ENTRE NOTAS DE TANGO EL SALUDO #4
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EL SALUDO #4

—Aun cuando estoy muy cansada, el café no me dejaría dormir, mañana tengo que estar muy temprano en el hospital porque una paciente no evoluciona bien y temo que la voy a perder.

—¿En qué es tu doctorado?

—Tengo dos, uno en medicina y otro en química.

—Estoy impresionado, yo sólo tengo un doctorado en electrónica.

—La deslumbrada soy yo, esa especialidad es muy importante.

—¿Quieres otro trago?

—Me encantaría pero tengo que conducir; mejor otro día, junto con la taza de café.

—Eso quiere decir que… nos veremos otra vez… esta es mi tarjeta.

—Los teléfonos del hospital y de mi condominio están en esta tarjeta…

Ella nota tristeza en los ojos de Miguel Linares por la despedida.

—Esa mirada me dice que fue grato nuestro encuentro.

—Efímero pero bastante placentero.

—Si no nos comunicamos vía teléfono quizá aquí nos volvamos a encontrar la semana entrante.

—Pasado mañana estaré en Cuba unas semanas —contesta Linares al llegar a la puerta, le ayuda con el abrigo.

—¡Y con las ganas que tengo de conocer el mar! Cuando fui niña mi papá prometió llevarme, pero murió en la guerra antes de que yo cumpliera trece años.

—Lo siento…

—¿Es cierto que el agua es salada?

—Sí, porque está esperando a que te zambullas en ella para ser dulce como tú.

Al salir a la calle el aire los recibe con fuertes empellones. Sin dejar de soñar con el trópico, él se inspira para imaginar un posible futuro con ella.

—En este momento caminamos entre la nieve… presiento que algún día trotaremos sobre la arena de alguna playa.

—Estoy segura que tú conoces las playas de los siete mares.

—Jajaja, siempre hay algo nuevo por conocer.

Entre risas llegan al coche de ella.

—Gracias por bailar conmigo. Esta noche fui la envidia de muchas mujeres.

—Y yo el rencor de todos los hombres del mundo. Buenas noches, y sin dormirse detrás del volante…

—Fue un placer conocerte.

Se despiden con una largo abrazo y besos en las mejillas.

A las dos de la mañana Jennifer entra al condominio que comparte con millones de recuerdos. Jessica, una pequeña gata negra que espera pacientemente en un sillón, al escuchar la llave de la cerradura corre hacia la puerta, maúlla.

—¿Te he golpeado? Discúlpame, cariño —dice Jennifer al recogerla del piso.

—Dame un besito y discúlpame por llegar tan tarde.

Después del hospital fui a bailar merengue y conocí a un hombre encantador, la noche se fue como la juventud.

¿Cómo dijo que se llamaba? Miguel, Miguel Linares.

Tranquila, quiero que sepas que no te voy a reemplazar o aceptar que te vayas de mi lado.

Hace dos años, cuando te conocí en aquel bote de basura, prometí cuidar de ti para siempre.

Camina con la gata entre los brazos y prende las luces. Llega a uno de los baños donde Jessica tiene su comedero y una caja con arena.

—Te falta agua… veo que desde ayer no has probado tu alimento. Sí, yo sé lo que es comer sola y triste, pero ahora que estoy contigo vas a comer, ¿verdad que sí tenías hambre? Aún así, mañana te llevaré al veterinario, no sé qué haría si algo te llegara a pasar.

Jessica, como respuesta, se le restriega entre las piernas y se tira panza arriba.

La unidad habitacional donde vive Jennifer está afuera de la ciudad, su condominio se ubica en el tercer piso. A las espaldas un bosque que marca una frontera con el resto del mundo le brinda una privacidad única.

Después de alimentar a la gata, Jennifer cambia zapatillas por sandalias y se sirve una copa de tequila.

Prende veladoras aromáticas y enciende el tocadiscos.

Emana una melodía para los que sufren de amores.

Lleva semanas escuchándola, sale al balcón, se sienta en el camastro y enciende un cigarrillo.

Deja caer la cabeza hacia atrás para escuchar su propia voz.

«No pierdas la cabeza con las dulces palabras de Linares, recuerda que todos los hombres son amables siempre y cuando los dejes meterse bajo tus pantaletas.

Tienes años de escuchar palabras que se ha llevado el viento, ¿recuerdas la primera vez?

Peter, tu primer amante, te llevaba más de veinte años y esperó el momento oportuno para poseerte.

‘Lo único que quiero es que me dejes besarte entre las piernas’.

Y después que lo logró hizo que te metieras su pene en la boca, y días después se introdujo muy dentro de ti, y luego se largó con otra.

¡Dios mío! ¿Por qué todos los hombres son iguales?

Pasan más tiempo en la conquista que saboreando lo capturado.

¡Mañosos! Van por la vida metiendo la lengua entre lo más privado de mujeres extrañas y olvidan que en casa la mujer a su lado los puede hacer feliz.

Cierto que tengo mi carácter pero en la cama soy única.

¡Imbéciles! No han sabido apreciar lo bueno. »

Jennifer permanece largos minutos callada y con la mirada perdida en el cielo.

«Aun con lo que me han traicionado los hombres me rehúso a creer que todos sean incontrolables; si las enormes ballenas pueden ser domadas ¿por qué un simple hombre no?

Piénsalo bien, Jennifer, Linares parece buena persona y tú no puedes pasar la vida juntando gatos de la calle para que te hagan compañía.

Va a ser más fácil que encuentres a un hombre ahora que estás en tus veintes que cuando tengas sesenta, y si ahora sobre el cuerpo sientes lamidas y chupadas más tarde sólo será lo que tú y tu vibrador hagan a solas».

Jennifer se encuentra en conflicto bajo el oscuro manto de la noche.

Una parte de ella está feliz por haber conocido a Miguel Linares y la otra le recuerda episodios sentimentales del pasado.

Sacude la cabeza, se incorpora y va a la cocina, se sirve una copa más de tequila, se coloca un abrigo y regresa al balcón.

Al sentarse llegan a su mente los siete años que vivió con Frank Hall, más de treinta años mayor que ella y quien le prometió pagar su carrera de medicina, mantenerla y amarla hasta la muerte.

A los dieciocho años creyó todo lo que escuchó y no imaginó que un hombre tan bien parecido como Frank caminara con las manos ensangrentadas por todos los corazones que había roto, pero el amor que sentía por él la hizo olvidar que la luna de miel dura un suspiro o no existe, y que de los mimos y besos nacen reproches, celos, insultos, empujones, indiferencia y abandono.

Cuando él estaba en casa pasaba el tiempo con sus amigos viendo deportes en televisión y se comunicaba con ella detrás de eructos de cerveza.

La carrera de medicina puede hacer arrogante al que la practica, sin embargo, antes de salir de la Facultad los aspirantes a imitar al todopoderoso viven un calvario entre los cadáveres que los hospitales tienen en el sótano y donde entre bromas los hijos de Hipócrates fingen no tener miedo.

—Frank no me ayuda en nada y el día no me alcanza para estudiar y trabajar de mesera —Jennifer dice a su amiga Olga mientras aprenden los mecanismos con que los cadáveres caminaron, respiraron, palpitaron y hasta pensaron.

—Jenn, tú lo que necesitas es otro hombre.

—Todos son unos desgraciados.

—Pues este frente a nosotras se ve muy tranquilo.

—Es un cadáver y nada puede hacer mientras le abrimos el cráneo.

—A ver si podemos ver lo que pensaba de las mujeres, jajaja.

—Seguro no tiene nada en la cabeza, como todos los hombres.

Detrás del escudo de protección aromática que momentos antes se ungieron en la nariz, despellejan a los cadáveres, les sacan los ojos y les abren el cráneo, el tórax y el abdomen.

La única defensa de los cuerpos es su repugnante aroma, color verdoso y la impresión que dejan en la mente de quienes los deshonran.

Después de salir del sótano del hospital Jennifer camina una hora bajo la nieve.

Trata de sacar del alma el tufo y las horribles imágenes de los muertos.

Al llegar a su casa abre ventanas, enciende veladoras aromáticas, se baña en tina de agua caliente con toda clase de aceites esenciales, se embadurna cremas y perfumes y se frota la nariz con tequila.

El resto del día toma café negro y alguna proteína líquida, escucha música clásica y acaricia a su gata; tiene la costumbre de memorizar todo lo que le revelaron los cadáveres.

Pasa largas horas conociéndose a sí misma en el sótano de la victoriana mansión de Frank, donde las veinticuatro horas del día apenas le alcanzan para asistir a la universidad, estudiar y hacer limpieza de la casa, acudir a su empleo de mesera, tomar lecciones de violín y atender a los cuatro perros de Frank.

El violín es uno de sus mejores aliados para conservar la sanidad mental; con sus vibraciones y la inseparable botella de tequila cruza cuatro años de medicina que sumados a cuatro más de química en un futuro la harán experta en nutrición.

En el mismo sótano y lejos de los perros Jessica también encuentra un santuario y finge escuchar con atención las anécdotas que Jennifer le cuenta de los cadáveres.

La estudiante despierta por las mañanas abrazada de cuatro perros, lo cual es mejor que dormir al lado de Frank, quien con frecuencia la despierta con gritos de gorila demente y sudor en las sienes.

—¡Déjenme dormir hijos de la gran puta, ya no me quemen con las colillas de sus cigarrillos!