EL SALUDO #3
A pesar del tiempo la amargura atormenta a Giovanni y Sofía con el recuerdo del hijo que sepultaron en La Argentina.
Mientras bailan en las milongas que dan en su mansión y se escucha la música todo parece estar bien, pero una vez que el último tanguero se retira la melancolía por Luigi los domina con profundos suspiros y cansancio espiritual acumulado, hasta que…
una visita de rutina al médico golpea como un relámpago a la tristeza de Sofía cuando escucha:
—Señora Orfanelli, los análisis indican que está embarazada. Felicidades.
Sofía suelta un grito y se cubre el rostro, llora de alegría en el hombro de su doctor.
Los años de llanto que ha vertido por Luigi y el mar de nostalgia que amenazaba con ahogarla comienzan si no a borrarse por lo menos a doler menos con el paso de los días y los movimientos de su futuro hijo que siente en el vientre.
Giovanni Jr. al nacer es el centro del universo de los Orfanelli. Olvidan sus propios sueños y despiertos deliran con el pequeño que pronto aprende a caminar. Miden el tiempo en su crecimiento. Con sus risas y el remolino de sus carreras Giovanni Jr. hace que Sofía olvide el tango y a Buenos Aires.
Los Orfanelli están ahora en sus cuarenta.
Él es uno de los mejores ingenieros electrónicos de la ciudad; ella estudió psicología en su natal Argentina y nunca ha ejercido porque el inglés no se le facilita, el tango es su verdadera pasión, además ahora sólo piensa en lo que será mejor para su hijo, que está por cumplir tres años y a quien brinda una gran fiesta.
Giovanni Jr. apaga feliz las velitas del pastel y escucha que su madre le dice que pida un deseo.
—Mami, ¿hoy sí me llevás a comprar un perrito al centro comercial?
Sofía tiene pavor a los perros, de niña fue atacada por una manada afuera de su departamento, no obstante le contesta a su hijo con una sonrisa y un beso.
—Lo que tú quieras, mi amor; si vos me pedís un león, al momento te lo compro.
Giovanni padre sugiere adoptar un perro abandonado, Sofía no opina lo mismo porque ella quiere que su hijo y el perro crezcan juntos.
A la mañana siguiente y con un centro comercial lleno de gente que camina en todas direcciones, Sofía y Giovanni Jr. llegan al almacén de mascotas.
El niño insiste en un San Bernardo y la mascota de dos meses le parece más grande que un león adulto a Sofía, quien no ha superado el terror de los recuerdos infantiles y además una empleada la distrae con recomendaciones sobre alimentos y vitaminas; no se percata que su pequeño hijo sale a mirar las mascotas del aparador ¡y desaparece entre la gente!
La música de tango terminó una hora antes en la vieja escuela con peste a orines rancios.
El ruido de los músicos que trasladan sus instrumentos a la salida regresa al presente a Giovanni, que sigue sin poder olvidar a Luigi, el hijo que le arrebató la muerte, y aún le es más difícil dejar de pensar en Giovanni Jr., el hijo que desapareció.
Detrás de un suspiro vuelve a sacar su billetera, ve la foto en blanco y negro y repite la frase que siempre dice:
“Giovanni, hoy se cumplen veinte años de tu desaparición, ojalá Dios me preste vida para volver a verte, hijo mío.”
Su esposa Sofía se fue a la tumba con la confianza de que Giovanni padre no descansará hasta encontrarlo. Aun cuando él la amó hasta el último suspiro, en un rincón del alma la culpa por la desaparición. Ahora reemplaza su cariño con el amor que siente por su secretaria Geraldine.
Miguel Linares en poco tiempo identifica lugares donde la gente que parece haberse fugado del ataúd baila tango en las noches ante la promesa del nuevo amor que suplirá al que le arrebató la muerte o las leyes del divorcio.
Y sitios en que jóvenes como él bailan música tropical; al ingresar a Sueños de una Noche se encuentra cara a cara con Jennifer Washington, princesa escapada de la más sensual y romántica fantasía, de padre judío y madre inglesa, mente liberal y a la vez conservadora.
A sus veinticuatro años, delgada y alta, labios carnosos, profundos ojos azules, cabello rojizo, nariz afilada, senos pequeños y escuálidas manos, tiene un temperamento tan explosivo como la nitroglicerina.
—Sí —se alcanza a escuchar que dice a un grupo de amigos y pretendientes—, soy muy dulce. Pero cuando me hacen enojar soy chocolate caliente y amargo.
Cuando intenta bailar merengue, luce tan torpe como una mariposa volando con un ala herida. Al terminar la tanda, Miguel se acerca a ella.
—Buenas noches, soy nuevo en…
—La misma versión ya la he escuchado media docena de veces esta noche —responde Jennifer mientras lo mira unos instantes.
—Entiendo tu desconfianza con los forasteros.
—Usa tu introducción frente a un corredor de bienes raíces, para que te busque un lugar dónde vivir.
—Jajaja, gracias por el consejo, aunque estoy muy a gusto en la ancantarilla donde vivo… ¿cómo me dijiste que te llamas?
—Nunca mencioné ningún nombre… mi apelativo es Jennifer Washington.
—¿Deseas bailar?
—Te advierto que sólo he recibido tres lecciones de merengue y tengo carácter de nitroglicerina.
—A mí me pareces dulce.
—Cuando me enojo soy chocolate amargo.
—Ese es mi chocolate favorito.
—¿También te gustan los berrinches y los pellizcos?
—El amor es un paquete completo.
—¿Seguro quieres bailar con una principiante?
—Todos somos aprendices…
—Pero ustedes los latinos bailan hasta de cabeza.
—Jajaja, ¿sabes cuál es el secreto para bailar? ¡Nunca sigas las instrucciones de los estudios de baile! Uno dos tres, media vuelta a la derecha, uno dos tres, media vuelta a la izquierda, ¡así entrenan a bailar a los osos del circo!
—Jajaja, ya me hiciste reír, y eso no es nada fácil… acepto tu invitación.
Miguel Linares, que ha adaptado por completo sus pupilas a la penumbra, aprecia mejor a Jennifer.
Nota que viste ajustados pantalones y blusa de seda, altas zapatillas, y en un tobillo se le agita una pulsera de plata que hace juego con el anillo en uno de los dedos de un pie; el color de las uñas de los dedos de sus pies es el mismo que el de los dedos de sus manos y de sus labios.
La pista es para treinta personas y el triple de parejas se la disputan centímetro a centímetro.
—¿No te pisé?
—¿Eso es posible? Yo sé que las diosas como tú flotan.
—¿A todas les dices lo mismo?
—No todas las mujeres inspiran devoción.
—¿Siempre tienes una respuesta en los labios?
—No siempre se tiene la dicha de estar al lado de un ser celeste.
—¿Eres poeta o naciste con el vicio de decir mentiras?
—Nada de eso. Tu belleza es única, ¿no ves las miradas que me dirigen los hombres por estar a tu lado?
Tres meses han transcurrido desde el último romance de Jennifer.
Terminó en este mismo lugar donde pretende sonreír.
Detrás de su mirada aún está fresca la noche cuando vio a su novio besar con pasión a una desconocida: derramó lágrimas, buscó la soledad del baño lleno de los mismos problemas, fue ignorada por mujeres que fumaban marihuana, inhalaban cocaína, se retocaban el maquillaje, ajustaban su sostén o también lloraban.
Jennifer se tragó el llanto y sintió repulsión hacia los hombres; cuando creyó haber recuperado la compostura regresó a la pista y un empellón la volvió a la realidad, la música pareció sonar más fuerte y vio las luces distorsionadas, la risa fingida de la gente, sintió que se burlaban de ella, le dolía la cabeza, se llevó ambas manos al rostro y caminó con pasos rápidos hacia la salida…
al cruzar la calle, un auto la arrolló. ¡La misma muerte la despreció esa noche!
Al día siguiente despertó en un hospital, sintió en todo su cuerpo el dolor de la traición, al que se sumaron un trauma cerebral, dos costillas rotas, golpes contusos y la dislocación de una muñeca.
Ahora baila entre los brazos de Miguel Linares en Sueños de una Noche, sonríe en el mismo lugar donde lloró y sintió repulsión hacia los hombres.
—Esta pista con tanta gente es peligrosa, la semana pasada me fui con más de tres patadas y no sé cuántos pisotones.
—¿Los bailarines nuevos?
—No lo sé, sin embargo este lugar me encanta, aquí tomé mi primera lección de merengue… ya pensaba marcharme porque después de las once el humo de los cigarrillos es insoportable.
—También a mí me molesta.
—Yo fumo pero tanta nicotina… gracias por ser paciente.
—Tu compañía me hace la envidia de los hombres del mundo. No todas las noches se tiene la oportunidad de tener tan cerca, como ya dije, a tan bella visión celestial. Además, bailas muy bien para ser gringa y principiante.
—Cuando doy el giro pierdo el paso.
—Observa a tu alrededor, muchos se agitan para todos lados sin llevar el ritmo. Eso… así… ¡no cuentes los pasos!
Al terminar la melodía y después de varios codazos, ambos se dirigen a la cantina.
—Yo quiero un trago de Cuervo Gold —dice ella con una sonrisa al oído de él por el ruido de la música y por una fuerza misteriosa que los hace estar cerca.
—Estoy feliz de que estés… la semana pasada más de tres individuos me hicieron la noche imposible.
—Hay muchos que se sienten expertos y critican a los bailarines principiantes…
—No es eso, aquellos tipos confundieron mis deseos de aprender a bailar con… no sé qué tenían en mente.
—Querían estar cerca de una mujer tan bella como tú…
—¿Verdad que el humo comienza a hacerse insoportable?
—¿Por qué no nos escapamos? A dos calles de aquí sirven un capuchino casi tan bueno como el que tomé en Italia… perdón, imagino que tu novio no se encuentra aquí… una mujer tan bella debe tener a varios hombres caminando de cabeza.
—No conozco Europa y tampoco tengo novio, bueno, tuve uno… ¡resultó ser un canalla que me rompió el corazón! Me mentía y me engañaba con otras mujeres y no creo volver a querer a ningún otro hombre… ay, qué pena, estoy hablando de más con el tequila.
—No me has dicho si te gustaría tomar café.