Entre nosotros no puede ser Chapter 2 #9
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Chapter 2 #9

No hubo beso. Eso lo aclaro porque parece que debería haberlo y no lo hubo, y la ausencia no era una falta sino exactamente lo correcto: no era el momento para eso.

Era el momento para la conversación, para el café frío y el sábado de fondo y las dos personas que habían llegado a un lugar sin haberlo planeado del todo.

Lo que venia después veníra después, con su propio tiempo, con la complicación que tenía que tener. Pero eso era después. Eso mañana.

Ese sábado era el café y la cocina y Diego diciendome “me quedo” como un dato.

Era suficiente. Era, en ese momento, todo.

A mediodía llegaron los padres de hacer la compra.

Marcos con dos bolsas y esa manera suya de entrar al piso que había cambiado desde febrero, menos segura pero más real.

Mi madre con el abrigo todavía puesto preguntando si alguien quería comer en casa.

Diego dijo que sí. Yo dije que sí. Marcos dijo que había comprado lomo y que si alguien sabía hacerlo bien que se apuntara.

Diego se apuntó.

La tarde fue una tarde normal. Comida, conversación de sobremesa que fue más larga de lo habitual sin que nadie lo propusiera, Marcos contando algo de un edificio que había visto esa mañana, mi madre y él con esa tensión todavía presente pero más suave que antes, como una cosa que estaba curando aunque no hubiera terminado de curar.

Diego en la cocina haciendo el lomo con la paciencia que tenia cuando cocinaba.

Yo poniendo la mesa y pensando en todas las maneras en que ese sábado era completamente ordinario y completamente distinto al mismo tiempo.

Después de comer Diego y yo fregamos juntos otra vez, como aquella noche de diciembre, con ese ritmo callado que no necesitaba instrucciones. Y en un momento, mientras yo secaba un plato y él lavaba otro, dijo en voz muy baja, sin mirarme:

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por no dejarme irme sin decirte nada.

No supe qué responder a eso. Así que no respondí nada, y él tampoco esperó respuesta, y seguimos fregando en silencio hasta que los platos estuvieron todos en su sitio.

Eso también era algo. También era, a su manera, exactamente lo que tenía que ser.

“Diego dijo que se queda. No con gran aparato, no con la declaración que uno imaginaría. Dijo “me quedo” en la cocina con el café frío como un dato, que es exactamente cómo dice las cosas que importan de verdad. Le pregunté qué significaba quedarse. Me dijo que significa que lo que siente es real y que no quiere seguir actuando como si no lo fuera. Me preguntó si yo estaba dispuesta a eso. Dije que sí. No hubo beso. No había que haberlo. Hay momentos que no necesitan eso para ser lo que son. No sé cómo va a funcionar. No sé qué forma va a tener. No sé cuándo ni cómo se dicen las cosas que todavía no hemos dicho. Sé que es complicado y que va a seguir siéndolo y que eso no va a cambiar. Pero esta mañana Diego Andrade me dijo que se queda. Y eso, hoy, es suficiente. Esta tarde hizo el lomo. Estaba bueno.”

—

ENTRE NOSOTROS NO PUEDE SER

Capítulo diecinueve

El día que Martina volvió

“El silencio entre dos personas que se conocen bien tiene un peso diferente al de los extraños. Con los extraños el silencio es vacío. Con las personas que importan el silencio tiene textura, tiene historia, tiene todo lo que se ha dicho antes y todo lo que todavía no se ha dicho. Es el silencio más difícil de sostener y también el único que vale la pena cuando por fin se rompe.”

Pasaron tres semanas.

Eso es lo que pasó entre el sábado en que Diego me dijo que se quedaba y el día en que Martina y yo volvimos a ser completamente nosotras: tres semanas de conversaciones normales que no eran del todo normales, de saludos en el pasillo del instituto que tenían algo contenido dentro, de esa zona intermedia donde las cosas están reparandose pero todavía no han terminado de repararse y ninguna de las dos sabía exactamente cuándo iba a terminar.

No fue una ruptura. Eso hay que dejarlo claro porque si uno no lo deja claro puede parecer que fue una ruptura y no lo fue.

Fue una grieta, que es diferente: las grietas no separan del todo, mantienen la estructura, pero cambian la manera en que la luz entra.

Durante tres semanas la luz entre Martina y yo entró de manera diferente a como lo había hecho siempre, y las dos lo notábamos y ninguna sabía del todo cómo sellarlo.

Lo que lo selló, al final, fue un jueves por la tarde en su cuarto que empezó como todos los anteriores y terminó siendo el que necesitaba ser.

Yo había llegado con el pretexto del trabajo de biología, que era verdad pero no era el motivo real, y Martina me había abierto la puerta con esa cara que pone cuando sabe que algo va a pasar aunque todavía no sepa qué.

Estuvimos un rato haciendo lo del trabajo, que ninguna de las dos hizo especialmente bien porque las dos teníamos la atención en otro sitio, y en algún momento Martina cerró el libro y me miró.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Valeria.

—Que te echo de menos —dije. Y era la verdad más simple que tenía—. Que estamos raras y no me gusta estar raras contigo.

Martina me miró durante un momento. Esa fracción de segundo en que las personas deciden cómo recibir algo. Y lo que pasó en su cara fue una cosa pequeña pero que lo cambió todo: algo que se relajaba, que bajaba, que dejaba de sostener el peso que había estado sosteniendo.

—Yo también te echo de menos —dijo—. Aunque esté enfadada.

—¿Todavía estás enfadada?

—Un poco. Menos que antes. Pero sí, todavía un poco.

—Bien —dije—. Tienes derecho.

—Ya lo sé —dijo. Y en eso había algo que era casi humor, esa chispa suya que aparecía cuando las cosas empezaban a normalizarse—. Siempre lo tengo.

Me reí. Ella también un poco. Y en esa risa estaba el principio del fin de las tres semanas raras, que es cómo terminan las cosas entre las personas que se quieren de verdad: no con una conversación definitiva ni con un gesto grandioso sino con un momento pequeño que abre la puerta que estaba entornada.

Estuvimos dos horas en su cuarto. Hablamos de todo: del trabajo de biología que ninguna había hecho, de una película que Martina quería ver, de algo que había pasado en el instituto esa semana.

Y en algún momento, con la naturalidad de las cosas que encuentran su momento cuando deja de forzarse, Martina preguntó:

—¿Cómo está todo? Con Diego. Con lo de casa.

Y yo le conté. No de manera ordenada: de la manera en que se cuentan las cosas a la persona que mejor te conoce, saltando de un punto a otro, con los detalles que importan y sin los que no importan.

Le conté el sábado y el café y “me quedo” dicho como un dato.

Le conté que los padres seguían en ese proceso lento de reconstruir algo que se había dañado y que parecía que iba para adelante aunque despacio.

Le conté que las cosas con Diego eran complicadas y que no tenían forma todavía pero que existían, y que eso era más de lo que había tenido en mucho tiempo.

Martina escuchó todo sin interrumpir. Cuando terminé, estuvo un momento en silencio con esa expresión de quien está ordenando lo que ha escuchado antes de responder.

—¿Sois felices? —preguntó al final.

Era una pregunta que no esperaba. No “¿cómo funciona” ni “¿qué pasa con los padres” ni ninguna de las preguntas prácticas que podría haber hecho. “¿Sois felices?” Directa y sin rodeos al único sitio que importaba.

—No lo sé —dije, con honestidad—. Es complicado y a veces pesa mucho. Pero hay algo que cuando está es mejor que cuando no está. Si eso es felicidad o es otra cosa, no sé todavía.

—Suena a felicidad —dijo Martina—. La felicidad rara vez es limpia.

Lo dijo con esa sencillez suya para las cosas importantes que siempre me desarmaba. No intentando ser profunda: siendo honesta, que en ella era lo mismo.

—¿Y tú? —dije—. Iván.

Martina miró el techo con esa expresión que tenía cuando algo le importaba más de lo que quería que le importara.

—Hemos hablado mucho estos últimos meses.

—Ya lo sé. Te he visto el móvil.

—No me has visto el móvil.

—He visto tu cara cuando suena el móvil. Que es mejor que ver el móvil.

Martina bufó, que era su manera de reconocer que tenía razón sin admitirlo verbalmente.

—Es complicado también —dijo—. Vive en otra ciudad. No sé qué es exactamente lo que hay.

—¿Pero hay algo?

—Hay algo.

—Bien —dije. Y lo decía en serio.

Esa tarde, antes de irme, Martina me detuvo en la puerta con una mano en el brazo.

—Val.

—¿Qué?

—Lo que te dije antes, lo de contarme las cosas aunque no estés lista —. —Hizo una pausa—. Lo dije en serio. Y ahora que ya lo sé todo, quiero que sepas que estoy de tu lado. No de manera ciega, no si te equivocas. Pero de tu lado.

Eso era Martina en su forma más completa: la honestidad sin condescendencia, el apoyo sin renuncia al criterio propio. Estoy de tu lado pero no de manera ciega. Era exactamente lo que necesitaba escuchar y exactamente cómo ella lo diría.

—Gracias —dije.

—Y ahora vete, que tengo que terminar el trabajo de biología que ninguna de las dos hemos hecho.

Bajé las escaleras de su edificio con esa ligereza específica de cuando algo que pesaba ha dejado de pesar de la misma manera.

No había desaparecido: las tres semanas habían existido, la herida había existido, y eso dejaba algo aunque ya no doliera igual.

Pero la textura había cambiado. Martina y yo éramos Martina y yo otra vez, con todo lo que eso significaba y con el peso adicional de lo que había pasado integrado en eso, que no lo hacía menor sino más real.

Esa noche Iván vino a cenar.

No lo supe hasta que llegue al piso y me lo encontré en la cocina con Diego, los dos de espaldas haciendo algo en los fogones con una conversación que paraba en el momento en que yo entré y que revelaba, en esa pausa, que habían estado hablando de algo que no era para mí.

Iván se giró con esa sonrisa abierta de siempre.

—Hola. Diego me invitó a cenar. Espero que no moleste.

—Claro que no.