Section 1 #4
La voz de Diego llegaba clara desde la cocina. Hablaba con alguien que claramente le conocía de antes, porque el tono era distinto al de las cenas, al de los “bién” y los “no mucho” de la mesa familiar. Era más fluido. Casi relajado. Casi.
—No, tio, es raro. No es malo, es solo —. Sí. No, ella tampoco. Tampoco es mala, simplemente —. Ya, ya lo sé. No, no quiero que vengas todavía, espera a que —. No sé, un mes, dos. Hasta que —. Que no, Iván, que no me pasa nada, solo estoy —. Que estoy bien, te lo juro.
Una pausa. Su voz más baja, casi para sí mismo.
—Es que no es mi sitio, ¿sabes? Estar aquí. No es mi sitio y tampoco sé cuál es mi sitio ahora mismo y eso —. Sí. Ya. Oye, mándame esa foto del concierto que me dijiste, que —. Sí. Luego hablamos.
El sonido de la llamada terminándose. La nevera abriéndose de nuevo. Y yo, de vuelta en mi habitación con el corazón haciendo algo raro que no supe nombrar bien, cerrando la puerta con el mismo cuidado con el que la había abierto.
—¿Qué? —dijo Martina.
—Hablaba con Iván.
—¿Qué decía?
Miré el techo. Pensé en “no es mi sitio” dicho en una voz que no era la voz de las cenas. Pensé en “no sé cuál es mi sitio ahora mismo”.
—Nada importante —dije—. Que le manden una foto de un concierto.
Esa noche Martina me mandó un mensaje a las once y cuarto.
Martina oye he estado pensando
Martina busca a ivan en instagram
Martina por si acaso
Valeria por si acaso qué
Martina no sé, por si acaso
Martina mira si tiene foto de perfil decente al menos
Valeria por qué te importa si tiene foto de perfil decente
Martina no me importa
Martina es curiosidad
Martina pregunta a tu hermanastro cómo se apellida
Valeria no voy a preguntarle cómo se apellida su amigo
Martina hazlo de forma casual
Martina tipo oye tu amigo iván es de aquí
Valeria eso no es casual martina
Martina claro que sí
Martina tú hazlo
Dejé el móvil en la mesilla. Miré el techo.
Pensé que Martina tenía exactamente las inhibiciones correctas para ser mi mejor amiga y las incorrectas para ser un ángel de la guarda.
Después pensé en Diego en la cocina diciendo “no es mi sitio” y en que yo tampoco sabía cómo nombrar lo que era este piso ahora, si era todavía mi sitio del todo o si se había convertido en algo nuevo sin que nadie me pidiera opinión.
Cogí el cuaderno de la mesilla. Escribí.
“Diego Andrade lleva ocho días en este piso y ya ha dejado la nevera mal cerrada cuatro veces. Ha ocupado el sillón de mi madre como si llevara años haciéndolo. No pone la tele. No pone música. Hace las cosas con esa calma de alguien que ha aprendido a no esperar demasiado de ninguna parte. Hoy le he oído decir que esto no es su sitio. No sé si eso me parece bien o me parece mal. No sé si quiero que llegue a ser su sitio o si prefiero que no. Lo que sí sé es que hay algo en cómo habla cuando no sabe que le escuchan que es completamente distinto a cómo habla cuando sí lo sabe. No voy a decirle nada a Martina sobre eso.”
El lunes siguiente volví a encontrarme la nevera entreabierta.
Esta vez la cerré y no escribí nada al respecto.
—
ENTRE NOSOTROS NO PUEDE SER
Capítulo tres
El primer error y el secreto de Marcos
“Alguien que se disculpa de una manera que no esperabas es alguien que todavía puede sorprenderte. Eso no es necesariamente bueno. Las sorpresas tampoco lo son siempre.”
El primer error fue mío.
Eso cuesta escribirlo porque una parte de mí lleva semanas construyendo el relato en el que el primer error fue suyo, o de los dos a partes iguales, o de la situación en general. Pero si tengo que ser honesta —y el cuaderno es el único sitio donde me obligo a serlo— el primer error fue mío.
Era un martes por la tarde, tres semanas después de que Diego se instalara.
Yo estaba en mi habitación escribiendo. No tarea, no apuntes: escribiendo de verdad, que es lo que hago cuando algo me pesa demasiado para que quede solo en la cabeza y necesito sacarlo y convertirlo en frases con principio y final.
Estaba en ese estado de concentración que los demás describen como “ensimismada” y que yo describo como “finalmente en el único sitio donde tengo algo parecido a la paz”, con el cuaderno abierto y los auriculares puestos y la puerta entornada porque no había nadie en casa —o eso creía yo.
Marcos estaba en el trabajo. Mi madre había salido a una reunión de la redacción que se alargaba siempre hasta las ocho.
Yo había asumido que Diego también estaba fuera porque por las tardes solia desaparecer —a dónde, no lo sé, no era mi negocio saberlo— y el piso tenía ese silencio particular de los pisos cuando estás sola de verdad.
Así que cuando la puerta de mi habitación se abrió, tardé un segundo en procesar que no estaba sola, y en ese segundo ya era tarde para tapar el cuaderno.
Diego se quedó parado en el umbral con la misma cara de quien abre una puerta esperando un armario y se encuentra un cuarto.
La puerta estaba entornada, no cerrada con llave, y él debía de haber llamado o quizás no, con los auriculares puestos yo no había escuchado nada, y ahora estábamos los dos mirándonos con esa incomodidad aguda de los encuentros que ninguno ha buscado.
Cerré el cuaderno de un golpe.
El ruido fue más brusco de lo que quería.
—Perdona —dijo él.
Solo eso. Sin excusas elaboradas, sin el “no sabía que estabas” o el “pensaba que” que habría dicho cualquier otra persona.
Solo “perdona”, neto y directo, y dio un paso atrás hacia el pasillo como si el umbral fuera una línea que había cruzado sin querer y de la que se retiraba con la misma naturalidad.
—La próxima vez llama —dije yo.
Mi voz sonó más cortante de lo que quería.
También. No era sólo la interrupción: era el cuaderno.
Hay cosas que uno guarda en el cuaderno precisamente porque no están listas para el mundo, porque son demasiado crudas o demasiado raras o demasiado reales, y la idea de que cualquier persona —cualquier persona, no solo Diego— hubiera podido verlo me producía una reacción física desagradable en el estómago.
—La próxima vez cierro la puerta con llave —dijo él.
Y allí estaba. Lo que no esperaba. No fue una respuesta defensiva, no fue una excusa, no fue el “también fue tu culpa por no cerrar” que habría sido lo fácil.
Fue “la próxima vez cierro la puerta con llave”, que era una manera de decir “enendí qué hice mal y me lo anoto” sin convertirlo en una escena.
No supe qué hacer con eso.
Las disculpas que no se parecen a lo que uno espera son las más difíciles de gestionar.
Cuando alguien se disculpa de la manera que esperas, tienes el guión: aceptas, dices que no pasa nada, y cada uno sigue su camino.
Cuando alguien se disculpa de una manera que no encaja con la imagen que tenías de ellos, el guión desaparece y te quedas ahí con la respuesta a medio construir y sin saber qué hacer con las manos.
—Gracias —dije al final. Que no era exactamente lo que quería decir pero era lo más cercano a lo correcto que encontré.
Él asintió una vez, sin mirarme del todo, y cerró la puerta.
Me quedé sentada en la silla con el cuaderno cerrado en el regazo y los auriculares colgando alrededor del cuello, y estuve así un rato que no supe cuantificar. Después abrí el cuaderno y escribí exactamente lo que acabo de escribir aquí: que el primer error fue mío.
Porque sí, él había entrado sin permiso. Pero yo tenía la puerta abierta, y él se había disculpado de la manera más limpia posible, y yo le había respondido con una frialdad que no se merecía exactamente. Así que el primer error fue mío. Aunque todavía me cueste escribirlo.
Lo del secreto de Marcos llegó nueve días después, un domingo.
Mi tío Rafa —hermano mayor de mi madre, el que vive en Valencia y aparece en Navidad y en los eventos familiares con la misma energía de siempre y demasiado vino— se había pasado a tomar el café ese domingo por la mañana.
Mi madre estaba haciendo la compra. Marcos estaba en el despacho revisando planos.
Diego no había salido de su cuarto todavía.
Yo estaba en el salón con el tío Rafa, que es de esas personas que hablan sin pausa sobre nada en particular y a las que uno solo necesita asentir cada treinta segundos para que se sientan escuchadas.
Hablamos del tiempo, de sus hijos, de una reforma que estaba haciendo en su casa de la playa. Después habló de la boda —“qué bien lo pasé, qué bien estaba tu madre”— y después, con esa naturalidad de la gente que no mide lo que dice porque asume que todo el mundo sabe lo que ellos saben, dijo:
—Y tué Marcos, ya que hablamos. Al final bien, ¿no? Después de todo lo que pasó con lo de su primera familia, merecía una segunda oportunidad.
Yo dejé la taza en la mesa con un cuidado excesivo.
—¿Qué pasó con su primera familia?
El tío Rafa me miró con esa cara que pone la gente cuando se da cuenta de que acaba de decir algo que no debía y está calculando cuánto daño ha hecho ya.
—Bueno, ya sabes. Lo del niño.
—¿Qué niño?
Una pausa. El tío Rafa miró hacia el pasillo, hacia el despacho donde estaba Marcos, con el instinto tardío de alguien que cierra la puerta del establo cuando el caballo ya lleva rato fuera.
—Que Marcos tuvo otro hijo antes de Diego. Un niño que murió de pequeño. Una enfermedad, creo. Fue antes de casarse con la madre de Diego, hace ya muchos años. Pensaba que lo sabías.
—No —dije—. No lo sabía.
Silencio. El tío Rafa se revolvió en el sillón con la incomodidad de quien ha metido la pata y no sabe si el mejor remedio es seguir hablando o callarse del todo. Eligió, con bastante mal criterio, seguir hablando.
—Bueno, tampoco es algo que se cuente en seguida, ¿no? Es una cosa muy dura. Lo lleva guardado hace mucho tiempo. Supongo que tu madre sí lo sabrá, ellos habrán hablado de estas cosas —.
—Sí, claro —dije—. Seguro.