EL SALUDO #5
Los veteranos de guerra padecen pesadillas crónicas y no despiertan fácilmente.
Él ha estado a punto de ahorcarla con sus manos de hombre de dos metros y ciento diez kilos de peso.
En oscuras horas de la madrugada lloriqueando le ruega que lo abrace.
Cuando fue prisionero de guerra una noche lo despertaron y le cortaron los dedos gordos de los pies para que no escapara, otras veces le pusieron una pistola en el temporal izquierdo, pero en la última sí dispararon el arma y la bala entró y salió por la frente, sin aparente daño a la masa encefálica.
Jennifer un día encontró en su alcoba un reloj y una pulsera de mujer, él juró que eran de sus hijas, y ella no lo creyó porque hace tiempo había cambiado amor por desconfianza.
Una mañana antes de que él saliera a uno de sus viajes que duraban más de veinte días, escuchó que ya no la quería encontrar a su regreso.
Ella como mujer de ciencias sabe que nada es eterno y aun cuando de un solo golpe está a punto de recuperar la libertad, pasa días con llanto y sin comer.
Antes de que se cumplan los veinte días del viaje, o la advertencia de que ha muerto el amor, Jennifer llama a Ann Logan, su mejor amiga.
Juntas empacan sus cosas personales en cajas de cartón y llevan a los cuatro perros con uno de los amigos de Frank, regresan y recogen a Jessica, las cajas y el violín.
Jennifer sube al primer piso por sus almohadas y expresa en voz alta:
—Cógete a quien quieras pero no sobre mis almohadas.
La cama es de ella, un regalo de su madre. No quiso llevársela e hizo bien: al día siguiente tiró las almohadas a la basura porque las pesadillas de Frank se habían escondido en ellas y no la dejaron dormir.
En el balcón, Jennifer se pone de pie y entra al condominio, se sirve una copa más de tequila mientras en su interior se dice sonriendo:
«Hombres ¿por qué será que todos son tan traidores? Estoy segura que para aguantarlos se inventaron las bebidas embriagantes.»
Se toma de un trago la copa y regresa a la terraza.
La madrugada es fría y las estrellas brillan intensamente.
La pequeña Jessica no está interesada en la astronomía y hace tiempo buscó refugio en la alcoba.
Jennifer se incorpora y va ahí por un frasco de esmalte para uñas, regresa al balcón y se sienta en el camastro.
Tararea la melodía con la que conoció a Miguel Linares, mientras se pinta uñas de pies y manos porque se siente atractiva y deseada.
Aun cuando encuentra difícil olvidar los años vividos bajo los engaños de un hombre, le es aún más difícil olvidar los momentos vividos esta misma noche al bailar merengue.
A las 3:30 de la mañana, cuando el frío es más intenso, Jennifer deja de charlar con las estrellas y entra al condominio.
Todavía tararea la canción con que se pintó y despintó las uñas porque el frío le hizo bolas el esmalte.
Después de limpiar los lugares donde Jessica vomitó, ve los mensajes en el contestador, seis son de su madre, el séptimo de Ann Logan y el último de Antonio Pardo, un amante que le había bajado la luna y las estrellas y por quien dejó de comer más de ocho días e incluso estuvo a punto de quitarse la vida.
—Hola, pebeta, como estás vos, ¿apuesto que no sabés quién llama?
Soy yo, Antonio, he estado pensando lo que pasó entre los dos y deseo verte, ¿te gustaría salir a morfar mañana por la noche? Llamamé en cuanto escuches mi mensaje.
Jennifer escucha el mensaje diez veces y está a punto de llamar porque lo sigue amando.
La verdad es que le quiere decir que todo hombre que se burla de una mujer es un cobarde.
Coge el teléfono y comienza a marcar su número.
Antes de llegar a los últimos tres dígitos lo arroja al piso y le da una patada.
—¿Quién diablos crees que eres tú? ¿Cómo te atreves a llamarme después de lo que pasó hace tres meses?
Seguramente ya te mandaron al diablo y estás cansado de masturbarte, y en lugar de ir con una prostituta decidiste invitarme a cenar.
Veo que te creíste el cuento de nosotras las gringas, pero no todo es como en las películas morbosas.
Le da varias patadas más al teléfono, luego corre a la cocina y busca las cajas de cereal que compró con la esperanza de que Antonio despertara en su cama y desayunara a su lado.
—Llámame en cuanto escuches mi mensaje, ¡sí cómo no, lo que tú digas!
Arroja las cajas de cereal al piso y las pisotea.
Barre y vacía todo al cesto de basura. Corre a la alcoba seguida por Jessica y abre el armario donde hay prendas de vestir de Antonio.
Un largo suspiro escapa de sus delicados labios que calla con un gesto de enojo.
Sin dejar de repetir el mensaje del contestador sustrae las prendas y las arroja al piso, abre la puerta que da al balcón y las arroja una a una al vacío.
Suspira profundo al ver que, como aves de mala suerte, vuelan lejos de su vida; se siente liberada del pasado y esta noche ha decidido soñar entre los brazos de Miguel Linares.
Geraldine en su mansión también comienza a soñar, en realidad el sueño profundo es una pesadilla donde Frank Hall, su esposo, en un sillón de la sala, está frente a la pantalla del televisior, de la que desaparece el juego de futbol.
Frank hace un gesto de enojo y en la cocina se sirve una taza de café con la que espera espantar el sueño de varios días.
Es un hombre bien parecido pero por ingerir cerveza y fumar tabaco aparenta más de sus sesenta y cinco años.
Regresa a la sala y suena su teléfono móvil.
Tiene varios años de jubilado de las fuerzas armadas y por su experiencia aún lo consultan.
Tras escuchar el mensaje cuelga el teléfono y olvida la televisión, escribe algo en hojas de papel y sale con prisa de la casa.
Desde una base aérea le informaron que la ciudad de Nueva York ha sido azotada por la caída de un meteorito.
Geraldine baja a la cocina cuando ya el crepúsculo reina.
Camina con la gracia de una princesa y al prender luces nota las hojas de papel sobre la mesa; el estómago le da un vuelco y pierde el aristocrático andar.
Su esposo se comunica con ella mediante cartas en las que indica órdenes y las acompaña con ofensas que le provocan ansiedad; se sienta a la mesa frente a las hojas de papel que, timidamente y entre suspiros contenidos, comienza a leer.
Frank pasa semanas lejos de casa después de la catástrofe por el objeto espacial.
Tiene otra mujer y Geraldine lo sabe. La indiferencia o su fe católica la orillan a poner la otra mejilla y camina rumbo al calvario con su cruz bajo las miradas de sus hijas, que al volver de la escuela tratan de no hacer ruido para no despertarla.
Ella quiere levantarse y correr a su encuentro, pero la depresión y el alcohol ¡la tienen encadenada a la cama!
Geraldine despierta de golpe como los asteroides que caen y destruyen Nueva York; sale de la cama con las imágenes del mal sueño y corre al baño a buscar un calmante.
Luego de ingerirlo, se abriga, va al patio trasero de la casa y se sienta en una silla de madera a contemplar estrellas.
Geraldine tiene diez años de divorciada y la menor de sus hijas vive con ella, un simple formulismo, porque prácticamente vive en la universidad.
El corazón de Geraldine aún palpita velozmente ahora que está sentada en el patio.
Quiere llamar a Carmen Porto, su mejor amiga, y desiste al parecerle una locura alarmarla con pesadillas sin testigos ni coherencias; se conforma con contar sus penas a las mismas estrellas que Jennifer abrió su corazón esa misma madrugada.
Armada con una taza de mate, regresa al calor de su alcoba y lee un libro de curaciones homeopáticas. Más tarde, deseando que la pesadilla no se repita, decide dormir, no sin antes hacer oraciones y meter el rosario entre las sábanas.