Entre nosotros no puede ser Chapter 2 #5
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Chapter 2 #5

La pregunta me descoloé un poco. No porque fuera inesperada sino porque en medio de todo lo demás, de la noche y del diálogo de los padres y del suelo agrietándose, había algo en que alguien me preguntara cómo estaba yo que hacía que todo fuera ligeramente más sostenible.

—No lo sé todavía —dije—. Asustada, creo. No de esto exactamente. De que las cosas que parecen sólidas no lo sean.

—¿Tu madre y él?

—En general. Todo.

Él no dijo nada. Pero en el silencio había algo que era un acompañamiento, que es diferente al silencio vacío: era el silencio de alguien que está ahí y no se va a ir y no necesita llenar el espacio con palabras para que eso sea verdad.

Estuvimos en el salón a oscuras durante un rato más sin hablar.

En algún momento la luz de debajo de la puerta de la habitación de los padres se apagó.

La casa quedó completamente quieta. Afuera la ciudad de las once de la noche seguía con su ruido sordo de siempre, indiferente a lo que pasaba dentro de los pisos.

—Diego —dije al final.

—¿Qué?

—Tu padre y mi madre. ¿Crees que van a estar bien?

Una pausa muy larga esta vez. La más larga de la noche.

—No lo sé —dijo—. Espero que sí. Pero no lo sé.

Eso era más honesto que cualquier cosa reconfortante que pudiera haber dicho, y los dos lo sabíamos. Lo agradecí. El consuelo falso en los momentos graves es un insulto disfrazado de cuidado, y Diego no hacía esa clase de cosas.

—Yo tampoco —dije.

Se fue a su cuarto antes de medianoche. Yo me quedé un rato más en el salón y después fui al mío también. Encendí la lamparita de la mesilla, que era la única luz que tolero cuando no estoy bien, y me senté en la cama con el cuaderno.

Antes de escribir estuve un momento mirando la habitación. Las estanterías, los libros, el escritorio, los girasoles pequeños de Álvaro que ya se estaban poniendo un poco dobladillos en el vaso pero todavía aguantaban. Todo en su sitio. Todo exactamente igual que había estado esa mañana.

Y sin embargo la casa ya no era exactamente la misma que había sido esa mañana. Había algo que había salido a la superficie que no iba a volver a meterse debajo, y eso cambiaba el peso del aire aunque no cambiara ninguna otra cosa visible.

Escribí.

“Marcos le ocultó algo a mi madre. No sé exactamente qué, sólo fragmentos de lo que escuché a través de la pared. Pero fue suficiente para que la conversación de hoy sea de las que dejan marca. Diego y yo estuvimos en el salón a oscuras escuchando el silencio de después. No pasó nada entre nosotros. No había espacio para nada más que lo que estaba pasando. Pero estuvo ahí, y eso también fue algo. Hay familias que se construyen sobre lo que se dice. Y familias que se construyen sobre lo que no. Escribí eso hace meses, la noche que me enteré del hijo que Marcos perdió. Resulta que era más verdad de lo que sabía. No sé cómo va a salir esto para mi madre. No sé cómo va a salir para ninguno. Pero esta noche Diego me preguntó cómo estaba yo, en medio de todo, y eso fue lo más importante que ha pasado hoy. Eso también lo guardo.”

ENTRE NOSOTROS NO PUEDE SER

Capítulo quince

Martina lo sabe

“La persona que más te conoce es también la que más te duele cuando la decepcionas. No porque sea más dura que los demás. Sino porque cuando alguien te conoce de verdad y aún así esperaba más de ti, eso dice algo sobre ti que preferirías no saber.”

Martina lo supo un viernes.

No porque yo se lo dijera ese día. No porque pasara nada concreto que lo desencadenara.

Lo supo porque Martina lleva desde los ocho años observandome con la paciencia de alguien que ha decidido que entenderte es una inversión que vale la pena, y porque el acumulado de semanas de silencios específicos, de respuestas que eran demasiado cortas en los momentos en que normalmente no lo son, de esa manera que tenía yo de evitar ciertos temas rodeandolos con mucho cuidado como si fueran de cristal, había llegado a un punto en que la suma era inevitable.

Estabamos en su cuarto después del instituto, el viernes por la tarde de finales de febrero.

Su madre había dejado algo de comer en la cocina y nos lo habíamos llevado arriba porque en el cuarto de Martina siempre hay más espacio para hablar que en el resto de su casa, que es un piso con tres hermanos menores y una cantidad de ruido proporcional.

Yo estaba en el suelo con la espalda contra su cama y ella estaba en el escritorio, y llevabamos un rato hablando de cosas normales: un proyecto de historia, algo que había pasado esa semana con una chica de clase, los planes para el fin de semana.

Y en un momento Martina dejó el bol en el escritorio, se giró en la silla para mirarme de frente, y dijo:

—¿Estás enamorada de Diego?

No lo dijo como pregunta retórica. No lo dijo con el tono de quien ya sabe la respuesta y solo quiere confirmación. Lo dijo con la seriedad directa de quien ha llegado a una conclusión después de mucho tiempo observando y necesita saber si es correcta porque si lo es, cambia muchas cosas.

Me quedé quieta con el tenedor a medio camino.

Hay preguntas que te cogen desprevenida aunque las hayas estado esperando.

Esta era una de esas. La había estado evitando durante semanas, no en voz alta sino en el interior de mi cabeza, esa región donde uno pone las cosas que no está listo para formular con claridad.

Y oírla dicha por otra persona, con esa precisión de Martina que no deja sitio para la ambigüedad, hizo que ya no hubiera donde guardarla.

—Martina —dije.

—No me digas Martina como si eso fuera una respuesta —dijo—.

Llevo tres meses viendo cómo evitas hablar de él de maneras que solo se hacen cuando algo importa demasiado.

Llevo tres meses con tu cara cada vez que alguien lo menciona en la cena cuando estamos en tu casa.

Y llevo tres meses esperando a que me lo dijeras tú porque pensé que me lo ibas a decir, y no me lo has dicho, y ya no puedo seguir fingiendo que no lo sé.

Dejé el tenedor. Me quedé mirando el bol en mi regazo durante un momento que fue más largo de lo que debía ser porque necesitaba pensar en cómo decir lo siguiente y no había manera de decirlo que no fuera exactamente lo que era.

—Sí —dije.

Silencio. No el de dos segundos antes de la conclusión. Un silencio diferente, de los que tienen textura propia, de los que significan que la persona al otro lado está procesando algo que esperaba y que sin embargo le pesa igual.

—¿Desde cuándo? —dijo Martina al final.

—No lo sé exactamente. Desde hace meses.

—¿Y él?

Levanté los ojos del bol. La miré.

—También.

Otro silencio. Martina se levantó de la silla y fue a sentarse en la cama, detrás de mí, con las piernas cruzadas, y yo sentí el colchón hundirse a mi espalda pero no me giré porque no sabía todavía qué iba a encontrar en su cara y necesitaba un momento más antes de verlo.

—¿Qué ha pasado? —preguntó. Con una voz que no era de enfado todavía. Era de alguien que está reuniendo información antes de decidir qué siente.

Y le conté. No todo: no le conté lo del cuaderno, que era demasiado de golpe.

Pero le conté la tormenta y el apagón y el beso.

La conversación del martes siguiente y la distancia acordada que no funcionaba como habían acordado.

La noche de la mentira de Marcos y el salón a oscuras.

Los meses de intentar que las cosas fueran de otra manera y la terca resistencia de los sentimientos a obedecer a la razón.

Hablé durante bastante tiempo. Martina no interrumpió una sola vez, que en ella es una proeza considerable.

Cuando terminé, el cuarto estaba en silencio. Afuera, desde alguna habitación de la casa, llegaba el sonido amortiguado de uno de sus hermanos viendo algo en el ordenador. El viernes por la tarde de un mundo completamente ajeno a todo lo que yo acababa de decir.

—¿Por qué no me lo dijiste antes? —dijo Martina. Y ahora sí había algo en su voz que era más frío que antes, no helado pero sí con esa temperatura específica de la herida contenida.

—Porque no sabía cómo.

—Llevas meses sabiendo y no me lo dijiste.

—Sí.

—Soy tu mejor amiga.

—Lo sé.

—¿Qué pensabas que iba a pasar si me lo decías? ¿Que me iba a parecer mal? ¿Que te iba a juzgar?

Eso era exactamente lo que había pensado.

No lo de juzgar exactamente, sino algo más complicado: que nombrarlo en voz alta delante de alguien que me conocía lo haría real de una manera que no tendría marcha atrás.

Que si Martina lo sabía, ya no podía seguir guardándolo en esa región de la cabeza donde las cosas existen sin del todo existir.

—No exactamente. Pero sí.

Martina se quedó en silencio un momento. Cuando habló, la frialdad había bajado un poco pero no del todo.

—Me siento traicionada, Val. No por lo que sientes. No puedo juzgarte por lo que sientes. Sino porque llevabas meses con esto y decidíste no contarmelo, y yo —. —Se paró—. Yo me di cuenta de que algo pasaba y esperé y no llegaba y segui esperando y —.

—Lo sé —dije.

—Tienes que dejarme terminar.

—Tienes razón —dije—. Tienes toda la razón. Lo siento.

Silencio. Largo. El tipo de silencio que ocupa el espacio entre dos personas que se quieren y se han hecho daño, que no es el mismo silencio que cualquier otro.

—No es que no lo entienda —dijo Martina al final, con una voz que estaba bajando de temperatura de vuelta hacia algo más habitable—. Entiendo por qué es complicado. Entiendo por qué no sabías cómo decirlo. Lo entiendo. Pero entenderlo no hace que no duela.

—Ya lo sé.

—¿Y qué vas a hacer?

Esa era la pregunta. Siempre la misma pregunta desde distintos ángulos: qué vas a hacer, qué harás, cómo se gestiona esto. Como si hubiera una respuesta práctica y ordenada para algo que no tenía ni práctica ni orden.

—No lo sé. Intentar que no destruya todo lo demás, supongo.

—¿Y él?

—Tampoco lo sé.

—¿Habéis hablado de lo que esto significa?

—Hemos hablado de que no puede seguir. De poner distancia. De comportarnos como lo que se supone que somos.

—¿Y funciona?