Chapter 2 #6
La miré por encima del hombro por fin. Ella me miró con esa expresión que tiene cuando ya sabe la respuesta pero necesita escucharla.
—No mucho.
Martina exhalo despacio. Se pasó las manos por el pelo, que es el gesto que hace cuando está pasando de una emoción a otra y necesita un momento para el tránsito.
—De acuerdo —dijo—. De acuerdo. Voy a procesar todo esto. Dame un poco de tiempo para procesarlo.
—Claro.
—Pero Val.
—¿Qué?
—La próxima vez que tengas algo así me lo dices antes. Aunque no estés lista. Aunque sea una mierda y no sepas cómo. Porque para eso estoy yo.
Lo dijo sin dureza. Era una instrucción, no un reproche: la diferencia entre alguien que te cierra la puerta y alguien que te dice cómo abrirla la próxima vez. Asentir.
—De acuerdo.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
Hubo un momento en que las dos estuvimos quietas en el cuarto con el silencio asentandose entre nosotras de manera diferente: ya no el silencio de la herida, sino el de algo que acaba de pasar por un sitio difícil y ha salido al otro lado todavía entero. No sin rasguños. Pero entero.
Después Martina cogió su bol y me lo extendió.
—Come algo. Llevas un rato sin comer.
—Sigo sin tener hambre.
—No te estoy preguntando si tienes hambre. Te estoy diciendo que comas.
Cogí el tenedor.
Volví a casa con esa sensación específica de las conversaciones que drenan y alivian al mismo tiempo: el peso de lo que lleva meses guardado un poco más ligero, el coste de haberlo sacado todavía en el cuerpo, y la certeza de que Martina iba a procesar lo que le había dicho y que al otro lado del procesamiento seguiría siendo Martina.
Eso era lo más importante. Que Martina, con todo su enfado legítimo y toda la herida legítima, siguiera siendo Martina.
En el ascensor pensé en lo que había dicho: “la persona que más te conoce es también la que más te duele cuando la decepcionas.” Lo había escrito en el cuaderno hacía semanas, cuando todavía no sabía contra quién iba dirigido.
Ahora lo sabía. Iba dirigido contra mí misma, que había decepcionado a alguien que no lo merecía, no por maldad sino por miedo.
Y el miedo es una razón pero no es una excusa.
Entré al piso. La cocina estaba encendida. Diego estaba haciendo algo al fuego con esa concentración callada de siempre. Me miró cuando entré al pasillo.
—Queda comida si quieres.
—Gracias. Ya comí algo en casa de Martina.
—De acuerdo.
Me fui a mi cuarto. Y antes de cerrar la puerta me quedé un momento con la mano en el marco pensando en todas las capas que tenía esa noche: Martina que lo sabía y estaba procesando el daño.
Los padres que llevaban dos semanas en esa tensión fría de después de una revelación.
Y Diego en la cocina haciendo comida con la música de su madre sin saber que esa tarde yo había dicho en voz alta, por primera vez y ante otra persona, que sí.
Cerré la puerta. Saqué el cuaderno.
“Martina lo sabe. Se lo dije hoy. O ella lo sacó y yo confirmé, que viene a ser lo mismo. Está enfadada conmigo por no habérselo dicho antes y tiene razón y se lo dije y ella lo aceptó sin fingir que no dolía. Nunca he querido tanto a Martina como esta tarde cuando cogió el bol y me dijo que comiera sin preguntarme si tenía hambre. Hoy dije en voz alta, frente a alguien que me conoce, que sí. Que estoy enamorada de Diego. Lo dije y no se rompió nada. El cuarto siguió siendo el cuarto. Las paredes siguieron en su sitio. Yo seguí siendo yo. No sé si eso lo cambia todo o no cambia nada o cambia exactamente lo que tiene que cambiar. Pero ya no está solo en mi cabeza. Ya existe fuera de mí. Eso también da miedo. Pero es un miedo diferente al de antes. Es el miedo de lo real, no el de lo escondido. Y lo real, aunque asuste, al menos tiene contornos.”
—
ENTRE NOSOTROS NO PUEDE SER
Capítulo diecéis
Todo explota
“Hay palabras que, una vez dichas, ya no te pertenecen. Son del otro para siempre. No se pueden retirar, no se pueden reformular, no se puede actuar como si no hubieran salido. Existen en el espacio entre dos personas y ya no hay manera de devolverlas al sitio de donde vinieron.”
Lo de Diego queriéndose ir llegó un martes de marzo.
No llegó de golpe: llegó como llegan las cosas que llevan tiempo formándose por debajo, que es acumulándose en pequeños gestos hasta que un día la acumulación es suficiente para que alguien lo diga en voz alta.
En retrospectiva lo había visto venir: las llamadas más largas con su abuela los últimos fines de semana, la manera en que a veces miraba el pasillo del piso con esa expresión de quien está calculando distancias, alguna frase suelta que en el momento había sonado a nada y que ahora, desde el otro lado, sonaba a todo.
La cena del martes era una cena normal. Pasta de nuevo, que en esa casa era ya casi un ritual, y Marcos hablando de algo de trabajo con esa energía un poco reconstruida que tenía desde la conversación con mi madre, la energía de alguien que sabe que ha roto algo y está intentando demostrar que puede repararlo.
Mi madre escuchando con atención pero con una cierta reserva que no había estado allí antes de febrero y que no había desaparecido del todo.
Diego dejó el tenedor en el plato a mitad de la cena, lo cual no era habitual, y dijo:
—He estado pensando que quizás sería mejor que volviera con la abuela para terminar el curso.
El silencio que siguió duró menos de tres segundos pero fue de los que tienen peso de minuto.
Marcos dejó su tenedor también. Mi madre levantó la vista del plato.
Yo miré a Diego, que miraba la mesa con esa expresión que conocía como la de quien ha dicho algo que lleva tiempo decidido y no está esperando debate sino simplemente diciendolo.
—¿Por qué? —dijo Marcos. Una sola palabra, pero cargada.
—El instituto de aquí va bien, pero el de allá me conocía. Los profesores me conocían. Y la abuela lleva sola desde enero y —.
—La abuela tiene a tus tíos cerca —dijo Marcos, con esa voz baja de cuando intenta no elevarla y le cuesta.
—Ya lo sé. Pero yo también quisiera estar cerca.
Mi madre puso la mano en el brazo de Marcos, que era el gesto que hacía cuando quería decirle “calma” sin decirlo. Marcos miró la mesa. Después miró a Diego.
—Creo que deberíamos hablar de esto con más tiempo.
—Puedo quedarme para el final del trimestre. Pero después —. Creo que necesito volver.
Marcos no dijo nada más. Mi madre dijo que claro, que lo hablarían, con una voz que lo ponía todo en un lugar que no era ni sí ni no sino el espacio de espera donde los adultos ponen las cosas que requieren más conversación de la que cabe en una cena.
Yo no dije nada. Me miré el plato y terminé la pasta y no dije nada durante el resto de la cena, que fue corta y con una corriente por debajo que nadie nombró.
Esa noche no pude dormir.
No el insomnio habitual, el de la cabeza que no para: algo más físico, una agitación en el pecho que se parecía a la ansiedad pero era más caliente que eso.
Me quedé en la cama dos horas y después me levanté y fui a la cocina, que era lo que hacía siempre, y Diego estaba allí también, que era lo que pasaba a veces.
Esta vez no era una coincidencia tranquila. Los dos lo sabíamos en cuanto nos vimos.
Me senté. No puse el hervidor. Solo me senté con las manos en la mesa y miré la ventana que daba al patio oscuro, y él estaba frente a mí con su taza y ninguno dijo nada durante más tiempo del habitual.
—¿Por qué de verdad? —dije al final. No con dureza. Con la única cosa que me quedaba a esas horas, que era la verdad sin ornamentos.
Diego levantó la vista.
—Ya lo dije.
—Dijiste lo de la abuela y el instituto. No dijiste por qué de verdad.
Una pausa. Larga. El tipo de pausa que uno hace cuando la respuesta verdadera requiere más valentía que la que uno ha calculado tener en ese momento.
—Porque esto —. —Se detuvo. Empezó de otra manera—. Esto es demasiado complicado, Valeria. Vivir aquí es demasiado complicado. Intentar ser lo que se supone que somos el uno para el otro es —.
—Huir —dije.
—Poner distancia —corrigió—. Que no es lo mismo.
—Desde donde estoy yo sí lo es.
Algo pasó por su cara. Rápido pero visible. No era enfado: era algo más parecido al dolor, que es una expresión que yo no le había visto antes en esa cantidad y que no supe cómo manejar.
—Si me quedo nada se resuelve —dijo—. Si me quedo seguimos igual: tú intentando que no importe y yo intentando que no importe y los dos sabiéndo que importa. Y eso no es vivir, es —.
—Es lo que hay —dije. Y noté que mi voz se había subido sin que yo lo autorizara—. No todo tiene solución con una maleta y un tren.
—No estoy diciendo que tenga solución. Estoy diciendo que no puedo quedarme aquí y actuar como si —.
—Como si qué, Diego. Como si qué exactamente.
Silencio. Los dos nos mirábamos a través de la mesa con esa tensión que no era de antes, que no era la tensión del primer mes ni la de la pelea del cuaderno: era una tensión nueva, de las que nacen cuando algo que había estado guardado empieza a no caber donde lo habias puesto.
—Como si no me importaras —dijo, en voz baja. Tan baja que casi no llegaba—. No puedo quedarme aquí y actuar como si no me importaras. Cada día. Con los padres en la mesa. Con todo lo demás. No puedo.
Había dicho eso. Lo había dicho de verdad, sin escudo, en la cocina a las dos de la madrugada con la luz baja y nadie más en pie.
Y yo tenía dos opciones: recibirlo como lo que era o usarlo como municion.
La parte de mí que estaba asustada quiso lo segundo.
La parte que le conocía desde hacía meses eligió lo primero.
—Entonces no te vayas —dije. Y eso también salió sin que yo lo calculara—. No te vayas porque lo que está aquí también importa. Aunque no sepamos qué hacer con ello.