Entre nosotros no puede ser Section 1 #9
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Section 1 #9

Diego estaba más callado, como siempre, pero de una manera diferente a la de las cenas: era el silencio de alguien que está cómodo, no el de alguien que está esperando que terminen.

En un momento dado Iván contó algo que había pasado en el viaje de vuelta desde dónde fuera que había pasado, y Diego se rió.

Una risa de verdad, breve y baja, pero de verdad.

Y yo la recogí también, sin saber muy bien para qué.

En algún momento Iván y Martina derivaron hacia la terraza, arrastrados por alguien que Iván conocía vagamente. No fue una maniobra sutil. Tampoco creo que lo intentara.

Diego y yo nos quedamos los dos en la cocina.

Hubo un silencio que ninguno apresuró. Yo miré la encimera. Él miró la puerta por donde se habían ido los otros dos.

—¿Sabías que ibas a estar aquí? —pregunté.

—Iván conocía a alguien que conocía a Rodrigo. ¿Tú?

—Martina. Siempre Martina.

Algo en su cara se relajó un poco. No mucho. Lo suficiente.

—¿Y te alegra haber venido?

La pregunta me sorprendió por su directness. Diego no solia hacer preguntas directas sobre cómo me sentía en las cosas, ese territorio lo había cruzado solo una vez, a las tres de la mañana en la cocina oscura, y desde entonces no lo había vuelto a cruzar.

—Todavía no lo sé —dije, que era la verdad.

—Justo.

Afuera la fiesta continuaba con su propia lógica: alguien había subido el volumen de la música, desde la terraza llegaban voces, en el pasillo alguien reía con esa intensidad de la gente que lleva más horas que nosotros.

La cocina era un refugio sin haberlo planeado: la habitación donde la gente pasa pero no se queda, lo que significaba que teníamos ese espacio relativamente para nosotros.

—Iván es —. —empecé, sin saber exactamente dónde iba la frase.

—Sí —dijo Diego, como si la frase incompleta tuviera una respuesta obvia—. Es así siempre. Al principio cansa un poco.

—¿Ahora ya no?

—Ahora ya sé que debajo de todo eso hay algo real. Que no es sólo ruido.

Lo dijo con esa seriedad de cuando habíaba de cosas que le importaban de verdad, y yo pensé en lo que costaba ver eso en Diego: que había cosas que le importaban de verdad pero que estaban tan bien guardadas que hacía falta cierta clase de atención para encontrarlas.

Iván debía de haber tenido esa atención en su momento.

O quizás Diego se la había dado a él y no a casi nadie más.

—¿Llevan mucho tiempo siendo amigos?

—Cuatro años. Desde el instituto anterior. Es el único amigo al que le cuento cosas.

Lo dijo sin énfasis especial, como un dato, pero era más que un dato. Era una de esas frases que suenan simples y contienen mucho. “El único amigo al que le cuento cosas.” Una persona. Cuatro años. Siete cambios de ciudad. El resto del mundo gestionado desde la distancia.

No supe qué decir. Dije lo primero que era verdad.

—Yo solo se lo cuento todo a Martina. Y al cuaderno.

Se quedó un momento sin decir nada. Hubo algo en ese silencio, algo que reconocí sin poder nombrarlo: la atmósfera específica de cuando dos personas han llegado a un lugar sin haberlo buscado y ninguna de las dos sabe todavía si quiere quedarse en él.

—¿Y funciona? —dijo al final—. Contarle todo al cuaderno.

—Mejor que la mayoría de las alternativas.

—Eso no es exactamente un sí.

—No —dije—. Pero tampoco es un no.

Martina e Iván volvieron de la terraza veinte minutos después con ese aire de dos personas que han tenido una conversación que no esperaban tener y que todavía están procesando los resultados.

Martina me lanzó una mirada que yo descifré de inmediato y que decía muchas cosas con mucha economía, la principal de las cuales era: ya hablaremos.

Yo le devolví una mirada que decía: sí, ya hablaremos.

Estuvimos los cuatro un rato más. Iván propuso salir a la terraza.

Diego dijo que hacía frío. Iván dijo que para eso estaban las chaquetas.

Martina dijo que ella sí salía. Yo dije que me quedaba dentro.

Al final salieron los tres y yo me quedé sola en la cocina un momento, con mi vaso y el ruido de la fiesta y esa sensación extraña de cuando la noche ha ido de una manera que no esperabas y todavía estás decidiendo si eso es bueno o no.

Salí a la terraza.

Diego estaba apoyado en la barandilla con los brazos cruzados y la vista en los tejados, y cuando me puse a su lado, a esa distancia que ya no era la distancia del primer mes sino algo ligeramente más pequeña sin que ninguno lo hubiera decidido, no dijo nada.

Yo tampoco. Iván y Martina estaban al otro extremo de la terraza, hablando.

La ciudad estaba abajo con sus luces y su ruido sordo de viernes por la noche.

No sé cuánto tiempo estuvimos así. Lo suficiente para que el frío se metiera por las mangas.

Lo suficiente para que la conversación de la cocina sedimentara en algún lugar y se quedara.

Lo suficiente para que cuando Diego dijera, sin mirarme, “me alegra que hayais venido”, yo supiera que lo decía en serio y que eso era exactamente el problema.

—A mí también —dije.

Y era verdad.

Eso también era exactamente el problema.

Martina e Iván se intercambiaron el número de teléfono antes de irse.

Lo hicieron con esa naturalidad de quien lleva toda la velada sabiendo que iba a hacerlo y solo esperaba el momento.

Yo lo vi desde el pasillo y guardé la imagen para más tarde: Martina con ese gesto suyo de dar el móvil para que el otro escriba directamente, Iván tecleando con más cuidado del necesario para un número de teléfono.

Diego e Iván se despidieron con ese abrazo de hombres que dice más de una amistad de cuatro años que cualquier cosa que se pudiera verbalizar. Diego y yo bajamos las cuatro plantas del edificio de Rodrigo Casas en silencio, uno al lado del otro, con esa distancia que ya no era la del primer mes.

En la calle hacía frío de verdad. Martina se quedó esperando su Uber. Diego y yo vivíamos en la misma dirección, que era una de esas cosas que uno sabe y a las que no da demasiadas vueltas hasta que se hace evidente.

—¿Andamos? —dijo él.

—Son veinte minutos.

—Sí.

Le dije adís a Martina, que me lanzó una mirada que contenía aproximadamente seis conversaciones pendientes comprimidas en un solo gesto, y eché a andar al lado de Diego por la calle Corredera hacia casa.

Anduvimos los veinte minutos. Hablamos poco.

No era el silencio de los primeros días, tenso y lleno de aristas: era un silencio que había cambiado de calidad sin que ninguno hubiera hecho nada concreto para cambiarlo.

El tipo de silencio que solo existe entre personas que ya saben algo el uno del otro.

Cuando llegamos al portal, Diego sacó las llaves.

—Buenas noches —dije.

—Buenas.

Subimos en el ascensor sin hablar. Él salió en el cuarto, que era nuestro piso, y fue a su cuarto sin mirar atrás. Yo fui al mío. Cerré la puerta. Y me quedé un momento apoyada en ella con esa sensación de cuando una noche ha terminado y no sabes todavía cómo catalogarla.

“Son las dos menos cuarto. He llegado a casa andando desde Rodrigo Casas. Iván le ha dado el número a Martina. Martina a él. Lo he visto y no he dicho nada porque no había nada que decir, pero sé lo que significa porque conozco a Martina y conozco esa cara. Diego dijo que se alegraba de que hubiéramos venido. Lo dijo mirando los tejados. Lo dijo como si fuera poca cosa. No era poca cosa. Hay algo que está cambiando y yo no sé cómo pararlo ni si quiero pararlo ni si las dos cosas son la misma pregunta con distinta forma. Mañana Martina me va a llamar muy temprano. Lo sé.”

—

ENTRE NOSOTROS NO PUEDE SER

Capítulo siete

La madre de Diego

“Escuchar a alguien de verdad —sin preparar la respuesta mientras habla, sin calcular qué cara poner, sin buscar ya el consuelo que vas a ofrecer cuando termine— es el acto más generoso que conozco. Y también el más difícil. Porque para escuchar de verdad hay que vaciarse un poco de uno mismo, y eso no todo el mundo sabe hacerlo ni todo el mundo quiere.”

La foto llevaba semanas en el cuarto de baño.

La había visto antes sin prestarle atención, de la misma manera en que uno ve las cosas que forman parte del paisaje cotidiano sin procesarlas del todo: están, ocupan su espacio, no requieren nada.

Era una foto pequeña, de esas impresas en papel fotográfico normal y enmarcada en un portarretratos de madera barata que alguien había colocado en el estante de encima del lavabo, a la derecha del espejo, donde antes había una vela decorativa que mi madre había quitado sin que yo se lo pidiera para hacer espacio.

La vela la haba puesto yo. El portarretratos era de Diego.

Una mañana de sábado, a principios de diciembre, me lavé la cara y al levantar la vista al espejo la foto estaba exactamente a mi altura y la miré por primera vez de verdad.

Era una mujer de unos treinta y pocos años, morena, con el pelo recogido de manera descuidada y una sonrisa que no era para la cámara sino para alguien que estaba fuera del encuadre.

Llevaba una camiseta azul y estaba sentada en lo que parecía una escalera de piedra, en algún lugar con mucha luz, con esa postura de la gente que no sabe que la están fotografiando o que no le importa.

Parecía fácil. Parecía de las personas que son fáciles de querer.

Me sequé la cara y salií del baño y no dije nada, pero la imagen se me quedó pegada en la cabeza con esa tenacidad de las cosas que no le pides que se queden y se quedan igual.

Esa tarde, Diego estaba en el salón con el portátil y yo entré a buscar un libro que había dejado en la estantería. Lo encontré, me di la vuelta para irme, y me paré sin haberlo decidido.

—La foto del baño —dije—. La mujer. ¿Es tu madre?

Diego levantó la vista del portátil. Me miró un momento con esa pausa suya, la que usa para calibrar las cosas antes de responder.

—Sí.

—Lo supuse. Os parecéis.