ENTRE NOTAS DE TANGO
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EL SALUDO
Al abrir la puerta del decrépito edificio, los tres jóvenes son abrazados por el aire con peste a orines rancios. Pero también el olor carga una vibración deliciosa que se desliza por las orejas, se salta la nariz y entra a los oídos.
—Linares, ¿estás seguro de que es el lugar?
—Claro que sí… ¿no escuchan la música?
—Recuerdo, así se llama el tango que tocan. Mis papás lo ponían en casa tantas veces que con un par de notas lo reconozco.
Fruncen la nariz por el olor y caminan hacia el interior, pasillos y techos que rebasan el siglo.
A pesar de las suelas de goma, sus pisadas se escuchan con la fuerza de un martillo deseoso de golpear.
Cargan odio contenido. El ritmo del tango tiene a parejas de ancianos, con la postura erguida y el abrazo cerrado, soñando despiertos en lo ancho de una deteriorada cancha de baloncesto techada.
Alejandro Benítez desde una orilla los mira y pregunta con sarcasmo: ¿Dónde están los sarcófagos? Avanzamos por tantos pasillos que siento haber atravesado el interior de una pirámide egipcia.
—Jajaja, no seas cruel, no todos están tan viejos —Miguel Linares, que rebasa los 24 años, los mismos que Alejandro, responde mientras observa los movimientos de una bailarina. —Más seriedad, recuerden que estamos aquí en una misión —agrega con fastidio Luis Torres, dos años menor que sus amigos.
El aire ha incorporado el perfume de veladoras dispersas en mesas de lámina alrededor que con sus siluetas de luz dan un toque romántico a la noche que comienza.
Flota en una nube sacudiéndose el hedor a sanitarios abandonados, grasa de cocina, fugas del sistema de drenaje y los orines resecos en lo que fue una escuela secundaria hoy abandonada.
En las tarde-noches el decrépito edificio es ocupado por personas de la tercera edad, y por las mañanas grupos de jóvenes simulan practicar el deporte de los espigados; en realidad venden droga y hacen planes para cometer asaltos.
Con el corte de cabello y el caminar firme, el trío invasor pareciera pertenecer a las fuerzas armadas; reflejan en el rostro al sol caribeño y visten prendas ajustadas que en nada se parecen a las desteñidas y rasgadas de los ancianos bailarines.
El lugar, si se bloquea el sentido del olfato, se ha inundado con la música de, ahora es posible apreciarlo, una desafinada orquesta.
Aunque la pista fue aseada, a los ojos de los jóvenes en misión secreta la cancha luce sucia, como el aire del sistema de calefacción que además es caliente y seco.
Y debido a que bailarines y músicos no escuchan muy bien por la edad, el sonido es elevado.
Giovanni Bugiardini es quien cobra la admisión al baile y el primero en percatarse del trío de extraños.
Los enfrenta con pasos seguros y una taza de café en la mano.
Sus 1.85 metros de estatura, cabello negro, ojos azules, tez blanca, barba partida y cuerpo atlético, lo hacen aparentar cuarenta años.
Dos meses atrás cumplió setenta y tres, y luce elegante aun en vestimenta simple y desgastada.
—Prego, soy Giovanni Bugiardini, bienvenidos a la milonga El Amor de mi Vida…
Por motivos de seguridad Giovanni sólo usa su apellido Orfanelli con amistades muy íntimas. Ante extraños emplea el apellido Bugiardini.
—Apuesto a que se han equivocado de edificio. La cantina donde bailan las chicas sin ropa está al otro lado de la calle, aquí como podrán notar únicamente hay parejas de ancianos.
Giovanni con una sonrisa amplia extiende la mano a Miguel Linares, el joven líder del grupo M.L.A. (Mueran Los Ancianos) y que bien podría ser su anticopia genética. El aludido acepta el saludo, suelta una carcajada y le da una palmada en la espalda a su anfitrión.
—No, señor Bugiardini, estamos aquí porque nos urge aprender a bailar tango. Si de ustedes los adultos aprendimos a caminar, ¿por qué no también a bailar?
Esta vez las risas brotan del trío y Giovanni, sin perder la serenidad, pretende unirse a la alegría de los desconocidos.
—Muy bien, simpático. Les mostraré nuestro centro recreativo.
Los tres jóvenes se miran entre sí, sin perder la sonrisa, la confianza de Giovanni les da la oportunidad de conocer la guarida de los ancianos para poder atacarlos.
—Por favor, síganme. Miren, allá atrás tenemos tres salas, la de la izquierda tiene mesas de billar y la del centro es una biblioteca, la de la derecha es la cocina. También tenemos otras salas al otro lado de la cancha donde se imparten clases de trabajos manuales.
—Señor Bugiardini… sólo estamos interesados en el baile.
—Ya que están aquí, permítanme mostrarles también el primer piso.
Los cuatro suben una escalera que los lleva a donde se encuentran el gimnasio y los baños. De ahí aprecian la pista de baloncesto en la que bailan más de doscientos ancianos.
Luis se arrima al barandal y escudriña la cancha. —Esa pareja en aquel rincón no baila nada mal.
Giovanni responde apenas sin poner atención: —Jóvenes disfrazados de ancianos.
—¿Qué dijo usted?
Giovanni lo ignora y dice de nuevo entre-dientes, ocultado también por la música.
—Son espías, como ustedes.
Por años los ancianos del mundo se han visto atacados por grupos de jóvenes y por ancianos que en realidad son jóvenes alterados con cirugías plásticas e implantes cosméticos para infiltrar sus reuniones.
Los medios de comunicación difunden con frecuencia noticias de secuestros de padres y abuelos por parte de ¡sus propios familiares!
Los jóvenes culpan a los ancianos de ser líderes políticos, ocupar empleos, cobrar pensiones y disfrutar de atención médica con el dinero que ellos pagan de impuestos por su trabajo.
Así, existe una lucha constante entre ambos grupos.
Giovanni sabe que el trío de jóvenes no tiene interés en el tango.
—La mayoría de nosotros vivimos en ciudades subterráneas, pero este lugar es un refugio a la soledad y al olvido.
Aquí damos clases de baile todos los días.
El tango es el ritmo favorito y la cadencia donde desaparecen lagunas mentales, la artritis, la pérdida de la vista, del oído y hasta el mismísimo mal de amores jajaja.
Luis Torres, que no puede ocultar su curiosidad, interrumpe.
—Ustedes vienen a enseñar o aprender tango ¿o a ver con quién se acuestan?
—El tango nos da la oportunidad de verle nuevamente la cara al amor, ¿no respiran en el ambiente cariños nuevos?
Al ver cómo los tres extraños fruncen la nariz, agrega con una sonrisa:
—¡Sé que todo esto huele a basurero municipal!
Pero más allá de eso, se respira la promesa de cariños nuevos.
Antes de entrar aquí todas esas personas en la pista caminaban con torpeza, y miren ahora qué derecho bailan y con qué soltura se mueven.
Tampoco crean que todo es diversión, aquí a diario se producen y reparten a domicilio alimentos para más de cinco mil ancianos, por eso la cocina.
Giovanni es viudo desde hace una década y a ello se suma el dolor de haber perdido dos hijos; la supervisión del centro recreativo y su pasión por el tango le mantienen la mente ocupada.
Nació en Italia y a los veintidós años emigró a La Argentina.
En su país fue a los bailes y tuvo amoríos, pero al pisar Buenos Aires y conocer una milonga sintió que el tango y el amor lo habían esperado.
Cuando conoció a Sofía, su futura esposa, el tiempo libre lo dedicó a ella y al baile, sin olvidar la carrera de ingeniero electrónico que cursó en Europa.
También desarrolló su pasión por la poesía y coleccionó timbres postales y dinero en papel de todo el mundo. Dieciocho años después de casarse él y Sofía migraron a Estados Unidos y fundaron el grupo A.C.D. (Ancianos con Dignidad).
Giovanni es analítico. Observa con discreción a los jóvenes veinteañeros y piensa: «Estos vagos son espías del M.L.A.
(Mueran Los Ancianos), no vinieron aquí a aprender a bailar tango.
¿Quieren lecciones? El mundo entero sabe que los latinos aprendemos a bailar en el vientre en que vivimos antes de nacer.
No buscan el aliento a ataúd de estas ancianas, saben dónde ir a bailar tango para sentir las piernas y las tetas de una mujer joven, ¿creen que soy un felpudo? »
Pero la prudencia es una de las virtudes de Giovanni; el experto bailarín favorito de viudas y solteras se pasa la mano izquierda sobre el mentón e invita al trío a bajar a la cancha donde en su mayoría las parejas se mueven con pasos lentos y torpes, sin la furia ni la pasión del tango que en las películas se desplaza, flexiona-estira las piernas y hace giros elegantes.
Llegan a la pista y esperan la pausa de la cortina.
Los presenta con las mejores bailarinas.
—Estos chicos son nuevos, nunca han bailado tango. Muéstrenles los mejores pasos de su repertorio; que aprendan a escuchar la música para que lleven bien el compás, y Din, no olvidés que el próximo tango lo tenés comprometido conmigo.
Después, les cobra la admisión al baile.
En el intermedio los inaugurados bailarines se limpian la transpiración mientras mordisquean donas y sorben tazas de café.
Miguel Linares se separa de Alejandro y Luis y peina con sus ojos el comedor.
Localiza a una mujer de rostro y figura aristocrática que lo cautivó con su porte y vio bailar en la clase; sin importarle las miradas colgadas en sus pasos, se acerca al grupo de pie que la rodea.
—Soy Miguel Linares, me encantaría sentarme con vos a tomar café.
Ella lo barre de pies a cabeza en un instante al tiempo que se disculpa del grupo.
—Geraldine Hall, ¿eres argentino?
—Italiano.
—C' est la même chose, pero tienes apellido español y muy joven para estar entre este grupo de ancianos.
—Ante mujer tan bella, la edad no cuenta.
—Bien parecido… y sabes cómo despertar el interés de una mujer… cuando sepas bailar las chicas no te van a dejar sentar en las milongas.
—Si vos me enseñas prometo aprender rápido.