Section 1 #5
Cambié el tema. Pregunté por la reforma de la casa de la playa.
El tío Rafa agradeció el cambio de rumbo con una elocuencia que demostraba que él también quería alejarse de lo que acababa de decir, y habló durante veinte minutos sobre azulejos y carpintería mientras yo asentía con el piloto automático y en mi cabeza solo había una frase: “un niño que murió de pequeño”.
Marcos tenía una historia que no le había contado a mi madre. O sí se la había contado y mi madre no me la había contado a mí. O quizás sí me la había contado y yo no la había escuchado. Cualquiera de las tres opciones era posible y las tres me incomodaban por razones distintas.
Pero lo que más me ocupó la cabeza, mientras el tío Rafa se desperdía en el pasillo con esa efusión de los domingos, fue otra cosa. Fue la pregunta que apareció sola, sin que yo la invocara: ¿Diego lo sabía?
La pregunta tenía una respuesta casi segura.
Diego llevaba dieciocho años siendo el hijo de Marcos.
Si había habido un niño antes —un hermano que Diego nunca había conocido porque murió antes de que él naciera, o cuando era demasiado pequeño para recordarlo—, Marcos se lo habría contado en algún momento.
O quizás no. Marcos era el tipo de persona que guardaba las cosas en compartimentos estancos, eso ya lo había aprendido.
La pregunta era qué le había contado a quién y cuándo.
No le iba a preguntar. Eso estaba claro. No llevaba ni un mes viviéndo con Diego y no habíamos tenido una conversación que durara más de diez minutos, y “oye, ¿sabes que tu padre tuvo otro hijo antes que tú?” no era una frase con la que una persona razonable abriera una conversación.
Lo que pasó dos días después no lo planeé.
Era un martes. Yo estaba haciendo té en la cocina a las diez de la noche —el té de antes de dormir, menta con un poco de miel, una costumbre que tengo desde que era pequeña y que no pienso abandonar aunque la gente me diga que la cafeína no me va a dejar dormir porque es infusión y no tiene cafeína, gracias— y Diego entró a buscar algo en la nevera.
Estuvimos un momento los dos en la cocina sin decir nada, que era el estado habitual de las cosas, y yo estaba mirando el hervidor esperar a que el agua hirviera, que es una de las actividades más inútiles del mundo pero que hago igualmente, cuando de repente dije:
—¿Sabes que tu padre estuvo casado antes de con tu madre?
Silencio. Diego cerró la nevera despacio.
Se quedó quieto con la mano todavía en la puerta un segundo, y después se giró y me miró con una expresión que yo no había visto en su cara hasta entonces: no era sorpresa, no era enfado.
Era algo más parecido a la precaución. Como alguien que no sabe todavía si está ante una amenaza o ante algo inofensivo y necesita un segundo para decidir.
—¿Quién te lo dijo?
—Mi tío Rafa. El domingo. Sin querer, creo.
Diego asintió muy despacio, una sola vez, como si esa información encajara en un sitio concreto de su cabeza donde ya había hueco para ella.
—Sí —dijo—. Lo sé.
—¿Sabes lo del niño también?
Una pausa más larga. El hervidor empezó a silbar y yo lo apagué sin apartar los ojos de él, que estaba apoyado ahora en la encimera con los brazos cruzados y mirando un punto indeterminado del suelo de la cocina.
—Sí.
—¿Cuándo te lo contó?
—Hace mucho tiempo. Cuando tenía doce años, creo.
Vertí el agua en la taza, metí la bolsita, y me quedé de pie al lado del hervidor porque no sabía si sentarme o no sentarme y a veces los objetos dan algo a lo que agarrarse cuando no sabes cómo estar en una conversación.
—¿Tu madre lo sabía? —pregunté. Y me refería a la madre de Diego, que había muerto cuando él tenía quince años según lo que había escuchado sin querer en aquella llamada con Iván. Aunque también me refería un poco a mi madre, y creo que los dos lo sabíamos.
—Supongo que sí —dijo él—. Era antes de que ellos se conocieran, así que —. Sí.
Silencio. Yo miré la bolsita de té dar vueltas en la taza.
Él miró el suelo. La cocina de noche tiene una cualidad diferente a la cocina de día: la luz es más amarilla, los ruidos son más lentos, y las conversaciones que pasan en ella tienen menos peso que en cualquier otro sitio o quizás más, no supe decidir cuál de las dos cosas.
—¿Tu madre sabe que sabes? —dijo Diego entonces.
Tardé un momento en entender a qué madre se refería. A la mía. A Elena.
—No lo sé. Supongo que ella sí lo sabe, lo del niño. Marcos se lo habrá contado. Pero a mí no me lo dijo.
—O no sabe cómo.
—O no sabe cómo —repetí.
Otro silencio. Este diferente a todos los anteriores.
No era el silencio incómodo de los pasillos ni el silencio performativo de las cenas: era un silencio que contenía algo, que pesaba de una manera que no era desagradable del todo.
El silencio de dos personas que acaban de compartir algo que ninguna de las dos había planeado compartir.
Diego descruzo los brazos y se separó de la encimera.
—No le digas nada a mi padre de que lo sé.
—No iba a hacerlo.
—Y a tu madre tampoco, de momento.
—También —dije—. De momento.
Me miró entonces, de verdad, de la manera que no había hecho nunca hasta ese momento: no el vistazo rápido del pasillo, no la mirada de las cenas en la que existía solo como parte del paisaje. Una mirada con algo dentro, aunque no supiese definir exactamente qué.
—Bien —dijo.
Y se fue.
Yo me quedé en la cocina con el té ya templado y esa sensación rara de cuando una cosa que era de cierta manera de repente no lo es del todo.
Diego Andrade y yo teníamos un secreto compartido.
No lo habíamos elegido, igual que no habíamos elegido compartir piso ni compartir padres ni compartir nada.
Pero estaba ahí, entre los dos, y las cosas que se comparten aunque no se elijan son las que más pesan.
Me senté a la mesa y me bebí el té aunque ya estaba frío.
Esa noche escribí en el cuaderno durante mucho más tiempo del habitual.
Escribí sobre el tío Rafa y su incapacidad para guardar un secreto.
Escribí sobre Marcos y los compartimentos estancos.
Escribí sobre mi madre y si sabía y si no lo sabía y en cuál de los dos casos me parecía peor.
Escribí sobre el silencio de la cocina de noche y sobre cómo cambia la voz de la gente cuando bajan la guardia sin darse cuenta.
Y después borré esa última parte y escribí otra cosa.
“Hay cosas que se convierten en tuyas no porque las hayas elegido sino porque están. Como el nombre. Como la casa. Como la persona que duerme al otro lado de tu pared y que esta noche me miró de una manera que no había hecho antes y que no sé exactamente cómo registrar. Marcos tuvo un hijo que murió. Diego lo sabe. Yo ahora también lo sé. Nadie en esta casa ha hablado de ello en voz alta. Hay familias que se construyen sobre lo que se dice. Y familias que se construyen sobre lo que no. No sé todavía en cuál de las dos estoy.”
—
ENTRE NOSOTROS NO PUEDE SER
Capítulo cuatro
Tres de la mañana
“Las conversaciones de madrugada no deberían contar. Son demasiado honestas para el día. Pasan en ese hueco donde la guardia baja sola porque el cuerpo ya no tiene energía para mantenerla, y lo que sale entonces no es lo que uno eligiría decir sino lo que está de verdad.”
Tengo insomnio desde los catorce años.
No el insomnio dramático de las películas, donde la persona da vueltas en la cama con el pelo revuelto y la mirada clavada en el techo y de fondo suena música triste.
El mío es más banal y más constante: simplemente hay noches en que la cabeza no para, en que los pensamientos se encadenan sin permiso de uno a otro a otro y cuando quiero darme cuenta son las dos de la madrugada y sé que el sueño no va a llegar por la fuerza.
En esas noches me levanto, me hago algo caliente, y espero a que el cuerpo recapacite.
Normalmente funciona hacia las tres y media.
Mi madre lo sabe y ha aprendido a no alarmarse.
Cuando éramos solo nosotras dos, a veces se levantaba ella también y nos sentabamos a la mesa de la cocina con nuestras tazas respectivas y hablabamos de cosas que no habíamos tenido tiempo de decir durante el día.
Esas conversaciones son de las que más echo de menos de cuando éramos solo nosotras dos, aunque no se lo he dicho y probablemente no se lo diré.
Esa noche era jueves, finales de octubre, y llevaba una hora mirando el techo con la lista de cosas pendientes de historia del arte revolviéndose en alguna región del cerebro que no sabe apagarse.
Me levanté a las dos y cuarenta. Puse el cerébro en modo piloto automático, que es el único modo que funciona cuando uno camina descalzo por un piso a oscuras para no despertar a nadie, y fui a la cocina.
La luz estaba encendida.
Me paré en el umbral. Diego estaba sentado a la mesa con una taza entre las manos y el móvil boca abajo sobre la madera, y miraba la ventana que daba al patio interior del edificio, que a esa hora no tenía nada que ver: solo el rectángulo oscuro de la noche y el reflejo tenue de la cocina sobre el cristal.
No me había oído llegar. O sí me había oído y había decidido no moverse, que con él nunca sabía del todo.
Me quedé quieta un momento con esa duda específica de si seguir o volverme. Si me volvía, no iba a poder dormir igual. Si seguia, tenía que gestionar la situación y eran casi las tres de la mañana y no tenía capacidad operativa para gestionar nada.
Seguí.
Encendí la luz pequeña del bajo el armario en vez de la del techo, que era lo que hacía siempre de noche para no quedarme ciega, y fui al armario a buscar la menta. Diego no dijo nada. Yo tampoco. Puse el hervidor, saqué una taza, esperé.
—¿También tienes insomnio? —dijo él al final.
Lo dijo hacia la ventana, sin girarse del todo.
—A veces —dije—. ¿Tú?
—Cuando cambio de sitio, los primeros meses.