Section 1 #6
Eso lo dijo con esa naturalidad que tienen las personas que han aceptado ya algo que a otros todavía les cuesta.
“Cuando cambio de sitio”. Plural. Como si cambiar de sitio fuera una condición recurrente y no una excepción, como si llevara años aprendiendo a dormir en distintas versiones de lo mismo y supiera que el insomnio era parte del proceso de instalación, igual que las cajas o que aprender dónde está el interruptor de la luz del baño.
—¿Cuántas veces has cambiado de sitio? —pregunté.
—¿Desde cuándo?
—Desde que eras pequeño.
Se quedó un momento pensando, o quizás contando, aunque la expresión no era de cálculo sino de algo más parecido a la fatiga de quien ha repasado ese número demasiadas veces.
—Siete, creo. Sin contar la de ahora.
El hervidor silbó. Vertí el agua, metí la bolsita, y me senté en la silla de enfrente porque de pie en una cocina a las tres de la mañana hay un límite a lo cómodo que puede resultar una conversación. Diego siguió mirando la ventana. Yo miré la taza.
—Siete —repetí, porque a veces repetir las cosas en voz alta es la única manera de que el cerebro las procese—. ¿Por qué tantas?
Una pausa. No incómoda, simplemente real: la pausa de alguien que está decidiendo cuánto decir.
—Mi padre trabaja mucho y en sitios distintos. Después de que mi madre muriera, no había nadie que se quedara fijo en un lugar, así que —. —se encogió de hombros con esa economía de gestos que ya reconocía como característica suya—. Así que nos movimos.
—¿Cuánto tiempo llevas viviendo con tu abuela?
—Tres años. Desde que murió mi madre. Fue ella quien dijo que lo mejor era que me quedara en un sitio fijo para terminar el bachillerato.
—¿Tu abuela materna?
—Sí.
Eso explica algunas cosas. Explica por qué Marcos había dicho “Diego vive con su abuela durante el curso” con esa naturalidad de quien da por asentado un acuerdo que lleva tiempo en pie.
Explica por qué Diego hablaba de cambiar de sitio en plural y en pasado pero también en presente, porque este piso era un cambio más en una serie de cambios, el último por ahora pero no necesariamente el último de siempre.
Explica también, aunque esto no lo dije, por qué se movía por el piso con esa ligereza de quien no ha echado raíces en ningún sitio y ya no espera hacerlo.
—¿La echas de menos? —pregunté. A tu madre.
La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.
Ese era el problema de las tres de la mañana: el filtro se estropeaba.
Diego se giró por primera vez desde que me había sentado y me miró con una expresión que no era molestia pero tampoco era comodidad: era la expresión de alguien que ha escuchado esa pregunta muchas veces y todavía no ha encontrado la respuesta que le satisfaga del todo.
—Todos los días —dijo—. Pero de formas distintas. Al principio era todo el tiempo, lo mismo, muy —. —hizo una pausa buscando la palabra correcta—. Muy alto. Ahora es más —. No sé. Es más como un ruido de fondo. Siempre está, pero puedo oír otras cosas también.
Nadie me había descrito nunca el duelo de esa manera.
Lo había leído, sí, en libros donde los personajes lo explicaban con frases pulidas y metáforas cuidadas, pero no lo había escuchado de alguien real a las tres de la madrugada en una cocina pequeña con la luz baja.
Había algo en esa imagen —el ruido de fondo, las otras cosas que ahora podía oír también— que me paeció la descripción más honesta que había escuchado sobre lo que significa perder a alguien.
No dije nada. A veces lo más honesto que se puede hacer cuando alguien te dice algo verdadero es no responderlo.
Diego miró mi taza.
—¿Eso es menta?
—Con miel.
—¿Funciona?
—A veces. Otras veces solo me da algo que hacer con las manos mientras espero a que el cerebro se canse.
Algo en su cara cambió un poco. No mucho. Lo suficiente.
—Yo escribía —dijo—. Antes. Cuando no podía dormir, me levantaba y escribía hasta que me cansaba.
No esperaba eso. Miré la taza para no mostrar que no lo esperaba.
—¿Qué escribías?
—Cualquier cosa. Lo que había pasado ese día. Lo que no había pasado. A veces cosas que no existían. — Hizo una pausa—. Lo dejé cuando tenía quince años.
Quince años. El año en que murió su madre. No lo dije.
—Yo todavía lo hago —dije—. Escribir.
—Ya lo sé.
Lo dijo sin pensar, o quizás pensandolo demasiado, y los dos nos quedamos con esa frase en el aire entre nosotros.
“Ya lo sé.” Porque él había entrado en mi habitación y había visto el cuaderno, y después lo había encontrado en el salón unos días más tarde —eso todavía no lo sabía yo entonces, eso lo supe mucho después—, pero en ese momento “ya lo sé” sigínificaba simplemente que lo había visto una vez y que lo recordaba.
—¿Y escribíes bien? —preguntó.
—No lo sé.
—¿No lo sabes o no te lo crees?
Eso me pilló desprevenida. Era una pregunta más fina de lo que esperaba a esa hora de una persona que hasta dos semanas antes no había pronunciado más de cuatro frases seguidas en mi presencia.
—Las dos cosas, probablemente.
—Eso es distinto.
—Ya.
Estuvimos en silencio un rato. No el silencio tenso de las cenas ni el silencio calculado del salón.
Un silencio de las tres de la mañana, que tiene una textura propia, más suave y más honesta que el del día.
La ciudad de fuera estaba casi quieta: algún coche lejano, el sonido del ascensor del edificio subiendo a alguna planta, el zócalo de la nevera. Nada urgente. Nada que requiriera nada.
—¿Por qué cambias de ciudad cada año? —pregunté—. O sea, tu padre. ¿Por qué no se queda en un sitio?
Diego consideró la pregunta con seriedad, como si fuera la primera vez que alguien se la hiciera en voz alta o la primera vez que él mismo se permitía formularla.
—Creo que para él quedarse en un sitio es quedarse también con lo que pasó en ese sitio. Cuando mi madre murió —estabamos en Bilbao entonces— se fue a los tres meses. Después a Sevilla. Después a aquí por primera vez, después a Lisboa, después a Valencia —.
—¿Y ahora aquí otra vez?
—Ahora aquí otra vez. Con tu madre.
Lo dijo sin ironià y sin resentimiento. Lo dijo como un dato, que era exactamente lo que era.
—¿Crees que esta vez se queda?
Otra pausa. Esta más larga.
—Espero que sí —dijo, y había algo en cómo lo dijo que era más complicado que las palabras: no era certeza, no era escepticismo, era esa cosa intermedia que tienen las personas que han aprendido a esperar cosas sin depender demasiado de que ocurran—. Por él, digo. Creo que le hace bien tu madre.
No supe qué decir a eso. Era un gesto enorme, decir eso: reconocer en voz alta, a las tres de la mañana, frente a la hija de la mujer en cuestión, que esa mujer le hacía bien a su padre. Era más de lo que le había oído decir en todo el mes que llevabamos viviendo juntos.
—A mi madre también le hace bien él —dije—. Creo. O eso parece.
—¿Y a ti?
—¿Qué?
—El cambio. Todo esto. ¿Te hace bien o te hace mal?
Era la primera vez que alguien me lo preguntaba directamente.
Mi madre me preguntaba cómo estaba con esa delicadeza periódica de quien quiere saber pero tampoco quiere forzar, y la respuesta siempre era “bien” porque “bien” era lo que cabía en la pregunta.
Martina me preguntaba cosas de Diego pero no de cómo estaba yo con todo esto.
Y mis profesores, y mis compañeros, y la tía Carmen con sus lágrimas de boda: nadie había preguntado exactamente eso.
“¿Te hace bien o te hace mal?”
Miré la taza. Pensé. Fui honesta porque eran las tres de la mañana y el filtro estaba estropeado.
—Las dos cosas, supongo. Como casi todo.
Él asintió una vez, despacio.
—Sí —dijo—. Como casi todo.
Nos quedamos un rato más sin hablar y sin necesitar hablar.
Yo me terminé el té. Él se terminó lo que fuera que tenía en su taza —nunca le pregunté qué era y él no lo dijo—.
En algún momento entre las tres y cuarto y las tres y media, el cuerpo empezó a pesarme de esa manera buena que significa que el sueño va a llegar.
Me levanté.
—Buenas noches —dije.
—Buenas.
Fui al pasillo. Me paré un momento sin saber por qué, con la mano en el marco de la puerta de mi habitación. Desde la cocina llegaba el sonido de Diego levantándose también, el agua del grifo, el clic de la luz al apagarse.
Entré a mi cuarto. Me metí en la cama. Y antes de que se me cerraran los ojos pensé que había estado hablando casi dos horas con Diego Andrade y que ninguno de los dos lo había mencionado.
Que las dos horas habían pasado de una manera que no se parecía en nada a ninguna de las otras conversaciones que habíamos tenido.
Que me había preguntado si escribía bien de una manera que era distinta a cómo te pregunta eso alguien que no le importa la respuesta.
Y que él también había escrito, antes. Antes de que algo se lo llevara.
Me dormi antes de poder pensar más en eso.
“Son las cuatro menos diez. Acabo de volver de la cocina. Diego Andrade escribía. Antes. Hasta los quince años. Ha vivido en siete sitios distintos, ocho contando este. Describe el duelo como un ruido de fondo. Estuvimos casi dos horas hablando y ninguno lo mencionó después. No sé qué hacer con ninguna de esas cosas. Mañana, supongo, volverá a ser el que no cierra la nevera y yo la que ocupa el salón con los libros. Y quizas eso es lo más sensato. Pero las conversaciones de madrugada no se olvidan fácil. Son demasiado reales para eso.”
—
ENTRE NOSOTROS NO PUEDE SER
Capítulo cinco
El cuaderno
“Escribir es el único sitio donde soy exactamente quien soy. En todos los demás me edito. Dejo fuera las partes demasiado raras, las demasiado intensas, las que podrían malinterpretarse o que simplemente no caben en la versión de mí misma que el mundo espera ver. Pero en el cuaderno no hay edición. En el cuaderno solo hay lo que es.”
El cuaderno tiene diecinueve meses.