manhattan es una isla llena de altos y bellos edificios.

Detrás de sus paredes esconde a billonarios y exdictadores.

En los viejos inmuebles viven quienes llegan con una maleta repleta de ilusiones y después transitan por sus calles con la cabeza cargada de maldiciones.

Durante dos años Mario y Luisa Moretti intentaron la conquista de Estados Unidos; sus únicos logros fueron el hambre y las quemadas en la boca que les dejó el mate caliente.

Cuando los amigos de Mario le preguntaban acerca de los últimos lugares que había conocido, respondía con el sarcasmo de siempre:

—Vos pensás que Manhattan es lo mejor del mundo.

En realidad es una ciudad de mierda donde el verano es caliente y en invierno te cagás de frío, y está llena de morochos.

Refugiados del mundo entero conducen taxis y controlan los pequeños comercios.

¡Ni loco, che, ni loco que yo pasara la vida esperando dentro de los viejos túneles que comunican a esa puta isla con tierra firme!

Tres días antes de arribar a Michigan el orgullo de Mario fue herido. Al aterrizar en un aeropuerto de Atlanta él y Silvia fueron interrogados por el Departamento de Inmigración. Lo recuerda bien:

—¡Las cosas que he tenido que hacer para correr del hambre!

Esos trolos usaron perros para husmear las maletas y después las vaciaron en el piso como sacos de papas.

¡Hijos de mil puta! Hicieron que Silvia y yo nos desnudáramos para buscar droga, y ellos eran los que sí tenían la cara de drogadictos.

Ahora se encuentra entre gente de bien que espera aprender de él los secretos del tango: buena postura, pisar suave, caminar con ritmo y sentimiento en el alma.

Giovanni introduce a Mario al grupo, al que continúa sonriendo; se toma fotos con quien se lo pide, sin entender las preguntas que los estudiantes le hacen sobre el paso que enseñará.

«Me alegra tanto haber aprendido de los mejores maestros porque de plomero y pintor de casas nunca hubiese podido viajar y acostarme con las minas más bellas del mundo. »

Mario suspira y sacude el cuerpo acomodándose el saco. De reojo mira a dos mujeres codearse la una a la otra. Cristine Flume, una de ellas, está destinada a ser su primera amante en esta visita; les dirige la mirada y les brinda una sonrisa.

La clase de los martes es atendida por unas diez personas, hoy hay más de cien por la expectación de ver a Mario y Silvia.

Ambos en el fondo se odian, pero todo cambia en los seminarios y el escenario, donde en sus movimientos proyectan fuerza y pasión.

El odio retenido los ha hecho reñir en la casa de Geraldine, por lo cual ella no se presenta.

El seminario lleva dos horas con pasos de fantasía que deja a muchos aprendices frustrados, sin lograr retener nada; otros mantendrán la mecánica algunas horas, mas si no practican con frecuencia se borrará de su mente. El tango sólo se aprende bien después de la tercera vida.

Miguel Linares arriba al estudio minutos antes de que termine el laberinto que tiene a todos en jaque. Mario camina entre parejas corrigiendo postura y cadencia y de reojo lo ve; se conocieron en Buenos Aires y tienen años de ser amigos.

—Would you show my partner how to do the parada? —Jennifer Washington pregunta, con la frustración que le ha causado pasar dos horas sin comprender su segunda clase de tango.

Mario no entiende y está por tomarla de la mano cuando Giovanni le toca el hombro, quiere presentarlo con algunas personas que han viajado desde Toronto a tomar su seminario.

Mario se disculpa de Jennifer con una sonrisa y camina a grandes zancadas al otro lado de la pista donde se encuentra Miguel Linares, quien se ha incorporado al baile.

—Che, deja que esa mina practique con alguien más. Porfa enséñale cómo se hace la parada a aquella linda pelirroja.

Miguel Linares llega ante Jennifer, que aun frustrada luce bella y sensual, más que nunca. Han pasado catorce horas desde que, con una taza de café en la mano, se aplicó un poco de maquillaje.

—¿Tú? —escapa la pregunta de sus sensuales labios. —Casi llegué a pensar que nunca más te volvería a ver.

—Pensé lo mismo y desde hoy creo en los milagros —responde Miguel Linares a la vez que la besa en ambas mejillas. —Déjame verte bien… eres más bella de lo que te recordaba: ojos dulces y tranquilos, cabello rojizo largo y ondulado… Luces tan sexy con esa pequeña flor que llevas en el cabello.

Ella percibe un rubor caliente en su rostro, sólo sonríe.

—Tu cuerpo ha sido delineado con tal arte que ni el mejor pincel europeo podría igualar, ¿sabes que tienes el cuerpo perfecto para bailar tango?

Jennifer conoce la facilidad de los latinos para decir estupideces y confundir a las mujeres, sin embargo se siente flotar con lo que escucha.

Aún cargando pedazos de su último rompimiento amoroso, sonríe ante el hombre que en dos encuentros ha despertado su interés por disfrutar la vida.

Luce en paz consigo misma y en lo más profundo de su mirada salta una chispa de ternura.

—No sabía que bailabas tango argentino. Has de ser muy bueno para que el maestro te pida que me enseñes, eso fue lo que dijo ¿no es así?

—He bailado en mis recorridos por varios países. Las paradas sirven para cambiar de dirección en las milongas, mira, así se hace la parada que enseñó Mario.

La abraza contra su pecho y ella siente la sangre calentarse, los pensamientos se le confunden y el muro erigido contra los hombres se agrieta. Quiere decir algo, apartarse, y no puede. Quiere pensar que este momento durará toda una vida.