Section 1 #10
Eso no lo había planeado decirlo, simplemente salió, y era verdad: había algo en la estructura de la cara, en la manera en que los dos tenían los ojos, que era inconfundiblemente lo mismo. Diego bajó la vista al portátil un momento y luego la levantó otra vez.
—Eso me dicen.
Dudé. El libro en la mano, la puerta del salón a dos pasos, la salida clara y sin obstáculos.
Podia irme. Era lo sensato. Llevaba semanas aprendiendo que con Diego había que saber cuándo no empujar, cuándo dejar el espacio como estaba y no añadir más peso encima.
Pero había algo en cómo había dicho “eso me dicen”, en ese plural vago que sonaba a distancia, que me hizo quedarme.
—¿Cómo se llamaba?
Una pausa más larga. Diego cerró el portátil despacio, con las dos manos, y se quedó mirando la tapa un momento antes de responder.
—Sofía.
Lo dijo como se dicen los nombres de la gente que uno ha querido mucho y ha perdido: con cuidado, como si el nombre todavía tuviera peso propio y hubiera que depositarlo en el aire con precisión para que no se dañara.
Me senté en el sofá. No lo decidí exactamente: simplemente mis piernas dejaron de estar de pie y el sofá estaba ahí. Diego siguió mirando la tapa del portátil.
—¿Qué le pasó? —pregunté. Si quieres contarlo.
Añadí eso último porque era importante. Porque había una diferencia enorme entre preguntar y preguntar con salida, y yo quería que supiera que la salida existía. Diego lo sabía, creo. Se le notaba en cómo recibió la frase: con algo que se relajó un milimetro en los hombros.
—Cáncer. Diagnóstico tardío. Dos años desde que lo descubrieron hasta —. —Hizo una pausa breve y neta, como se hace una pausa cuando la frase siguiente es demasiado concreta para no parar antes—. Yo tenía quince.
No dije nada. No “cuánto lo siento” ni “qué duro” ni ninguna de las frases que existen para esos momentos y que todo el mundo dice porque son lo que cabe y que nadie dice porque sean suficientes.
No dije nada porque él no había terminado y porque a veces lo mejor que se puede hacer por alguien es no rellenar el silencio antes de que lo hagan ellos.
—Los dos primeros años fue —. —Buscaba la palabra correcta con esa meticulosidad suya, esa manera de no conformarse con la primera que aparecía—.
Ruidoso. Mucho médico, mucho tratamiento, mucho intentar que las cosas fueran normales cuando no lo eran.
Mi padre viajaba mucho por trabajo y yo estaba con ella casi todo el tiempo.
Después, cuando —. Cuando ya no hubo más que hacer, fue más tranquilo. No mejor. Solo más tranquilo.
—¿Estabas con ella?
—Sí.
Solo eso. Una palabra. Pero yo entendí que detrás de esa palabra cabía una cantidad de cosas que nadie debería tener que cargar con quince años, y que Diego las había cargado solo porque su padre viajaba y porque a veces la vida no pregunta si estás preparado.
—¿Hablas de ella con alguien? —pregunté—. O sea, no ahora. En general.
Diego levantó la vista de la tapa del portátil y me miró con una expresión que no era exactamente sorpresa pero sí era algo que yo no había visto antes en su cara: la expresión de alguien que no esperaba esa pregunta concreta.
—No mucho. Con Iván, a veces. Con mi abuela, pero ella —. —Se encogió un poco—. Mi abuela la quería mucho. Es difícil hablar con alguien que también la está llorando.
—Eso tiene sentido.
—¿Sí?
—Sí. Que sea más fácil hablar de alguien con quien no lo ha perdido también. Que el dolor de los demás a veces pesa encima del tuyo en vez de acompañarte.
Diego me miró un momento. Luego miró la ventana. Luego volvió a mirarme.
—Sí —dijo—. Eso es exactamente.
Hubo un silencio que no pedía nada. Yo no lo llené.
Él tampoco. La tarde estaba cayendo y la luz que entraba por la ventana del salón era esa luz de diciembre, baja y amarillenta, que hace que los interiores parezcan más cálidos de lo que son.
Yo tenía el libro en el regazo y no iba a leer.
Diego tenía el portátil cerrado y no iba a abrirlo.
—Era graciosísima —dijo de repente, como si la frase hubiera estado esperando a que el silencio tuviera la temperatura correcta para salir—.
No sé si eso es lo primero que debería decir de alguien, pero es lo primero que pienso cuando pienso en ella.
Que era muy graciosa. Tenía esa cosa de encontrar el lado absurdo de todo, incluso de —. —Hizo una pausa—. Incluso al final.
No pude evitar sonreír un poco. No una sonrisa de cosa alegre: una sonrisa de reconocimiento, de cuando alguien dice algo que suena verdadero.
—¿Qué más? —dije.
Él me miró con algo en la cara que era casi desconcierto.
—¿Qué más qué?
—De ella. ¿Qué más era?
Nadie se lo había preguntado así. Lo sé porque su cara lo dijo: esa fracción de segundo en que la guardia baja sola porque una pregunta llega desde un ángulo que no tenía defensa preparada.
La gente le preguntaba cómo había muerto, cuándo, cómo había sido el proceso. Nadie le preguntaba qué más era.
Habló durante veinte minutos. Yo no lo interrumpí una sola vez.
Me contó que le gustaba la música antigua, boleros y coplas, y que ponía la radio de madrugada cuando no podía dormir.
Que cocinaba mal pero con entusiasmo y que se reía de sí misma cuando algo salía fatal en vez de frustrarse.
Que leía novelas de crímen pero odiaba las películas de terror.
Que había estudiado biología aunque nunca había ejercido.
Que sabía silbar muy bien, cosa que él le había pedido que le enseñara y nunca había llegado a aprender del todo.
Que tenía la costumbre de dejar las llaves en el sitio menos lógico posible y luego tardar quince minutos en encontrarlas, todos los días, sin excepción, aunque lo intentaba.
Que era testaruda de una manera que él reconocía en sí mismo aunque no le gustara admitirlo.
Habló de ella en presente durante la mitad del tiempo y en pasado durante la otra mitad, y no creo que se diera cuenta. Yo sí me di cuenta y no dije nada.
Cuando terminó, el salón estaba casi oscuro. Ninguno había encendido la luz.
—No sé por qué te he contado todo eso —dijo. No con vergüenza: con genuina perplejidad, como alguien que se mira desde fuera y no reconoce del todo lo que ve.
—Porque te pregunté —dije.
—La gente me pregunta. No suelo —.
—Yo no te pregunté cómo murió. Te pregunté qué más era.
Se quedó en silencio con eso. Yo me quedé en silencio también. En algún momento me di cuenta de que el libro que había ido a buscar estaba todavía en mi regazo sin que lo hubiera abierto ni una sola vez.
—Le habrías caído bien —dijo al final, despacio, como si estuviera comprobando el peso de la frase antes de soltarla—. Era de las que leen.
No supe qué hacer con eso. Era demasiado y era sencillo al mismo tiempo: demasiado porque era una cosa enorme decir “le habrías caído bien” sobre alguien que ya no estaba, y sencillo porque lo había dicho como un dato, sin dramatismo, con esa manera suya de decir las cosas importantes como si fueran pequeñas.
—Gracias —dije. Que era insuficiente pero era lo que había.
Él asintió. Luego se levantó, encendió la luz del salón, y fue a la cocina.
Yo me quedé en el sofá un momento más con el libro cerrado y la luz encendida y esa sensación específica de cuando alguien acaba de contarte algo que cargaba solo y ya no lo carga completamente solo, y tú sabes que fuiste parte de eso y no sabes todavía qué significa serlo.
Esa noche llamó Martina. Le conté lo justo: que había hablado con Diego, que me había contado cosas de su madre. Martina estuvo en silencio un momento, que en ella equivale a mucha cosa, y después dijo:
—¿Y cómo te sientes?
Miré el techo.
—No lo sé todavía.
—¿Pero algo?
—Sí. Algo.
—Val.
—Ya lo sé, Martina.
—Solo digo que —.
—Ya lo sé.
Hubo una pausa.
—¿Está bien? —preguntó Martina, más suave—. O sea, después de contarlo. ¿Está bien?
Pensé en Diego encendiendo la luz y yendo a la cocina con esa normalidad suya, como si no acabara de dejar caer algo que llevaba años cargando. Pensé en la cara que había puesto cuando le pregunté qué más era. Pensé en “le habrías caído bien” dicho como un dato.
—Creo que sí —dije—. Creo que lo necesitaba.
—Bien —dijo Martina, y en esa palabra había algo que era más que bien, que era una clase de cuidado que Martina desplegaba a veces sin anunciarlo—. Bien.
Antes de dormirme abrí el cajón de la mesilla y saqué el cuaderno.
Lo tuve un momento en las manos sin abrirlo.
Pensé en Sofía colocando mal las llaves todos los días y riendo de las recetas que salían mal y poniendo la radio de madrugada.
Pensé en Diego con quince años en una habitación de hospital diciendole adiós a todo eso.
Pensé en lo que pesa cargar un duelo solo durante tres años porque la persona que debería cargarlo contigo estaba viajando y las personas que también la querían tenían su propio peso y no había sitio para el tuyo.
Escribí.
“Se llamaba Sofía. Era bióloga aunque nunca ejerció. Ponía la radio de madrugada. Sabía silbar. Diego me lo contó hoy en el salón casi sin que ninguno de los dos lo planeara. Habló durante veinte minutos y yo no interrumpí ninguna vez. Al final me dijo que le habría caído bien. Porque era de las que leen. No sé por qué eso es lo que más me ha pesado de todo lo que dijo. Pero es lo que más me ha pesado. Hay personas que guardan el duelo como si fuera suyo solo, como si compartirlo fuera perder algo en vez de soltar algo. Diego es así. O lo era. No sé si hoy cambió algo o si mañana vuelve a ser el que no cierra la nevera y no dice más de cuatro frases en la cena. Pero hoy habló. Y yo escuché. Y eso fue lo que fue.”
—
ENTRE NOSOTROS NO PUEDE SER
Capítulo ocho
Demasiado cerca
“Hay distancias que se miden en centímetros. Hay otras que se miden en lo que no te atreves a decir. Las segundas son las que importan. Las primeras son solo cómo se manifiestan las segundas cuando ya no puedes sostenerlas más.”