Entre nosotros no puede ser Section 1 #13
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Section 1 #13

El beso no fue como en las películas. No hubo música ni luz especial ni ningún elemento cinematográfico que lo enmarcara.

Fue torpe en los primeros dos segundos, de esa torpeza honesta de cuando dos personas no saben todavía cómo encajan, y después dejó de ser torpe. Fue breve. Fue exactamente lo que era.

Cuando nos separamos, el apagón seguía. La vela seguía. La tormenta seguía. Todo exactamente igual y nada exactamente igual.

Ninguno de los dos dijo nada durante un tiempo que no supe medir.

Fue Diego quien habló primero, en voz baja, mirando la mesa.

—Valeria.

Solo mi nombre. Sin entonación de pregunta ni de afirmación: solo mi nombre, como si necesitara comprobar que seguia siendo el correcto, que yo seguia siendo yo y no alguien que se había materializado en la oscuridad de la tormenta y que iba a desaparecer cuando volviera la luz.

—Sé lo que vas a decir —dije.

—No lo sabes.

—Que esto no puede —.

—No te iba a decir eso.

Me miró entonces. En la luz de la vela su cara era más difícil de leer que de costumbre, con esas sombras que cambiaban cada vez que la llama se movía.

Pero había algo en sus ojos que no era el cierre que yo esperaba.

Era otra cosa. Algo más parecido a la incertidumbre, que en Diego era una cosa rara de ver porque Diego casi nunca mostraba incertidumbre.

—¿Qué ibas a decir? —pregunté.

Una pausa larga.

—Que no sé qué hacer con esto.

Yo tampoco. Se lo dije. Esa fue la única frase honesta que los dos fuimos capaces de decir esa noche sobre lo que acababa de pasar: que ninguno sabía qué hacer con ello. Que estaba ahí. Que no tenía nombre todavía o tenía demasiados nombres y ninguno era el correcto.

La luz volvio a las once y cuarto. Primero el zumbido del frigorífico, luego el parpadeo del techo, luego la luz blanca y normal de siempre que hizo que la cocina volviera a ser la cocina de siempre: las baldosas, el microondas, la encimera, el cajón de las velas que habíamos dejado abierto.

Nos mirábamos el uno al otro con la luz normal del techo y éramos exactamente lo mismo que hacía una hora, solo que ya no éramos lo mismo que hacía una hora, y los dos lo sabíamos.

—Voy a acostarme —dijo Diego.

—Yo también.

Se levantó. Cogió su plato. Lo puso en el fregadero.

Se fue por el pasillo sin mirar atrás. Yo me quedé sentada en la silla un momento más con las velas todavía encendidas sobre la mesa, tres llamas pequeñas que ya no hacían falta y que sin embargo seguían ahí, y las miré hasta que me levanté y las apagué una a una y el humo fue lo último que quedó de la noche.

No escribí en el cuaderno esa noche. Ni la siguiente. Hay cosas que necesitan tiempo antes de que uno pueda ponerlas en papel, antes de que las palabras sean suficientes para contenerlas sin que se derramen por los bordes. Esta era una de esas cosas.

Escribí tres días después, cuando ya podía mirar lo que había pasado desde suficiente distancia para describirlo sin que la frase temblara.

“Hubo una tormenta. Hubo un apagón. Hubo velas en la cocina. Hubo un beso. No fue una película. Fue torpe y real y no tuvo música de fondo y duró exactamente lo que duró. Y cuando terminó, los dos sabíamos que algo había cambiado de manera que ya no tiene deshacer. Él dijo que no sabía qué hacer con esto. Yo tampoco. Esa es la verdad. Esa es toda la verdad que tengo de momento. Ya sé lo que somos el uno para el otro en los papeles. Ya sé cómo lo ve el mundo. Ya sé todo lo que no puede ser. Pero esa noche, con la vela entre los dos y la tormenta afuera, lo que era resultaba mucho más fácil de ver que todo lo que no puede ser. No sé cómo vivir con eso.”

—

ENTRE NOSOTROS NO PUEDE SER

Capítulo diez

La mañana después

“La luz del día no borra lo que pasó. Solo lo hace más real. De noche las cosas tienen los bordes disueltos y uno puede decirse que fue la oscuridad, que fue la tormenta, que fueron las circunstancias. De día no hay dónde esconderse. De día es exactamente lo que es.”

Me desperté a las ocho y veinte.

Lo sé porque miré el móvil al instante, ese reflejo que tiene el cuerpo cuando sabe que algo ha cambiado antes de que la cabeza lo haya procesado del todo.

Ocho y veinte. Sábado. La tormenta había parado.

Por la rendija de la persiana entraba una luz blanca y tranquila, ese tipo de mañana de diciembre que viene después de la lluvia con el cielo lavado y el aire más frío y más limpio de lo habitual.

Me quedé en la cama mirando el techo.

El techo es el mismo de siempre. El techo nunca cambia.

Eso me pareció, por alguna razón que no supe articular bien, lo más extravagante de la mañana: que el techo siguiera siendo exactamente igual cuando todo lo demás se había reorganizado.

Las grietas en el mismo sitio. La mancha de humedad en la esquina izquierda que llevaba allí desde antes de que yo naciera según mi madre. El mismo rectángulo blanco de siempre.

Hice un inventario rápido del estado de las cosas.

Lo hice con la precisión fra de quien necesita saber exactamente en qué terreno está antes de moverse.

Uno: había besado a Diego. Dos: Diego me había devuelto el beso.

Tres: ninguno de los dos sabía qué hacer con eso y los dos lo habên dicho en voz alta, que era quizás lo más honesto que habíamos hecho.

Cuatro: los padres volvían el domingo por la noche.

Cinco: entre ese momento y el domingo por la noche quedaba un sábado entero que tenía que ocurrir de alguna manera.

Me levanté.

El pasillo estaba en silencio. La puerta del cuarto de Diego, cerrada.

La cocina, ordenada: los platos del día anterior en el escurridor, las velas apagadas y recogidas sobre la encimera en una fila pequeña, como si alguien las hubiera colocado así con cuidado antes de irse a dormir.

Puse la cafetera. Me senté a esperar con las manos alrededor de la taza vacía porque necesitaba tener algo en las manos y la taza era lo que había.

El café estaba listo cuando escuché el pasillo.

Diego entró a la cocina descalzo, con el pelo del sueño y la misma camiseta de la noche anterior.

Me miró. Yo le miré. Esos dos o tres segundos en que ninguno de los dos sabía todavía qué register usar, si el de la normalidad forzada o el de enfrentar lo que había pasado o algún tercero que ninguno había inventado todavía.

Fue él quien lo resolvió, o quien lo elayó, que no es lo mismo pero en ese momento era lo necesario.

Se acercó a la cafetera sin decir nada, cogió una taza del armario, se sirvió café, y se sentó en la silla de enfrente.

La misma silla de siempre. El mismo gesto de siempre.

Como si el protocolo de los sábados por la mañana fuera un suelo firme al que agarrarse mientras todo lo demás era menos firme.

Me sirví el café también.

Bebimos en silencio. No el silencio tenso del primer mes, no el silencio calculado de las cenas: un silencio que contenía demasiado para que ninguno de los dos supiera cómo empezar a vaciarlo.

Afuera el sábado proseguia con su indiferencia habitual: un coche en la calle, voces lejanas de alguien en el patio interior, el sonido del ascensor del edificio.

—¿Dormiste? —preguntó Diego al final.

—Algo.

—Yo también.

Otra pausa. Él miró la taza. Yo miré la ventana.

—Valeria.

—No tienes que — —empecé.

—Déjame terminar.

Lo dijo sin brusquedad, solo con esa firmeza tranquila que tenía cuando quería decir algo y no quería que lo interrumpieran antes de terminarlo. Me callé. Él dejó pasar un momento.

—Lo de anoche fue real —dijo—. No voy a actuar como si no lo fuera. Pero tampoco sé qué se supone que hagamos con ello.

Eso era exactamente lo que yo habría dicho si hubiera sido capaz de ordenarlo en frases. No era una salida, no era un cierre: era un reconocimiento. Estaba ahí, era real, y ninguno de los dos tenía el manual.

—Yo tampoco —dije.

—Sé lo que somos en los papeles.

—Ya.

—Y sé lo que eso significa para los demás.

—Ya.

Silencio. Diego se pasó una mano por el pelo con ese gesto que hacía cuando estaba pensando en algo que no sabía bien cómo decir.

—No somos hermanos —dijo, despacio, como si estuviera comprobándolo mientras lo decía—. No lo somos. Pero vivimos en la misma casa y nuestros padres están casados y hay una lista bastante larga de razones por las que esto complica todo.

—Lo sé.

—¿Y?

Era una pregunta pequeña que contenía todo.

¿ Y? Como si la siguiente frase fuera la que decía qué díreccion tomaba todo esto.

Miré la taza. Pensé en la honestidad que se le debía a alguien que había sido honesto contigo, en cómo la mañana después de algo así es el momento en que la gente o avanza o se esconde, y en que yo llevaba semanas aprendiendo que con Diego el único lenguaje que funcionaba era el verdadero.

—Y no sé cómo parar lo que sea que está pasando —dije—. No sé si quiero pararlo. Las dos cosas al mismo tiempo.

Él asintió despacio. Una vez. Como si eso fuera también lo que él habría dicho.

—Entonces estamos igual.

—Entonces estamos igual.

Desayunamos. No recuerdo qué: tostadas, probablemente, que era lo que había y lo que uno hace un sábado de diciembre sin energía para más.

Hablamos de cosas que no tenían nada que ver: si iba a volver a llover, qué tenía que hacer él esa semana en el instituto, si yo había terminado el trabajo de literatura.

Conversación normal. Deliberadamente normal, por parte de los dos, como quien pone un suelo provisional sobre algo que no está listo para caminar encima del todo.

Funcionó, más o menos. El desayuno transcurrió.

La mañana avanzó. Cada uno fue a lo suyo: yo a los apuntes de química que había prometido estudiar, él a no sé qué que hacía en su cuarto con la puerta entornada.

El piso fue recuperando una normalidad que no era exactamente la de antes pero que se le parecía lo suficiente para funcionar.

Fue a mediodía cuando los padres llamaron.

Mi madre, desde Bilbao, con esa voz de quien está bien y quería saber cómo estaban los de casa.

Le dije que bien, que había dormido, que la tormenta había sido aparatosa pero que ya había parado.

Me preguntó por Diego. Le dije que también estaba bien.

Me preguntó si habíamos comido. Le dije que él había hecho tortilla la noche anterior y que para hoy nos arreglábamos.

Me dijo que bien, que llegaban el domingo antes de las ocho, que la quería.

—Y yo a ti —dije.

Colgué y me quedé con el móvil en la mano un momento, mirando la pantalla, pensando en lo fácil que era decir “todo está bien” cuando no todo está exactamente bien pero tampoco está exactamente mal, cuando está en ese territorio intermedio sin nombre para el que no hay respuesta sencilla.

La cena de esa noche fue la más larga de la historia.

No porque durara mucho: duró lo normal, cuarenta minutos aproximadamente.

Sino porque cada minuto tenía un peso que los cuarenta minutos habituales no tenían.

Marcos había dejado cosas en el congelador por si acaso y Diego calenó algo mientras yo ponía la mesa, y nos sentamos los dos en el comedor que sin los padres era todavía más claramente demasiado grande para dos personas.

La conversación fue perfectamente normal.

Eso fue lo más difícil: no la tensión, no el silencio, sino la normalidad.

Hablar de cosas cotidianas con la misma voz de siempre mientras por debajo de todo eso había algo que ninguno nombraba pero los dos sabían que estaba.

Es una habilidad que uno desarrolla, esa capacidad de mantener dos conversaciones simultáneas: la de las palabras y la del resto.

No es una habilidad especialmente sana. Pero a veces es la única que sirve.

En algún momento, en medio de una frase sobre no sé qué, Diego me miró de una manera que no era exactamente ninguna de las maneras que me había mirado antes.

No era evaluación ni precaución ni la mirada de quien está calculando qué decir.

Era algo más directo que todo eso, algo que no pasaba por ningún filtro, y duró menos de un segundo pero lo contuíed todo.

Aparte los ojos. Seguí comiendo.

Por debajo de la mesa, nuestras rodillas no se tocaban pero podrían.

Eso era peor que si se hubieran tocado. Eso era exactamente lo que era: la distancia que ya no era la de antes y que todavía no era nada con nombre pero existía igual, tan real como la mesa y las sillas y los platos y la luz del comedor y todo lo demás.

Fregamos juntos después de cenar. Eso tampoco lo habíamos hecho antes.

Pasó sin que ninguno lo propusiera: Diego se levantó con los platos, yo le seguí con los vasos, y estuvimos diez minutos en la cocina sin decir casi nada, él lavando y yo secando o al revés, con ese ritmo callado de las cosas que funcionan sin instrucciones.

Cuando terminamos, secamos los platos y los pusimos en su sitio y ya no había ninguna razón para seguir en la cocina.

—Buenas noches —dijo Diego.

—Buenas.

Se fue al pasillo. Yo me quedé un momento apoyada en la encimera mirando los platos en su sitio, todo en orden, todo exactamente donde debía estar. Menos nosotros, que no estábamos exactamente donde debíamos estar y lo sabíamos y no sabíamos qué hacer con eso.

Fui a mi cuarto. Saqué el cuaderno del cajón.

“Dieg0 hizo café esta mañana sin decir nada. Yo lo bebí sin preguntar nada. Estuvimos un rato en silencio y después dijimos las cosas que había que decir: que fue real, que no sabemos qué hacer, que estamos igual los dos. Luego desayunamos y hablamos de otras cosas y el día fue transcurriendo con esa normalidad provisional que construye uno cuando necesita que algo funcione aunque no esté del todo resuelto. En la cena sus rodillas no se tocaron con las mías pero podrían haberlo hecho. Eso estuvo ahí todo el rato. Mañana vuelven los padres. Vuelve la cena de cuatro, el pasillo con cuatro personas, la vida que tiene que seguir siendo exactamente lo que parece. No sé cómo se hace eso. Fingir que las cosas son lo que no son, delante de las personas que más quieres, todos los días. Aunque supongo que todo el mundo lo hace en algún momento. Supongo que eso no me hace especial. Solo me hace humana. Que no es poco.”

—

ENTRE NOSOTROS NO PUEDE SER

Capítulo once

No podemos