Entre nosotros no puede ser Chapter 2
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Chapter 2

“Decir “no podemos” en voz alta es la forma más cruel de confirmar que queremos. Porque si no quisiéramos, no habría nada que parar. El “no podemos” solo existe cuando el “queremos” ya existe también. Son la misma frase dicha desde lados distintos del mismo lugar.”

Los padres volvieron el domingo a las siete y cuarenta y cinco.

Yo estaba en mi cuarto con los apuntes de química cuando escuché el ascensor, la llave en la cerradura, las voces de mi madre y de Marcos mezcladas con el ruido de las maletas contra el suelo del pasillo.

Escuché también la puerta del cuarto de Diego abrirse, sus pasos, el saludo en el pasillo.

Todo normal. Todo exactamente como había sido siempre.

Salí a saludar.

Mi madre me abrazó con esa energía de los regresos cortos, esa alegría de estar de vuelta que no se nota hasta que uno se va y vuelve.

Marcos preguntó si todo había ido bien. Dije que sí.

Diego dijo que sí también. Los cuatro en el pasillo, cuatro personas en un piso, la vida exactamente donde la habían dejado.

Me miró un momento por encima del hombro de mi madre, solo un segundo, y después miró otro lado. Yo tamébién.

La cena de esa noche fue la primera vez que entendí lo que significaba mantener dos conversaciones al mismo tiempo de manera sostenida.

No durante un rato, no durante una noche de apagón: de manera sostenida, como algo que iba a tener que funcionar cada día, indefinidamente, encima de una mesa con cuatro sillas y cuatro platos y la luz del comedor y las preguntas habéituales sobre cómo había ido el fin de semana.

Marcos contó cosas de la conferencia. Mi madre habló del congreso, de la crónica que iba a escribir, de una persona interesante que había conocido en la recepción del sábado. Diego respondió cuando le preguntaron. Yo respondí cuando me preguntaron. Todo perfectamente en su sitio.

Y por debajo de todo eso: la conciencia constante de dónde estaba él en la mesa.

El volumen de su voz cuando hablaba. La manera en que sus manos se movían cuando alcanzaba algo.

Cosas en las que no debía estar fijandome y en las que me fijaba igual, con esa atención involuntaria que no se puede apagar porque no se eligió encender.

Cuando mi madre me preguntó algo sobre el examen de química del lunes y yo tardé un segundo de más en responder, Diego levantó la vista del plato un instante. Solo un instante. Después lo bajó.

Eso también lo guardé.

La conversación que teníamos que tener la tuvimos el martes.

No el lunes, porque el lunes fue el examen de química y la tarde entera de recuperación post-examen que requiere cualquier cosa para la que uno ha estudiado con más ansiedad de la necesaria.

No el miércoles, porque el miércoles los padres estaban en casa toda la tarde y no había espacio.

El martes, a las seis de la tarde, nos encontramos en el pasillo los dos solos, los padres fuera, y esa vez ninguno fingió que iba a otro sitio.

Fue Diego quien lo dijo primero. Eso lo agradecí, aunque nunca se lo dije.

—Tenemos que hablar de lo que pasó.

No lo envolvió en nada. No lo rodeó de logística ni de preguntas de cómo estaba. Solo eso, directo, que era exactamente cómo había que decirlo.

—Sé —dije.

Nos sentamos en el salón. Él en el sillón, yo en el sofá.

Los sitios de siempre, que de repente tenían una carga distinta.

La luz de la tarde entraba por la ventana y era una luz normal, de martes de diciembre, sin tormentas ni apagones ni velas: la luz del día a secas, que no permite ningún tipo de ambigüedad.

—Esto no puede seguir —dijo Diego. Lo dijo con cuidado, como alguien que ha estado pensando en cómo decirlo y ha elegido la versión más honesta aunque no sea la más suave—. No como estaba el viernes. No puede.

Yo lo sabía. Lo había sabido desde el sábado por la mañana cuando miré el techo y hice el inventario.

Lo había sabido en la cena de la vuelta de los padres, en la conciencia constante de dónde estaba él en la mesa.

Lo sabía con esa claridad fra que tienen las cosas cuando uno las mira de frente en vez de rodearlas.

—Ya lo sé —dije.

—Nuestros padres están casados.

—Ya lo sé.

—Vivimos en la misma casa.

—Ya lo sé, Diego.

Hizo una pausa. Yo miré la ventana.

—No te estoy diciendo que —. —Otra pausa, más larga—. No te estoy diciendo que fue un error. No creo que fuera un error. Pero lo que viene después de eso es un problema que no sé cómo resolver.

Eso era diferente a “no puede ser”. Eso era mucho más complicado que “no puede ser”, porque “no puede ser” al menos tenía la claridad de una puerta cerrada. Esto era otra cosa: era una puerta que no se sabía cómo cerrar ni si debía cerrarse, y los dos estaban delante de ella sin el manual.

—Entonces qué —dije. No era una pregunta agresiva. Era la única pregunta que tenía.

—Entonces que tenemos que vivir en la misma casa —dijo—. Y nuestros padres tienen que poder cenar sin que haya algo roto debajo de la mesa. Y tú tienes que poder estudiar y yo tengo que poder terminar el curso y —.

—Para.

Lo dije en voz baja. Él paró.

—Sé todo eso —dije—. Lo sé igual que tú. No necesito que me lo enumeres.

Un silencio. Largo.

—Tienes razón. Perdona.

Me froté la cara con las manos. Pensé en lo absurdo que era todo: estar sentados en el mismo salón de siempre, en los mismos sitios de siempre, teniendo una conversación para la que nadie te prepara porque nadie debería necesitar tenerla.

—¿Qué propones? —pregunté.

Él lo pensó un momento. De verdad, no como quien ya tiene la respuesta preparada sino como quien está construyéndola en tiempo real.

—Distancia. Dentro de lo posible. Que las cosas vuelvan a ser lo que tenían que ser.

—¿Y si no pueden?

—Entonces lo intentamos igual.

Lo miraba. Él me miró también. Y en esa mirada había algo que era lo más honesto que se puede tener en una conversación así: la conciencia compartida de que lo que estaban proponiendo era correcto y también era una forma de perder algo, y que las dos cosas eran ciertas al mismo tiempo y no había manera de que solo una lo fuera.

—De acuerdo —dije.

—De acuerdo.

Lo que siguieron siendo los días después de esa conversación fue una cosa específica que no tenía nombre exacto: el intento de volver a una distancia que ya no existía del todo, de reconstruir una normalidad que había cambiado de forma sin pedir permiso.

No fue fácil. No fue imposible. Fue lo que fue: complicado y necesario y con grietas por todas partes.

Diego cumplió su parte. Volvió a ser el del sillón con el móvil, el de los “bien” en la cena, el que no preguntaba más de lo que la situación requería.

Lo hizo bien, con esa disciplina suya de quien cuando decide algo lo aplica sin drama.

Y yo lo observaba hacerlo y sabía que era lo correcto y también que costaba, y sabía que él sabía que yo lo sabía, y esa cadena de saber sin decir era en sí misma otra forma de cercanía que no habíamos pedido pero que existía igual.

Porque eso era lo que nadie te dice sobre poner distancia con alguien con quien vives: que la distancia dentro de la misma casa no funciona igual que la distancia de verdad.

Que puedes decidir no hablarle más de lo necesario, no buscarle con la mirada en la cena, no quedarte en el salón cuando está él, y aun así escuchar sus pasos por el pasillo todas las mañanas.

Oír su voz cuando habla por teléfono desde su cuarto.

Ver su chaqueta colgada en el perchero del recibidor.

Compartir el baño, que sigue teniendo la foto de Sofía en el estante.

La distancia real habría requerido que uno de los dos se fuera. Ninguno se fue. Los dos quedábamos, con nuestra distancia de mentira dentro de la misma casa, y al menos eso —eso sí— tenía la honestidad de saberse provisional.

Martina lo notó esa semana. Claro que lo notó: Martina nota todo con un retraso de aproximadamente cuarenta y ocho horas, que es el tiempo que tarda en pasar de “algo raro pasa” a “sé exactamente qué raro pasa”.

—Estás rara.

—Estoy bien.

—No te he preguntado si estás bien. Te he dicho que estás rara. Son cosas distintas.

Estabamos en el patio del instituto, en el banco de siempre, el jueves al mediodía. Hacía frío y las dos llevábamos los abrigos y Martina tenía el bocadillo a medio comer y esa expresión suya de cuando ha tomado una decisión y no va a cambiarla.

—¿Pasó algo el fin de semana? —dijo—. Mientras los padres no estaban.

La miré. Ella me miró. Llevabamos siendo amigas desde tercero de primaria y en todo ese tiempo había aprendido que mentirle a Martina era posible durante aproximadamente veinticuatro horas antes de que lo detectara, y que era más costoso que no hacerlo.

—Sí.

—¿Qué pasó?

Miré el patio. Los otros grupos a su alrededor, las conversaciones de siempre, el ruido de fondo del instituto al mediodía. Todo tan normal.

—Hubo una tormenta y un apagón y —.

—Val.

—Le bese.

El silencio de Martina fue diferente a todos sus silencios anteriores. No el de dos segundos antes de disparar la conclusión: un silencio más largo, más denso, de los que contienen muchas cosas moviendose a la vez.

—¿Y él?

—Me lo devolvió.

Otro silencio.

—¿Y ahora?

—Ahora hemos hablado y hemos decidido que no puede seguir así y que tenemos que poner distancia y volver a ser lo que se supone que somos.

—¿Y cómo está yendo eso?

Miré el bocadillo de Martina, que seguía a medio comer. Pensé en los pasos de Diego por el pasillo todas las mañanas. En la chaqueta en el perchero. En la foto de Sofía en el baño. En la cena del domingo con los padres y esa conciencia constante de dónde estaba él en la mesa.

—Regular —dije.

Martina asintió despacio. Una vez. Sin decir “ya te lo decía yo” ni “ya sabía yo” ni ninguna de las cosas que podría haber dicho y que habrían sido verdad pero que en ese momento no eran lo que necesitaba. En vez de eso cogió el bocadillo, le dio un mordisco, y dijo:

—¿Necesitas hablar de ello o necesitas que no hablemos de ello?