Entre nosotros no puede ser Chapter 2 #3
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Chapter 2 #3

—No sé si puedo fiarte con algo después de esto —dije. Era verdad y lo sabía mientras lo decía y también sabía que quizás no era completamente verdad, que era la versión más dura de lo que quería decir y que la estaba usando como escudo.

—Lo sé —dijo él.

—Y tengo que procesar esto.

—De acuerdo.

—Solo —añadí.

—De acuerdo —repitió.

Me fui al pasillo. Me metí en mi cuarto. Cerré la puerta, esta vez con llave, que era un gesto que no había necesitado hacer en semanas y que ahora hacía porque el cuerpo a veces toma decisiones antes de que la cabeza las autorice.

Me senté en la cama con el cuaderno cerrado en el regazo. No lo abrí.

Estuve despierta hasta las dos. No pené en orden sino en espiral, que es cómo piensa uno cuando está procesando algo que no tiene forma clara: la traición, real y legítima.

La explicación, que no la borraba pero la complicaba.

Lo que había dicho sobre que le importó.

La manera en que lo había dicho, sin escudos, sabiendo que yo podía usarlo en su contra si quería.

Y debajo de todo eso, persistente y molesto: el hecho de que en todo el tiempo que había estado leyendo mis palabras sobre él, él no me había cambiado el trato.

No había usado lo que sabía para manipular nada ni para acercarse de manera calculada.

Había seguido siendo exactamente lo que era: alguien que iba aprendiendo a estar en el mismo espacio que yo, a su ritmo, con sus silencios, sin fingir más de lo necesario.

Eso no lo perdonaba. Pero sí lo complicaba.

A las dos y algo me quedé dormida con el cuaderno todavía cerrado en la mesilla y demasiadas cosas sin resolver, que es exactamente el estado en que uno se queda cuando algo importante ha explotado de la manera en que tenía que explotar: sin orden, sin conclusión, con todo a la vista y nada todavía en su sitio.

“Diego leyó el cuaderno. No una vez: dos. Y esta noche me lo dijo a la cara sin esconderse. Estoy enfadada. Tengo derecho a estarlo. Lo que hizo no estaba bien y lo sabía mientras lo hacía y lo hizo igual. Pero también dijo que le importó lo que leí. Y lo dijo de la manera en que él dice las cosas verdaderas: sin adornos, sin pedir nada a cambio, sabíendo que podía herirle con ello si quería. No sé cómo se procesan dos cosas contradictorias al mismo tiempo. No sé si la traición y el hecho de que le importara pueden vivir en el mismo sitio sin que una anule a la otra. Esta noche en medio de la pelea dije cosas que no había dicho antes. Cosas sobre lo que siento. No de manera limpia ni ordenada: salieron en el contexto de la rabia y de la injusticia y de todo lo demás. Pero salieron. Eso también cuenta. No sé cómo, pero cuenta.”

—

ENTRE NOSOTROS NO PUEDE SER

Capítulo trece

El regreso de Álvaro

“Lo cómodo no te rompe. Pero tampoco te construye. Lo cómodo es el sitio al que uno vuelve cuando ya no tiene energía para seguir buscando algo mejor, y hay que ser muy honesta para reconocer eso porque desde dentro lo cómodo puede parecerse mucho a lo bueno.”

Álvaro Serrano me mandó un mensaje un jueves de finales de enero.

No era la primera vez que lo intentaba desde que lo dejamos en octubre del año anterior, tres meses antes de la boda, cuando yo ya sabía que las cosas iban a cambiar demasiado para sostener algo que requiría estabilidad y él todavía no lo había entendido del todo.

Había mandado dos mensajes en noviembre que yo había respondido con educación y distancia, y uno en navidades que había ignorado porque las navidades tienen esa cualidad de hacer que la gente mande mensajes que no mandaría en febrero.

Este era diferente a los anteriores. Este decía:

“Hola. Sé que llevo un tiempo intentandolo mal. ¿Podemos quedar a tomar algo? Solo hablar.”

Lo leí tres veces. Luego lo dejé en visto y fui a clase.

Álvaro era, en todos los sentidos objetivos que importan, una persona excelente.

Eso era exactamente el problema. Era inteligente y amable y fiable y cuando estaba contigo estaba de verdad, sin el ojo puesto en otra parte ni la atención a medias.

Habíamos salido dos años y medio, desde primero de bachillerato, y en ese tiempo no había hecho nada que justificara dejarlo excepto lo que yo llevaba meses sintiendo y que tardé demasiado en admitir: que estar con él se había convertido en algo tranquilo de la manera en que se vuelven tranquilas las cosas cuando ya no tienen corriente dentro.

No se lo dije así. Se lo dije de otras maneras que querían decir lo mismo sin herirle más de lo necesario.

Él lo encajó con la dignidad de siempre, que es otra de sus cualidades objetivamente excelentes, y yo me fui con esa mezcla de alivio y culpa que viene de hacer algo necesario que también hace daño.

El jueves, con su mensaje en el móvil y todo lo demás que llevaba semanas revolviéndome la cabeza, respondí:

“El sábado, si quieres. Por la tarde.”

No le conté a Martina que había quedado con álvaro.

Eso fue una decisión consciente, aunque me costó reconocerlo.

Martina habría tenido una opinión —Martina siempre tiene una opinión— y en ese momento yo no quería una opinión.

Quería hacer la cosa y ver cómo me sentía haciéndola sin que nadie me dijera de antemano cómo debía sentirme.

Tampoco se lo dije a Diego, que era una frase que ni siquiera necesitaba pensarse.

Álvaro llegó con flores.

No era un ramo enorme ni nada teatral: cuatro tallos de algo amarillo que no sé cómo se llamaban, envueltos en papel de seda, con esa naturalidad de quien hace un gesto sin calcular el efecto que va a producir.

Me los dio en la puerta del café con una sonrisa que no pedía nada, que era simplemente álvaro siendo álvaro: cálido, sin aristas, sin agenda oculta.

—Hola —dije.

—Hola. Estás bien.

No era una pregunta. Era una observación, dicha con esa franqueza suya que nunca había aprendido a disimular.

Le miré y pensé que él también estaba bien, que había algo en su cara que era más tranquilo que la última vez que lo había visto, que el tiempo le había asentado de alguna manera que no le había quitado nada.

—Tú también —dije.

Entramos.

El café duró dos horas. Eso no lo había planeado: había ido con la intención de una hora, de esa duración que permite que las cosas sean lo que tienen que ser sin que se extiendan más allá de lo cómodo.

Pero álvaro era fácil de hablar, siempre lo había sido, y la conversación fluyó con esa fluidez de las cosas que tienen historia detrás y no necesitan construirse desde cero.

Me preguntó por mi madre, por la boda, por cómo estaba siendo la convivencia.

Le conté lo que se puede contar en voz alta: que había sido raro al principio, que aún estaba aprendiendo a compartir espacio, que mi madre estaba bien, que Marcos era una persona decente.

Me escuchó con esa atención suya, sin prisa, asintiendo en los momentos correctos.

—¿Y el chico? —dijo—. El hijo de Marcos. ¿Cómo es?

No sé si mi cara cambió algo. Creo que no, o creo que lo controle lo suficiente. Cogí la taza.

—Reservado. Ha cambiado mucho de ciudad. Le cuesta quedarse en los sitios.

—¿Os lleváis bien?

—Mejor que al principio.

Álvaro asintió. No insistió. Eso también era característico de él: saber cuándo no tirar del hilo.

Hacia el final, cuando los cafés ya estaban fríos y ninguno de los dos había pedido nada más, Álvaro dijo, con esa honestidad directa que nunca había perdido:

—Sigo pensando en ti. No de una manera que te pida nada, no tengo eso ya. Pero sigo pensando en ti.

Lo miré. Había en su cara algo que era completamente limpio: sin manipulación, sin cálculo, solo la verdad dicha porque era la verdad y él no sabía hacer otra cosa con las verdades que decirlas.

—Álvaro —dije.

—No te estoy pidiendo nada —repitió—. Solo quería que lo supieras. Que si alguna vez —. —Hizo una pausa—. Que estoy aquí.

Pensé en lo fácil que sería. En lo enormemente, tentadoramente fácil.

Estar con Álvaro era como volver a un sitio que conocías: sabías dónde estaba todo, sabías cómo funcionaba, no había nada que pudiera romperte de una manera que no pudieras reparar.

Era lo opuesto exacto de lo que estaba viviendo en casa, con esa tension constante de algo que no tenía nombre y que ocupaba demasiado espacio en la cabeza.

Y sin embargo.

—Gracias —dije—. De verdad. Pero no puedo darte lo que mereces ahora mismo. No estoy en un sitio desde el que pueda.

Él asintió. Sin hundirse, sin drama. Con esa dignidad de siempre.

—De acuerdo —dijo—. Pero ¿amigos? ¿Eso sí?

Miré las flores amarillas que había dejado en la silla de al lado, que eran girasól pequeño, lo recordé en ese momento porque álvaro me había dicho una vez que le gustaban los girasoles porque siempre miraban hacia la luz.

—Eso sí —dije.

Volví a casa con las flores en la mano y una sensación que no supe clasificar del todo.

No era tristeza ni era alivio: era algo más parecido a la claridad incómoda de cuando uno se enfrenta a algo y no le gusta lo que ve pero tampoco puede ignorarlo.

Había ido al café con Álvaro en parte por él, que merecía al menos esa conversación, y en parte por mí: para ver si estar con él, con su facilidad y su calidez y su manera de querer sin complicaciones, cambiaba algo de lo que estaba sintiendo en casa.

No lo cambió.

Eso era lo que me dijo el cuerpo mientras caminaba: que había estado dos horas con una persona genuinamente buena que me quería de una manera limpia y sin costes, y que en ningún momento de esas dos horas había dejado de saber exactamente en qué piso vivía y quién estaba en él.

Eso no era una información que me gustara tener. Pero la tenía.

Entré al portal, subí en el ascensor, sacé las llaves. La puerta del piso se abrió antes de que pudiera meterlas: Diego volviendo de no sé dónde al mismo tiempo que yo, cruzandonos en el umbral con esa incomodidad específica de los espacios estrechos.

Vio las flores.