Section 1 #2
El baile fue después. La música era de ese tipo que pretende ser atemporal y suena en todas las bodas.
La tía Carmen bailaba con el tío Paco con una energía que desafía la biología.
Algunos primos lejanos que no había visto desde navidades de hace tres años me preguntaron cómo iba el instituto.
Yo respondí “bien” con la precisión de alguien que lleva años practicando esa respuesta para que no haga falta dar más información.
En un momento entre la segunda y la tercera canción, busqué a Diego con la mirada sin saber muy bien para qué.
Estaba sentado en una silla al borde de la pista, con los codos en las rodillas y la copa entre las manos, mirando a la gente bailar con la expresión de alguien que observa algo que no entiende del todo o que entiende demasiado bien.
Había aflojado el nudo de la corbata. El botón de arriba de la camisa estaba abierto.
No sé cuánto tiempo lo miré. Probablemente menos de lo que parece ahora que lo cuento.
En algún momento él levantó la vista y me pilló mirándole.
Yo aparté los ojos de golpe, hacia la pista de baile, hacia mi madre que giraba entre los brazos de Marcos, hacia cualquier otra cosa.
Cuando volví a mirar a donde él estaba, la silla estaba vacía.
Los novios se fueron a las once. Hubo arroz, hubo pétalos, hubo fotografías.
Mi madre me abrazó antes de subir al coche y me susurró que la llamara si necesitaba cualquier cosa, que la tía Lola tenía llaves.
Le dije que sí. Le dije que estuviera tranquila.
Le dije “que seais muy felices” con una voz que era genuina aunque extraña en mi boca, porque era verdad pero costaba decirla.
Marcos me dio dos besos y dijo que “esto iba a ir bien” con una confianza que yo no sabía de dónde sacaba.
Se lo agradecí de todas formas. La educación no cuesta nada y a veces es lo único que tienes.
Diego no estaba cuando se fueron. O estaba y no lo vi. No sé cuál de las dos opciones me parecía más probable.
La tía Lola me llevó a casa en coche a las doce menos cuarto.
Habló durante todo el trayecto sobre lo bonita que había sido la ceremonia y lo guapo que estaba Marcos y lo bien que le sentaba el vestido a mi madre, y yo asentía y miraba por la ventanilla los semáforos en verde de una ciudad que era sábado por la noche y no sabía que nada había cambiado.
Cuando llegué a mi habitación, me quité los zapatos con un alivio físico que fue casi emocional, y me senté en la cama con el cuaderno en el regazo.
La habitación era la misma de siempre: las estanterías llenas de libros, el escritorio con el ordenador, la ventana con la persiana a medias.
Todo en su sitio. Todo exactamente igual.
El cuarto de al lado —el que llevaba dos años siendo el cuarto de los trastos, el que mi madre había vaciado con una energía sospechosa en marzo— iba a tener a alguien dentro de dos semanas. Abrí el cuaderno. Escribí.
“Hoy mi madre se ha casado con un desconocido. Yo también me he convertido en una. No sé cómo se llama exactamente este sentimiento. No es tristeza y no es alegría y no es exactamente miedo, aunque tiene algo de los tres. Es como cuando estás leyendo un libro y llegas al final de un capítulo y el siguiente empieza en otro lugar, con otros personajes, y tienes que reorganizar todo lo que sabías para entender dónde estás ahora. Lleva corbata torcida. Y una mirada que no pide permiso para nada.”
La maleta de Diego llegó dos semanas después, un viernes por la tarde que amenazaba lluvia.
Era una maleta grande, negra, con una pegatina desgastada de una marca de surf en una de las esquinas.
La vi desde la ventana de mi habitación cuando el taxi frenó delante del portal.
Él bajó primero, sin prisa. Miró la fachada del edificio durante un par de segundos con esa expresión suya, la que ya había aprendido a reconocer aunque solo nos hubiéramos visto una vez: una especie de neutralidad calculada, como la de alguien que decide de antemano no llevarse sorpresas para no tener que reaccionar.
Después sacó la maleta del maletero y entró sin mirar arriba. Yo me aparté de la ventana.
Marcos abrió la puerta con la energía un poco forzada de los padres cuando quieren que las cosas vayan bien y no están del todo seguros de que vayan a ir bien.
Mi madre estaba en la cocina y salió a saludar con las manos aún limpias de no haber cocinado, lo que significaba que había estado pendiente del reloj.
Yo estaba sentada en el sofá con un libro abierto en las rodillas que no estaba leyendo.
—¡Diego! Qué alegría. ¿Cómo fue el viaje?
—Bien.
Una palabra. Sin adornos. Mi madre tiene suficiente oficio periodístico para reconocer cuando alguien no quiere ser entrevistado, así que pivotó rápidamente hacia la pregunta sobre si tenía hambre, si quería ver su habitación, si necesitaba algo.
Él dijo que no, luego que sí a ver la habitación, y Marcos lo llevó por el pasillo con esa palmada en el hombro de los padres que quiere decir muchas cosas y no dice ninguna del todo.
Me miraron cuando pasaron por delante del sofá.
O más bien: Marcos me miró con una sonrisa que pedía algo que yo no estaba segura de poder dar, y Diego me miró con esos ojos oscuros que no pedían nada, y yo devolví las dos miradas con el mismo gesto aséptico y paseé la página del libro aunque no había leído la anterior.
La primera cena fue un campo de minas con buena presentación.
Mi madre había hecho pasta con salsa de tomate casera, que es la receta que cocina cuando quiere que todo el mundo esté cómodo porque es difícil no gustarle la pasta con salsa de tomate casera.
Marcos había abierto una botella de vino.
Yo tenía agua con gas. Diego también. Nos sentamos los cuatro alrededor de la mesa del comedor que normalmente éramos solo dos personas en usar, y durante aproximadamente tres minutos nadie dijo nada mientras se servía la pasta y se pasaba el pan y Marcos llenaba las copas.
Después mi madre preguntó a Diego cómo era el instituto en el que iba a matricularse, y él respondió que no lo sabía aún porque no había ido todavía, y Marcos intervino para decir que había hablado con el director y que era un buen centro, y mi madre dijo que Valeria podía contarle cómo era el barrio, y los dos nos miramos —Diego y yo— con esa fracción de segundo de “no nos metas en esto” que fue probablemente lo más sincronizados que íamos a estar en mucho tiempo.
—El barrio está bien —dije.
—Vale —dijo él.
Mi madre miró a Marcos. Marcos miró la pasta. Yo cogí el tenedor.
Hubo más intentos. Marcos preguntó si Diego seguía tocando la guitarra.
Diego dijo que no mucho. Mi madre preguntó si había visto alguna serie interesante últimamente.
Diego dijo que no seguía mucho las series.
Yo comí pasta. En un momento dado Marcos contó una anécdota sobre un proyecto de trabajo que era medianamente graciosa, mi madre rió con ganas, yo sonreí en el momento apropiado, y Diego tomó un sorbo de agua con la expresión de quien espera que termine la frase para poder estar en silencio otra vez.
No era mala persona. Eso lo aclaré mentalmente durante el segundo plato.
No era grosero ni agresivo ni nada que justificara una queja formal.
Era simplemente alguien que no quería estar allí, y que no iba a fingir que sí, y que tampoco iba a hacer un drama de ello.
Había algo casi respetable en eso. No lo iba a admitir en voz alta, pero lo había.
La primera noche fue extraña de una manera imposible de explicar a quien no haya tenido de repente a un extraño durmiendo al otro lado de la pared.
No fue incómodo. Fue simplemente distinto.
Como cuando cambias un mueble de sitio en una habitación que conoces de memoria: sigues sabiendo dónde está todo, pero tu cuerpo tarda unos días en actualizar el mapa.
Escuché moverse a través de la pared durante un rato.
Pasos. El crujido de la silla del escritorio. El silencio después.
Me pregunté si él también me escuchaba a mí.
Apagué la luz y miré el techo.
El cuarto de al lado ya no estaba vacío.
“La tía Carmen me dijo que en las familias nuevas hay que darse tiempo. Que todo tiene un período de adaptación. Que al final uno se acostumbra. Probablemente tiene razón. Pero acostumbrarse no es lo mismo que elegirlo.”
—
ENTRE NOSOTROS NO PUEDE SER
Capítulo dos
Guerra fría
“Hay personas que no necesitan decir nada para hacerte saber que no te quieren en su espacio. No te lo dicen con palabras. Te lo dicen con cada cosa que hacen, con cada cosa que no hacen, con la forma exacta en que ocupan una habitación cuando tú también estás en ella.”
La convivencia con Diego Andrade empezó un lunes.
Eso es importante. No empezó en fin de semana, que es cuando uno tiene tiempo para adaptarse y las cosas pueden tomarse con calma.
Empezó un lunes, que es el día más brutal de la semana para que algo cambie, cuando llevas el cuerpo aún medio dormido y la cabeza cargada con lo que toca hacer y lo último que necesitas es reorganizar los mapas mentales de tu propia casa.
Yo me levanté a las siete y cuarto como siempre, fui al baño como siempre, y me encontré la puerta cerrada por dentro.
Me quedé delante de ella tres segundos exactos.
Tres segundos en los que el cerebro procesó la información, la cotejó con la nueva realidad de que ya no era la única persona joven en este piso, y llegó a la única conclusión posible: iba a tener que esperar.
Volví a mi habitación, me senté en la cama, y miré el techo durante seis minutos hasta que escuché el pestillo.