Entre nosotros no puede ser Section 1 #11
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Section 1 #11

El examen de Diego era el jueves.

Lo sé porque lo mencionó de pasada el lunes en la cena, cuando Marcos le preguntó cómo iba la adaptación al instituto nuevo y Diego dijo que bien, que el temario era diferente al de antes pero que tenía un examen de historia el jueves y que le iba a tocar estudiarlo desde cero porque el enfoque era distinto al que él traía.

Marcos asintió con esa cara de padre que quiere ayudar pero no sabe muy bien cómo, y mi madre preguntó si necesitaba algo, y Diego dijo que no, gracias, que ya lo gestionaba él.

El martes por la tarde lo vi en la mesa del comedor con el libro de historia abierto y apuntes dispersos a su alrededor con ese orden aparente caos que tienen los apuntes de alguien que estudia de verdad y no de alguien que los tiene ahí por decorar. Me paré un momento en el pasillo. Me seguí.

El miércoles, yo también tenía cosas: un trabajo de literatura que había dejado para última hora con la irresponsabilidad selectiva que uno desarrolla cuando lleva semanas con la cabeza en demasiados sitios a la vez.

Me instalé en el salón a las cinco con el ordenador y los libros y la voluntad firme de no levantarme hasta tener al menos tres páginas.

Diego apareció a las cinco y cuarto con el mismo libro de historia del día anterior y se sentó en el sillón sin decir nada, que era ya el protocolo establecido entre nosotros: el salón era compartido, el silencio era compartido, las interrupciones al mínimo.

Estuvimos así durante una hora larga. Yo escribía y borraba y volvía a escribir con ese ritmo irregular del trabajo que no fluye del todo pero avanza igual.

Él leía y tomaba notas con una concentración que era visible incluso de reojo, esa concentración compacta de alguien que cuando decide hacer algo lo hace con todos los recursos disponibles.

A las seis y cuarto cerró el libro y estiró los brazos por encima de la cabeza con ese gesto reflejo que tiene la gente cuando ha estado quieta demasiado tiempo.

—¿Cómo va lo tuyo? —preguntó.

—Tres páginas y media. Tú?

—Tengo el contexto pero no me entra la cronología.

—¿Qué período?

—Segunda mitad del siglo XIX. La cuestión colonial y el sistema de la Restauración.

Eso sí lo sabía. El año anterior había tenido al profesor Salas para historia, que era el tipo de persona que hace que los períodos históricos suenen como novelas de intriga, y gracias a él tenía ese siglo bastante sólido en la cabeza.

—El truco con la Restauración es entender que todo el sistema estaba diseñado para parecer estable sin serlo —dije, sin pensar demasiado, solo porque era lo primero que vinculaba con el tema—.

El turno pacífico funcionaba mientras todos los que participaban tenían algo que perder si se rompía.

En el momento en que alguien dejó de tener algo que perder, se rompió.

Diego me miró con una atención que no esperaba, la clase de atención que no es educada sino real.

—Eso no está en el libro.

—No. Pero si entiendes eso, el libro tiene sentido.

Se quedó un momento con eso. Después abrió el cuaderno de apuntes.

—¿Puedes repetirlo? Quiero escribirlo.

Lo repetí. Él lo escribió. Y eso abrió algo: una conversación que no era exactamente dar clase ni exactamente hablar, sino algo intermedio, ese territorio donde uno explica lo que sabe y el otro escucha de verdad y de tanto en tanto hace una pregunta que te obliga a pensar en lo que dices y no solo a decirlo.

Estuvimos así casi dos horas. El trabajo de literatura quedó en tres páginas y media.

Diego llegó al examen del jueves con la cronología clara.

No sé en qué momento exacto nos movimos de nuestros sitios respectivos a la mesa del comedor.

Debí de ser yo la que me levanté para enseñarle algo en el libro, o él el que vino a ver algo en mi pantalla: el caso es que en algún punto de la tarde la distancia entre los dos dejó de ser la del salón y se convirtió en la de una mesa de trabajo, que es considerablemente menor, y ninguno de los dos lo comentó ni lo nombró ni hizo nada al respecto.

El jueves llovió desde por la mañana.

Llovió de esa manera de diciembre que no es aparatosa pero es constante, esa lluvia gris y fra que se mete en los huesos y hace que todo el mundo llegue a los sitios con el abrigo mojado y una cantidad de mal humor proporcional al tiempo que lleva esperando que escampe.

Yo llegé a casa a las cuatro y media con las zapatillas húmedas y las ganas justas de hablar con nadie, me cambié de ropa, y me instalé en el salón con la manta y el portátil con intención de terminar por fin el trabajo de literatura.

Diego llegó media hora después. Lo oí en el pasillo, lo oí dejar las cosas en su cuarto, lo oí venir hacia el salón. Cuando entró llevaba el pelo todavía húmedo de la lluvia y una expresión que no era exactamente tranquila pero tampoco era de desastre.

—¿Cómo fue? —pregunté.

—Bien, creo. La cronología estaba.

—Bien.

Se quedó de pie un momento mirando el salón, la lluvia en la ventana, la manta, mi portátil. Después fue a su cuarto y volvió con el libro de historia, que ya no necesitaba para nada pero que supongo que cargaba por inercia, y se sentó en el sillón.

Afuera seguía lloviendo. La luz de diciembre se había ido ya, que en diciembre significa que a las cinco de la tarde la tarde ha terminado y lo que queda es una penumbra que no es todavía noche pero ya no es día.

Encendí la lámpara de pie que estaba al lado del sofá.

Diego no encendió nada. Su lado del salón quedó en esa semioscuridad que hace que los espacios parezcan más pequeños de lo que son.

Trabajé. O intenté trabajar. El problema era que el trabajo de literatura era sobre la voz narrativa en la novela del siglo XX y yo llevaba una semana pensando en voces narrativas de manera completamente involuntaria, y eso había contaminado mi capacidad de escribir sobre el tema con la distancia académica que se supone que requiere.

Escribí dos párrafos, los borré, escribí otros dos.

En algún momento abrí el cuaderno en vez del portátil.

Eso fue un error de concentración, o quizás no fue un error sino exactamente lo que necesitaba, que es la clase de distinción que sólo se puede hacer a posteriori.

Escribí tres párrafos sobre el tiempo y la lluvia y la manera en que el salón se había vuelto más pequeño sin que nadie lo hubiera tocado.

Escribí sobre cómo cambia la percepción del espacio cuando hay otra persona en él.

Sobre cómo esa tarde del miércoles nos habíamos acercado a la mesa sin que ninguno lo comentara y eso había funcionado de alguna manera que no sabría describir exactamente.

Cuando levanté la vista, Diego estaba mirándome.

No de una manera llamativa. Era una mirada tranquila, de las que uno lanza sin calcular y que solo se hacen evidentes cuando la persona al otro lado las devuelve.

Aparte los ojos al instante, hacia el cuaderno, hacia la ventana, con esa velocidad de quien ha visto algo que no estaba buscando y no sabe muy bien qué hacer con ello.

Cuando volví a mirar al frente, él ya miraba otro lado.

El salón seguía igual de pequeño.

La lluvia no paró en toda la tarde. Eso hizo que la idea de ir a otro sitio no se planteara, que la cocina quedara para las incursiones necesarias y que el salón fuera el lugar donde se estaba porque fuera no había otra opción razonable.

Mi madre llegó a las ocho con el abrigo empapado y esa mezcla de agotamiento y buen humor que tiene cuando el día en la redacción ha sido largo pero productivo.

Marcos llegó a las ocho y media. La cena fue pasta de nuevo, que en esta casa es la comida de los días en que nadie tiene energía para más, y la conversación fue sobre el tiempo y sobre si iba a parar antes del fin de semana y sobre un proyecto de Marcos que tenía una revisión la semana siguiente.

Diego y yo no dijimos nada de la tarde. No había nada que decir, en el sentido de que no había pasado nada concreto, nada que pudiera describirse en voz alta sin que sonara trivial.

Habíamos estado en el mismo salón durante tres horas mientras llovía.

Eso era todo. Y sin embargo era también algo más, y los dos lo sabíamos, y ninguno de los dos iba a decirlo en una cena con los padres delante.

Después de cenar fui a mi cuarto. Me senté en la silla del escritorio sin encender el ordenador.

Miré la pared que daba al cuarto de Diego, que era una pared normal, blanca, con una estantería y un póster que había colgado en segundo de bachillerato y que ya no me representaba del todo pero que tampoco había quitado.

Abrí el cuaderno.

“Hoy ha llovido todo el día. Estuvimos en el salón los dos solos desde las cinco hasta las ocho. Él en el sillón. Yo en el sofá. La lluvia en la ventana. La lámpara encendida. Nada pasó. O pasó todo lo que puede pasar sin que pase nada. En un momento me estaba mirando. No sé cuánto tiempo llevaba haciéndolo cuando lo noté. Hay una distancia que se ha ido reduciendo sin que ninguno la haya movido intencionalmente. Como cuando la marea sube despacio y de repente el agua está donde antes no estaba y no sabes exactamente en qué momento llegó hasta ahí. No sé qué hacer con eso. No sé si hay que hacer algo. Cuando la lluvia paró, ninguno de los dos se levantó a cerrar la ventana que Diego había abierto un poco al llegar. Seguíamos ahí. El aire frío entraba. Ninguno lo mencionó. Eso es todo. Eso también es todo.”

ENTRE NOSOTROS NO PUEDE SER

Capítulo nueve

La noche de la tormenta

“Algunas cosas no pasan porque las eliges. Pasan porque dejaste de no elegirlas. Esa diferencia parece pequeña desde fuera. Desde dentro es enorme. Desde dentro es exactamente la diferencia entre lo que puedes perdonarte y lo que no.”

Los padres se fueron el viernes por la tarde.