Entre nosotros no puede ser Section 1 #8
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Section 1 #8

Esa noche, después de cenar, yo estaba fregando los platos y Diego se quedó un momento apoyado en el marco de la puerta de la cocina con la misma postura de siempre, esa manera suya de ocupar los umbrales como si los umbrales fueran el lugar más natural del mundo.

No dijo nada durante un momento. Yo seguí fregando.

—¿Necesitas ayuda?

Lo preguntó sin la energía falsa de quien ofrece ayuda esperando que le digan que no. Lo preguntó como alguien que hace una pregunta real y espera una respuesta real.

—Estoy bien, gracias.

—Vale.

No se fue. Siguió en el umbral. Yo seguí fregando y noté que el silencio tenía esa densidad particular de cuando hay algo que ninguno de los dos está diciendo pero los dos saben que está ahí.

Dejé el plato en el escurridor. Me secé las manos. Me giré.

—¿Hay algo que quieras decirme?

Lo dije con calma. No con frialdad, no con acusación: con calma, que era lo que conseguía cuando me esforzaba. Él me miró y por un segundo ví algo pasar por su cara, algo rápido que no logré identificar del todo, y después recuperó esa expresión suya, la de la neutralidad calculada, y dijo:

—No.

Una palabra. La misma economía de siempre.

Yo le miré un segundo más de lo necesario. Él soportó la mirada sin moverse.

—De acuerdo —dije.

Y me fui a mi cuarto.

Esa noche escribí muy poco. Abrí el cuaderno, lo miré, y pensé en todas las cosas que había escrito en él durante las últimas semanas y en la posibilidad de que alguien más las hubiera leído. No era una posibilidad cómoda. Pero tampoco era, descubrí esa noche, completamente terrible.

Eso me molestó más que cualquier otra cosa.

Que no fuera completamente terrible. Que hubiera una parte de mí que, en vez de indignarse como debía, pensara: bueno, al menos fue él.

Al menos fue alguien que no usó lo que leyó para nada.

Al menos fue alguien que también había escrito, antes, y que sabía lo que era poner las cosas en papel porque son demasiado reales para quedarse solo en la cabeza.

Cerré el cuaderno sin escribir nada.

A partir de esa noche empecé a guardarlo en el cajón de la mesilla cuando no lo usaba.

“Diego Andrade leyó el cuaderno. No tengo pruebas pero lo sé. Sabe cosas de mí que yo no le conté. Y ha decidido no hacer nada con eso. No sé si eso es respeto o indiferencia. No sé si la diferencia importa. Lo que sí sé es que ahora, cuando me mira, hay algo dentro de esa mirada que no estaba antes. Y que yo lo busco aunque no debería. Guardo el cuaderno en el cajón. Aunque supongo que eso ya llega tarde.”

—

ENTRE NOSOTROS NO PUEDE SER

Capítulo seis

Salida en grupo

“Martina me arrastra a todos los sitios que no pedí ir. Y siempre tiene razón. Eso es lo más irritante de ella: que casi nunca se equivoca en las cosas que importan, solo en el tono con que las dice y en el momento en que decide decirlas, que suele ser el peor posible.”

Martina lleva desde septiembre hablando de la fiesta de fin de trimestre de Rodrigo Casas.

Rodrigo Casas es uno de esos personajes que existen en todos los institutos: el chico que tiene piso propio porque sus padres viajan mucho y que aprovecha esa circunstancia con una regularidad casi industrial para organizar fiestas que todo el mundo recuerda aunque nadie sepa explicar muy bien por qué fueron tan memorables.

Sus fiestas tienen la reputación suficiente para que gente que no le conoce de nada acepte la invitación sin pensarlo dos veces.

Martina y yo le conocemos desde primero de bachillerato y tenemos una opinión ambivalente de él: nos parece bastante superficial en el día a día y absolutamente indispensable en el contexto de sus propias fiestas, que es un nicho muy concreto pero hay que reconocer que lo llena bien.

Yo no quería ir.

No es que no quisiera salir en general: es que ese viernes en concreto tenía historia del arte pendiente y llevaba una semana con un cansancio que no era solo físico y la perspectiva de pasar tres horas en un piso lleno de gente con música alta y conversaciones de las que hay que salir a tomar aire cada cuarenta minutos no me parecía especialmente atractiva.

Se lo dije a Martina el miercoles con esa claridad que uno usa cuando quiere zanjar el tema antes de que empiece.

Martina no entiende el concepto de zanjar el tema.

—Llevas tres semanas sin salir.

—He salido. Fui al cine con mi madre.

—Eso no cuenta.

—¿Por qué no cuenta?

—Porque es tu madre. Salir es salir con gente de tu edad en un contexto donde no hay padres.

—Esa definición es muy limitante.

—Valeria. Rodrigo Casas. Viernes. Venimos. ¿Sí?

Lo dijo con esa cadencia que usa cuando ya ha tomado la decisión por las dos y solo está informandome. Conozco esa cadencia. Luchar contra ella tiene el mismo nivel de eficacia que luchar contra la marea.

—Va a haber mucha gente.

—Sí.

—Y música alta.

—Presumiblemente.

—Y voy a querer irme a casa antes de las doce.

—Nos vamos cuando quieras.

—Eso no es verdad.

—No, no lo es —admitió con una honestidad que le agradecí—. Pero ven igualmente.

Fui igualmente.

El piso de Rodrigo Casas estaba en la calle Corredera, cuarto sin ascensor, con una terraza que daba a los tejados del barrio y que a las diez y media de la noche estaba llena de gente con vasos de plástico y esa calidad del aire de noviembre que es fría pero no todavía del todo.

Dentro sonaba algo que reconocía pero no sabía nombrar y había al menos cuarenta personas en un espacio diseñado para veinte, que es la condición óptima para las fiestas de Rodrigo Casas según la mitología establecida.

Martina y yo llegamos a las diez y cuarto con una botella de vino que no pensabamos bebernos del todo y la disposición mental correcta para las siguientes horas: yo con mis expectativas bajas como escudo y ella con esa energía suya que se activa en los espacios llenos de gente y que yo encuentro admirable y ligeramente agotadora en proporciones iguales.

Estuvimos un rato las dos solas, saludando a gente conocida del instituto, navegando por el piso con esa habilidad de quien sabe moverse por espacios saturados sin acabar atrapada en conversaciones de las que no puede salir.

Era una fiesta normal. Nada especial. Y entonces Martina me apretó el brazo.

—Mira quién está ahí.

Miré en la dirección que señalaba con los ojos, que es una técnica que Martina ha perfeccionado a lo largo de años de práctica: nunca con el dedo, siempre con una inclinación imperceptible de la barbilla o una dirección de mirada que solo yo sé interpretar.

Diego estaba en la cocina.

Estaba de espaldas a nosotras, apoyado en la encimera, con una lata en la mano y hablando con alguien que no reconocí de inmediato: un chico de altura similar, pelo un poco más claro, que gesticulaba mientras hablaba con esa energía expansiva de la gente que necesita el cuerpo entero para contar las cosas.

Cuando Diego se giró un poco, lo suficiente para que yo viera su perfil, vi que estaba sonriendo.

No la sonrisa de las cenas, esa cosa mínima y cortés que aparecía cuando Marcos contaba algo gracioso.

Una sonrisa diferente. Más ancha. Más real.

No sabía que tenía esa sonrisa.

—El del lado debe de ser Iván —dijo Martina en voz muy baja, muy cerca de mi oído, con un tono que intentaba sonar casual y no lo lograba del todo.

—Probablemente.

—¿Vamos a saludar?

—Martina —.

—Es tu hermanastro. Es completamente normal saludar a tu hermanastro en una fiesta.

—No sabía que iba a estar aquí.

—Ni él sabía que ibas a estar tú. Por eso es una coincidencia y no una emboscada.

Había una lógica en eso. No me gustaba, pero la había.

Diego nos vio antes de que llegaráramos a la cocina.

No sé en qué momento exacto levantó la vista, pero cuando cruzamos el umbral ya nos estaba mirando con esa expresión que era difícil de leer: no era sorpresa, no era incomodidad, era algo más parecido a la evaluación rápida de alguien que está decidiendo cómo gestionar una situación que no esperaba.

—Hola —dije.

—Hola —dijo él.

El chico del lado nos miró a las dos con curiosidad abierta y sin ningún intento de disimularla, que es una cualidad que encontré instantáneamente simpática después de semanas de caras que no mostraban nada.

—¿Sois las del piso? —preguntó.

—Yo sí —dije—. Ella no. Ella es Martina.

—Iván —dijo él, extendiendo la mano con una naturalidad que hacía que el gesto pareciera completamente normal y no ligeramente anticuado para una fiesta—. He oído hablar de vosotras.

Martina le estrechó la mano y yo vi el momento exacto en que algo cambiaba en su cara: ese instante de un segundo en que la expresión de alguien que va a una fiesta con expectativas neutras se convierte en la expresión de alguien que acaba de encontrar algo que no esperaba encontrar.

Martina lo disimuló bien. Yo lo vi igualmente porque la conozco desde tercero de primaria.

—¿Bien o mal? —preguntó Martina, que es incapaz de dejar pasar una frase que admita seguimiento.

—Bien —dijo Iván—. Sobre todo que escribís mucho y que la nevera es un territorio en disputa.

Diego miró otro lado. Yo tamébién.

—Solo una de las dos escribe —dijo Martina.

—Ya lo sé —dijo Iván, con una sonrisa que incluyó a Diego de una manera que me hizo pensar que Diego le había contado más cosas de las que yo sabía.

Nos quedamos los cuatro en la cocina más tiempo del que ninguno había planeado.

Iván era exactamente el tipo de persona que hace que los grupos funcionen: hablaba sin parar pero con una inteligencia que iba más allá del ruido, hacía preguntas que parecían simples y no lo eran, y tenía esa cualidad de la gente que sabe escuchar mientras habla, que es una combinación más rara de lo que parece.

Martina, que normalmente tarda un poco en abrirse con gente nueva, estaba hablando con él con una fluidez que yo observé con atención y guardé mentalmente para después.