EL ENROSQUE
El día en Cuba comienza con una llovizna.
La neblina flota tan espesa como lava de volcán.
Miguel Linares duerme en un jardín de hotel rodeado de hamacas, palmeras y árboles frutales.
La llovizna que ha caído durante días ha hecho que de las entrañas de la tierra brote aroma a café y a ron y a tabaco, por momentos a caña de azúcar.
Todo lo anterior tiene efectos afrodisiacos que despiertan las pasiones y los deseos de hacer el amor.
Linares lo ha hecho con Hortensia González, a quien conoció días antes en una milonga y pasaron la noche en su cama.
Ella después se marchó y él decidió no regresar a su habitación; ha dejado caer su cuerpo agotado en una hamaca.
La llovizna ahora se convierte en violenta tormenta y el mar que lució tranquilo como la sonrisa burlona de La Mona Lisa arroja olas de gran tamaño a la playa. El cielo se ilumina con la luz de los relámpagos, que al penetrar las entrañas de la tierra retumban en estruendosos rayos.
«¡Diablos y centellas! San Pedro se pone a hacer ruido en el preciso momento en que Jenn me iba a dar un beso…»
Luego de despertar, Miguel Linares levanta la cabeza y mira al rumbo del M.L.A., el buque que lo trajo a la isla y que está cerca de un barco de A.C.D.
La neblina y un relámpago le dan un aspecto fantasmagórico a Ricardo Cervantes, joven mesero alto y delgado, cabello ondulado, que viste de blanco y camina con ritmo de bolero mientras balancea una charola sobre la mano y el brazo izquierdo.
Avanza siguiendo las hojas de las palmeras para cubrirse de la lluvia y llega hasta un patio cubierto de teja.
—¡Buenos días, caballero! Apuesto que los truenos le echaron a perder el descanso.
La semana pasada tuvimos días muy agradables pero desde el lunes no ha dejado de llover, todos le echan la culpa al Niño.
La verdad es que es época de lluvias y el que no se mueve se muere de melancolía, o se empapa hasta los huesos, jajaja.
—Llevaba rato sintiendo la tormenta acercarse, un perfumado regalo de los trópicos que no se parece en nada a las tormentas de nieve que deben estar azotando a la ciudad donde vive la mujer con quien soñaba, pero este último rayo la arrancó de mis brazos y me dejó sin el tierno beso que iba a darme.
El joven mesero dibuja una sonrisa porque sabe que Miguel Linares no durmió solo la noche.
—Así son los sueños caballero y en el momentico más bello la consciencia nos traiciona y nos hace despertar, jajaja.
—Será como dices pero la cosa es que soñaba con una diosa, ¿ya está abierta la cocina, Ricardo? La tormenta me despertó el apetito.
—La cocina está abierta desde las cinco de la mañana distinguido caballero, mire, le traje el menú y el diario y dos revistas de deportes, también un café y un jugo de naranja.
—Le daré un trago al café porque con la humedad me duelen los huesos, gracias ¿no tienes una aspirina?
—No caballero pero el café cubano es mejor y más sabroso que cualquier pastilla, le cura todo, hasta esto del amor, pero si quiere le puedo traer un ron añejo que es bueno también para curar espantos.
—Cierto, el café está muy rico, aun así me hace falta combinarlo con un par de analgésicos porque varias fracturas con la humedad parecen dolerme más, en mi habitación tengo un frasco…
—Imagino que está en el cuarto de baño… si me permite en un momentico se lo traigo distinguido caballero.
Ricardo se dirige a la habitación, regresa y dice:
—Si me permite, caballero, yo también me voy a tomar un par de aspirinas porque me mojé un poquitico en el camino de mi casa al hotel.
—Toma las que quieras.
—Mi abuelo tomaba aspirinas todas las mañanas, fumaba puros e ingería ron a todas horas, quizá por eso siempre fue tan sano y vivió más de cien años, ¿qué desea desayunar caballero?
Ricardo analiza lo dicho y mastica los analgésicos.
—Tráeme algo que me haga recuperar la energía que perdí anoche.
—Distinguido caballero para recuperar la potencia sexual no hay nada mejor que los huevos de caguama, la médula ósea y los sesos de pescado, todo crudo con jugo de limón. Es lo que yo tomo cuando me desvelo toda la noche haciendo el amor con mi novia.
—¿Toda la noche?
Ricardo dibuja una sonrisa sarcástica y continúa.
—Lo aprendí de mi abuelo. Él además de las aspirinas, tabaco y ron, acompañaba el desayuno con café y los ingredientes que mencioné.
—En China comen consomé de miembro de oso para, dicen, recobrar la virilidad.
—Lo de mi abuelo sí es verdad caballero. Además corría todos los días descalzo en la playa.
—Vamos, Ricardo, la gente mayor se la pasa en la mecedora.
—Mi abuelo no murió sentado. Platican mis tías que él hizo el amor hasta la noche antes de morir, y no crea que murió en la cama distinguido caballero, mi abuelo murió ahogado; a sus cien años, además de frecuentar jineteras, todos los días se sumergía en el océano porque le gustaban mucho el abulón y el pulpo.
—Jajaja, ahora sí estoy seguro de que me hablas de fantasías tropicales.
—Es la pura verdad distinguido caballero.
—Está bien, me convenciste, trae el mencionado manjar y otro café; el ron déjalo para cuando tengas que despintar algún mueble.
Miguel Linares se levanta de la hamaca donde minutos antes soñó con Jennifer, ha estado en su mente las tres semanas que lleva en La Habana.
El conflicto entre jóvenes y ancianos ha hecho de Cuba un trampolín para lanzar ataques al resto del mundo.
Los ancianos aquí tienen hospitales donde se someten a cirugías plásticas e implantes de órganos, así logran vivir más de doscientos años y se confunden entre los jóvenes para atacarlos.
Ricardo con discreción observa todo lo que hace Miguel Linares, se despide con una sonrisa:
—Con su permiso distinguido caballero, en un momentico regreso con su desayuno afrodisiaco y ya verá que en cosa de minutos recupera la virilidad y estará listo para enfrentar a mil como la diosa del sueño, ¡jajaja!
—Baja la voz, la gente va a pensar que no me sirve el arma.
—Jajaja, aquí todos comen eso y no dejan dormir a sus mujeres, jajaja.
Recoge la taza de café y arregla la mesa, acomoda un par de sillas y se echa a caminar rumbo a la cocina sin dejar de reír.
Esa misma tarde una fuerte explosión estremece el hotel y Miguel Linares, que está en su habitación, corre a la ventana, enfoca la mirada hacia el M.L.A.
y descubre al buque convertido en una bola de fuego.
Es 15 de febrero, un aniversario más de la explosión del USS Maine en este mismo puerto en 1898 y que dio principio a la guerra entre Estados Unidos y España.
El Maine explotó a las 9:40 p.m. y el M.L.A.
a las 9:40 a.m. Es una respuesta de los ancianos a los jóvenes, quienes les han provocado explosiones en pecho y cabeza mediante los teléfonos móviles con detección de voz y ritmo cardiaco que gratuitamente distribuye Mueran Los Ancianos (M.L.A).
Se escucha un fuerte golpe a la puerta; abre, son dos de sus compañeros que han llegado a toda prisa.
—¡Quiero el nombre del grupo que anoche estuvo a cargo de la seguridad del buque!
Es obvio que entre nosotros hay traidores.
En el recorrido de anoche no detectamos ningún artefacto explosivo, ¡puta madre, todos esos hombres y mujeres que estaban a nuestro cuidado!
Vamos a poner a esta puta isla de cabeza hasta dar con los responsables de esta tragedia —les dice.
De inmediato, piensa en Hortensia, «¿sería acaso agente de A.C.D.
?» Él sabe de jóvenes que simpatizan con Ancianos Con Dignidad.
También llega a su mente la sonrisa burlona de Ricardo…
sospecha de su identidad, «siempre se presentó sin que lo llamara» y se ofreció a ir a su habitación por el frasco de analgésicos…
«Ricardo es el abuelo más joven del mundo. “Dicen mis tías que mi abuelo hizo el amor hasta la noche antes de morir”. El muy ladino me estaba hablando de sí mismo»…
—¡Traigan a Ricardo u como se llame ese mesero anciano de mil años! ¡Y todos los empleados del hotel están bajo arresto!
Él sabe que Ricardo ya debe estar muy lejos, y que el personal del hotel se va a reír porque toda la isla lleva más de medio siglo bajo arresto.
Miguel Linares vuelve a pensar en Hortensia y le resulta imposible creer que lo haya engañado.
Ella le dijo que era virgen y ahora lo recorre la sensación de que hizo el amor con una anciana de mil años.
Cambió placer sexual por seguridad, y siente culpa por no haber sabido proteger al buque. Quiere buscarla e interrogarla.
Su mente viaja cinco años al pasado.
Perdió en París a James Carter, su contacto y amigo, que al morir tenía veintiséis años y siete disfrazándose de anciano de ochenta y tres.
Un misionero inglés encontró al bebé abandonado entre las ratas de un callejón de las calles del Senegal, lo adoptó como hijo y le dio su apellido, mas nunca le pudo brindar el amor que le negaron a Carter sus padres.
También en París conoció a Azucena Montero, una madrileña huérfana; juntos recorrieron Europa y vivieron un idilio en el Monasterio de Guadalupe.
—Aquí los monjes hacen la mejor paella de toda España.
Aquí el rey Felipe III rezó antes de su batalla contra los moros, y los derrotó.
Aquí eran traídos los indios de Méjico para ser bautizados —le decía Azucena con orgullo mientras comían paella y después hacían el amor debajo de un crucifijo en una de las habitaciones del citado Monasterio de Guadalupe.
En el hotel Miguel Linares ahora está seguro de que la misma mujer lo ha engañado dos veces. No hay ninguna similitud entre Azucena y Hortensia pero es obvio que han sido alteradas para lucir diferentes excepto por un lunar en forma de corazón que ambas tienen en el trasero.
—¡Puta! ¿Cuántos milenios llevas engañando a los hombres? Adán debe haber sido tu primera víctima.
Sale con sus dos colaboradores y corren entre charcos hacia la bola de fuego.
Resulta imposible acercarse al buque, consumido por enormes llamas y nuevas explosiones.
Linares cae de rodillas en el malecón y llora como el niño herido que lleva por dentro.
El orgasmo a fruta madura, tabaco y ron se ha convertido en un aire con peste a infierno que respira con dificultad.