Entre nosotros no puede ser Chapter 2 #8
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Chapter 2 #8

—¿Diferente cómo?

—Que irse porque algo es complicado no es lo mismo que irse porque es lo correcto. Y que no siempre he sabido distinguir las dos cosas.

Lo miré en la penumbra del pasillo. Él me miró.

Y había algo en esa mirada que era diferente a todas las miradas anteriores: no la evaluación calculada del primer mes, no la mirada del salón de la lluvia que sabía que le buscaba pero no lo confirmaba, no la de la tormenta ni la del miércoles de la cocina.

Esta era una mirada sin ningún cálculo dentro. Solo la persona mirando a la persona.

No dije nada. Él tampoco.

En algún momento los dos nos fuimos a nuestros cuartos.

Sin tocarnos, sin promesas, sin ninguna de las cosas que uno espera en un momento que parece importante.

Solo el pasillo y las dos puertas cerrando despacio y el silencio que tiene textura propia cuando hay algo dentro que todavía no ha encontrado la forma correcta pero ya sabe que existe.

Esa noche escribí durante mucho tiempo. No sobre Diego y no sobre la noche: sobre mi madre en el borde de la cama con esa puerta abierta que yo no había cruzado.

Sobre si había hecho bien. Sobre si hay momentos en que proteger algo significa no decirlo, y si eso es protección o simplemente miedo disfrazado de prudencia.

No llegué a ninguna conclusión. Rara vez llego a conclusiones escribiendo: escribo para ver las cosas más claras, no para resolverlas. Y esa noche las vi más claras aunque siguieran sin estar resueltas.

Lo que sí sabía, con esa certeza que a veces llega sin que uno la busque, era esto: que Diego había tenido una conversación que llevaba años pendiente y que había salido de ella pensando de manera diferente. Que “pensando de manera diferente” no era una promesa ni una declaración. Pero era algo.

Era suficiente para esa noche.

“Mi madre se sentó en mi cama y me dio la opción de contarle. Yo no la cogí. No sé si eso fue cobardía o protección. Probablemente las dos cosas en proporciones que no sé calcular. Diego habló con Marcos. Una hora. La conversación que no habían tenido en tres años. Me la contó en el pasillo a medianoche con una voz que ya no era la de siempre. Dijo que irse porque algo es complicado no es lo mismo que irse porque es lo correcto. Y que no siempre ha sabido distinguir las dos cosas. Eso es la cosa más importante que le he oído decir en todos estos meses. No sobre nosotros. Sobre él mismo. Las conversaciones que más importan son las que más cuesta empezar. Esta noche las dos ocurrieron. Ninguna de las dos fue fácil. Las dos fueron necesarias. No sé qué viene ahora. Pero algo ha cambiado de posición.”

—

ENTRE NOSOTROS NO PUEDE SER

Capítulo dieciocho

Sin filtros

“Quedarse también puede ser valiente. A veces es lo más valiente de todo. Porque irse tiene la ventaja del movimiento, de la sensación de que uno hace algo, de que el cambio de lugar cambia también lo que uno lleva dentro. Quedarse no tiene esa ventaja. Quedarse es enfrentarse a lo que hay, exactamente donde está, sin la posibilidad de atribuirle al lugar lo que en realidad es de uno.”

Diego me dijo que se quedaba un sábado por la mañana.

No en una conversación planificada. No con ninguna de las condiciones que uno imaginaría para un momento así: sin los padres presentes, sin el escenario cargado, sin el peso de todo lo que había ocurrido las semanas anteriores aplanando el aire.

Fue en la cocina, a las diez de la mañana, yo con el café a medias y él entrando con esa manera suya de ocupar los umbrales como si los umbrales fueran el lugar más natural del mundo.

Se quedó en el marco de la puerta un momento. Me miró.

—Me quedo —dijo.

Solo eso. Dos palabras. Sin el contexto elaborado que deberían haberlas acompañado, sin la lista de razones, sin la retractación formal de lo que había dicho en la cena del martes.

Solo “me quedo” dicho de la manera en que Diego decía las cosas que importaban: como un dato, neto, sin adornos, esperando que la otra persona lo recibiera sin necesidad de que él lo envolviera más.

Yo dejé la taza en la mesa.

—¿Por qué?

Él lo consideró. No como alguien que no sabe la respuesta sino como alguien que lleva días sabiéndola y está eligiendo cómo decirla.

—Porque irse porque algo es complicado no es lo mismo que irse porque es lo correcto —dijo.

Y reconocí la frase: la había dicho en el pasillo dos noches antes y ahora la estaba usando como respuesta, lo cual significaba que no había sido solo una cosa que se dice en el pasillo a medianoche sino algo que había seguido pensando—. Y porque —.

Se detuvo. Entró a la cocina y se sirvió café con esa calma de quien necesita un momento más para terminar la frase correctamente. Se sentó en la silla de enfrente. Puso la taza en la mesa. Me miró.

—Y porque hay cosas aquí que importan más de lo que me resulta cómodo admitir. Y me he pasado tres años yendo a sitios cuando las cosas se complican, y creo que ya es suficiente.

No fue el discurso que uno espera en las películas.

No hubo declaración, no hubo la frase perfecta que lo organiza todo.

Era Diego siendo Diego: directo, sin ornamentos, con esa manera suya de decir lo importante como si fuera poco importante para no cargar demasiado el momento.

Y precisamente por eso era exactamente lo que era.

—¿Qué significa quedarse? —pregunté. Porque necesitaba saber si estabamos hablando de lo mismo, si “me quedo” era solo una decisión logística o era algo más, si después de todo lo que había pasado los dos sabíamos que esa frase contenía más de lo que decía en la superficie.

Él asintió despacio, como si la pregunta fuera exactamente la que había esperado.

—Significa que lo que hay aquí no desaparece porque yo me vaya. Que si algo importa de verdad, la distancia no lo resuelve. Lo he sabido desde el principio y he tardado demasiado en hacer algo con eso.

—¿Y qué hacemos ahora? —pregunté. Porque eso era la pregunta que siempre llegaba al final, la que no tenía respuesta fácil y que sin embargo no podía no hacerse.

Diego miró su taza. Yo miré la mía. La cocina estaba en ese silencio de las mañanas de sábado donde el tiempo va más despacio porque no hay urgencia y el cuerpo lo sabe.

Afuera el barrio empezaba su sábado: alguien con un carro de la compra, un niño en el patio del edificio de enfrente, el sonido del autobús en la esquina.

—No lo sé exactamente —dijo Diego. Y en eso había algo que era más honesto que cualquier plan elaborado—.

No hay una forma de esto que sea limpia o sin costes.

Lo que hay es lo que hay: que somos lo que somos el uno para el otro en los papeles, que nuestros padres están casados, que esto va a requerir un cuidado que no tengo del todo claro cómo va a funcionar.

Pero también hay que lo que siento es real.

Y que no quiero seguir actuando como si no lo fuera.

Eso era lo más que le había escuchado decir de una vez sobre esto. No de manera elaborada, no con el lenguaje de alguien que ha practicado la frase: con esa directness suya que cuando aparecía en los temas que le importaban de verdad era completamente desprovista de protección.

—Yo tampoco —dije.

—Ya lo sé.

—¿Lo sabías desde el martes?

—Lo sabía desde antes.

Eso también lo dejé estar. Había cosas que no necesitaban ser perseguidas, que ganaban peso si se les daba el espacio para asentarse solas.

Estuvimos en la cocina hasta casi el mediodía.

No hablando de eso en exclusiva: hablando de eso y de otras cosas, entremezcladas, que es como conviven las cosas importantes con el resto de la vida.

Diego me contó que había llamado a su abuela esa mañana.

Que le había dicho que se quedaba. Que su abuela había dicho que bien, que ya lo sabía ella, con esa sapiencia tranquila de las personas mayores que ven las cosas con más perspectiva que uno porque llevan más tiempo mirándolas.

Yo le conté que Martina lo sabía, que había sido una conversación difícil pero que estaba bien.

Él dijo que Iván también lo sabía, que se lo había contado la semana anterior, que Iván había dicho algo que no me dijo qué era pero que había servido para algo.

Y en algún momento, sin que ninguno lo planificara, llegamos a la conversación que llevabamos meses postergando. No dramatica, no con el peso de las noches anteriores: la conversación que tiene la má de las mananas de sábado con café ya frío y el barrio de fondo.

—Lo que hay —dijo Diego— no tiene forma todavía. No sé qué forma va a tener. Pero no quiero seguir fingiendo que no existe.

—Yo tampoco.

—Va a ser complicado.

—Ya lo es.

—Más.

—Ya.

Una pausa. Y después Diego dijo, con esa voz baja de los momentos verdaderos:

—¿Estás dispuesta a eso?

Pensé en lo que significaba “dispuesta”.

En todos los meses anteriores, en las conversaciones de madrugada y los silencios del salón y la tormenta y la distancia acordada que no había funcionado del todo y la pelea del cuaderno y las flores de Álvaro en el vaso y la noche de la mentira de Marcos y el pasillo a oscuras y todas las formas en que lo que había entre nosotros se había negado a ser otra cosa que lo que era.

Pensé en lo complicado y en los costes y en los padres y en todas las razones que existían para que esto no fuera de ninguna manera una historia sencilla.

Y después pensé en lo que sabía desde la noche del apagón y lo que había escrito en el cuaderno y lo que había dicho en voz alta frente a Martina y lo que me había quedado en el cuerpo después de la cocina del martes.

Y supe que la respuesta era la misma que había sido desde antes de tener lenguaje para formularla.

—Sí —dije.

Él asintió. Una vez. Despacio. Con esa economía de gestos que era completamente suya y que yo había aprendido a leer con la misma precisión con que él había aprendido a leer los míos.

—De acuerdo —dijo.