Chapter 2 #7
Él me miró. Y en esa mirada había algo que era la cosa más complicada que le había visto en la cara desde que le conocía: no incertidumbre, no precaución, sino algo más parecido al miedo real. El miedo de alguien que no sabe si quedarse es valiente o solo otra manera de hacerse daño.
—Valeria —dijo.
—Sé lo que soy para ti en los papeles —dije, y noté que la voz me temblaba un poco, no de llanto sino de esa intensidad que se mete en las palabras cuando uno dice algo que no había dicho antes—.
Lo sé. Y sé que nuestros padres están casados y sé que vivimos en la misma casa y sé todo lo que no puede ser.
Pero también sé lo que siento. Y no puedo dejarlo de sentir porque tú decidas que es más fácil irse.
Eso era demasiado. Lo supe mientras lo decía.
No porque fuera mentira: porque era demasiado verdad para las dos de la madrugada en la cocina, demasiado verdad para el espacio que teníamos y la distancia que habíamos acordado mantener.
Era la clase de frase que no se puede decir a medias y que una vez dicha cambia las coordenadas de todo.
Diego no dijo nada.
No durante mucho tiempo. Me miró con esa mirada que era nueva y que yo no sabía del todo cómo leer, y el silencio se extendió y se extendió hasta que ya no supe si iba a responder o si el silencio era la respuesta.
—Necesito pensar —dijo al final.
—De acuerdo.
—Esto que acabo de decirte —. —Hizo una pausa—. Lo que tú acabas de decirme. Necesito —.
—Ya lo sé —dije. Y me levanté porque ya no podía seguir sentada a esa mesa con todas esas palabras flotando entre los dos sin que ninguno supiera qué hacer con ellas—. Yo también.
Me fui a mi cuarto. Cerré la puerta. Me senté en el suelo con la espalda contra la cama porque la cama era demasiado normal para ese momento y el suelo tenía la frialdad correcta.
No saqué el cuaderno. Me quedé allí en el suelo durante no sé cuánto tiempo con las palabras que había dicho todavía en el cuerpo, que es donde se quedan las cosas importantes cuando uno las dice de verdad por primera vez: no en la cabeza sino más abajo, en alguna parte que no tiene nombre exacto pero que se nota.
Había dicho que lo quería. No con esas palabras exactas. Pero lo había dicho.
Y él no había respondido.
Eso era lo que había. Eso era todo lo que había, y no había nada que hacer con ello excepto aguantarlo hasta que el cuerpo se cansara y el sueño llegara, que es lo que hace el cuerpo cuando ya no hay más que procesar por esa noche.
El sueño llegó hacia las cuatro.
“Diego dijo que no puede quedarse porque le importo. Yo dije que no puede irse porque a mí también me importa. Ninguno de los dos dijo “te quiero”. Pero los dos lo dijimos. Después del silencio más largo de mi vida, dijo que necesitaba pensar. Yo también. Hay palabras que una vez dichas no te pertenecen. Ya no son mías. Son de él también ahora. Y él no respondió. No sé qué significa ese silencio. No sé si es el silencio de alguien que no sabe cómo responder o el silencio de alguien que ya sabe la respuesta y no sabe cómo decirla. Mañana va a ser el día más difícil de desayunar en la historia de este piso.”
—
ENTRE NOSOTROS NO PUEDE SER
Capítulo diecisiete
Las conversaciones que nadie quería tener
“Las conversaciones que más importan son siempre las que más cuesta empezar. No porque sean las más complicadas en su contenido, sino porque requieren una clase de valentía específica: la de ponerse en un sitio donde ya no hay protección posible, donde lo que uno dice puede cambiarlo todo o no cambiar nada, y hacer la frase de todas maneras.”
El miércoles por la tarde mi madre llamó a mi puerta.
Eran las seis y yo estaba en el escritorio con los apuntes abiertos y la cabeza en otro sitio, que era el estado en que llevaba tres días desde la noche de la cocina.
Los apuntes existían. Mi capacidad para leerlos de verdad había entrado en una especie de suspensión temporal que el cuerpo a veces impone cuando tiene otras cosas en que gastar los recursos.
—¿Puedo? —dijo mi madre desde el umbral.
—Claro.
Entró y se sentó en el borde de la cama, que era donde se sentaba siempre cuando venía a hablar de algo que no era una conversación de pasillo.
Lleva haciéndolo desde que tengo memoria: la cama como territorio neutral, lo suficientemente cerca como para que la conversación sea real y lo suficientemente lejos del escritorio para no invadir el espacio de trabajo.
Es una cosa suya que nunca le he dicho que noto y que siempre he agradecido.
Me giré en la silla para mirarla. Ella me miró con esa expresión que tiene cuando lleva un rato preparando lo que va a decir y ahora que está aquí no sabe exactamente por dónde empezar.
—¿Estás bien? —preguntó. No como saludo: como pregunta real.
—Más o menos.
—¿Qué significa más o menos?
—Que estoy bien en lo general pero algunas cosas están revueltas.
Mi madre asintió. Miró las manos en su regazo un momento y luego volvió a mirarme.
—Has estado muy callada estos días.
—Ha sido una semana densa.
—¿Por lo de Diego?
No lo dijo de ninguna manera especial. Lo dijo con la naturalidad de quien ha observado una cosa y la nombra porque es lo que ve. Y yo me quedé quieta un momento demasiado largo para que no fuera en sí mismo una respuesta.
—En parte —dije.
—¿Qué parte?
Miré la ventana. El cielo de las seis de la tarde en marzo, esa transición entre el invierno y lo que viene después, todavía frío pero con algo de luz que en enero no estaba.
Pensé en lo que podía decir y en lo que no podía decir y en la diferencia entre las dos cosas, que era una frontera que llevaba meses caminando con cuidado.
—Que se va a ir —dije—. Lo de volver con su abuela. No me parece bien.
—¿Por qué no te parece bien?
Eso era la pregunta correcta y también la peligrosa.
Había una respuesta que cabía dentro de lo que se podía decir: que la convivencia había funcionado mejor de lo que esperaba, que el piso había encontrado un ritmo, que cambiar eso otra vez iba a ser una adaptación innecesaria.
Todo eso era verdad. Nada de eso era toda la verdad.
—Porque ya había encontrado su sitio aquí —dije—. Le costó, pero lo encontró. Irse ahora parece —. No sé. Una lástima.
Mi madre me miró durante un momento más del que necesitaba para procesar lo que había dicho. Conozco esa mirada: es la de cuando ha escuchado lo que he dicho y también lo que no he dicho, y está decidiendo hasta dónde llegar.
—Val —dijo.
—¿Qué?
—Si hubiera algo que necesitaras contarme —. —Hizo una pausa, y en esa pausa había muchas cosas moviendose—. Podrías contarmelo.
Nos miramos. Y en ese momento supe que ella sabía más de lo que había preguntado.
No todo, no los detalles, pero sí el contorno: esa intuición que tienen las madres que llevan años observandote y que a veces ve más de lo que uno quiere que vea.
Y estaba dándome la opción. La puerta abierta sin empujar.
Pensé en decirlo. Durante tres segundos, lo consideré de verdad: la forma de la frase, el lugar donde caería, lo que cambiaría. Pensé en su cara cuando lo escuchara. En Marcos. En lo que significaría para el matrimonio que llevaban meses reconstruyendo después de la verdad de febrero.
—No hay nada que contar —dije—. Solo que me había acostumbrado a tenerle aquí.
Mi madre asintió despacio. Una vez. Con la expresión de alguien que ha recibido la respuesta que esperaba y que no está del todo segura de que sea la verdadera pero que decide respetarla igualmente.
Se levantó de la cama, vino hasta mí, y me puso la mano en el pelo un momento, ese gesto suyo de cuando no sabe qué decir pero quiere que sepa que está.
—Voy a hacer la cena —dijo.
—Ahora bajo.
Se fue. Yo me quedé mirando la puerta cerrada durante un rato largo, con la sensación específica de cuando uno ha estado muy cerca del borde y se ha alejado y no sabe si eso fue valentía o cobardía.
La conversación entre Marcos y Diego pasó el jueves. Yo no estaba. Me la contó Diego esa noche, tarde, en el pasillo, con esa escasez de palabras que usaba cuando algo había pesado y no quería exagerarlo pero tampoco podía no decirlo.
Me dijo que Marcos había llamado a su puerta después de cenar.
Que habían estado más de una hora hablando.
Que había sido la conversación que no habían tenido en tres años, desde que su madre murió y Marcos se había ido a Sevilla y después a Lisboa y después a Valencia y Diego se había quedado con su abuela porque alguien tenía que quedarse en un sitio y ese alguien había terminado siendo él.
Me lo contó en el pasillo a oscuras, con las dos puertas cerradas a los lados, con esa calidad del aire de medianoche que había aprendido que era la hora en que las cosas verdaderas encontraban sitio para salir.
—¿Qué dijo? —pregunté.
—Muchas cosas —dijo Diego. Con una voz que no era la de siempre: más baja, más abierta, de las que indican que algo que estaba cerrado lleva unas horas menos cerrado que antes—. Dijo que lo sabía. Que sabía que había estado huyendo. No con esas palabras, pero eso fue lo que dijo.
—¿Y tú qué dijiste?
—Le dije que sí. Que lo sabía también.
Silencio. En alguna habitación de la casa, el sonido de la calefacción. Afuera, la calle de medianoche con su ruido mínimo.
—¿Cómo estás? —pregunté.
Él lo consideró. De verdad, con esa pausa suya de cuando la pregunta merece una respuesta real.
—Raro. Como cuando te sacan algo que llevaba mucho tiempo dentro y ya no está pero el sitio todavía nota que estaba.
Eso me pareció una descripción exacta de algo para lo que yo no había encontrado palabras. La noté de la misma manera en que noto las frases que son verdaderas: con algo que se asienta en algún lugar del cuerpo y se queda allí.
—¿Y lo de irse? —pregunté. No con acusación. Con la calma de quien necesita saber dónde están las cosas.
Una pausa muy larga. La más larga del pasillo.
—No lo sé todavía —dijo—. Pero esta noche pienso de manera diferente a como pensaba ayer.