ENTRE NOTAS DE TANGO EL SALUDO #2
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EL SALUDO #2

—Dices que te encantaría sentarte conmigo… de acuerdo, pero te advierto que no tomo café ni toco las donas. La cafeína nos roba la vitamina c, causa insomnio y aumenta el colesterol.

—Lo sé, es una droga difícil de dejar.

—Y las donas están hechas con aceites hidrogenados, harinas y azúcar refinada que tapan las arterias, por eso traigo mi propio almuerzo.

Puedo compartirlo contigo; y si no apeteces la ensalada –a los jóvenes no les suele gustar mucho– tengo manzanas, barras de proteína, jugo de sábila y almendras, todo orgánico.

—Le acepto una barra de proteína… quizá aquí tengan el café que me gusta…

—Tiene antioxidantes, muy buenos para el organismo, y mejor sin azúcar, pero aquí sólo vas a encontrar de mala calidad y descafeinado, dicen que la cafeína hace correr al baño a los viejos, jajaja. ¿Te gusta el café orgánico? Los demás están llenos de insecticidas…

Miguel sabe que los ancianos se la pasan en el consultorio del médico.

Como líder de M.L.A. ha matado a miles con vitaminas, proteínas, cereales, productos lácteos, artículos de belleza, sobres y timbres postales.

Con el odio que carga, jamás pensó conocer a una persona como Geraldine.

Le cautiva que aparenta treinta y no sus sesenta y cinco años, es bella y, ahora lo sabe, vegetariana.

Geraldine y Miguel Linares llegan a una mesa desocupada y, como si se conocieran de años, comparten alimentos mientras ella habla del tango y le da consejos sobre cómo caminar y hacer el paso básico, técnica y postura, además de sugerirle contratar a una profesional para avanzar más rápido con clases privadas.

Geraldine se divorció hace cinco años; sus amigos la siguen llamando con el apellido Hall, aunque desde el primer día de su divorcio usa Ferrer, su apellido de soltera. Giovanni simplemente la llama Din, desde el primer día que se presentó a trabajar como secretaria en su oficina.

Fue ignorada una vida completa por su esposo Frank Hall.

Incluso, buscó el porqué de su existencia en la religión y aun con los consejos del espíritu santo siguió sintiéndose vacía.

Deseaba ser amada por algo que no fuese una mera fantasía.

Así descubrió el mundo vegetariano y naturista.

Viajó al África, donde ayudó a curar y dar de comer a enfermos; a su regreso a Estados Unidos redescubrió el tango y fundó un club en el mismo lugar en que estuvo el estudio de Sofía Orfanelli, la esposa fallecida de Giovanni.

Geraldine y Miguel Linares bailaron juntos después del intermedio. En este momento la orquesta termina de tocar el último tango.

—Muchas gracias por su paciencia.

—Tienes postura y pronto serás un gran bailarín, no olvides las prácticas privadas.

—Las tendré en cuenta. Prometo regresar a tomar lecciones, espero no crear un conflicto entre usted y el señor Giovanni, que no me quitaba los ojos de encima.

—Giovanni y yo somos buenos amigos. Es viudo y hace años perdió dos hijos. Aunque te parezca gruñón y amargo, cuando lo conozcas verás que es un dulce.

Se despiden con un largo y tierno abrazo. A él le recuerda los brazos de su madre.

Termina la música y los bailarines que llegaron tristes a la clase comienzan a salir erguidos y felices.

En sus ojos reflejan los colores de la primavera.

Otros silban un tango y acarician el teléfono donde llevan el número de un posible romance.

Como salen en tropel ignoran al trío invasor.

Giovanni, que no los ha perdido de vista, los sigue entre la gente hasta el estacionamiento y apunta las placas de sus coches.

Luego, por instinto saca su billetera y observa una foto en blanco y negro.

“Giovanni, hoy se cumplen veinte años de tu desaparición, Dios me preste vida para volver a verte, hijo mío.”

Un largo suspiro y lágrimas lo transportan medio siglo al pasado.

Como una estatua de hierro, Giovanni Orfanelli permanece sentado sobre un balón de futbol en el interior de un edificio de Buenos Aires ahogado por oscuras nubes.

Sofía, su esposa, yace sobre la cama y una espesa amargura se derrama al piso.

La ternura de la primavera ha dejado de tener significado para ambos porque un día antes murió Luigi, su pequeño hijo.

—¿Por qué, Dios mío? ¿Por qué te llevaste a nuestro único pibe? —Grita Sofía detrás del llanto ahogado del colchón.

Su esposo, en la otra alcoba, también llora, un viscoso dolor en silencio cae dentro de él.

Los dos visten ropa de calle. Horas antes brindaron una comida a quienes los acompañaron al cementerio.

Ahora se enfrentan a la realidad con la soledad como testigo.

Él tiene veintitrés años y ella veinte. Más de una docena de meses atrás el joven italiano había llegado a las pampas.

A veinte años de aquel episodio los Orfanelli residen en Estados Unidos, en el estado de Michigan, donde Sofía se siente morir de melancolía porque la comunidad argentina es muy pequeña y extraña a sus familiares.

Giovanni, con su título de ingeniero electrónico, siente haber llegado al cielo.

Pronto comienza a laborar en una fábrica automotriz donde explota su talento en las partes electrónicas que dan vida a un automóvil.

Es un trotamundos y no tiene problema en su nueva comunidad, salvo cuando descubrió que personas mayores sufren agresiones y asaltos a manos de jóvenes.

Un día, en un almacén, escuchó a uno de ellos insultar sin motivo a un anciano; se batió a puñetazos con el agresor, y entonces sintió que su destino era dedicar su tiempo libre a la defensa de las personas mayores.

Recorrió el área metropolitana y frustró asaltos y despojos de inmuebles, comenzó a dar capacitación de vigilancia y defensa personal y formó grupos de protección a los abuelos.

Así le surgió la idea de formar la organización A.C.D.

(Ancianos con Dignidad) y, para proteger su privacidad, decidió presentarse como Giovanni Bugiardini.

A fin de mitigar la nostalgia, cuatro veces al año Sofía hace el largo vuelo a Buenos Aires, de donde regresa con alfajores, dulce de leche, botellas de Malbec y fotografías del Jardín Botánico lleno de gatos roñosos, que para ella es lo más bello del mundo.

—¡Ay, Giovanni! —dice cuando su esposo la recoge en el puerto aéreo. —¡No sabés cuántas tortas y masitas de Confitería La Ideal disfruté con mis hermanas! También comí muchas empanadas salteñas, que con el sobrepeso seguro ya no me reconocés.

—La próxima vez iré con vos, también extraño Buenos Aires.

—Traje tanta música que no sé cuándo voy a tener tiempo de escucharla, sí, ya lo sé, en la radio de onda corta puedo escuchar tango pero he traído ediciones que no salen al mercado y además la radio no tiene las vivencias que quedan en el alma al comprar un disco, porque al escucharlo recuerdo que caminé toda una tarde por la calle Florida sin importarme que la lluvia caía a torrentes.

Con todos los viajes Sofía no puede dejar de pensar en Luigi, el hijo pequeño que enterró en Buenos Aires.

—¡Ay, Giovanni! Me voy a morir de melancolía.

—¿Por qué no enseñas tango? Recordá que nos conocimos en una milonga.

—Aquí lo que la gente quiere es un auto nuevo y ganar más plata en la bolsa de valores.

—Demos una milonga e invitemos a los vecinos, después ponemos un estudio de baile, y con tango y nuevas amistades te sentirás mejor.

—Ay, si Dios nos diera un hijo… la vida sería tan diferente.

Sofía calma el dolor de la ausencia y la nostalgia con las clases de tango que da sobre el fino piso de madera de una de las salas de su gran mansión y después en un estudio que su esposo le compró en el exclusivo barrio Birmingham.

En poco tiempo descubre que la gente lo que quiere es viajar al norte del estado en verano y al sur del país en invierno, los jóvenes están más interesados en el rock and roll que en el tango, y que algunos de sus estudiantes comienzan a formar sus propios grupos de tango y dar lecciones.

—¡Cualquiera puede dar saltos pero no todos bailar tango!

—dice Sofía cada vez que está al teléfono con sus amistades de Buenos Aires.

—Tengo estudiantes que con ponerse un capelo y tomar dos lecciones se ponen a enseñar nuestro tango, y ni te cuento lo que se sienten después de tomar un seminario con algunos de nuestros chicos que visitan el país, ¡boludos!

, se necesita toda una vida para aprender tango; es sentimiento y parte de nuestra cultura, recordá lo que dice “La Cumparsita”…

Estoy podrida con esta gente que insiste en cambiar al mundo, el tango de nuestros viejos es una versión única y no acepta modificaciones.

Después de cinco años y al ver el poco interés de la gente Sofía cierra su estudio de baile y corre a buscar refugio a Buenos Aires.

Antes de un mes extraña Michigan, todo trotamundos es ciudadano del mundo.

Una mañana tras alimentar a los gatos roñosos del Jardín Botánico, regresa al departamento donde creció, chico y ruidoso, heredado por sus padres al morir, lleno de memorias de la niñez; pasa el día en llamadas a sus amistades y por la noche visita Confitería La Ideal, que está a unas cuantas calles y aunque le encantan sus tortas y masitas no es su lugar favorito por los muchos turistas que lo visitan.

Ella prefiere bailar tango en lugares como Porteño Bailarín, el Viejo Correo y el Club Sunderland.

Aun así se divierte en Confitería La Ideal y a la media noche regresa a su departamento.

El llanto suma horas entre compases del género nacido en el arrabal: la noche anterior decidió regresar al norte del continente, y presiente que será para ser enterrada en alguno de sus cementerios.