Chapter 2 #10
Me senté en la silla de la cocina, la del lado de la ventana, y los miré cocinar un rato.
Había algo en verlos juntos que me pareció importante de una manera que no supe formular bien en ese momento: la amistad de cuatro años que Diego había descrito como la única en la que contaba cosas, funcionando en la cocina de ese piso con la naturalidad de lo que lleva tiempo siendo real.
Iván era ruidoso y Diego era callado y los dos se compensaban de una manera que hacía que el espacio se sintiera diferente cuando estaban los dos.
Durante la cena Iván habló de Martina con esa casualidad estudiada de quien menciona algo que le importa sin querer que se note que le importa.
No lo hacía mal, para alguien que en general no disimulaba nada.
Yo escuché y no dije nada que revelara lo que sabía de la cara de Martina cuando sonaba el móvil, porque algunas cosas son de las personas a quienes pertenecen y no mías para contarlas.
Después de cenar los padres se retiraron pronto y nos quedamos los tres en el salón un rato.
Iván contando algo que había pasado en su ciudad esa semana, Diego escuchando con esa atención callada que tenía con las personas que le importaban, y yo en el sofá con la sensación específica de cuando uno está en un sitio que se siente como lo que debería ser.
En algún momento Iván fue al baño y Diego y yo nos quedamos solos en el salón por primera vez en esa noche.
No mucho tiempo: el tiempo suficiente para que él me mirara desde el sillón y yo le mirara desde el sofá y hubiera entre nosotros ese algo que ya no necesitaba nombrarse porque existía sin nombre y era suficiente así.
—¿Estuviste con Martina? —preguntó.
—Sí.
—¿Está bien?
—Sí. Está bien.
Asintió. Y en ese asentimiento estaba todo lo que ninguno de los dos tenía que decir en ese momento: que Martina era importante, que lo que había pasado entre ella y yo era parte de la red de cosas que rodeaban todo esto, y que estaba bien que estuviera bien.
Iván volvió del baño y la conversación siguió su curso y la noche fue lo que fue: ordinaria y llena al mismo tiempo, de las que uno guarda sin saber exactamente por qué.
Iván se fue después de medianoche. Diego le acompañó al ascensor y yo fui a mi cuarto a buscar el cuaderno, y cuando volví al pasillo Diego estaba cerrando la puerta del piso y nos encontramos otra vez en ese espacio estrecho que ya no era incómodo sino familiar.
—Buenas noches —dijo.
—Buenas.
Y algo en cómo lo dijo, en el tono exacto de esas dos palabras en ese pasillo, hizo que fueran más de lo que normalmente son. No una declaración ni un gesto: solo dos palabras dichas de la manera en que se dicen cuando hay algo debajo de ellas que las carga de más sin que nadie lo haya planeado.
Fui a mi cuarto. Cerré la puerta. Me senté en la cama con el cuaderno y lo abrí en una página en blanco que ya no era vacía sino esperando.
“Martina y yo volvimos a ser nosotras hoy. No sin marca: con la marca de lo que pasó integrada en lo que somos, que creo que nos hace más que nos resta. Dijo que está de mi lado pero no de manera ciega. Eso es exactamente Martina y exactamente lo que necesito. Iván cenó aquí. Habló de Martina con esa casualidad que no engaña a nadie. La cara que pone cuando suena el móvil de ella. La cara que pone ella cuando suena el suyo. Hay algo ahí que todavía no tiene nombre pero lo va a tener. Diego me dijo buenas noches en el pasillo de una manera que son dos palabras y también mucho más. Hoy ha sido un día ordinario. Y ha sido también un día en que varias cosas estaban exactamente donde debían estar. No sé cuántos días así van a venir. No sé qué va a complicarse ni cuándo. Pero esta noche, en este piso, con Martina ya bien y Iván en el salón y Diego en el pasillo diciendo buenas noches como si fueran mucho más que eso: esto es suficiente. Esta noche esto es suficiente.”
—
ENTRE NOSOTROS NO PUEDE SER
Capítulo veinte
Entre nosotros
“A veces las historias no terminan. Solo cambian de forma. Lo que era una cosa se convierte en otra que todavía no tiene nombre, y eso no es un final sino una transformación, que es algo completamente distinto aunque desde fuera pueda parecer lo mismo.”
Pasaron meses.
Eso es lo primero que hay que decir porque los meses importan: no como distancia sino como el tiempo que necesitan las cosas para encontrar su forma.
La forma que encuentran rara vez es la que uno habría elegido si hubiera podido elegir, pero es la que tiene, y tiene la ventaja de ser real en vez de imaginada.
La primavera llegó y con ella el ritmo diferente de la última etapa del curso: los exámenes que se acumulan, las tardes largas de estudio, esa densidad específica de los meses antes de la selectividad que hace que todo lo demás ocurra en paralelo, sostenido por el esfuerzo de mantener dos vidas al mismo tiempo.
La vida de los libros y la vida del resto.
La vida del resto era esta: mi madre y Marcos, que habían seguido reconstruyendo lo que se dañó en febrero con esa paciencia lenta de la gente que ha decidido que lo que tiene vale el trabajo que cuesta.
No estaban exactamente como antes, porque las cosas que se rompen no vuelven a estar exactamente como antes, pero estaban de una manera que era quizás más honesta que antes: con menos asunciones, con más preguntas, con esa calidad diferente que tiene la confianza que se ha ganado dos veces.
Diego y yo éramos Diego y yo. Eso es lo más preciso que puedo decir porque las demás definiciones no caben del todo.
No éramos lo que el mundo vería si nos mirara desde fuera.
No éramos lo que la situación debía haber hecho de nosotros.
Éramos algo que no tenía nombre limpio y que sin embargo existía con más claridad que muchas cosas que sí tienen nombre: dos personas que se habían encontrado en el lugar más improbable y habían elegido, con todo lo que eso costaba, no fingir que no.
Los desayunos de los sábados eran nuestros.
Eso había ocurrido sin que nadie lo decidiera: simplemente los dos nos levantábamos a la misma hora los sábados y la cocina nos pertenecía un rato antes de que los padres aparecieran.
Hablabamos. A veces de cosas importantes y a veces de nada, y la diferencia entre los dos tipos de conversación se había vuelto más pequeña con el tiempo porque incluso las conversaciones sobre nada tenían algo dentro.
Había cosas que no habíamos resuelto. Eso también hay que decirlo porque si no se dice parece que todo encontró su lugar limpio y no fue exactamente así.
El mundo seguia viendo lo que veía: hermanastros.
Los padres veían lo que se permitían ver, que era quizás más de lo que decían pero menos de lo que era.
Había conversaciones que no habían tenido lugar todavía y que en algún momento iban a tener que tener, y ese “en algún momento” vivía en el piso como algo pendiente que los dos conocían pero que ninguno había encontrado el momento correcto para empezar.
El momento correcto, aprendí ese año, a veces no llega solo. A veces hay que crearlo aunque no se sienta del todo listo.
Diego me lo dijo un martes de mayo por la tarde, en la cocina, con esa forma suya de decir las cosas importantes como si fueran poco importantes para no cargar demasiado el momento.
—Me han dado plaza en arquitectura en Madrid.
Lo miré.
—¿Cuándo lo supiste?
—Esta mañana.
—¿Y cómo estás?
Él lo consideró un momento, que era lo que hacía siempre antes de responder a las preguntas que importaban.
—Contento —dijo—. Y otras cosas al mismo tiempo.
—¿Qué otras cosas?
—Las que imaginas.
Sí. Las que imaginaba. Me senté en la silla, la de siempre, la del lado de la ventana que daba al patio, y miré el patio un momento.
La misma vista de siempre: el rectángulo de cielo sobre los tejados, el tendedero del tercero con la ropa del martes, la maceta del segundo que siempre estaba a punto de caerse y nunca caía.
—Madrid está cerca —dije.
—Sí.
—No es lo mismo que Bilbao ni que Sevilla.
—No —dijo él, con algo en la voz que era casi una sonrisa—. No es lo mismo.
La conversación que habíamos estado posponiendo la tuvimos esa noche.
No fue planificada: fue como casi todas las conversaciones importantes de ese año, que llegaron cuando llegaron sin pedir permiso.
Los padres estaban fuera, Iván había venido esa tarde y se había ido después de cenar, y nos quedamos los dos en el salón con la noticia de Madrid todavía en el aire.
Le conté lo que sabía. Lo que había sabido desde la noche del apagón y lo que había tardado meses en formular con claridad y lo que había dicho en voz alta frente a Martina y lo que había dicho en la cocina del martes de marzo.
Él escuchó con esa atención suya que no interrumpe y que cuando terminas te hace sentir que todo lo que dijiste fue recibido de verdad.
Y después él me contó lo suyo. No con el lenguaje de los libros ni con las frases que suenan bien: con el suyo, que era escaso y preciso y más honesto que cualquier elocuencia.
Me dijo que había llegado a ese piso decidido a no quedarse, y que algo había cambiado de manera que no había anticipado.
Que había aprendido cosas de sí mismo ese año que no había aprendido en los siete anteriores de moverse de sitio en sitio.
Que yo era parte de eso, no toda, pero parte importante.
—¿Qué hacemos con eso? —pregunté. La misma pregunta de siempre, pero desde un sitio diferente.
—Vivir con ello —dijo—. No de manera perfecta. Pero de verdad.
—¿Y Madrid?
—Madrid está a tres horas.
—Ya.
—No es una solución —dijo—. Es lo siguiente. Que no es lo mismo.
Eso era exactamente cómo él pensaba las cosas: no en soluciones sino en lo siguiente, en la siguiente cosa que viene sin saber con certeza qué hay después de ella. Aprendí eso de él ese año también: que no todo tiene que resolverse para poder seguir. Que a veces lo siguiente es suficiente.