Entre nosotros no puede ser Chapter 2 #11
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Chapter 2 #11

La despedida fue un domingo de septiembre.

Diego se iba a Madrid a la residencia de estudiantes que había conseguido cerca de la escuela de arquitectura.

Marcos le había ayudado con las cajas esa mañana con una eficiencia callada que decía muchas cosas sobre la conversación que habían tenido en marzo y lo que había ocurrido entre ellos desde entonces.

Mi madre había hecho el desayuno más grande del año, que era su manera de decir las cosas que no sabía decir de otra forma.

Yo había dormido mal la noche anterior. No por ansiedad exactamente: por esa vigilia de las vísperas en que el cuerpo sabe que algo va a cambiar y quiere estar despierto para no perdérselo.

Me había levantado a las siete, antes que nadie, y me había sentado en la cocina con el café y el cuaderno y había escrito durante una hora cosas que no eran para nadie más que para mí.

Diego bajó a las ocho y media. Se sentó frente a mí con su taza y los dos estuvimos en silencio un rato, que era el tipo de silencio que ya no necesitaba llenarse.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Más o menos.

—Igual que siempre.

—Igual que siempre —confirmé.

Sonrió. No la sonrisa mínima de las primeras cenas: la que yo había visto por primera vez en la fiesta de Rodrigo Casas, la ancha y real, la que había aprendido que existía y que cuando aparecía era porque algo lo merìia.

La despedida en el portal no fue un final de película.

No hubo música de fondo ni la luz correcta ni ninguno de los elementos que uno asocia con los momentos importantes.

Había una furgoneta de alquiler, dos cajas y una maleta, Marcos comprobando que el maletero cerraba bien, mi madre con los brazos cruzados y esa cara de cuando hace esfuerzo por no llorar porque cree que no toca.

Diego me miró cuando llegó el momento de subir. Los demás se habían apartado un poco, que era un gesto de su parte que agradecí sin decirlo.

—Tres horas —dije.

—Tres horas.

—No es lo mismo que Bilbao.

—No —dijo—. No es lo mismo.

No nos abrazamos. No nos besamos. Nos miramos de la manera en que nos mirábamos cuando no había nada que demostrar y todo estaba ya dicho, y él asintió una vez con esa economía de gestos que era completamente suya, y subió a la furgoneta.

La vi doblar la esquina desde el portal.

Me quedé allí un momento después de que desapareciera, con mis padres que ya estaban subiendo y la calle de septiembre con su luz particular, esa luz que no es verano pero tampoco es otoño todavía, que es la luz de las cosas que están entre una cosa y la siguiente.

Subií.

El piso tenía ese silencio diferente de cuando alguien que estaba ya no está.

No el silencio del primer día, cuando Diego había llegado y el piso era todavía el que había sido siempre: el silencio del hueco que deja alguien que ha estado, que es un silencio con forma propia, con los bordes del que se fue.

Pasé por el cuarto de baño. La foto de Sofía seguia en el estante. Él la había dejado allí. No supe si eso era un olvido o una decisión y después pensé que con Diego las dos cosas eran a veces la misma.

Fui a mi cuarto. Me senté en la silla del escritorio. Miré la estantería, los libros, la ventana con la persiana a medias. Todo en su sitio. Todo exactamente igual que el primer día de este año y completamente diferente.

Saqué el cuaderno del cajón. No el de las tapas azules: ese lo había llenado en enero y estaba en la caja de zapatos del armario, debajo de los jerséis de invierno. Este era nuevo: tapas de tela verde oscuro que había encontrado en la misma librería de segunda mano, más grande, con más páginas.

Lo abrí en la primera página.

La miré un momento. En blanco, esperando, con todo el espacio del mundo.

Y escribí.

“Diego se fue esta mañana. Tres horas en furgoneta, una residencia cerca de la escuela de arquitectura, Madrid que no es lo mismo que Bilbao ni que Sevilla. No lloramos en la despedida. Nos miramos y él asintió una vez y subió. La foto de Sofía sigue en el baño. Este año empezó con mi madre casándose con un desconocido y yo convirtiendo me en una. Termina con ese desconocido en Madrid estudiando lo que quiere estudiar y yo en este cuarto con un cuaderno nuevo. No es un final. Es lo que viene después de lo anterior, que es exactamente como él habría dicho que son las cosas. He aprendido este año que el amor más real que he sentido es también el más imposible de clasificar. Que los sentimientos no piden permiso para existir pero sí requieren cuidado para no destruir todo lo demás. Que mi mejor amiga es la persona más honesta que conozco y que eso a veces duele y siempre vale la pena. Que los adultos también se equivocan y también se reparan. Que quedarse puede ser valiente. Que irse también puede serlo, si es por las razones correctas. He aprendido que escribir es la única manera que tengo de entender las cosas mientras pasan. Que el cuaderno no resuelve nada pero hace que lo que no está resuelto sea más posible de sostener. Este cuaderno es nuevo. La primera página está en blanco. Eso también es algo.”

— Fin —

Entre nosotros no puede ser