Section 1 #3
No dije nada cuando nos cruzamos en el pasillo.
Él tampoco. Llevaba el pelo revuelto del sueño y una camiseta blanca que no era exactamente nueva y miró al frente con la concentración de alguien que tiene muchas cosas en las que pensar o que ha decidido que mirar al frente es la mejor política.
Yo entré al baño, cerré la puerta, y me quedé un momento apoyada en el lavabo mirando mi propio reflejo.
Bien. Esto era lo que había ahora. Un extraño con derecho a estar donde yo llevaba diecisiete años estando. Un extraño con la corbata torcida convertido en vecino de pasillo.
Me lavé los dientes con más energía de la necesaria.
Lo de la nevera pasó el miércoles. Yo bajé a desayunar a las ocho menos diez y la encontré entreabierta, esa rendija de dos centímetros que no deja fría la cocina pero sí la pone a uno de muy mal humor.
No había nadie en la cocina para mencionárselo, así que la cerré, puse la cafetera, y escribí en el cuaderno en vez de desayunar: “Alguien que no cierra la nevera es alguien que no ha tenido que pagar la factura de la luz nunca.” Luego me comi las tostadas porque el hambre siempre gana al principio y guardé el cuaderno.
Lo de los libros fue culpa mía, si hay que ser justa.
Yo tenía la costumbre de leer en el salón por las tardes, instalada en el sofá de dos plazas con las piernas dobladas y los libros apilados en la mesa baja y la mochila en el suelo y los apuntes esparcidos cuando tocaba estudiar, que era casi siempre.
Era mi sistema. Funcionaba. El problema fue que ese sistema implicaba ocupar aproximadamente el setenta por ciento del espacio habitable del salón, lo cual no había sido problema nunca porque el salón era mio y de mi madre y mi madre trabajaba por las tardes.
Diego apareció el jueves a las cinco y media con una taza de café y se quedó parado en el umbral del salón mirando el panorama.
Yo estaba en el sofá con La voración en el regazo y tres folios llenos de apuntes de historia del arte a mi lado y una manzana a medias en la mesa, y sé que ocupaba mucho espacio porque lo ocupé intencionadamente en cuanto le oí salir de su cuarto, que es una cosa que uno hace cuando todavía está procesando la situación y no tiene mejores herramientas.
Él miró el salón. Miró el sofá. Miró el sillón que estaba libre y que era el sillón de mi madre y que nadie usaba excepto mi madre porque tiene ese algo de territorio marcado.
Después se apoyó en el marco de la puerta con la taza en la mano y no dijo nada durante un rato que se me hizo más largo de lo que probablemente fue.
—¿Ese sillón tiene dueño?
Lo preguntó sin hostilidad. Eso lo empeoraba un poco, porque la hostilidad al menos es algo que se puede responder con hostilidad.
—Es de mi madre.
—Tu madre no está.
—Ya lo sé.
Silencio. Él miró la taza. Yo miré el libro aunque no estaba leyendo.
—Preguntaba si puedo sentarme.
Hay una diferencia enorme entre alguien que pide permiso porque lo necesita y alguien que pide permiso porque ha decidido que es lo correcto hacer, aunque le dé exactamente igual la respuesta.
Diego era lo segundo. Lo supe en ese momento y no sé cómo explicar que lo supe, simplemente lo supe, de la misma manera en que sabes cuándo alguien te está mirando aunque no les estés mirando a ellos.
—Sí —dije.
Se sentó en el sillón. Sacó el móvil. No puso la televisión.
No habló. Estuvo allí cuarenta minutos en silencio absoluto mientras yo intentaba leer y no lograba pasar de la misma página tres veces seguidas.
Cuando se levantó para irse dijo “buenas tardes” sin mirarme, y yo respondí “buenas” al aire porque ya había desaparecido por el pasillo.
Me quedé mirando la página que no había logrado leer.
El problema, y esto lo tardé una semana entera en formular con claridad, no era que Diego fuera especialmente desagradable.
El problema era exactamente el contrario.
Era que no era nada. No intentaba caerme bien, pero tampoco intentaba caerme mal.
No invadía mi espacio deliberadamente, pero ocupaba el suyo con esa tranquilidad de quien no necesita justificar su presencia.
No me buscaba, pero cuando nos encontrábamos —en el pasillo, en la cocina, en ese salón que ya no era solo mío— tampoco huia.
Simplemente estaba. Como un elemento nuevo en una ecuación que yo no había escrito y que ahora no cuadraba del todo.
Con algo que me molestara había podido hacer algo. Quejarme. Ponerlo en el cuaderno con palabras enfadadas. Llamar a Martina y decirle “es insoportable”. Pero con alguien que simplemente existe en tu mismo espacio sin darte razón concreta para nada no sabes qué hacer.
Lo puse en el cuaderno igualmente. Solo que sin las palabras enfadadas.
Martina me llamó el viernes por la tarde mientras yo plegaba ropa limpia en mi habitación, que es una de esas tareas que uno hace cuando necesita hacer algo con las manos pero sin pensar demasiado.
—Cuéntame todo —dijo sin ni siquiera saludar—. Cómo es. Qué hace. Si es raro. Si es el típico que pone la música muy alta o el típico que no habla.
—El que no habla.
—¿En plan hosco o en plan misterioso?
Me senté en la cama con el montón de camisetas a medio doblar. Esa era exactamente la pregunta. Esa era la pregunta que yo llevaba una semana intentando responder y no podía porque la respuesta cambiaba dependiendo del momento y del ángulo desde el que lo mirase.
—En plan... no sé. En plan que está en su cabeza y lo demás existe en la medida en que le afecta directamente.
—O sea, el típico.
—No exactamente. Los típicos lo hacen para que los notes. Él no parece que lo haga para que lo notes.
Hubo una pausa al otro lado. Martina procesando. La conozco desde los ocho años y sé cuándo está procesando porque se queda en silencio exactamente dos segundos antes de disparar la conclusión.
—Entonces te interesa.
—No te he dicho eso.
—No hace falta que lo digas. Llevas una semana analizándole como si fuera un texto de selectividad.
—Estoy intentando vivir con él. Es distinto.
—Valeria.
—Martina.
—¿Tiene foto en redes o algo? ¿O es de esos que no existen en internet?
Y ahí estaba. La pregunta que yo también me había hecho, en la intimidad de mi habitación con el móvil en la mano a las once de la noche, y a la que había respondido cerrando las aplicaciones antes de escribir nada en el buscador porque había algo en eso que no me parecía bien, aunque no sabía exactamente el porqué.
—No lo he mirado.
—Mandáme una foto.
—No voy a mandarle una foto, Martina.
—Una discreta. Con el móvil por debajo de la mesa o algo.
—No.
—¿Está en casa ahora?
Miré hacia la puerta de mi habitación, que estaba entornada. Desde el pasillo no llegaba ningún sonido, pero eso no significaba nada porque Diego se movía por el piso con una presencia sonora cero que ya me había jugado varias malas pasadas.
—Creo que sí.
—Entonces cuando salgas de tu cuarto miras por el pasillo, le haces una foto rápida y me la mandas.
—Eso es acoso.
—Eso es información.
—No voy a hacerlo.
—Vale, pues descíbemelo.
Me tumbé en la cama con las camisetas sin doblar alrededor.
Miré el techo. Descíbemelo. ¿Cómo se describe a alguien que llevas una semana mirando de reojo y al que todavía no sabes cómo clasificar?
¿Cómo se describen esos ojos marrones que no piden permiso y esa manera de ocupar el espacio como si el espacio le debiera algo?
—Alto. Moreno. Le sienta bien la ropa aunque no parece que le importe.
—Eso último es la descrición de todos los chicos que me han gustado en mi vida.
—No me gusta.
—Claro.
—Martina, es mi hermanastro.
Lo dije y se me quedó la palabra en la boca rara, como cuando dices una palabra muchas veces seguidas y pierde el significado. Hermanastro. Ni hermano ni extraño. Una categoría nueva para la que yo no tenía protocolo todavía.
—Hermanastro no es lo mismo que hermano —dijo Martina con la tranquilidad de alguien que tiene muy pocas inhibiciones a la hora de decir en voz alta las cosas que los demás sólo piensan.
—Es lo mismo en todos los sentidos que importan.
—Bueno. ¿Tiene amigos aquí o acaba de llegar sin conocer a nadie?
Eso sí lo sabía. Lo sabía porque la semana anterior, cuando yo estaba en el salón con mis libros y él en el sillón con su móvil, había escuchado sin querer —sin querer del todo— parte de una llamada que hizo desde el pasillo.
Una voz grave que debía de ser la otra persona al teléfono, aunque no distinguía las palabras, y Diego respondiendo en monosilabos que sin embargo no soníaban vacíos.
Había algo en cómo cambiaba su voz en esa llamada. Algo menos calculado. Menos de pared.
—Tiene un amigo. Se llama Iván, creo. Le llama a veces.
—¿Iván qué?
—No lo sé.
—¿Tiene foto?
—Martina, no lo conozco.
—Pero igual tiene Instagram y —.
—Espera.
Escuché pasos en el pasillo. Los reconocía ya, era una de esas cosas que pasan sin que lo decidas: en una semana había aprendido el ritmo exacto de los pasos de Diego Andrade por el piso, ligeramente más lentos de lo que correspondería a alguien joven, como si caminara con un peso que no era físico.
Me quedé quieta. Pasos. La cocina. El sonido de la nevera abriéndose —y no cerrándose del todo, otra vez— y luego voces. Su voz, baja, y otra voz al teléfono.
—¿Qué pasa? —dijo Martina.
—Nada, está hablando por teléfono en la cocina.
—¿Con quién?
—Cómo voy a saberlo.
—Sal al pasillo y escucha.
—No voy a espiarle.
—No es espiar, es estar en tu propia casa.
Había una lógica extraña en eso que no era del todo incorrecta. Me levanté de la cama despacio, abrí la puerta de mi habitación con el cuidado de quien sabe exactamente en qué punto cruje la madera, y me asomé al pasillo lo suficiente para escuchar sin ser vista.