Chapter 2 #2
Eso era exactamente lo que necesitaba que preguntara.
—Ahora mismo lo segundo.
—De acuerdo.
Y no habló de ello. El resto del mediodía hablamos de otras cosas: del examen de química que me había ido razonablemente bien, de una película que Martina quería ver el fin de semana, de algo que había pasado en la clase de inglés que era objetivamente absurdo y nos hizo reír de esa manera que una agradece cuando el día pesa más de lo habitual.
Y en ningún momento más de ese día Martina volvió a sacar el tema.
Eso también lo guardé. Los gestos de las personas que te quieren de verdad son a veces los más pequenos y los más enormes al mismo tiempo.
Esa noche escribi en el cuaderno durante mucho rato.
Escribí sobre la conversación del martes, sobre lo que Diego había dicho y cómo lo había dicho.
Escribí sobre la distancia de mentira dentro de la misma casa.
Escribí sobre Martina y su bocadillo a medio comer y la pregunta correcta en el momento correcto.
Y escribí lo que llevaba días intentando no escribir porque ponerlo en papel lo hacía demasiado real.
“Hemos dicho que no puede seguir. Lo hemos dicho en voz alta, los dos, en el mismo salón con la luz del día. Y es verdad. No puede seguir. No de esa manera. No con los padres en la misma casa y la misma mesa y el mismo baño y todo lo demás. Pero “no puede seguir” y “va a parar” no son lo mismo. Ojalá lo fueran. Si lo fueran, esto sería más fácil. “No puede seguir” es lo que decides con la cabeza. “Va a parar” es lo que pasa o no pasa, independientemente de lo que decidas. Esta mañana en el baño miré la foto de Sofía. La mujer que cocinaba mal con entusiasmo y ponía la radio de madrugada. Pensé en lo que dijo Diego: que le habría caído bien. Que era de las que leen. No sé qué tiene que ver eso con todo lo demás. Pero esta mañana estaba ahí.”
—
ENTRE NOSOTROS NO PUEDE SER
Capítulo doce
El cuaderno, por fin
“Lo peor de que alguien lea lo que escribes no es que te conozca. Es que ya no te puedas esconder. Puedes seguir fingiendo con el resto del mundo, puedes mantener las distancias y los protocolos y las versiones de ti misma que has diseñado para cada situación. Pero con esa persona ya no. Esa persona ya sabe qué hay debajo.”
Llevaba semanas sabiéndolo.
Desde el jueves de octubre en que dejé el cuaderno en la mesa del salón y volví a encontrarlo colocado de manera distinta.
Desde las miradas que cambiaron después de eso.
Desde la sensación constante de que Diego sabía cosas de mí que yo no le había contado, que había leído frases que yo había escrito en la oscuridad de mi cuarto sin destinarlas a nadie.
No se lo había dicho. Él tampoco. Habíamos construido la distancia acordada encima de eso también, encima de ese secreto menor pero no pequeño, y yo había dejado que el tiempo pasara con la esperanza vaga de que si no se nombraba quizás no pesaba tanto.
Esa esperanza duró exactamente hasta el miércoles de la segunda semana de enero.
Había sido un día largo de esos que empiezan mal sin razón concreta y terminan peor por acumulación: un examen que no salió bien, una conversación rara con mi madre sobre algo que no tenía importancia pero que se enrarecció de manera innecesaria, el frío de enero que se mete en los huesos antes de llegar al portal.
Llegué a casa con las ganas justas de hablar con nadie y me metí en mi cuarto.
Media hora después, necesitaba el cuaderno.
No estaba en el cajón de la mesilla. Lo busqué dos veces para estar segura: en el cajón, en la mochila, en el escritorio, en la estantería.
No estaba. Me senté en la cama un momento tratando de recordar dónde lo había dejado por última vez, y entonces lo recordé: la noche anterior, en el salón.
Me había quedado escribiendo en el sofá tarde, cuando los padres ya estaban dormidos, y lo había dejado en la mesa baja al levantarme porque tenía sueño y no pensé en recogerlo.
Salí al pasillo. La luz del salón estaba encendida.
Diego estaba en el sillón con el cuaderno en las manos.
No estaba ojeandolo ni hojeandolo con descuido.
Estaba leyéndolo. Con esa concentración que yo conocía bien porque era la misma con que leía cualquier otra cosa: el cuerpo quieto, los ojos moviendose por la página con esa lentitud de quien lee de verdad y no solo pasa los ojos por encima.
Cuando escuchó mis pasos levantó la vista y nos miramos, y en ese segundo los dos supimos que ya no había nada que fingir sobre esto.
Cerró el cuaderno.
Me acercé. Lo cogí de sus manos sin decir nada.
Él lo soltó sin resistencia. Me senté en el otro extremo del sofá, lo más lejos posible de él dentro del mismo mueble, con el cuaderno en el regazo y esa sensación en el pecho que no es exactamente ira y no es exactamente vergüenza pero tiene algo de los dos.
Nadie habló durante un rato que se me hizo demasiado largo.
—¿Cuánto llevas haciéndolo? —dije al final.
Mi voz sonó más tranquila de lo que me sentía. Eso a veces pasa: el cuerpo elige la calma cuando la cabeza está demasiado llena para sostener otra cosa.
—Desde octubre —dijo—. Una vez. Solo una vez.
—¿Cuánto leíste?
Una pausa.
—Bastante.
Esa palabra lo contenía todo y nada al mismo tiempo.
“Bastante.” Bastante significaba que había leído lo suficiente para saber cosas que yo no había elegido decirle.
Lo suficiente para que las miradas que habían cambiado en octubre tuvieran una explicación concreta.
Lo suficiente para que todas las conversaciones que habían venido después tuvieran una asimetría que yo había sentido sin poder nombrarla: él sabía cosas de mí. Yo no sabía lo mismo de él.
—¿Qué leíste?
—Lo que tenías escrito de mí.
Lo dijo sin rodeos. Eso podía agradecerlo o no agradecerlo y en ese momento no sabía cuál de las dos cosas era más honesta.
—¿Y esta noche?
—Lo de después de la tormenta. Lo de la semana pasada.
Me quedé mirándolo. Él soportó la mirada sin apartar los ojos, que era lo mínimo que podía hacer y también, en cierta manera, lo correcto: no huir de lo que había hecho.
—Eso es una traición —dije.
—Lo sé.
—No es tuyo. Nunca fue tuyo. Nada de lo que está en ese cuaderno te pertenece a ti.
—Lo sé —repitió. Con la misma voz, sin subirse ni bajarse. Sin ponerse a la defensiva ni colapsar—. Tienes razón.
Había algo desesperante en eso: que no discutiera.
Que no pusiera excusas ni explicaciones ni el “también fue tu culpa por dejarlo” que habría sido fácil.
Que aceptara lo que era sin ornamentos. Porque cuando alguien acepta lo que hizo sin intentar reducirlo, uno no puede descargarse del todo en la indignación.
La indignación necesita resistencia para sostenerse, y él no estaba dando resistencia ninguna.
—¿Por qué lo hiciste? —pregunté—. La primera vez. En octubre.
Esta pausa fue diferente a las anteriores. Más larga, más interior, de las que indican que la persona está buscando la respuesta verdadera y no la que queda bien.
—Porque estaba en la mesa y lo abrí sin pensar. Y cuando empecé a leer no pude parar. No porque quisiera saber cosas tuyas, o no solo por eso. Sino porque —.
Se detuvo. Yo esperé.
—Porque escribías sobre cosas que yo había sentido y no sabía cómo llamar. Sobre la convivencia, sobre lo raro que era todo al principio. Y había algo en cómo lo ponias que —. Sé que no justifica nada. Pero es lo que pasó.
Eso me desarmó de una manera que no esperaba y que me molestó que me desarmara. Porque era la clase de respuesta que uno no sabe bien cómo responder: no era una excusa, era una explicación. Y las explicaciones verdaderas no anulan el daño pero sí cambian el paisaje alrededor de él.
—Que no lo justifique no lo hace menos grave —dije.
—Ya lo sé.
—Hay cosas en ese cuaderno que no le he dicho a nadie. Ni a Martina. ¿Entiendes lo que significa eso?
—Sí.
—¿Y las leiste igual?
Una pausa muy breve.
—Sí.
Me levanté del sofá. No porque fuera a irme: porque necesitaba estar de pie para decir lo siguiente, que era la parte que más me había costado formular y que ahora sala sola, sin el filtro que uno normalmente le pone a las cosas antes de decirlas en voz alta.
—Hay cosas en ese cuaderno sobre ti. Cosas que escribí sin saber que las estabas leyendo. Sobre cómo me miraba. Sobre lo que sentía. Cosas que yo no te habría dicho porque no estaban listas para ser dichas, y tú las leiste de todas maneras y siguieste comportandote como si no las supieras, y eso —.
Me detuve. Tenía la voz más tensa de lo que quería.
—Eso me pone en una posición en la que tú sabes cosas de mí que yo decidí no decirte, y yo no tengo lo mismo de ti, y eso no es justo.
Diego me miraba desde el sillón con esa expresión que había aprendido a leer en los meses que llevabamos viviendo juntos: la de quien está escuchando de verdad, procesando, sin preparar la respuesta mientras el otro habla.
Y cuando habló, fue con una voz que era más baja de lo habitual y que contenía algo que yo no le había oído antes en esa cantidad.
—Tienes razón —dijo—. No es justo. Y lo que leí —. —Se paró, y en esa pausa había algo que era casi difícil de sostener—. Lo que leí me importó. No lo usé para nada. No sé si eso lo cambia. Pero me importó.
No supe qué hacer con eso. Era una confesión que no esperaba y que llegaba desde un ángulo que no tenía defensa preparada, porque no era una justificación sino exactamente lo contrario: era alguien diciendo “lo hice y me afectó y eso no lo arregla pero es lo que hay”.
Con toda la vulnerabilidad que eso requiere.
Me quedé en pie en medio del salón con el cuaderno en la mano y demasiadas cosas moviendose a la vez.
La ira que había entrado con todo su peso estaba todavía ahí, legítima, pero mezclada ahora con otras cosas que no eran compatibles con la ira pura y que la complicaban de maneras que no había pedido que la complicaran.