Entre nosotros no puede ser
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ENTRE NOSOTROS NO PUEDE SER
Por Darío Solís
ENTRE NOSOTROS NO PUEDE SER
Capítulo uno
La boda que lo cambió todo
“Hoy mi madre se ha casado con un desconocido. Yo también me he convertido en una.”
El vestido de mi madre era color marfil, no blanco.
Ella me lo había explicado tres veces en los últimos dos meses como si la diferencia importara, como si el nombre del color cambiara algo de lo que iba a pasar.
Marfil. No blanco. Yo asentía cada vez y lo olvidaba cada vez, porque en lo único que podía pensar era en que a las doce del mediodía del sábado quince de junio, mi madre iba a dejar de ser solo mía.
La finca era bonita. Eso hay que reconocerlo aunque no te apetezca.
Jardines con hiedra y lavanda, una capilla pequeña de piedra que no parecía real, mesas con manteles de hilo blanco bajo los que se veían los zapatos de los invitados.
Yo llevaba unos de tacón bajo que me apretaban el pie izquierdo desde las diez de la mañana y había decidido que ese dolor iba a ser mi áncora.
Algo concreto a lo que agarrarme mientras todo lo demás se reorganizaba a mi alrededor sin pedirme permiso.
Me senté en la segunda fila, al lado de la tía Carmen, que ya estaba llorando antes de que empezara la música.
La tía Carmen lloraba en todas las bodas, también en los cumpleaños y en las comuniones, y una vez en el estreno de una obra de teatro amateur porque, según ella, le “recordó a la vida”.
Yo tenía el programa de la ceremonia en las manos y lo estaba doblando por la mitad, desdoblándolo, volviendo a doblar, porque necesitaba hacer algo con los dedos o iba a volverme loca.
Mi madre apareció por el arco de flores a las doce y cuatro minutos, del brazo del abuelo Ernesto, que caminaba despacio pero firme, con esa dignidad tranquila de los hombres que ya han visto mucho y han decidido que las prisas no merecen la pena.
Ella estaba guapísima. Eso lo pienso y lo escribo sin que me cueste, porque es verdad y porque quererla no estaba en discusión.
El problema nunca fue ella. El vestido —marfil, no blanco— le caía exactamente como debía, y llevaba el pelo recogido con dos mechones sueltos a los lados de la cara que yo sé que se había pasado cuarenta minutos peiniándose para que parecieran casuales.
Me sonrió cuando pasó por mi fila. Yo le devolví la sonrisa. No sé si le salió bien a ella. A mí me salió torcida.
Marcos Andrade la esperaba al final del pasillo con esa cara que tienen los hombres cuando intentan no llorar en público y les está costando bastante.
Cuarenta y cinco años, arquitecto, divorciado.
Moreno con algunas canas en las sienes. Alto.
La clase de hombre que parece que sabe lo que hace aunque no lo sepa.
Mi madre llevaba siete meses saliéndo con él cuando me lo presentó, y yo recuerdo que pensé que tenía manos de persona seria, manos que firmaban planos y apretaban manos en reuniones, y que no sabía nada de él pero tampoco nada en su contra.
Eso era lo que tenía. Nada en su contra.
A mi lado, la tía Carmen sorbió por la nariz y susurró: «Qué guapo está.» Yo miré hacia el arco de flores y me concentré en el dolor del pie izquierdo.
La ceremonia duró veintidós minutos. Lo sé porque miré el reloj al empezar y al terminar.
No porque estuviera aburrida, sino porque necesitaba saber cuánto tiempo había tardado el mundo en reorganizarse.
Veintidós minutos. El tiempo de una clase de matemáticas, más o menos.
El tiempo de un episodio de comedia sin los créditos.
El tiempo suficiente para que mi madre pasara a llamarse Elena Andrade si quisiera, aunque ella me había dicho que iba a conservar su apellido de soltera porque “los nombres son los que somos”.
Me lo dijo mirando al infinito, con esa voz que usa cuando cree que está siendo muy profunda.
Yo le dije que me parecía bien y escribí en el cuaderno: “Los nombres son los que somos. O los que fuimos. O los que no nos atrevemos a dejar de ser.”
A veces no sé si soy intensa o simplemente insoportable. Probablemente las dos cosas.
Fue en la recepción cuando lo vi. No fue un momento cinematográfico.
No hubo música de fondo ni luz especial ni nada que me indicara que debía estar prestando atención.
Fue simplemente: estaba mirando la mesa del búfer intentando decidir si coger una croqueta o fingir que no tenía hambre para no mancharme el vestido, y alguien entró por la puerta lateral del jardín con la corbata torcida.
Diego Andrade. Dieciocho años. El hijo que Marcos había mencionado de pasada, sin darle demasiada importancia, como se menciona algo que existe pero que no requiere explicación.
“Diego vive con su abuela durante el curso, pero vendrá a la boda, claro.” Mi madre me lo había dicho con esa naturalidad que usa cuando quiere que algo parezca sin importancia para que yo no le dé importancia.
Técnica que conozco desde los ocho años y que funciona exactamente cero por ciento.
Llegó tarde. Todos los demás estaban ya en la recepción, con sus copas de cava y sus conversaciones de gente que se conoce o finge que se conoce, y él entró solo, con una chaqueta oscura que le sentaba bien y una corbata azul marino que había sobrevivido al nudo inicial pero no al resto del día.
No buscó a su padre con la mirada. No buscó a nadie.
Se quedó un momento en el umbral, mirando el jardín lleno de gente como alguien que está calculando el camino de menor resistencia, y después caminó directo hacia la mesa de las bebidas.
No pidió disculpas por haber llegado tarde. Eso también lo noté.
Mi madre me encontró cinco minutos después con esa antena de radar que tienen las madres para localizarte exactamente cuando no quieres que te localicen.
—Valeria, ven, que quiero presentarte a Diego.
Lo dijo en voz baja, con una sonrisa que significaba “por favor, compórtate”, y yo puse la croqueta en el plato y la seguí porque no tenía elección y porque las croquetas manchan y ya lo sabía.
Él estaba con una copa en la mano y la mirada ligeramente orientada hacia otro lado, como si estuviera interesado en algo que había al fondo del jardín aunque era obvio que no había nada interesante al fondo del jardín.
Cuando nos acercamos giró la cabeza con esa pausa de milisegundo que tiene la gente cuando decide prestar atención porque tiene que hacerlo y no porque quiera.
Sus ojos eran de un marrón oscuro, casi negro. Lo anoto porque lo anoté.
—Diego, esta es Valeria —dijo mi madre con la voz de cuando está muy contenta y quiere que todos lo estén también—. ¿Os habéis cruzado por casa alguna vez?
—No —dijimos los dos al mismo tiempo.
Mi madre sonrió como si eso fuera tierno. No era tierno.
—Bueno, pues ya os conocéis —dijo, y se fue a saludar a alguien porque así funciona el mundo.
Nos quedamos los dos con nuestras copas, a esa distancia de aproximadamente un metro y medio que se mantiene cuando no tienes nada que decirle a alguien pero estás atrapado por las circunstancias.
El sol de las cinco de la tarde daba directamente en el jardín y había una avispa sobrevolando la mesa del búfer con mucha más confianza de la que debería.
Fue él quien habló primero. No supe si eso puntuar como valiente o desesperado.
—Felicidades, supongo.
Lo dijo mirando al frente, hacia donde nuestros padres estaban recibiendo felicitaciones de los invitados con esa cara de recién casados que parece sacada de una postal.
—Supongo —respondí yo.
Se volvió a mirarme entonces, solo un segundo, como si hubiera esperado otra cosa y mi respuesta le hubiera resultado mínimamente interesante por no ser lo que esperaba. Yo miré al frente también.
—¿Cuántos años tienes?
—Diecisiete. ¿Tú?
—Dieciocho.
Otro silencio. La avispa aterrizó sobre una bandeja de canaéps y nadie hizo nada al respecto.
—¿Vas a vivir con nosotros? —pregunté. No porque quisiera saber. Porque necesitaba saber.
Tomó un sorbo de su copa antes de responder. No sé si lo hizo para ganar tiempo o porque tenía sed.
—Eso parece.
No dijo nada más. Yo tampoco. En algún momento entre esa frase y el discurso de los novios, cada uno migró hacia otro lado del jardín con la elegancia de dos personas que han llegado a un acuerdo tácito sin haberlo discutido.
El acuerdo era este: ninguno de los dos había elegido esto.
Ninguno de los dos iba a fingir que sí. Eso, en retrospectiva, fue lo más honesto que nos dijimos en semanas.
El discurso de Marcos duró seis minutos y mencionó a mi madre cuatro veces con la palabra “luz” en distintas combinaciones: “mi luz”, “la luz que...”, “como una luz”.
Yo lo conté. También mencionó a Diego una vez, casi al final, cuando dijo que estaba contento de que “su chico” estuviera allí.
Diego, que estaba en una mesa lateral con una copa en la mano y la mirada en sus propios pensamientos, no cambió de expresión.
Mi madre habló más corto y más bien. Ella es periodista y sabe cuándo el texto le puede en la boca.
Habló de segundas oportunidades, de que el amor no tiene que llegar perfecto sino que llega y lo construyes, y al final me miró a mí directamente y dijo: “Y tengo a la persona que más quiero en el mundo conmigo aquí.” Sonrió.
Yo sonreí. Tuve que parpadear dos veces.
No me gusta llorar en público. No porque me parezca mal, sino porque cuando empiezo no sé por qué lloro exactamente y eso me incomoda.