Entre nosotros no puede ser Section 1 #12
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Section 1 #12

Marcos tenía una conferencia en Bilbao, dos días, y mi madre lo acompañó porque el periódico le había pedido una crónica sobre no sé qué congreso de urbanismo que coincidía con el mismo fin de semana en el mismo edificio.

Era la primera vez que se iban juntos desde la boda, que era también la primera vez que el piso quedaba sólo para Diego y para mí, sin el zócalo constante de su presencia, sin las cenas de cuatro, sin el ruido de fondo que hace que vivir con otras personas sea siempre un poco diferente a vivir contigo mismo.

Mi madre me lo dijo el miércoles con esa manera suya de anunciar las cosas que podrían ser complicadas rodeandolas primero de información logística: que Lola tenía llaves, que habría dinero en efectivo en el cajón de la cocina por si acaso, que el teléfono de Marcos estaba en la nevera junto con el suyo, que podía llamarla a cualquier hora.

Después, casi como una nota al pie: que Diego también se quedaba, que no estaría sola.

Respondí que no hacía falta que se preocupara, que tenía diecisiete años y un examen de química el lunes y que iba a pasar el fin de semana estudiando. Que era verdad, en parte. La parte verdadera era el examen de química.

El viernes llovía otra vez cuando se fueron, pero no la lluvia tranquila del jueves anterior sino algo más serio: cielo bajo y oscuro a las seis de la tarde, viento que sacudía las persianas, esa clase de tiempo que cierra el mundo alrededor del lugar donde estás y hace que salir parezca no solo incómodo sino ligeramente absurdo.

Los vi irse desde la ventana del salón: el taxi, las maletas, mi madre girando la cabeza hacia arriba antes de entrar al coche, que es un gesto que tiene desde siempre, esa comprobación última de que el edificio sigue en pie y todos sus habitantes están donde deben.

La salude con la mano. Ella me devolvió el gesto. El taxi dobló la esquina y desapareció.

El piso quedó en silencio.

No el silencio habitual, el de cuando los demás están en sus cuartos o en el trabajo y uno sabe que en algún momento van a volver.

El silencio de cuando te quedas solos dos personas que no son exactamente extraños pero tampoco saben todavía con exactitud lo que son, y el mundo de fuera se ha cerrado por la lluvia y no hay nada más que el piso y las horas que quedan.

Fui a mi cuarto. Abrí los apuntes de química. Los cerré.

A las ocho, la tormenta había empeorado de manera apreciable.

No era solo lluvia: era lluvia y viento y uno de esos truenos lejanos que al principio parecen opcionales y después van acercandose con esa lógica incontestable de las tormentas de invierno, que no piden permiso ni anuncian exactamente cuándo van a llegar encima.

Las persianas vibraban. Desde el patio interior llegaba el sonido del agua acumulándose en alguna superficie plana y desbordandose en intervalos irregulares.

Salí de mi cuarto a buscar agua y Diego estaba en la cocina haciendo algo en los fogones.

Llevaba una camiseta que conocía ya de verla en el cajón de la ropa tendida y unos pantalones de chandal y el pelo un poco revuelto del tipo que tiene cuando no ha salido en todo el día. Miró hacia la puerta cuando entré.

—Voy a hacer cena. ¿Quieres?

Lo preguntó con la misma naturalidad con que podría haber preguntado la hora. No había en ello ninguna carga especial, ninguna invitación complicada: solo alguien que iba a cocinar de todas maneras y extendía la oferta porque era lo razonable.

—¿Qué haces?

—Tortilla. Tengo huevos y patatas y poco más.

—De acuerdo.

Me senté en la silla de la cocina, la que está al lado de la ventana que da al patio, y miré llover mientras Diego cocinaba.

Había algo en eso, en el acto sencillo de sentarse y ver llover mientras alguien cocina a tu lado, que tenía una calidad que no supe nombrar en ese momento y que ahora sé que era íntima.

No de una manera que buscara nada: íntima en el sentido de real, de sin capas, de sin la actuación que uno hace siempre un poco cuando hay más gente delante.

Diego cocinaba bien. Eso también lo descubrí esa noche: no cocinaba como alguien que sigue una receta sino como alguien que sabe lo que está haciendo y no necesita comprobar nada.

Movía las patatas con paciencia, ajustaba el fuego sin mirarlo del todo, aquel orden en el que hacía las cosas que sólo tienen los que han cocinado solos muchas veces.

—¿Quién te enseñó? —pregunté.

—Mi madre. Debía de tener doce o trece años. Me decía que si sabía hacer tortilla y arroz ya podía sobrevivir en cualquier sitio.

Lo dijo sin pausa, con la naturalidad de alguien que ha integrado ese recuerdo en la vida cotidiana y ya no duele colocarlo en una conversación. O duele de manera diferente. La manera que él mismo había descrito meses atrás: como un ruido de fondo.

—Tenía razón —dije.

—En casi todo.

Comimos en la mesa de la cocina porque el comedor sin los padres tenía algo de escenario vacío, demasiado grande para dos personas que no habên planeado cómo llenar el espacio.

La tortilla era buena. Dijéselo. Él dijo gracias sin el gesto de quien acepta un cumplido sino el de quien acepta un dato.

Afuera la tormenta había llegado encima del todo: rayos que iluminaban la cocina por fracciones de segundo, truenos que ya no eran lejanos, el sonido de la lluvia contra los cristales convertido en algo continuo y cerrado.

Estaba a punto de levantarme a fregar cuando se fue la luz.

No de golpe, que es como uno imagina que se va la luz.

De manera gradual pero rápida: primero el zumbido del frigorífico murió, después la luz del techo parpadeó dos veces y desapareció, y el piso quedó en una oscuridad completa durante los tres segundos que tardaron los ojos en adaptarse a la única luz que quedaba: el blanco irregular de los relámpagos a través de las ventanas.

—Apagón —dijo Diego en la oscuridad. Lo dijo con una ecuanimidad que me hizo pensar que los apagones le eran más familiares que a mí.

—Velas —dije yo—. En el cajón de debajo del microondas.

Las encontramos a tientas: yo conocia el piso de memoria y Diego había aprendido la arquitectura básica de la cocina en los meses que llevaba.

Había tres velas de distintos tamaños y una caja de cerillas que por suerte no estaba vacía.

Las encendimos y las distribuimos por la mesa y la encimera, y el resultado fue una luz que no era suficiente para leer ni para ver bien los detalles pero sí para moverse, para verse las caras, para que la cocina adquiriera esa calidad particular que tienen los espacios iluminados solo por llamas: más pequeños, más cálidos, con los bordes disueltos.

Nos sentamos otra vez. No había nada más que hacer: el móvil tenía batería pero no había mucho que hacer con él, los libros estaban en los cuartos y la oscuridad del pasillo era más seria que la de la cocina.

Afuera seguía lloviendo con la misma intensidad.

Los relámpagos apareccían y desaparecían con una irregularidad que hacía imposible anticiparlos.

Hablamos. No recuerdo exactamente de qué empezamos a hablar, si fue de la tormenta o del apagón o de algo completamente diferente.

Sí recuerdo que la conversación fluyó de una manera que no había tenido ninguna de las nuestras anteriores: sin los silencios calculados, sin la sensación de pisar campo minado, sin esa prudencia de los primeros meses que había ido disminuyendo sin que lo decidiéramos.

Hablamos de cosas pequeñas y cosas grandes mezcladas sin orden, que es como fluye la conversación cuando es real.

Diego me preguntó qué quería estudiar. Yo le dije que no lo sabía del todo, que había cosas que se me daban bien pero no sabía si eso era suficiente para elegir.

Me preguntó qué cosas. Le dije que escribir y que entender cómo funcionan las personas, que quizás era lo mismo. Él dijo que probablemente sí.

—¿Tú? —pregunté—. ¿Qué quieres estudiar.

—Arquitectura. Como mi padre.

—¿Por él o por ti?

Se quedó un momento con la pregunta. No era una pregunta trampa, era una pregunta real, y él la recibió como tal: con seriedad, con la pausa de quien no quiere responder lo primero que aparezca.

—Por mi. Pero tardé un tiempo en saber si era por mí o por él. Creo que al principio era por él. Ahora creo que es por mí.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque cuando pienso en hacerlo no pienso en él. Pienso en lo que quiero construir.

Eso me pareció una respuesta muy buena. Se lo dije. Se encogio de hombros con esa manera suya de recibir los cumplidos, como si no supiera dónde ponerlos.

No sé cuánto tiempo llevabamos hablando cuando la conversación fue cambiando de ritmo.

No fue un cambio brusco: fue gradual, como cuando la marea cambia de dirección.

Las frases se fueron haciendo más cortas.

Los silencios entre ellas más largos. La vela de en medio había bajado hasta la mitad y la luz era menos de la que había al principio, y en esa oscuridad más densa había algo que no supe nombrar pero sí reconocí: la misma atmósfera del salón de la lluvia, del pasillo a las tres de la mañana, de todos los momentos en que la distancia entre nosotros se había reducido sin que ninguno la empujara.

Solo que esta vez era más densa. Más clara, paradójicamente.

Como si la oscuridad hiciera más evidente lo que la luz del día permitía ignorar.

Diego estaba mirando la vela. Yo le miraba a él. En algún momento levantó la vista y me miró también, y esa vez ninguno de los dos apartó los ojos.

Lo que pasó después no fue una decisión.

O fue una decisión de no parar, que no es lo mismo que decidir pero tampoco es lo mismo que no decidir.

Él no se movió. Fui yo la que me incliné ligeramente hacia delante, o quizás los dos al mismo tiempo, y hay cosas que cuando están a punto de pasar tienes dos opciones y una ventana de tiempo muy estrecha para elegir, y yo no elijí parar.