Section 1 #7
No este cuaderno en concreto —este es el cuarto, con las tapas de tela azul oscuro que encontré en una librería de segunda mano en febrero—, sino la práctica.
Diecinueve meses escribiendo todos los días, o casi todos, o al menos los días en que algo pesa lo suficiente para necesitar papel.
Empecé después de que mi madre me dijera que Marcos le había pedido que se casaran, que fue también el día en que entendí que las cosas iban a cambiar de verdad y que yo no iba a poder evitarlo.
Escribí esa noche durante una hora y a la mañana siguiente me sentía rara pero más ligera, como cuando te duchas después de un día muy largo y el agua se lleva algo que no eras consciente de estar cargando.
Desde entonces no he parado.
Los cuadernos anteriores están en la caja de zapatos del armario, debajo de los jerséis de invierno.
Los guardo porque no soy capaz de tirarlos pero tampoco los releo porque releer el cuaderno produce una incomodidad específica que no sé bien cómo describir: es como encontrarte con una versión anterior de ti misma en un sitio inesperado y no saber si saludarla o hacer como que no la has visto.
Este cuaderno, el de las tapas azules, no va a la caja todavía. Todavía está vivo.
Lo que hago con él es sencillo: lo llevo a todos los sitios donde puedo llevarlo, que son casi todos los sitios excepto el instituto y los sitios donde hay demasiada gente cerca.
Lo dejo en la mesilla por las noches. Lo meto en la mochila por las mañanas.
Cuando estoy en casa y estudio en el salón, va en la mesa baja junto con los apuntes, aunque no tiene nada que ver con los apuntes y nunca lo confundo con ellos porque los apuntes tienen portadas de colores y el cuaderno tiene las tapas azules y además lo reconocería con los ojos cerrados por el peso y por cómo cruje cuando se abre.
Esa es la cuestión. Lo dejaba en la mesa baja del salón. Y el salón ya no era solo mío.
El jueves por la mañana, hace tres semanas, salié del piso a las nueve y cuarto para ir al instituto y el cuaderno se quedó en la mesa baja del salón.
No fue un despiste exactamente: fui consciente de dejarlo, lo vi al pasar, y calculé que no lo necesitaba hasta la tarde y que para la tarde ya estaría de vuelta.
Cálculo correcto. Excepto que no consideré la variable de que Diego ese día no tenía clase por la tarde porque su instituto nuevo hacía no sé qué jornada especial de acogida que terminó al mediodía, y que él iba a estar en casa antes que yo.
Cuando llegué a las cinco y media, el cuaderno estaba exactamente donde lo había dejado. Exactamente. En el mismo ángulo, con la misma distancia al borde de la mesa, sin que nada indicara que nadie lo había tocado.
Pero lo habían tocado. Lo sé porque sé cómo dejo el cuaderno y ese no era exactamente como yo lo dejo.
Lo dejo siempre con la esquina ligeramente orientada hacia el sofá, eso es un hábito que no elegí y que no puedo explicar pero que es constante, y ese día estaba recto, paralelo al borde de la mesa, que es como lo colocaría alguien que lo ha cogido y lo ha vuelto a dejar intentando que estuviera igual pero sin saber exactamente cómo estaba antes.
Me quedé mirándolo un rato.
Después lo metí en la mochila y fui a mi cuarto y cerré la puerta.
No dije nada.
Esa fue mi primera decisión consciente: no decir nada.
No porque no me importara —me importaba, y mucho, con esa importancia visceral que tiene la exposición de algo íntimo sin permiso— sino porque no tenía certeza absoluta.
El cuaderno estaba colocado de manera distinta a como yo lo colocaba, sí, pero eso no era una prueba.
Podía haber sido Marcos. Podía haber sido una corriente de aire, que es improbable pero no imposible.
Podía ser que yo misma lo hubiera dejado de otra manera esa mañana sin recordarlo. Podía ser cualquier cosa.
Pero no era cualquier cosa. Lo sabía.
Y no dije nada porque no tenía certeza y porque si lo dices sin certeza y resulta que te equivocas, la persona que ha hecho algo malo eres tú. Y también, aunque esto tardé más en admitirlo, porque había una parte de mí que no quería tener esa conversación. Que prefería la duda a la confirmación.
Lo que sí hice fue observar.
Observar a Diego durante los días siguientes con la atención de quien está buscando algo pero no sabe exactamente qué.
Y lo que encontré fue esto: que algo había cambiado en cómo me miraba.
No de manera obvia, no de la manera en que lo notaría cualquiera.
Era algo sutil y difícil de articular, como la diferencia entre que alguien te mire y que alguien te vea.
Antes, cuando Diego me miraba, yo era parte del entorno: la chica del piso, la hija de Elena, un elemento más del paisaje que había que gestionar.
Después del jueves, sus miradas tenían algo más dentro.
Algo que no supe nombrar hasta mucho más tarde pero que esa semana simplemente registré como diferente.
Ahora sé que era esto: sabía cosas de mí que yo no le había contado.
El cuaderno de las tapas azules tenía en ese momento setenta y tres páginas escritas.
No todas llenas: a veces una entrada ocupa solo tres líneas, a veces se extiende durante cuatro páginas.
Las últimas semanas eran densas, porque las últimas semanas había mucho que no sabía dónde poner si no era allí.
Hay cosas en esas setenta y tres páginas que no le he dicho a nadie.
A Martina le cuento casi todo, pero casi todo no es todo: hay un margen de cosas que guardo solo para el cuaderno porque son demasiado crudas o demasiado raras o porque no quiero ver la reacción de nadie cuando las escuche.
En ese margen estaban, entre otras cosas, algunas de las que había escrito sobre Diego.
No muchas. Pero las suficientes para que la idea de que él las hubiera leído me produjera un calor en la cara que no era exactamente bochorno pero se le parecía bastante.
¿Qué había escrito sobre Diego en esas páginas?
Había escrito que tenía una manera de ocupar el silencio que era distinta a la de cualquier persona que hubiera conocido.
Que la noche de la cocina, cuando me dijo que el duelo era como un ruido de fondo, me había parecido la descripción más precisa que había escuchado sobre perder a alguien.
Que había algo en cómo preguntó si escribía bien o si no me lo creía que me había gustado más de lo que debía.
Que cuando se sentó en el sillón de mi madre y no encendió la televisión ni habló ni hizo nada excepto estar, yo hice como que leía pero no leí una sola página.
Eso era lo que había escrito. Entre otras cosas.
Y si Diego lo había leído, Diego sabía todo eso.
Estuve tres días con esa certeza incompleta y ese calor en la cara que aparecía cada vez que él entraba en una habitación donde yo estaba.
No le dije nada. Él tampoco. Cedíminos la cortesta habitual del pasillo y las cenas y el salón, y yo intentaba descifrar en cada mirada suya si era el tipo de mirada de alguien que sabe algo o el tipo de mirada de alguien que simplemente existe en el mismo espacio, y no lograba distinguirlos con certeza suficiente.
El domingo por la tarde estaba estudiando en mi cuarto con la puerta cerrada —había empezado a cerrarla desde el jueves, por razones obvias— cuando llamó Martina.
—¿Qué te pasa?
—Nada. ¿Por qué?
—Porque llevas tres días con un tono raro.
—¿Qué tono raro?
—El tono de cuando estás procesando algo y no sabes cómo decirlo. Lo conozco desde tercero de primaria.
Martina tiene una memoria selectiva y absolutamente precisa para los estados emocionales de las personas que le importan.
Es una cualidad que en otra persona sería entrometida y en ella es simplemente parte de cómo funciona, igual que su pelo rizado o su tendencia a hablar antes de pensar en situaciones de baja importancia y pensar demasiado en las de alta.
—Creo que Diego leyó el cuaderno.
Silencio al otro lado. Martina procesando. Dos segundos.
—¿Cómo sabes que lo leyó?
—No lo sé con certeza. Pero lo dejé en el salón un día y cuando volví estaba colocado de otra manera. Y desde entonces me mira distinto.
—¿Distinto cómo?
Miré el techo.
—Como si supiera algo.
—¿Y qué hay en el cuaderno que no quieres que sepa?
—Martina.
—Valeria.
—Cosas.
—¿Cosas sobre él?
Otra pausa. Esta mía.
—Algunas.
—¿Qué tipo de cosas?
—Observaciones. Cosas que noté. Nada —. —pausa—. Nada especial.
—Valeria.
—¿Qué?
—¿“Nada especial” o nada que quieras admitir?
Había una diferencia entre las dos cosas y las dos lo sabíamos. Me quedé callada el tiempo suficiente para que ese silencio fuera en sí mismo una respuesta.
—¿Tienes que decirle algo? —dijo Martina, cambiando de registro con esa habilidad suya para saber cuándo no insistir—. O sea, ¿vas a hablar con él?
—No lo sé. No tengo certeza de que lo hiciera.
—Pero lo crees.
—Sí.
—Y si lo hizo, ¿qué hace eso exactamente?
Eso era la pregunta. Eso era exactamente la pregunta que llevaba tres días dándome vueltas en la cabeza sin que llegara a una respuesta satisfactoria.
Si Diego había leído el cuaderno, había hecho algo que no debía.
Eso estaba claro. Pero también había leído cosas que yo había escrito de verdad, sin filtro, con la honestidad que reservo para el papel.
Y había seguido comportandose exactamente igual, sin usar esa información para nada, sin cambiar el trato de manera obvia, sin mencionar nada.
Lo cual era, si lo pensaba fríamente, una cierta clase de respeto.
No lo justificaba. Pero lo complicaba.
—No lo sé— dije—. Eso es exactamente lo que no sé.