Entre nosotros no puede ser Chapter 2 #4
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Chapter 2 #4

No dijo nada. No preguntó. Me miró con esa expresión que yo ya sabía leer aunque él creyera que no se le notaba: la de quien ha registrado algo y ha decidido no reaccionar, lo cual es en sí mismo una reacción. Se apartó para dejarme pasar. Yo entré. Me fui a mi cuarto. Cerré la puerta.

Puse las flores en el vaso de agua que use de florero improvisado y me senté en la silla del escritorio.

Y me quedé ahí un rato mirando los girasoles pequeños en el vaso y pensando en la expresión de Diego en el umbral, en cómo había procesado las flores sin decir nada, en cómo ese silencio pesó más que cualquier cosa que pudiera haber dicho.

La cena esa noche fue especialmente tensa en la manera invisible en que podía ser tensa: los padres hablaban, Diego y yo respondamos, todo perfectamente normal en la superficie.

Pero bajo la mesa, que es la metáfora que sigo usando porque sigue siendo la más precisa, había algo adicional esa noche.

La mirada que Diego había puesto en el umbral.

Las flores en el vaso de mi cuarto. El hecho de que yo había ido a buscar algo en álvaro y no lo había encontrado, y que eso me decía algo que no quería que me dijera.

En un momento Marcos le preguntó a Diego si había salido esa tarde.

Diego dijo que sí, que había quedado con Iván.

Marcos preguntó qué tal estaba Iván. Diego dijo que bien.

Mi madre me miró a mí y me preguntó qué había hecho yo.

Le dije que había quedado con una amiga para tomar un café.

No era exactamente mentira. Tampoco era exactamente verdad.

Diego no levantó la vista del plato.

Esa noche, tarde, escuché a Diego hablar con Iván por teléfono desde su cuarto. No las palabras: el tono. Un tono diferente al habitual, más corto, más cerrado. El tono de alguien que no está contando lo que le pasa sino guardandolo.

Lo sé porque ese tono lo reconocía. Era el tono que yo usaba con Martina cuando había cosas que no estaban listas para salir.

Abrí el cuaderno.

“Álvaro vino con flores. Estuvimos dos horas en un café y fue exactamente tan fácil y tan cálido como siempre fue con él. Y en ningún momento dejé de saber dónde estaba el piso y quién vivía en él. Eso es todo lo que necesito saber sobre este momento. No me gusta, pero es lo que es. Diego vio las flores en el umbral y no dijo nada. Ese silencio pesó más de lo que debería. Hay algo que no puedo parar con la voluntad. Lo he intentado. He intentado la distancia, la normalidad, buscar en otro sitio lo que no debería estar buscando aquí. No funciona. No sé qué hacer con eso excepto escribirlo y esperar a que el papel me diga algo que yo todavía no sé.”

—

ENTRE NOSOTROS NO PUEDE SER

Capítulo catorce

La mentira de Marcos

“Las mentiras de los adultos tienen piernas largas. No porque los adultos sean peores que nadie, sino porque llevan más tiempo practicando el arte de guardar las cosas en compartimentos estancos y convenciéndose de que lo que no se dice no existe. Pero existe. Siempre ha existido. Solo estaba esperando el momento equivocado para salir.”

Había señales que no supe leer hasta que ya era tarde.

En retrospectiva las veo todas: las dos o tres veces que mi madre quedó a café con la tía Lola fuera de los domingos habituales, que era algo que hacía cuando necesitaba hablar de algo que no podía decir en casa.

La manera en que Marcos llegaba del trabajo con esa tensión en los hombros que no era cansancio sino otra cosa, más parecida a la precaución.

Una noche en que estaba en mi cuarto con la puerta entornada y oí voces bajas desde la habitación de los padres, no de discusión sino del tipo que indica que hay algo importante que se está hablando con mucho cuidado para no romperse.

Lo noté y lo archivé en la categoría de “cosas de adultos que no son mi negocio”, que es una categoría que uno aprende a manejar cuando sus padres se separan y después se vuelven a casar y uno entiende que la vida emocional de los adultos tiene capas que no siempre le corresponde a uno explorar.

Lo que no había considerado era que algunas de esas capas nos afectaban a Diego y a mí de maneras que no habíamos anticipado.

Fue un miércoles de febrero. Eran las nueve y media de la noche y Diego y yo estábamos los dos en casa, él en su cuarto y yo en el salón con los apuntes de química orgánica que era el tema que más me costaba de segundo de bachillerato y que require un nivel de concentración que esa noche no llegaba.

Los padres habían salido a cenar, algo que Marcos había propuesto esa tarde con una urgencia que en el momento me pareció espontaneidad y que ahora sé que no lo era.

Llegaron a las diez y cuarto.

Lo supe por el sonido: la llave, la puerta, los pasos, y después el silencio de dos personas que entran a un espacio y no hablan, que es un silencio completamente distinto al de las personas que entran y no hablan porque no tienen nada que decir.

Este tenía peso. Este tenía la densidad específica de algo que había pasado fuera y había vuelto dentro.

Me asomé al pasillo. Mi madre estaba quitandose el abrigo con movimientos demasiado controlados, que es como se mueve ella cuando está conteniendo algo.

Marcos estaba en el recibidor con la chaqueta todavía puesta y una expresión que no había visto en su cara hasta ese momento: no era culpa exactamente, era algo que se parecía a la culpa pero tenía también algo de rendición, como alguien que ha llevado algo mucho tiempo y acaba de soltarlo sin saber exactamente adonde va a caer.

—Val, ¿está Diego en casa? —preguntó mi madre con esa voz de cuando está siendo precisa porque no puede permitirse ser otra cosa.

—En su cuarto, creo.

—De acuerdo —dijo—. Vete a tu cuarto un momento, ¿puedes?

Eso sí lo reconocí. Era el tono de cuando algo grave pero gestionable estaba a punto de suceder y los adultos querían espacio para gestionarlo. Lo había oído antes, cuando mis padres se separaron, y el cuerpo lo recordó antes de que lo hiciera la cabeza.

Volví al salón en vez de a mi cuarto. No encendí la luz. Me senté en el sofá en la oscuridad y esperé.

No escuché todo. Escuché lo suficiente.

La voz de Marcos, baja pero audible a través de la pared del pasillo, hablando de algo que había pasado antes de que él y mi madre se conocieran.

Un dinero. Una deuda, o algo parecido a una deuda, que había credío resuelta y que resultaba que no lo estaba del todo.

Alguien que había aparecido. Una cantidad que mi madre no sabía que existía porque Marcos había decidido no contarselo cuando empezaron porque “no quería que eso definiera lo que estaban construyendo”.

La voz de mi madre, que conozco en todos sus registros y que esa noche estaba en el de la ira contenida, que es el más peligroso de todos porque no explota, se sostiene: “¿Cuándo ibas a decírmelo?”. Una pausa. “¿Qué más hay que no sé?”.

Después el sonido de una puerta cerrndose. Pasos por el pasillo. El silencio de la casa que se asienta encima de algo que ya no puede deshacerse.

No sé cuánto tiempo estuve en el salón a oscuras. Sí sé que en algún momento escuche la puerta del cuarto de Diego abrirse, sus pasos en el pasillo, y después una pausa frente a la puerta del salón, como si hubiera notado que la habitación no estaba vacía aunque la luz estuviera apagada.

—¿Estás ahí? —dijo en voz baja.

—Sí.

Entró. No encendió la luz. Se sentó en el sillón con esa economía de movimientos que tenía cuando algo pesaba y no quería que se notara que pesó.

En la oscuridad del salón, con solo la luz de la calle filtrándose por las persianas, su cara era difícil de leer pero el resto de su cuerpo no: los codos en las rodillas, las manos juntas, la postura de quien está procesando algo que no esperaba pero tampoco le sorprende del todo.

—¿Escuchaste? —pregunté.

—Algo. No todo.

—Yo tampoco.

Silencio. Afuera un coche pasó despacio. Las sombras de las persianas se movieron un momento en la pared y desaparecieron.

—¿Sabías que había algo? —pregunté—. Lo de antes. Lo que escondía.

Una pausa larga.

—Sabía que había cosas que no contaba. No sabía cuáles.

—¿Y te parece bien?

La pregunta salió más afilada de lo que quería. No iba dirigida contra él: iba dirigida contra la situación, contra la noche, contra la sensación de que el suelo que parecía firme tenía más grietas de las que había visto. Pero él la recibió con calma, sin ponerse a la defensiva.

—No me parece bien —dijo—. Pero lo entiendo. No es lo mismo.

—¿Cómo puedes entender que tu padre le mienta a tu madre?

—No dije que lo justifique. Dije que lo entiendo. Mi padre lleva años guardando cosas en compartimentos separados. Lo hizo con la muerte de mi madre, lo hizo con —. —Se detuvo. Continuó—. Es su manera de funcionar. No es buena. Pero la conozco.

Pensé en el tío Rafa y su información sin filtro sobre el hijo que Marcos había perdido.

Pensé en cómo Diego me había dicho que ya lo sabía, aquella noche en la cocina, sin sorpresa.

Pensé en todos los compartimentos estancos que Marcos debía de tener y en cómo ese sistema, que quizas en algún momento había servido para algo, estaba ahora produciendo exactamente el daño que intentaba evitar.

—¿Tu madre lo sabía? —pregunté. Y esta vez me refería a la mía, que era la pregunta que más me importaba.

—No creo. Eso es lo que estaban discutiendo, ¿no? Que no lo sabía.

—Sí.

Otro silencio. Más largo. En el pasillo la casa estaba quieta: detrás de la puerta cerrada de la habitación de los padres no llegaba ningún sonido, que podía significar que la conversación había terminado o que había pasado a ese nivel muy bajo donde las cosas más serias terminan diciendo sus últimas frases.

—¿Cómo estás tú? —preguntó Diego.